Byung-Chul Han: Cómo recuperar la respiración en medio del vértigo neoliberal

Por Miguel Fauré Polloni

 

¿Quién es Byung-Chul Han?

 

Convertido en un rockstar de la filosofía a partir de la difusión de sus ideas a través de las redes sociales, las mismas que él ataca por ser las venas de un modelo que somete psicopolíticamente. Byung-Chul Han, indiferente tanto al fenómeno de su repentina fama como a la forma en que ésta se creó, continúa publicando sus reflexiones a ritmo pausado, como lanzando botellas al mar. Nacido en Corea del Sur, con fecha exacta desconocida, estudió allí Metalurgia, más por subsistencia que por vocación. La crisis era inminente y tras sentirse un “inútil”, le miente a su familia y se instala en Alemania sin conocer una pizca del idioma. Estudia, a contramano, Literatura Alemana y Filosofía en Friburgo y Múnich.

 

Especialista en Heiddegger y atento observador del desarrollo del neoliberalismo, especialmente en China, Han comienza a delinear un diagnóstico pesimista ante los días que corren: las revoluciones, hoy, resultan imposibles, porque son los propios trabajadores quienes se explotan a sí mismos. La lógica del amo se introyecta en el esclavo al punto de no ser necesaria ninguna coacción externa: la auto-explotación es “consciente”, voluntaria, incluso deseable por parte de los trabajadores. Un panorama nada alentador, pero coincidente con muchos fenómenos que podrían traducirse como síntomas de este estado de las cosas. Por ejemplo, la depresión y el Burnout en ascenso resultan del exceso de afán (fracasado, casi siempre) de ser “empresarios (exitosos) de sí mismos”.

 

El aroma del tiempo (2009) es un ejemplo del estilo de Han para plantear sus ideas: sus libros no superan las 200 páginas y su forma de expresarse es simple, breve, como si hablara sólo con aforismos. La idea original del coreano es realizar un cruce entre “En busca del tiempo perdido” de Proust y “Ser y tiempo” de Heidegger, para delinear así un retrato de la crisis de sentido que, en la actualidad, ahoga el cotidiano de millones de personas, traduciéndose en desórdenes psicológicos y psicosociales.

 

 

 

Vivir sin sentido y morir a destiempo

 

Este texto aborda una consecuencia del neoliberalismo: la des-temporalización. Ante el reclamo colectivo de la permanente “falta de tiempo” o la sensación de que los tiempos actuales están “acelerados”, Han apunta un poco más allá: no existe aceleración alguna, simplemente porque vivimos en un tiempo “vacío”. La Modernidad sí vivió bajo la aceleración, porque había un destino al cual llegar (el Progreso), meta que –revoluciones mediante- nos acercaría a una versión del paraíso en la Tierra.

 

El neoliberalismo se consagra y anuncia el fin de la Historia. La posmodernidad celebra esta nueva era sin destino alguno, sin caminos, sin horizontes. El tren del Progreso infinito ya no se dirige a  ningún sitio, como pieza de museo sus vagones se detienen. Hoy no sabemos hacia dónde vamos, pero ¡qué fortuna!, gritan los posmo: todas las posibilidades están abiertas. El problema de esto, según Han, es que al ser todo similar, al estar todas las posibilidades a la mano, todo comienza a ser lo mismo… y todo, por ende, comienza a dar lo mismo, tanto lo superfluo como lo sagrado, porque se desconoce el límite entre ambas categorías. Que se multipliquen las opciones no ayuda a elegir, ya que –como sea- todas las elecciones son a la vez falsas, pues no hay verdad alguna.

 

La relativización absoluta posmoderna hace estallar el tiempo, borra el futuro y el pasado, nos abandona en un presente que no es más que una suma de instantes, de vivencias livianas. Cada segundo es igual al otro, ninguno destaca por su intensidad. Como ya no existe un horizonte posible, el tiempo pierde significación. Y es esa falta de sentido la que provoca la falsa sensación de que  todo se acelera, cuando en realidad el ser humano está atontado, mareado ante la infinidad de opciones y la secuencia absurda de segundos similares. Pero, a nivel personal, sí existe una diferencia con la Historia: la presencia ineludible de la muerte. La gente siente que quiere vivir todas esas opciones que se le ofrecen, ahora ya, antes que la muerte les dé alcance. Porque morir, hoy en día, siempre es a des-tiempo.

 

La muerte deja de ser el cierre deseado, el “morir a tiempo” de Nietzsche. La consumación de la vida. No, es una interrupción, una fecha de caducidad, de expiración. Una vida sin sentido no puede bien morir. El ser humano posmoderno se “fuga” de la muerte a través del olvido de sí mismos o de la búsqueda obsesiva de la salud, del cuidado corporal, como único anclaje a la vida. Como si acumular días fuese el bien vivir. Y de allí deriva, como fuga, el anhelo de acumular vivencias excitantes, de forma vertiginosa, para sentir que se “aprovechó” el tiempo vital.

 

Vita activa, vita contemplativa: al carajo el trabajo

 

El tiempo mítico organizaba el paso de los días a partir de rituales cíclicos. Los dioses, en su bondad, nos brindaban una justificación indiscutible sobre  el transcurrir del tiempo y el compás de la vida. La Modernidad quitó a los dioses de en medio, pero no dejó al tiempo sin sostén: desde el pasado de la barbarie nos encaminábamos al futuro deseado, montados en el “tren cinematográfico” del progreso ilimitado. Pero no contábamos con que la propia Modernidad habría de morir. Hoy, ¿qué sostiene al tiempo? Nada, no hay narración posible que le dé coherencia al transcurrir de las horas, sólo resta adaptarse a esta serie de puntos, de instantes, todos similares.

 

La angustia del ser humano contemporáneo, su cotidiana inquietud y desorientación, son “males menores” -según los defensores del modelo-  que sufren quienes están demasiado preocupados por pensarse. El llamado es a crearse a sí mismos, a sacar “lo mejor de uno”,  a hacer. La vita activa crea realidades, es productiva, genera réditos. Pero, claro, hablamos de una versión empobrecida del hacer, en tanto sólo remite a una autoexplotación y venta de sí mismos como mercancía deseable, como objetos. “Exceso de positividad”, según Han, que sólo puede enfermar.

 

Ante esta situación, el filósofo coreano nos llama a la demora, a la vita contemplativa como herramienta antisistémica y salvoconducto ante la crisis global de sentido. Dedicarle tiempo al Ser, a la búsqueda de experiencias de duración (no simples vivencias) en las que encontremos nuestros porqués. No significa abandonar la vida activa, sino a resignificarla, a  partir de esa dimensión que el sistema niega por inútil e improductiva. “Perder el tiempo” como el placer del encuentro consigo mismo.

 

El caos demente posee una fuerza de atracción muy poderosa, por lo que urge un “retiro” permanente para no ser despedazados. Desligarse de esta actividad desenfrenada y enferma, de esta hiperactividad letal. Han señala: “La democratización del trabajo debe ir seguida de una democratización del otium, para que aquella no se convierta en la esclavitud de todos”. En ese ocio, en esa pausa, tomar oxígeno. Y en esa bocanada de aire, re-encontrar el espíritu, el aroma del tiempo. Un respiro de sentido que nos vuelva a la vida legítima.

 

 

#DeFrente

 

 

Fuentes de fotografías: http://liberaliaediciones.com/category/editoriales; Byung-Chul Han en Seúl y Berlín, documental de I. Gresser/abc.es

 

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