29 de marzo, otra vez

Por Sergio Acuña

 

 

Hace treinta y tres años que el asesinato de los hermanos Vergara, Rafael y Eduardo, consagró la fecha del 29 de Marzo como el Día del Joven Combatiente. Durante décadas los medios masivos de comunicación han nublado su conmemoración como un momento de desborden delictual amparados en la confrontación que, año tras año, se da entre un segmento social de la periferia urbana y Carabineros. Este fenómeno no puede ser simplificado como un día de “oportunidad” para segmentos delictuales de la población, como tampoco un día de inusual conciencia revolucionaria.

 

Una mirada crítica, fundamental para una política liberadora, nos permite afirmar con cierta pretensión de verdad, que estos distintos fenómenos sociales se fundamentan en el símbolo de rebeldía juvenil contra un orden tiránico que se asocia a la fecha. Un símbolo que conecta con una cultura popular asfixiada por la nueva “mentalidad chilena” que la dictadura se propuso construir, lo que le ha permitido persistir durante tanto tiempo pero, a la vez, se ha imbricado con el llamado sentido común neoliberal. Un fantasma histórico que, al caer la noche, moviliza a amplias franjas de juventud excluidas de la promesa del modelo a consagrar su descontento en la adrenalina y la sangre. La figura de la juventud rebelde, martirizada por la tiranía, pone en entredicho al pueblo con su futuro, llama a una reafirmación de la exclusión como virtud de una ‘pertenencia-a’ que está más allá de los márgenes del modelo.

 

Romerías, velas, cortes de luz y enfrentamientos trasladan la subjetividad a otro momento histórico que, de alguna manera, evidencian rasgos de religiosidad popular pero, como se mencionó, es subsumida -en parte- por el sentido común neoliberal. La rebeldía que se expresa en este día, no hay que mentirnos, está asociada a la posibilidad de ganarle al modelo, de salir por fuera del régimen para hacer cumplir por la fuerza su promesa: acceder a un nivel de consumo impensable para la realidad salarial general. La delincuencia se enaltece como único camino redentor de una realidad de exclusión y miseria.

 

En un nivel mucho menos generalizado se encuentra una comunidad de izquierda, difusa y sobreviviente, que a través de la liturgia de días como estos, fue haciéndose un pequeño espacio de resistencia cultural a la derrota de la transición. Una comunidad traicionada, desconfiada y fragmentada que se atrincheró contra el modelo, añorando las jornadas de protesta de los ochenta y dispuesta a esperar lo que sea necesario para una nueva ‘ocasión histórica’. Una forma de acción política que inundó a la izquierda durante los noventa y los primeros años de la década posterior. Virtuosa en su capacidad de sobrevivir a la derrota pero terca en tomar el pasado como receta.

 

Vivimos tiempos distintos, nos parece evidente, pero que continúan teniendo su fundamento en la colonialidad capitalista y patriarcal, que se expresa en el modelo neoliberal y la arquitectura institucional que lo blinda. Los ciclos de descomposición del bloque histórico en el poder -el pacto de la transición- de las dos últimas décadas han permitido el surgimiento de nuevas generaciones críticas que, sostenidas y determinadas por el recorrido de la izquierda, han impugnado al modelo. En una pretensión de superar la sobrevivencia -transformada en marginalidad- niega en parte el pasado y se plantea desde una ‘nueva’ crítica que se imagina ‘emergiendo’ de la nada. La misma expansión de la matrícula universitaria facilitó una secularización de la política que ha tendido a encerrar su militancia en un segmento muy acotado de la población. Sería suficiente para un recambio de élites pero estéril para un proyecto revolucionario.

 

La juventud popular seguirá, en su mayoría, al margen de la izquierda en la medida que no se busque conectar con aquellos símbolos que potencian sentidos en nuestro pueblo, pero que habitan fuera del orden vigente. Más allá de la liturgia de estos días, hace falta una batalla cultural que nos permita disputar el sentido de la rebeldía juvenil que, pese a fundamentarse en negar la legitimidad de la ley, se sostiene en el ‘éxito’ -social y económico- como parámetro de virtud. Sería disputar el fundamento de la rebeldía como la entrega en contra de lo que dicta la ley por injusta, por tanto, ilegítima. Ahí radica la importancia de persistir en la conmemoración, en construir un relato de liberación que, en días como estos, nos recuerde a aquella juventud popular martirizada en la lucha por la dignidad de todas y todos, la misma dignidad por la que luchamos hoy.

 

Se hace necesario traspasar el fantasma del combate pasado para proyectarlo en el futuro, en las juventudes y combates actuales que permitan, a través de la acción y ya no la espera, imaginar y construir en vida la ‘ocasión histórica’, el acontecimiento revolucionario. Mirar al combate en su fundamento ético, más allá de la pirotecnia, para sumergirnos en el trabajo político diario, frustrante, muchas veces ingrato, pero que en silencio va construyendo las condiciones para la liberación. La conmemoración de nuestros caídos y caídas nos debe convocar a fortalecer nuestra entrega a la lucha el resto del año.

 

Comentarios (1)

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    Dejaré este comentario nuevamente, pues no entiendo por qué no aparece siendo que lo hice hace bastante tiempo:

    HACER DEL PODER POPULAR UN VALOR Y NO UNA CONSIGNA
    Comenzaré con un supuesto:
    Resulta absolutamente demagógico prometer a los trabajadores que de un día para otro, mediante una especie de «salto cualitativo», los explotados tendrán en sus manos el poder. El poder, que es capacidad constructiva, no puede estar en manos de quienes no tienen la capacidad de construir. El poder está en manos de quienes pueden tomar decisiones sobre el acontecer futuro. Una organización en la cual el poder está en manos del pueblo, no significa la tontera de pretender que cualquier persona decida cualquier cosa, sino el reconocimiento orgánico de las distintas capacidades y su promoción mediante la práctica social de la educación permanente. Cuando todos los seres humanos que asumen la responsabilidad social tengan la libertad para exponer sus planteamientos con el objeto de resolver el qué hacer, y en base a esa práctica, al tener acceso a un conocimiento más perfecto mediante la discusión, desarrollen su capacidad constructiva, estaremos en presencia del pueblo en el poder.
    Mirar la historia desde la perspectiva de los trabajadores, de los explotados y segregados, en nuestros días resulta novedoso y revitalizante, más aún si se hace con profundidad. Un rigor que uno echa de menos cotidianamente en nuestro país. Hoy hemos incorporado la categoría de los “ciudadanos” (re-incorporado en realidad, desde la revolución francesa). Pienso que lo especial de abordar la vieja problemática social seriamente, incluye el mostrarnos nuevas posibilidades en la promoción de ideales por seres que han soñado y sueñan con una convivencia comunitaria orientada desde la naturaleza humana, en plena expresión de libertad y desarrollo, dándonos los habitantes nuestras propias organizaciones en las que participemos directamente de nuestro propio destino.
    La sociedad capitalista, identificada institucionalmente con el Estado, siempre usa a las fuerzas policiales y armadas para defender los privilegios de los poderosos cuando ven realmente amenazados sus intereses, su patrimonio de poder (control) y de propiedad privada. Y aunque decir esto pueda parecer algo obvio, es sumamente grave y profundo. Y en esta mirada hay muchas expresiones y convocan problemas contingentes.

    En términos consensuales se supone que históricamente, para convivir, hemos establecido desde la Revolución Francesa (o la Norteamericana, que es anterior) un “contrato social”, donde los individuos renuncian a hacer justicia porque el Estado (la institucionalidad) la proveerá: renuncia al uso de la fuerza, porque el Estado dispondrá policía y fuerzas armadas. Esto, incluido que debe pagar impuestos, para obtener “Libertad, Igualdad y Fraternidad”.
    Uno tiene derecho a preguntarse si alguna vez firmó algún contrato o si le consultaron si quería firmarlo. Ya sabemos que los contratos son al menos bipartitos, y lo curioso es que el “ser social” obedece con fe ciega su parte y la otra parte, el Estado, no siempre (o casi nunca) cumple con la suya.
    ¿Es esto válido? ¿La parte social-institucional (el Estado) asume que lo anula y niega al no cumplir sus obligaciones contractuales?
    Se convierte entonces en una necesidad que una nueva postura política de cambio, revolucionaria, cuestione teóricamente estas cosas puesto que en lo medular, el asunto “sistémico” no ha cambiado y sigue basándose en que un sector minoritario de la sociedad VIVE A COSTA DEL TRABAJO DE OTROS, que es mayoritario.
    La pregunta es más amplia que la respuesta, sin dudas, pero de eso se trata.

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