26 de septiembre, 1973: El partido de los valientes

Por Diego Torres

#Sócrates

El fútbol chileno está lleno de mitos. Hay mitos que caen, como el gol de Pato Yáñez en Defensores del Chaco para la primera y única victoria chilena en eliminatorias en Paraguay hasta la llegada de Bielsa. O el Cóndor Rojas. También hay mitos que viven, como aquel que dice que Zamorano era mitad humano y mitad helicóptero. O Carlos Campos, un hombre hecho mito. Pero quizá el más grande es el que concierne a lo ocurrido el 26 de septiembre de 1973, el primero de dos partidos de repechaje en los que Chile terminaría clasificando al mundial del año siguiente en Alemania y que Axel Pickett llevaría a libro en “El partido de los valientes”, una de las pocas investigaciones escritas al respecto.

 

Para los menos diestros en matemáticas, quince días habían pasado entre ese partido y el golpe de Estado que derrocaría al gobierno democrático de Salvador Allende para poner en su lugar a una dictadura sanguinaria que se mantendría en el poder por 17 años. Este escenario, ideal para una demostración de los valores patrios que quería resaltar la derecha, sería todavía más propicio si se considera que el rival en frente era la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La URSS. Una pequeña guerra fría. Dos partidos de fútbol que determinarían si el último clasificado al mundial sería el experimento estadounidense (personificado como Chile) o la potencia soviética que le había hecho frente durante casi treinta años. El partido de vuelta, todos sabemos, no se jugó por la negativa rusa de jugar en un Estadio Nacional que estaba siendo utilizado para apresar y torturar simpatizantes de izquierda, pese a que los observadores del gobierno militar daban todas las garantías de que nada fuera de lo común iba a ocurrir. Y del partido de ida, empatado cero a cero, casi nada se sabe porque el local se empecinó en mantener este duelo en silencio. Los presentes relatan que la sorpresa al ver un estadio lleno fue mayor, pues ni siquiera en Moscú habían visto un solo anuncio relativo a este partido.

 

El comienzo del libro, no obstante, no es el viaje a Rusia ni el golpe de Estado, sino algunos meses antes, donde, a través del relato del proceso histórico que desembocaría en este repechaje, se narra el desarrollo de las relaciones grupales y vivencias no solo deportivas de los futbolistas convocados. Para nadie debería ser secreta, a estas alturas, la postura política de Carlos Caszely o el Pollo Véliz -quienes arriesgaron mucho manteniendo sus convicciones durante la dictadura-, pero también aparecen reflexiones de otros participantes, tanto jugadores como dirigentes de la época y siempre en sus propias palabras. La forma en que está contado permite que uno se vaya formando imágenes e ideas al contrastar los recuerdos de muchos participantes para un mismo acontecimiento. En este sentido, el escritor como cronista es muy poco invasivo y permite que sean los protagonistas los que cuenten la historia. Dentro de todo lo ocurrido previo al partido se relata, cosa obvia, las vivencias del plantel durante los días posteriores al golpe, entre ellas la detención y liberación del padre de Nelson Vásquez y la suerte que tuvo de que su hijo fuera un futbolista destacado. Miles de compatriotas no correrían con ese destino.

 

 

Regresando al mito del partido: la información del texto es valiosa no solo como trabajo histórico, sino que adquiere todavía mayor valor al no existir registro alguno de lo ocurrido. Las diferencias diplomáticas entre ambos gobiernos habían contribuido a eliminar cualquier tipo de concesión. Según se relata, todo lo acordado en términos organizativos para este partido previo al golpe de Estado -esto es, durante el gobierno de Allende- fue desconocido por el local cuando asumió la dictadura chilena. Como se dijo anteriormente, el partido terminó cero a cero, y ese resultado es la única información oficial existente. Quizá lo más conocido en estas latitudes fue una barrida de Elías Figueroa que sacó del partido a Blokhin -uno de los mejores delanteros europeos del momento-. Según todos los testimonios, Figueroa debió irse expulsado, pero el árbitro brasileño le perdonó la vida. Elías, recordemos, jugaba en Brasil en esa época y tanto el árbitro como Figueroa eran simpatizantes de las dictaduras militares latinoamericanas.

 

 

El partido en sí mismo, como expresión futbolística, digamos, fue pobre. Así lo comentan varios presentes, pero eso era lo menos importante. Lo sorprendente, dado el momento político, es que haya sido solo un partido de fútbol. Un partido poco dinámico y violento, con un equipo chileno que salió a no perder, pero no más que un partido de fútbol. No puede decirse, eso sí, que a ese clima hayan colaborado los seleccionados nacionales, pues el ánimo relatado era de guerra, de matar o morir, exacerbado por el mismo Pinochet en su reunión antes del viaje. Incluso los recuerdos pasan a través de los lentes de una inexistente batalla: lo que en sudamérica habría sido recordado como parte de la viveza criolla del local (cambios de horarios de buses, desayunos malos en el hotel de la concentración, duchas frías u otras pequeñeces bastante comunes por estos lados), allá se convertía en una afrenta a la patria y al gobierno. El juego violento del equipo visitante, amparado por el brasileño Marques, se hizo norma, y la mítica patada de Figueroa sería una acción violenta entre muchas otras. Prácticamente lo único que ofreció el equipo chileno a un estadio abarrotado fueron golpes. Los pocos jugadores soviéticos entrevistados para esta investigación dan cuenta de ello.

 

Este libro, como se mencionó en un principio, juega con lo mítico. El mito del partido mismo, de ese viaje de veintitrés guerreros patrióticos viajando a la guerra con nada más que una pelota y sus dientes apretados. El mito del miedo a los rusos y a los militares chilenos, sea cual fuere el resultado. El mito de Elías Figueroa, de las dirigencias setenteras. El mito del partido fantasma y un gol sin rival marcado en un Estadio Nacional venido a campo de concentración. El mito de lo polarizado de la época también aparece retratado en la indiferencia política de muchos de los participantes, hecho al menos curioso. Quizá el pasaje más decidor es en el que Francisco Valdés, capitán de la selección, pediría audiencia con Pinochet para interceder por Hugo Lepe, compañero suyo en Colo Colo y detenido por pensar distinto a la dictadura. La audiencia sería concedida y, luego de algunas gestiones, se le entregó a Valdés una credencial con acceso libre a todos los campos de detención. Al recorrer el Estadio Nacional, cuenta que la multitud en las tribunas le recordaba a los partidos de la selección. Y el mito del horror, del hambre, de la tristeza, del encierro, de la muerte. Sí, logró liberar a Lepe, pero, ¿podría haber hecho algo más, considerando lo visto, lo recorrido, lo vivido? No era cualquier persona después de todo: era el capitán de la selección chilena de fútbol que acababa de clasificar al mundial luego de derrotar al enemigo político. Hacer cualquier tipo de juicio a 45 años de ocurrido es hacer un juicio histórico fuera de contexto, eso es claro, y más si la época misma en la que se habla es una donde ni siquiera el derecho a pensar libremente estaba garantizado. De todas maneras, de una u otra forma, también esto habla del mito de la solidaridad de la sociedad chilena.

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