Beatriz Allende: Ese silencio estremecedor de la izquierda chilena

Por Miguel Fauré P.

#DeFrente

 

Había la pequeña burguesía,
La burguesía compradora,
Los latifundistas,
El proletariado,
El campesinado,
Otras clases,
Y tú,
Toda temblor, toda ilusión.

Roberto Fernández Retamar, «Madrigal»

 

Ella observa, escucha, aprende. No siente que tenga nada que imponer ni a nadie a quien adoctrinar. Ella, Beatriz, es el silencio y el temple. Camina junto a los obreros de Lota, ayuda en lo que sus principiantes conocimientos de Medicina le permiten. Se hace una con quienes ya saben que deben ser un nosotros. En los bajos fondos de la vida, allí ella encuentra su escuela.

 

No se puede hablar de ella a partir de una objetividad deshumanizada. Beatriz refleja ese trasfondo humilde, honesto y terrenal tras los lienzos, los liderazgos grandilocuentes y la verborrea política. Su rostro no era habitué de los cónclaves de «quienes  mandan» en la izquierda chilena setentista. No es cita de consignas ni grito de batalla. No tuvo «carne de estatua» como su padre.

 

Es por eso que no sorprende que su biografía recién aparezca en nuestros días. Antes, la memoria se configuró como campo de batalla febril. Tras los enfrentamientos más violentos, el humo de los proyectiles y la tensa calma de los pocos días de tregua, aparecen las huellas, los detalles a los que nadie prestó mayor atención. Las mujeres, los hombres, los niños. Las voces que pecaban de hablar bajito. Hoy estamos en esa pausa aparente. Hoy podemos hablar de Tati Allende.

 

Marco Álvarez Vergara en «Tati Allende: una revolucionaria olvidada» (Pehuén, 2017) consigue dibujar los breves días de una mujer que jamás tuvo otro proyecto vital que el de su causa. Qué difícil debe haber sido. Beatriz quería -como dijera Galeano en relación al Che- simplemente «darse». Brindar su deseo, su inteligencia y -por qué no- el amor más entrañable, al proyecto emancipador que nunca, nunca, estuvo tan claro en el horizonte. Ella quiso ser hija del Pueblo. Y lo fue, sin pretensiones de santidad o martirilogio.

 

El relato no es para militantes obtusos. Si usted se acerca a sus páginas, no pontifique ni juzgue. Sí, existe una crítica soterrada a cómo la Revolución también devora a algunos de sus hijas e hijos. Quizás a los más nobles. En el silencio terrible que nos regalan los buenos libros al acabar la última página, el susurro de Tati es sumamente claro. Su ausencia es una lección de coherencia sin beatitud, el dolor más sucio del barro de la Historia. La asunción de la vida y de la muerte, hasta las últimas consecuencias. Toda temblor, toda ilusión.

 

Comentarios (1)

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    Rafael Valenzuela Schmidt

    Siempre supimos que Juan Enrique estovo ligado a Patria y Libertad, antes de cambiar su vida y hacerse siloísta. El nunca lo ocultó. Estuvo en la formación del partido humanista desde el inicio y es un gran tipo. Que asco de gente esta, de lo más sucio de la política.

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