A propósito del trabajo de Silvia Federici

A raíz de la visita de la escritora Silvia Federici a nuestro país y para fortalecer el debate feminista desde una mirada latinoamericana y comunitaria, les dejamos con esta columna de la filósofa y connotada académica Raquel Gutierrez.


 

Por Raquel Gutierrez Aguilar

 

Deshilvanar para fines analíticos, en pocas páginas, algunos de los hilos más coloridos, enérgicos y resistentes del pensamiento de Silvia Federici ha sido el desafío que me han lanzado los editores del primer número de El Apantle. ¡Difícil tarea la que me han encomendado! Lo complicado del encargo no reside en la enumeración de los argumentos de la querida Maestra Federici, cuya diáfana claridad a la hora de desplegarse asombra y seduce, simultáneamente, a la razón y a la emoción. La dificultad está en brindar una plataforma que haga justicia a la enorme cantidad de asuntos que Silvia critica e ilumina, al tiempo que sugiere pistas al pensamiento crítico y guía los pasos de quienes tratamos de seguir su febril ritmo creativo.

 

Pongamos manos a la obra y confiemos en que esta breve reseña no se quedará corta ni deslucirá la fuerza de la propuesta crítica de Federici. Son dos los asuntos centrales a los que, a mi juicio, el pensamiento y la práctica de Silvia nos convocan. En primer lugar, en tanto feminista de y por lo común, está su empuje por visibilizar y volver audible, una y otra vez, los pensamientos de las mujeres en los ámbitos doméstico y público, sus prácticas y sus saberes cotidianos y estratégicos. En tal sentido, ella siempre enriquece y amplía el acercamiento a la teoría crítica en tanto pone atención en lo que desde otras perspectivas analíticas es catalogado como no relevante o es soslayado como particularismo descartable.

 

Desde sus primeros trabajos en la campaña “Salario para el trabajo doméstico”, Federici, junto con algunas de sus colegas, se esforzaron por llamar la atención hacia la esfera de la reproducción material de la vida social. Desde entonces, Silvia ha perseverado en ahondar las posibilidades críticas que desde ahí se iluminan, abriendo los conceptos –como el de “trabajo doméstico”– y contribuyendo a la renovada comprensión y organización de la experiencia fruto de la lucha: un esfuerzo serio y potente por mover el punto de partida de la reflexión crítica. Por desplazarlo desde el canónico sitio de la producción y reproducción del capital hacia el subversivo ámbito de la producción y reproducción de su “mercancía” más preciosa y necesaria: la fuerza de trabajo. Y, en dicho tránsito, alumbrar otras posibilidades para pensar la transformación social, la revolucionarización de lo existente, las luchas en defensa de la vida, de los medios de existencia y de las riquezas sociales todas, humanas y no humanas. La recuperación y militante visibilización de las experiencias e ideas de la amplísima constelación de mujeres que ha ido conociendo a lo largo de su trabajo académico y político, llevó a Silvia a realizar la investigación histórica sobre la caza de brujas durante los siglos XVI y XVII cuyos resultados fueron publicados como Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria3 .

 

Vayamos brevemente sobre esta obra fundamental. ¿Es Calibán y la bruja un libro feminista? O, más bien, ¿lo debemos inscribir en cierta veta herética dentro de la tradición del marxismo crítico? ¿Acaso es un libro de historia? ¿Es las tres cosas a la vez? A mi juicio, Calibán y la bruja constituye, antes que nada, una apuesta por subvertir y desordenar, de manera radical, el orden íntimo y complejo del pensamiento masculino dominante que es, a la vez capitalista y colonial. De ahí la centralidad de su discusión con Marx a quien critica, con justicia, haberse desentendido del vasto y heterogéneo mundo de la reproducción material de la vida social invisibilizando –y negando– el amplio abanico de actividades y prácticas cotidianas y cíclicas implicadas en la conservación y ampliación de la vida. El mundo capitalista, señala Federici, no puede ser comprendido a cabalidad –para avanzar en su crítica– si únicamente se miran los bucles de la producción de mercancías, de su distribución y consumo, es decir, de lo que suele llamarse “reproducción del capital”. Existe otro gran ámbito de la vida social que se ubica más allá, por debajo, adentro, en contra y más allá de los incesantes procesos de “producción y reproducción del capital”: son los múltiples mundos siempre regenerados por los esfuerzos incesantes hechos sobre todo por mujeres –aunque no únicamente– por mantener y sostener la vida, por ampliar sus posibilidades de gozo y disfrute, por reproducir material y simbólicamente la vida humana y no humana, día tras día, año tras año, generación y generación.

 

Este lúcido punto de partida incomoda a casi todos. Los marxistas se apuran a señalar que estos polimorfos mundos de la vida cotidiana donde se produce incesantemente la reproducción material de la vida se ajustan tanto y tan bien al incremento y acumulación del capital, que no vale la pena reflexionar sobre lo que ahí ocurre, a no ser como una derivación de los procesos de acumulación del capital. Niegan la creativa posibilidad de autonomía material, fundamento de cualquier autonomía política, que desde ahí pudiera brotar.

 

Ciertas feministas liberales, por su parte, se escandalizan del enérgico llamado que hace Federici a pensar la transformación social desde el ámbito de la reproducción, alegando que una infinidad de mujeres en lucha, desde mediados del XIX y a lo largo del siglo XX, nos ha dejado una herencia de esfuerzos por salir de ese lugar. Olvidan, sin embargo, los ubicuos modos en que hemos quedado atrapadas –en muchas ocasiones– en el laberíntico juego de espejos en el que nos atrapa el falaz “horizonte de la igualdad” que a lo más alcanza a ofrecernos ser parte de una agobiante sociedad de individuos abstractos y formalmente equiparables, cuya existencia se basa en la mercantilización completa de las actividades conexas a la reproducción cotidiana de la vida: sociedades de votantes que consumen o de consumidores que votan. Forma social, por lo demás, hoy en ruinas. También están quienes piensan –y no tanto practican– lo relativo a la “descolonización”, que ignoran el conjunto de aportes que Federici brinda para pensar lo común como condición material de la producción y reproducción de un horizonte de vida buena, que transite vías y caminos de emancipación. Claro, es mucho más cómodo elaborar teorías centradas en la crítica de determinados marcos epistemológicos, en vez de meter la cabeza y las manos en las prosaicas disputas por cuestiones materiales y en los muy difíciles equilibrios en/para el usufructo colectivo de lo disponible. La veta crítica a la práctica colonial que Federici sugiere camina justamente por este angosto sendero, aunque sin duda no es algo en lo que ella haya concentrado su atención.

 

Resulta entonces que el pensamiento y los argumentos de Federici no son cómodos para nadie que se haya labrado un pequeño –o grande– nicho de poder desde el cual asegurar privilegios y ventajas. Las palabras y razones de Silvia, siempre como un alud o a la manera de un tornado, arrastran y demuelen viejas creencias de esas que aportan seguridad al tiempo que estancan la acción política. Silvia confronta, desafía con su voz cultivada y armoniosa de mujer madura: no hay otro punto de partida para ir paulatinamente disolviendo las relaciones capitalistas, para confrontar los peores agravios que impone el capitalismo que el arco-iris de prácticas, esfuerzos, saberes y experiencias cotidianas desde donde reproducimos material y simbólicamente la vida social. Desde ese lugar eleva su voz femenina y convoca a los varones a sumarse. No es, por tanto, una feminista que piense o hable únicamente para las mujeres, aunque nunca olvida el tono de voz distinguible y las experiencias diferenciadas que se encarnan en los cuerpos nuestros, de compañeras.

 

En segundo lugar Silvia es una comunera. Su otra gran apuesta política y teórica es mostrar que lo común, los bienes comunes naturales y también la riqueza social disponible a partir de su producción como tal, como riqueza común, son el fundamento, la condición necesaria –aunque no suficiente– para la lucha social contra y más allá del capital, de la dominación masculina y de la colonialidad que impregna la vida pública y privada. Y es mucho lo que en este otro terreno ella nos enseña. Calibán y la bruja es, en este terreno, de manera análoga a su heterodoxo feminismo, un texto pionero e inspirador. Su tesis del desarrollo del capitalismo como una contrarrevolución organizada por aristócratas y grandes comerciantes contra la dificultosa autonomía que desde abajo desafiaba el régimen feudal, es completamente indigesta para quienes hoy enarbolan la bandera del desarrollo del capital adornada con colores “progresistas” o “pluriculturales”. Y dicha tesis se despliega a partir de entender la manera múltiple como, en cada nuevo ciclo de acumulación ampliada de capital, se agrede, se destruye o se despojan los bienes comunes –tierra, agua, derechos consuetudinarios a la leña, a las plantas medicinales, a las bayas y frutos de los árboles, a espacios para criar animales domésticos; pero también, de manera más cercana en el tiempo, seguridad social, derechos laborales básicos, escuelas y hospitales no privados y toda clase de redes de soporte para la reproducción de la vida social.

 

Todos estos comunes –como los llama Silvia- son sostén y fundamento para la reproducción cotidiana de quienes “viven por sus manos” y en particular, de las nuevas generaciones cuyas madres hoy, como las viejas brujas de hace siglos, son achicharradas en las temibles hogueras del interminable trabajo precario, de la desigualación estatalmente administrada, de la violencia masculina desatada. Hoy, como ayer, nosotras quedamos colocadas en la trampa mortal de la escisión vital de tiempos y de espacios, labrada en siglos anteriores. Nuestros compañeros también, aunque con mucha frecuencia, lamentablemente, ellos se esfuerzan en no verlo. Así, la comunera feminista que es Silvia Federici, más allá de Calibán y la bruja, una y otra vez, se empeña en mostrarnos nuevas formas de criticar el mundo y la vida que el capital nos hace vivir, de luchar contra las obscenidades que éste genera. En La revolución feminista inacabada. Mujeres, reproducción social y lucha por lo común –libro publicado en México por la Escuela Calpulli, que contiene algunos de los ensayos publicados previamente como Revolution at point zero5 (Federici, 2012; 2013b)–, Federici nos da pautas renovadas para la crítica del neoliberalismo contemporáneo desde la perspectiva teórica que ha cultivado durante años. Afianzando la mirada en la perspectiva que convoca a no desdeñar la experiencia femenina y a estar pendiente de la continua y sistemática creación y re-creación colectiva de comunes, que una y otra vez son agredidos por la voracidad capitalista, Federici consigue hilar, creativamente, cuestiones y asuntos económicos y políticos que por lo general quedan escindidos y desconectados si son analizados desde otros marcos analíticos. Asuntos que adquieren una nueva y fértil claridad desde la deriva de Silvia son las luchas por la defensa de los territorios colectivos y/o comunes bajo amenaza de despojo, privatización y destrucción, que son –o pueden ser– comprendidas como esfuerzos distintos aunque emparentados con las luchas por –o en defensa de– derechos sociales consagrados, por respeto a la dignidad personal, por ampliación de libertades.

 

Así, una vez más, Silvia Federici no “entra al aro”, por expresarlo coloquialmente: se escapa y se resiste a las rígidas segmentaciones que la dominación masculina capitalista y colonial, una y otra vez, introducen en el pensamiento, haciendo alarde de su prerrogativa de clasificar y de juzgar; de establecer los marcos canónicos del pensamiento y de marcar y fijar rígidamente, por tanto, sus límites. Una última clave, que para mi es esencial para comprender la relevancia y originalidad del pensamiento de Silvia Federici, está en su fértil crítica a las separaciones impuestas como mecanismo básico de la dominación y de la explotación. Federici, entre otras cosas, llama la atención una y otra vez, acerca de la sistemática producción de separaciones que el capitalismo –y el Estado que es su forma política por excelencia– introducen en la vida social: desde la rígida separación sexo-genérica moderna que consagró a los varones en el lugar de lo público, separándolos del mundo de la reproducción donde se confinó a las mujeres, hasta las separaciones entre propietarios y trabajadores, entre expertos y obedientes, entre trabajadores manuales e intelectuales, etc. Dispositivo práctico de reiteración de separaciones fácticas y a la vez imaginarias, es decir, conducente a la consolidación del específico orden simbólico masculino-dominante, abstracto-capitalista y ferozmente jerarquizante que compartimos en tanto sujetos modernos.

 

Silvia Federici, en su trabajo político, en sus aportes académicos y en su vida cotidiana es, ella misma, una fuerza de disolución de todas esas separaciones. De ahí su capacidad para servir de puente entre diversas tradiciones de pensamiento, para enlazar y vincular los esfuerzos críticos y las luchas tan diversas que inundan este tiempo que llamamos presente. La amplia y versátil riqueza de su pensamiento de comunera feminista y de feminista comunera que comparte, siempre, con una calidez inagotable, es una fuerza inmensa en la producción cotidiana y estratégica de lo común.

 

Puebla, mayo de 2015

 

(Texto extraído de Revista «El Apantle», N°1, 2015)

 

 

 

Imagen extraída de cuartopodersalta.com.ar

Corresponsal para Revista De Frente

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