Capitaloceno, Antropoceno, y la crisis planetaria desatada por la pandemia del Coronavirus

Desencadenada por la pandemia planetaria del Coronavirus, una crisis de múltiples dimensiones y altísimas magnitudes avanza por todas las esferas de la vida social y el sistema global. En ese contexto, compartimos dos reflexiones surgidas a raíz de lo que viene sucediendo en el último par de meses a nivel mundial, y con las ideas – conceptos de «Antropoceno» y «Capitaloceno» que vienen siendo objeto de elaboración y debate en los últimos tiempos. Además, más abajo, el enlace a algunos textos adicionales sobre estas dos ideas.
 


 

El periodo global actual: Llamémoslo de Capitaloceno.
 

Por Briana Bombana. Fuente: Vol.Radio.

 

Ya sé que en tiempos de cuarentena tenemos que cuidar, de entre otras cosas, de nuestra salud mental, y que por ello es tramposa la pregunta que les haré enseguida, pero ¿han estado viendo las noticias sobre la recuperación de la naturaleza en estos días en los cuales la humanidad se ha estado recluyendo? Para les que no lo saben, hay registros de que, desde hace muchísimas décadas, las aguas de los canales de Venecia no han estado tan limpias como en este momentola calidad del aire en Barcelona no se veía tan buenatortugas marinas amenazadas de extinción nacieron en una playa de Brasil por estar ahora desierta y libre de pisoteos, y podía seguir yo con los ejemplos. En cambio, voy al grano.

 

Uno que esté más o menos preocupado con las cuestiones ambientales mira estas situaciones y, de golpe, le encaja que la humanidad es definitivamente el gran cáncer de muchos problemas actuales: la emergencia climática, la abundante degradación de hábitats, la acumulación de residuos plásticos, etc. Así que en los círculos académicos se ha estado construyendo el concepto del Antropoceno, ahora ya difundido también en otros ámbitos, definido como el periodo de tiempo que empieza con la revolución industrial* y se extiende hasta la fecha presente en el cual nosotres, les humanes, hemos “logrado” acelerar (¡mucho!) y condicionar los procesos de evolución del planeta. Una muestra de ello es la actual extinción masiva de especies, la cual se diferencia de las otras cinco extinciones de que se tiene registro en la historia terrestre porque estas últimas fueron causadas por elementos naturales, como la caída del asteroide que eliminó a los dinosaurios del planeta.
 

Sin embargo, creo que merece la pena profundizar un poco en la discusión para no caer en la falsa idea de una “naturaleza” separada del hombre y/o de una población humana homogénea, sobre todo en el caso de les sudamericanes , supongo, somos tanto la mayoría de vosotres que me leen cuanto yo que les escribo, dado que tenemos la gloria y la pena (por la general insensibilidad) de coexistir con las poblaciones indígenas. Éstas no solo se ven como parte de la naturaleza, no habiendo una dicotomía entre el mundo humano-natural, bien como han construido maneras de vivir que no amenazan mayormente a los demás seres vivientes. Por lo tanto, siendo más que injusto que se las clasifiquemos como esta “humanidad” que consume los recursos e impacta el medio en que se inserta y que, claro está, compartan la culpa del Antropoceno. Aquí es donde les introduzco la idea del Capitaloceno, defendida por el investigador Jason Moore, partiendo del principio de que no se puede explicar el cambio global sin antes identificar los patrones de poder, capital y naturaleza que se han establecido a partir de las “grandes” navegaciones (siglos XV y XVI). Es decir, por detrás del origen inmediato del consumo/apropiación de recursos y personas (como fuerza de trabajo) atribuido a la industrialización antes yacen el imperialismo, el especismo, el clasismo, el racismo y el patriarcado, que culminan con la institución generalizada del capitalismo como modelo económico, explicando dicho consumo/apropiación. En efecto, Galeano en su libro “Venas abiertas de América Latina” ejemplifica que Brasil-colonia (y todo lo que esto conlleve) contribuyó enormemente para que Inglaterra, que tenía un pacto con Portugal, recaudara el capital necesario para llevar a cabo su reconocida revolución industrial.
 

En este contexto – especialmente el de meditación en el aislamiento, de la solidaridad entre personas y de la explicitación de la necesidad de lo común – más valdrá que antes de sentenciar lo humano, reflexionemos sobre el sistema que nos ha desconectado de nuestras interdependencias y llevado a todas las especies a sumergir en el Capitaloceno. Identificar y nombrar este periodo tal y como se los he presentado parece ser un acto optimista, capaz de integrar la heterogeneidad y construir alternativas a este cambio global.
 

* Aunque hay divergencias: la mayoría de los investigadores ubica el inicio del Antropocenen la revolución industrial.

 


 

La pandemia como síntoma del Capitaloceno: el freno de emergencia. Fuente: La Tinta
El virus que hoy nos interpela a todxs ha venido a poner en cuestión el actual modelo de civilización. En esta serie de artículos, la Ecología Política nos ayuda a mirar las angustias y desafíos de nuestro presente y a tejer sentipensares desde la esperanza: para construir juntxs nuevos rumbos posibles, para que la pandemia valga la pena.

 

Por Horacio Machado Aráoz – Colectivo de Investigación de Ecología Política del Sur* para La tinta

 

En el momento menos esperado, pero en el más necesario y oportuno que nunca; desde el lugar más imprevisto, la Tierra ha sido políticamente convulsionada y no atina aún a reaccionar. Como un sutil y paradójico terremoto histórico y geológico, el Coronavirus lo ha cambiado todo; pero no con movimientos bruscos, sino con una parálisis masiva y global. Su irrupción en la biología humana ha provocado una interpelación mayúscula al conjunto de la población global contemporánea; el desafío probablemente más crítico que nos haya tocado afrontar en el breve lapso de nuestra aventura como especie.
 

Pero, aunque este virus nos interpela a todxs, debemos su visita no a causa de todxs. Ha venido a poner en cuestión un modelo civilizatorio en concreto, que mucho tiene que ver con cómo su irrupción se transformó rápidamente en una masiva crisis sanitaria mundial. Nos referimos a un modelo civilizatorio que, en el relámpago de su vigencia, ha puesto en crisis no apenas la continuidad de tal o cual forma de vida social, sino ya la de la mera continuidad de lo humano como tal.
 

Hoy, en su crepúsculo, podemos ver cómo y en qué medida esa civilización ha comportado un dislocación drástica en el devenir mismo del proceso de humanización. Sin embargo, esto que es evidente y crucial, no todos lo ven. Más bien, pasa desapercibido; sobre todo, para amplias mayorías que viven inmersas en su ritmo y en sus reglas. Una civilización que, con aguda lucidez, fuera caracterizada por su método viral, viene a ser interpelada precisamente por un virus.
 

De repente, las civilizaciones otras, que fueron infectadas por aquella civilización viral, ven, en el virus, menos un enemigo y más un inesperado aliado. Así como las otras especies y el conjunto de los seres vivos que fueron arrinconados a los extremos de la sobrevivencia, esos pueblos otros re-existentes ven este tiempo, claro, con angustia e incertidumbres, pero también como mucha esperanza.

 

Sintiéndonos parte de ellos, en estos textos, compartimos algunas reflexiones que hemos ido desarrollando al interior de nuestro colectivo de investigación. Se trata de textos concatenados que procuran precisar la envergadura de los desafíos y los motivos de nuestras angustias, así como dar cuenta de nuestras esperanzas. Trazamos acá una somera hermenéutica crítica de la pandemia, como sintomatología del Capitaloceno. A través de ella, queremos compartir el diagnóstico sobre el régimen de relaciones sociales que nos está enfermando y abrir nuestros sentipensares, para seguir tejiendo con nuestrxs hermanxs las rutas alternativas que nos lleven a otros rumbos.
 

Un virus, es decir, un lenguaje de la Tierra, nos viene a ofrecer una opción terapéutica y una práctica pedagógica. Ojalá podamos escucharle; aprender con él… Y sanar.
 

Paro
 

“Marx dijo que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial.
 

Tal vez, las cosas se presenten de otra manera.
Puede ocurrir que las revoluciones sean el acto por el cual la humanidad que viaja en el tren tira del freno de emergencia”
(Walter Benjamin)

 

El año 2020 encuentra a la humanidad sumida en una parálisis apabullante, tan imprevista como generalizada. De repente, el mundo se ha parado en seco. Como si el tiempo se hubiera congelado. Todo, prácticamente todo, ha sido interrumpido. Puede decirse, en cierto sentido, que el 2020 no ha comenzado aún. La vida social del mundo globalizado está, por ahora, en suspenso. Salvo reveladoras excepciones, la inmensa mayoría de individuos que hoy conforman la población de humanos vivientes está atravesando estos días confinada en sus recintos, bajo distintos regímenes de aislamiento.
 

Una elemental interacción microbiológica -de las miles de millones que acontecen a diario, a cada instante, en el planeta- desencadenó semejante conmoción. Es que, esta vez, el desvío contingente de sus trayectorias zoonóticas habituales hizo que una cepa de coronavirus fuera a parar en organismos humanos, para cuya visita no estaban biológicamente preparados. Ese minúsculo acontecimiento fue el detonante. Luego, siguiendo las rutas más transitadas del turismo y el comercio internacional, se fue expandiendo a la velocidad del ritmo de vida contemporáneo, hasta encender las alarmas sanitarias del mundo entero.
 

Así, la irrupción de un ignoto microorganismo en la fisiología humana colocó a la especie ante una situación inédita. Nos puso a todxs bajo un mismo prisma de sensaciones compartidas. Por primera vez en nuestra breve historia, afrontamos una misma experiencia vital, compartida en simultáneo a nivel global. Una vivencia que nos embarga a todxs.
 

Porque, efectivamente, el virus nos afecta a todxs. Más allá de las insoslayables diferencias intra-especie (aquellas que nos distinguen y aquellas que nos separan y nos clasifican), ese ser infinitesimal nos ha afectado a todxs. A cada uno de los cuerpos de todos los agrupamientos humanos, en sus distintas escalas, alrededor del mundo.
 

Se trata, por supuesto, de una afectación diferencial, que, por un lado, pone al desnudo todas las desigualdades creadas y vigentes, esas que hacen de ese “nosotros-humanidad” una pirámide de enormes distancias y fronteras incólumes.

 

Pero que, al mismo tiempo, nos genera una afectación radicalmente igualadora; como queriéndonos enseñar que (aunque no nos sintamos y no nos reconozcamos como tales) somos parte de una misma familia, de una misma Comunidad de Vida; hermanadxs biológicamente, por el aire que respiramos; por el agua, de remotos tiempos geológicos, que corre por nuestras venas y que nos une, en un mismo destino, con todos los seres del Planeta…

 

Si, al menos, lográramos aprovechar este silencio, esta quietud, para percatarnos de ello, diríamos que esta pandemia valió la pena… A pesar de todas las muertes y las represiones que vinieron y que vendrán montadas en el virus como excusa, si sólo pudiéramos, aunque sea mínimamente, re-conocer-nos como delicadísimas hebras de ese tejido más vasto, que nos excede por completo y que, a la vez, nos contiene y nos hace ser… Si fuéramos capaces de sentir-nos, aunque sea por un instante, íntimamente conectadxs a la trama de la vida, diríamos que sí, que valió la pena…
 

Tiempo
 

“Los cinco raquíticos decenios del homo sapiens”,
dice un biólogo moderno,
“representan con relación a la historia de la vida orgánica sobre la tierra,
algo así como dos segundos al final de un día de veinticuatro horas.
Registrada según esta escala,
la historia entera de  la humanidad civilizada llenaría un quinto del último segundo de la última hora”
(Walter Benjamin, Conceptos de Filosofía de la Historia).

 

Para una sociedad que ha hecho de la aceleración del tiempo, de la velocidad de las interacciones, del movimiento, la innovación y el crecimiento incesante, sus marcas de origen, la parálisis se le presenta como un fenómeno radicalmente disruptivo y perturbador.
 

Sumergidxs ya en generaciones y generaciones nacidas bajo el imperativo de la productividad, para lxs habitantes de este mundo, vivir es correr. Ir y venir, persiguiendo siempre objetivos, fijados quién sabe por quién y para qué. Hasta para sus vacaciones, tienen tiempos reglados y metas de ‘disfrute’ (im-)puestas. Por eso, la parálisis descoloca absolutamente. “No hacer nada” está fuera de nuestro genoma societal. Y, de repente, un microorganismo lo hizo. Dejó, prácticamente, en desuso la primera y más emblemática de las máquinas de nuestra Era. Transitamos días en los que el reloj no cuenta.
 

A los miedos epidemiológicos, se suman los de clase (es decir, de hambres de un lado y lucros cesantes del otro), los de piel y los de sexo, esos que distribuyen desigualmente las probabilidades de enfermar y de morir. El “tiempo improductivo” los aumenta a todos; provoca incertidumbres varias y desesperaciones diversas, pero generalizadas. (Mal)educadxs en formar parte de una maquinaria en movimiento perpetuo, de mercados que no cierran, de fábricas que “trabajan” las 24 horas, los 365 días del año, la parálisis es fuente de una angustia existencial inconmensurable.
 

Un diminuto habitante de este planeta, que sólo vive a condición de ser alojado en otros organismos más complejos, ha logrado hacer lo que muchxs, millones, hubiéramos deseado: una gran huelga mundial masiva que corte, por un tiempo indefinido, las cadenas de la explotación; la explotación de los cuerpos y de los territorios. Que detenga las maquilas que expolian capacidades; las motosierras que arrasan los bosques; los pesqueros que azuelan los mares; las cosechadoras que esquilman los suelos; los explosivos que vuelan montañas y exprimen las rocas del subsuelo… Un virus ha logrado, por unos días, detener los vertidos tóxicos y las incontables fuentes de contaminación que, día a día, envenenan las aguas y el cielo.

 

La revolución que soñó el más osado (y, probablemente, más lúcido) revolucionario de esta época no la hizo (hasta ahora) un colectivo humano, sino un pequeño microorganismo. Como si fuera el enviado de Benjamin, el coronavirus ha activado -al menos, por un tiempo- el freno de emergencia. Estamos así paralizados. Pero no es apenas una parálisis forzada. Es la parálisis de una sociedad que ha perdido el rumbo.

 

Más que parada, somos una sociedad perdida, aturdida y desorientada. Que ha errado la concepción del espacio y del tiempo; que anda así, ignorante de su geografía y desubicada en la historia. Mientras, la pequeñísima fracción de la especie que tiene el comando (si podría decirse así) cree que va en un tren de alta velocidad por un tiempo vacío y un espacio plano, sin poder ver lo que va dejando atrás ni lo que tiene por delante. Corre así, desenfrenadamente, por un camino sin rumbo y un horizonte sin sueño…
Una civilización errante nos puede convertir en una especie fallida. Una especie fallida es aquella que, básicamente, desconoce su procedencia y su lugar en el cosmos; que reniega de su pertenencia geológica y su destino.
 

Así, en lugar de lamentar la parálisis, deberíamos estar agradecidxs. Porque, cuando unx está perdido, nada mejor que detenerse a revisar de dónde venimos y hacia dónde realmente querríamos ir.
Si esta parálisis nos llevara a preguntarnos seriamente a dónde vamos, cuál es la razón de nuestra prisa; si llevara a cuestionarnos qué nos urge y qué nos desvela, diríamos que esta pandemia valió la pena… A pesar de las violencias aumentadas y las hambrunas extendidas que, montadas en la excusa de este virus, se provocarán, si de esas violencias y esas hambrunas brotaran rebeldías varias, que pongan en cuestión esta carrera y nos obliguen a cambiar de rumbo, diríamos que sí, que esta pandemia valió la pena….

 
 *Centro de Investigaciones y Transferencia de Catamarca (CITCA) –dependiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y de la Universidad Nacional de Catamarca. 
**Por Horacio Machado Aráoz – Colectivo de Investigación de Ecología Política del Sur para La tinta /

 


Ver también enlaces relacionados:

Antropoceno o capitaloceno. ¿Quienes son los responsables de la crisis climática?, Maximiliano Proaño. Fundación Heinrich Boell, sede en Chile.
¿Antropoceno y Capitaloceno en Latinoamerica?, Alfonso Madrid Echeverría, Radio Universidad de Chile.
¿Antropoceno? Más bien ‘Capitaloceno’. Entrevista a Jason W. Moore, web Sin Permiso.
«¿Qué es el capitaloceno?», Víctor M. Toledo, artículo en la Jornada.
¿Vivimos en el ‘Capitaloceno’?, Astrid Ulloa, Revista Arcadia.
Capitaloceno y adaptación elitista, Omar Ernesto Cano Ramírez, Ecología Política.

Equipo de política internacional de Revista De Frente

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