Caos Global Caos Local: Análisis de la coyuntura antisistémica en Chile

Por: Ignacio Muñoz y Guillermo González

Militantes MPL-FENAPO-Igualdad.

Dos preguntas complementarias animan las reflexiones de este análisis. Por una parte: ¿Cómo entender la intensidad y sostenida audacia de la actual protesta en Chile realizada por un pueblo aparentemente domesticado por décadas de neoliberalismo salvaje? Por otra parte: ¿Cuáles son las condiciones de posibilidad mínimas para que los cambios venideros sean transformaciones estructurales y no superficiales?

 Poder ofrecer posibles respuestas a estas preguntas requiere cambiar la unidad de análisis, no es posible hacerlo centrado en lo local y en el corto plazo, se requiere ampliar el foco a lo global y en la larga duración histórica de nuestro sistema mundial. Desde el Análisis de Sistemas-Mundo es central entender que para explicar las coyunturas no basta quedarse en el nivel de los acontecimientos pues nos segarían como polvo en los ojos, requerimos ir al nivel de las estructuras sistémicas que operan con sus ciclos y tendencias.

Desde una óptica descolonial la estructura de la civilización capitalista nace con la modernidad colonial en 1492, hace más de 500 años. En esta perspectiva de larga duración la coyuntura no es simplemente lo que está aconteciendo en 2019, tiene antecedentes directos en la revolución mundial de 2011 e incluso en la de 1968. De tal manera, para encuadrar asertivamente los eventos de octubre-noviembre de 2019 en Chile, hay que mirar los procesos estructurales en el eje 1492-1968, si se quiere explicar la coyuntura larga 1968-2011/2019. Esto conlleva tomar en cuenta un viejo debate que ha estado volviendo a tener cada vez más presencia, el de la transición civilizacional, espacio-tiempo utopístico que es donde ocurre el paso de un tipo de sistema a otro, como lo fuera aquel transito desde los previos sistemas al sistema mundial capitalista-colonial de la primera modernidad (1492-1848), y como lo será en algún momento el paso de este a un nuevo sistema. Lo cual no quiere decir que pasaremos a otro necesariamente más democrático e igualitario, por supuesto bien puede ser un sistema más jerárquico e inequitativo. Será lo que podamos hacer de él y nada más.

Desde esta óptica, una transición no surge simplemente desde las dinámicas antisistémicas sino de la totalidad de las contradicciones del sistema, impulsadas también por sus éxitos dada su naturaleza ecocida y genocida. Así, una transición larga no surge de la toma del Estado ni se reduce a procesos de nacionalización, control de las relaciones exteriores o reformas progresistas, procesos que, según sean las circunstancias geopolíticas, podrían transcurrir a lo lardo de algunas décadas. Por el contrario, una transición larga bien puede llevar un siglo o más. Mirar la historia y el presente desde la perspectiva larga o corta permite a los actores (y analistas) distinguir y elaborar distintas estrategias políticas. Desde la larga, resulta evidente el despropósito de considerar con seriedad, tanto, la pretendida disolución inmediata del Estado y la construcción de comunidades supuestamente aisladas del sistema, así como el dar centralidad y exclusividad a las disputas electorales, pues se entiende que las lógicas antiguas y en prefiguración se combinarán en un contradictorio presente de transición que requiere elementos de ambas lógicas. Por el contrario, la lógica de luchar sin, contra y desde el Estado tal como la conciben diversas fuerzas antisistémicas se distingue desde aquí como una alternativa realista, oportuna y deseable. Algo que en Chile vienen haciendo hace más de una década los movimientos que integran la Federación Nacional de Pobladoras y Pobladores (FENAPO) y el Partido Igualdad.

 1.- Nivel Estructural:

Se nos ha educado desde la infancia en la occidentalocéntrica idea de que la modernidad es un proyecto de liberación que nos libraría del oscurantismo de toda civilización anterior. Sin embargo, como es evidente desde la perspectiva de los que habitamos la ultra periferia del sistema, la contracara de la modernidad capitalista ha sido la colonialidad, un proyecto de dominación que ha resultado resistente a todo tipo de supuestas y parciales independencias, siempre cooptadas y controladas por los esbirros locales del poder global, e incluso, anidadas no solo en las estructuras de cada territorio sino, en cada cultura y subjetividad donde alcanza su nefasta influencia. A su vez, la modernidad capitalista-colonial es parte de la matriz de poder patriarcal que surgió hará unos 10 mil años, pero no es constitutiva de lo humano como se nos ha querido hacer creer, fue precedida por cientos de miles de años de cultura matriztica igualitaria. Además, el capitalismo-colonial, sexista y heterosexual, constituye la más inflexible y mortal forma de patriarcado nunca antes vista.

La dinámica sistémica, fundada en la intervención, tiene desde el origen, su contracara antisistémica, fundada en la autogestión. Ambas dinámicas constituyen dos modos de producir, reproducir y transformar el habitar humano: el modo interventivo sistémico desde el cual siempre son unos pocos los que gobiernan y deciden a los muchos, sean las clases altas dominando a las bajas o los países del centro a la periferia. Esto siempre con la consecuencia de un permanente comunitaricidio y ecocidio requerido para alimentar y sostener el sistema mundial.  En el otro extremo, el modo autogestionario antisistémico de producir, reproducir y transformar el hábitat, implica procesos prefigurativos de vivir y convivir centrados en el autogobierno de las comunidades, naciones y plurinacionalidades que resisten de distintas formas y en diverso grado a la aniquilación progresiva. Los dos modos de habitar son expansivos cuando se dan las condiciones para ello, pero hasta ahora el modo autogestionario se expande y contrae cíclicamente según lo permite el modo interventivo, ya que los pueblos, comunidades y movimientos antisistémicos están subsumidos en la dinámica del capital y del poder colonial/patriarcal.

Simultáneamente, existen dos geoculturas y epistemologías en pugna, una de dominación y otra de liberación. Es dada la internalización de la geocultura y epistemología de dominación que grandes segmentos de las mayorías populares del globo ven el mundo con los ojos de sus dominadores. Internalización sembrada a sangre y hierro desde discursos que sitúan a los pueblos no occidentales, primero, como bárbaros a civilizar, luego como pobres/flojos/tontos/subdesarrollados a desarrollar, y actualmente como pueblos ignorantes, caóticos y autoritarios que requieren democratizarse. Por su parte, la geocultura y epistemología de la liberación, se funda tanto en la pervivencia de la sabiduría comunitaria ancestral, así como en el acumulado histórico de malestar psíquico-corporal transgeneracional que nos ha llevado a dudar y reflexionar cíclicamente de las supuestas bondades del capitalismo-colonial/patriarcal, cada vez que vivimos u observamos la dominación, explotación y discriminación. Es decir, hemos acumulado una digna rabia secular que ha alimentado la suspicacia antisistémica y la vocación autogestionaria indispensable para sobrevivir en los bordes externos del sistema. Esta rabia es expresada con fuerza en el Chile actual por los condenados de la tierra, tanto por la dominación y explotación secular como por el hartazgo ante los dichos vejatorios de políticos y civiles de derecha, que de hecho los revelan como habitantes de otro mundo, la tierra de los privilegios.

En Chile ha habido procesos zigzageantes de expansión y contracción de la dinámica autogestionaria desde la época de los así llamados “Pueblos de Indios” durante la colonia, los que a pesar de intervenidos producían y reproducían un hábitat que desplegaba complejos procesos de trabajo autogestionario que los dotaban de gran autonomía y potencia antagonista. Esquemáticamente puede decirse que, después de ser desintegrados como tales con el arribo de la Republica Chilena, sobrevive la autogestión en los territorios de los pueblos originarios, especialmente el pueblo mapuche, así como también en la fragmentada comunidad mestizo-popular, pero contraída y arrinconada. E igualmente durante el siglo XVII en los pueblos que no eran Santiago, donde había autonomía relativa para la clase propietaria, no así para la plebe, pero también esta autonomía fue finalmente sometida por el intervencionismo capitalino. Durante el siglo XVI la corona española tenía una ley para indígenas y otra para españoles. No obstante, para el bajo pueblo, surgido del mestizaje, no había ley, era repudiado y expulsado, podía, y fue, matado, torturado y violado sin consecuencias para quienes lo maltrataban. Este fue también el destino de los pueblos originarios cuando se impuso finalmente la intervención del Estado Chileno.

Como indica la historia social chilena, en el siglo XX entre 1918-1925 se vuelve a expandir la dinámica autogestionaria en los procesos sociocráticos que remataron en la creación de un proceso constituyente que terminó intervenido y defenestrado por el poder estatal, el que impuso a puertas cerradas otra constitución espuria. Desde el 25 al 57 la contracción estatal de los procesos autogestionarios va disciplinando a una sociedad peticionista que hace propio los ideales modernos del desarrollo y la democracia burguesa. A partir de 1957, con las primeras tomas multitudinarias de pobladores se comienza a abrir un proceso de acumulación de poder popular constituyente que remata en la creación de la Unidad Popular, prolifera la articulación compleja del trabajo autogestionario en cordones industriales, comandos comunales de pobladores, campesinos y estudiantes. Se expande así el control social a todo nivel, incluso las personificaciones del aún incipiente poder popular comienzan a radicalizar el proceso de la vía chilena al socialismo, disputando contra la lógica moderno-colonial centralista instalada en el mismísimo gobierno del compañero presidente Salvador Allende. Proceso este que fue sellado una vez más a sangre y fuego por los militares y la elite económico-política con el golpe de Estado, y con la larga siembra del terror que destruyó profundamente el tejido social popular y casi aniquiló a la izquierda anticapitalista chilena.

2.- Nivel Coyuntural:

Es precisamente a partir de la revolución mundial de 1968 -que en Chile comienza el 57- donde podemos situar el comienzo de esta larga coyuntura global y local, pues como han señalado diversos autores (Wallerstein, Amin, Mészáros, entre otros), comienza no ya una nueva crisis cíclica, sino una crisis que se ha revelado como estructural y en este sentido como la crisis final de la civilización capitalista-colonial/patriarcal. Aquí no hay espacio para fundamentar esta tesis -puede verse la obra de los dichos autores-, pero es una tesis que en los últimos diez años ha ido ganando cada vez más terreno, y no solo en ciencias sociales sino también en el campo de las luchas antisisitémicas, dado que es cada día más evidente la vivencia cotidiana de la multidimencionalidad de esta crisis a la vez económica, política, ecológica, epistemológica, moral, etc. Incluso es evidente para las personificaciones del gran capital, quienes no han vuelto a ver desde ahí y hasta hoy, repuntar sus altas tasas de ganancia a los niveles previos. Nos encontramos así ante la apertura de un proceso de transición a otro sistema mundial. Desde 1970 en Chile, cuna-laboratorio del neoliberalismo periférico colonial, los ricos y los malos gobiernos han ido implantando a nivel mundial su régimen de ultra dominación en el intento de restablecer un orden que ya no podrá recuperarse sin cambiar el sistema por uno aún mas desigual, autoritario y polarizante.

Entre 1973 y 2011-2019 pasamos de la dictadura militar a la dictadura económica instaurada por las dos derechas, es decir, la derecha de siempre (Alianza por Chile) y la izquierda-burguesa-occidentalocéntrica (Nueva Mayoría ex Concertación). En ese transito de traiciones y pactos, de democracias tuteladas y de baja intensidad con represión quirúrgica pero de alta intensidad, el modelo neoliberal encontró la tierra más fértil para seguir profundizándose. De tal manera se mercantilizó la vida casi por completo, enajenando estructuras y subjetividades al privatizar la salud, la educación, la vivienda y la ciudad, las pensiones, el transporte y las carreteras, los bosques, el mar, y hasta el agua que bebemos. En este sentido, se puede hablar con toda propiedad de “Explotación Absoluta”, extracción directa y extrema de plusvalía en el espacio de trabajo, extracción indirecta y extrema de plusvalía en el territorio y la unidad domestica. Si esto ha sido posible de ser tolerado es sólo gracias al perverso mecanismo del endeudamiento masivo y multidimensional vía el acceso a crédito. En Chile, la familia promedio carga cotidianamente una deuda de aproximadamente el 75% de su ingreso familiar, o lo que es igual, una pesada deuda de ocho veces el total de sus ingresos en un año. Para decirlo en un solo ejemplo, en muchos hogares incluso se compra la comida de la semana con tarjeta de crédito, si no, no se come.

Pero esta situación no es exclusiva de Chile, sino de todas las periferias del mundo por las cuatro direcciones, tal como estamos viendo hoy, las luchas antisistémicas están a la orden del día, especialmente en América latina y el Caribe, en Haití, Ecuador, Panamá, Bolivia, pero también en Asia y África, así como en los periféricos sures dentro del norte. De tal modo, nos encontramos ante la bifurcación exacerbada de dos modos de habitar humano en plena disputa global, donde se abren nuevas posibilidades para las comunidades, pueblos y movimientos antisistémicos dada la misma crisis, y donde nos encontramos en medio de un caos global cuyas salvajes oscilaciones han ido recrudeciendo desde hace ya más de cuatro décadas. 1968 acabó con la hegemonía ideológica del liberalismo y la creencia indisputada en el desarrollo y la modernidad, se han vuelto a marcar las diferencias y borroneado hasta casi desaparecer el moderado centro. De igual manera se han hecho mas ricos los ricos y mas pobres los pobres, florecen distintas ideologías de liberación por todas las periferias que sin embargo comparten grandes consensos en torno a la autogestión y su modo de habitar, esto a pesar del grado de fragmentación de la izquierda mundial, aún ampliamente colonizada por la epistemología occidentalocéntrica.

 

En todo el mundo se da un zigzag en el campo de las luchas antisistémicas durante el periodo 1968 y 2011-2019, donde las estrategias de batalla enfatizan ya sea sólo la lucha desde el Estado -vía electoral y reformas- o centrándose solamente en la lucha sin el Estado -construcción de poder local, cooperativismo, etc.- o centrándose sólo en la lucha contra el Estado -guerrillas, fuerzas armadas revolucionarias, etc.- o en mixturas de luchas sin y contra el Estado. Sin embargo desde comienzos del siglo XXI empieza a darse una tercera forma que entrelaza las luchas, sin, contra y desde el Estado, a través de la generación de instrumentos políticos (No simplemente partidos) creados para la articulación de movimientos antisistémicos populares donde sean estos los que conduzcan una plataforma política desde abajo, dando centralidad a la autogestión generalizada y el trabajo territorial, en vez de que sean los partidos políticos y gobiernos los que instrumentalicen (interventivamente) a los movimientos y comunidades al modo de frentes de masas.

Esto lo vemos en el caso de Bolivia con el M.A.S., se lo puede apreciar en las luchas de los movimientos populares venezolanos (pobladores y campesinos) que levantan poder popular constituyente mientras apoyan y son apoyados por al gobierno chavista en el proceso de generalizar las comunas autogestionarias. Pero también actualmente en el caso del movimiento zapatista y del Congreso Nacional Indígena de México, quienes han creado el Concejo Indígena de Gobierno, herramienta que impulsó la candidatura de Marichuy, en el entendido que lo fundamental es la organización popular autogestionaria y no la lucha electoral, pero que esta es una dimensión de la lucha que no se puede dejar de lado si se quiere acabar con el poder capitalista-colonial.

En Chile el Movimiento de Pobladoras y Pobladores en Lucha (MPL) junto a otros movimientos que integran la FENAPO, el 2009 crearon el partido Igualdad, “herramienta de los movimientos sociales”. Se trata de una plataforma política donde todos entienden que, tal como reiteradamente ha señalado uno de nosotros (Guillermo González, presidente de Igualdad y militante del MPL), lo importante es que a diferencia de la concepción moderno-colonial de la política: “nosotros no vamos a esperar a llegar al poder, que es de hecho la concepción burguesa de la mayoría de los sectores que están dentro del Frente Amplio, que plantean que la cancha grande de la política es la que se hace en los espacios de poder burgués, como el parlamento y el gobierno, y desvalorizan el trabajo del dirigente popular, que es el importante, donde está la verdadera cancha grande, y que trabaja sin recursos, si no tiene plata trabaja igual. Claro, esos otros cabros se plantean ser diputados y van a ganar seis millones de pesos, en cambio los dirigentes (populares) saben que en términos materiales en su apuesta pueden perder más de lo que van a ganar, pero lo hacen igual.”. Es decir, se trata de un proyecto popular anticapitalista centrado en el socialismo autogestionario, pero con la audacia de disputar el poder estatal para dispersarlo en base a una política obediencial.

La estrategia de Igualdad, sus movimientos y comunidades, es descubierta desde la praxis antisistémica, buscando avanzar más allá de las contradicciones que se dan entre el horizonte de liberación y la pragmática política, dando centralidad a la lucha sin el Estado, pero articulándola con las dimensiones contra y desde simultanea y permanentemente, incluso, y especialmente, en caso de llegar a ser gobierno. Esta estrategia fue teorizada por la militancia igualitaria a posteriori, y convertida en consigna. Es desde ahí que la retomamos en este texto, no se trata de una perspectiva nacida en la academia sino al fragor de la lucha y la construcción de poder popular constituyente.

3.- Nivel Acontecimiento Inmediato

La asonada popular del 18/O surge una semana antes, desde la movilización que los movimientos de estudiantes secundarios impulsan contra el nuevo aumento del precio del boleto de metro. Ante el alza de 30 pesos llaman a la evasión masiva, y ante el desproporcionado grado de represión desatado por carabineros, el viernes 18 se suman universitarios y adultos en general a la protesta, ya no sólo evadiendo sino también derribando las rejas que cerraban el paso. El pronostico oficial era que esto duraría a lo más un día si se daba una respuesta de represión contundente, como se hizo en otras ocasiones. Muy por el contrario, el sábado, la respuesta a la represión fue un incremento de la audacia popular y el involucramiento de grandes sectores de la población en la protesta. Durante todo el día hubo cacerolazos, barricadas y cortes de calle por diversos territorios de la capital. El domingo la protesta ya se había expandido por casi todo el país, se masificaron los destrozos de infraestructura, los incendios y el saqueo de supermercados. Dos iconos de la ira popular resaltan: en Santiago arde el edificio de la empresa de energía eléctrica ENEL (española) y en Valparaíso el edificio del sempiternamente mentiroso periódico El Mercurio. Los medios de comunicación oficial no solo omiten información, todos, sin excepción, mienten y manipulan descaradamente, algo que con el paso de las semanas no podrán sostener dada la masividad de registros caseros de foto y video diseminados por medios alternativos en las redes virtuales. Surge así la consigna: “No son 30 pesos, son 30 años”, aludiendo a la profunda mercantilización de la vida en el Chile neoliberal.

Por todo lo que aquí he señalado, es evidente que sin exagerar se puede ir más lejos en el origen de las condiciones de posibilidad para la explosión de la protesta social. Se trata más bien de 500 años y un millar de muertes. O como sintetizara Karina Ochoa al referirse al asunto en la IV Escuela de Pensamiento Crítico Descolonial de Venezuela: “No son 50 pesos, son 500 años”.

 

En este proceso se empiezan a levantar las demandas históricas de las luchas sociales del Chile del siglo XXI, y aquí cabe empezar a contestar la primera pregunta, aquella en torno al despertar de un pueblo supuestamente domesticado por 46 años de neoliberalismo. Si bien durante la década del 90 hubo una domesticación generalizada de las luchas sindicales y partidarias, los movimientos antisistémicos fueron cobrando fuerza y protagonismo, nuca estuvo dormido del todo el pueblo. Se debe destacar en primer lugar al movimiento mapuche, que literalmente nunca a cesado sus luchas en 500 años y que ha sido el faro de quienes han luchado en Chile a lo largo de la larga noche del poder colonial. Ya el 2001 con el “Mochilazo” y el 2006 con el Pingüinazo los estudiantes secundarios protagonizan las luchas e inspiran la participación popular. Vuelven a entrar fuerte en escena también los movimientos de pobladoras y pobladores, mayormente integrados por jóvenes en su momento, como el caso del MPL, MPST, MTV, FENAPO, entre otros. Surgen diversas luchas de asambleas territoriales por todo el país, en torno a problemas ecológicos y sociales, hasta que el 2011 la tercera revolución mundial encuentra a Chile en una eclosión de luchas, la llamada primavera Chilena. Crece fuerte el movimiento NO + AFP contra el sistema de pensiones que roba el presente y el futuro de la clase trabajadora. Se va fortaleciendo un sindicalismo de corte clasista que vuelve a la pelea. El 2018 el movimiento feminista se toma la escena poniendo en cuestión los privilegios masculinos y heterosexuales de derechas e izquierdas.

De esta manera, las demandas y consignas de hoy son las que históricamente han enarbolado los movimientos, no son nuevas, salvo la que pide la renuncia de Piñera. Los acontecimientos del 18/O no pillaron desprevenidos a los movimientos, los encontraron trabajando, realizando tercamente y a contra corriente su tenaz labor de concientizar, educar y organizar los territorios y las comunidades en muy diversas esferas. Es desde este trabajo previo que se hizo posible la desnaturalización de las diversas mercantilizaciones que el sistema viene normalizando cotidianamente. Estas tomas de conciencia están en el trasfondo psíquico-cultural que posibilitó el hartazgo y estallido. Claramente el estallido fue espontaneo en el sentido de no ser conducido por ninguna organización, pero no fue espontaneo en el sentido de ausencia de un trabajo previo y sostenido de generar condiciones de posibilidad para su ocurrir. Diversos movimientos han venido, además, intentando fortalecer la unidad intersectorial de las luchas por distintos frentes, estudiantiles, poblacionales, de trabajadorxs, mujeres, ambientalistas e indígenas, entre otros. Así fue como en julio de este año se creo la plataforma Unidad Social, integrada en un comienzo por cuatro movimientos, encabezada por el movimiento No + AFP y con fuerte protagonismo de la FENAPO. Actualmente se han integrado cera de 150 organizaciones y movimientos, entre ellos la CUT, las federaciones estudiantiles universitarias y secundarias, el Colegio de Profesores, organizaciones feministas y de funcionarios públicos. Se está buscando consensuar una orientación que permita extraer de la protesta consecuencias que impliquen transformaciones estructurales. Intento que no está exento de tensiones y contradicciones ya que se trata de organizaciones muy diferentes, algunas históricamente ligadas a la política tradicional de la Nueva Mayoría (como la CUT o el Colegio de Profesores). Se trata, pues, de una disputa, la cual sin embargo debe cuidar las formas y la camaradería so pena de traicionar su sentido y cometido original.

Si bien la prensa ha realzado, sobre todo las primeras semanas, la dimensión violenta de las protestas antisistémicas, menos se ha enfatizado el surgimiento, profundización, diversificación e integración de la dinámica autogestionaria en proceso de expansión compleja, la que vemos florecer a través de asambleas territoriales y cabildos, pero también de la realización de ollas comunes, actos culturales y procesos educativos, así como una gama diversa de actividades que los sujetos populares venían realizando en lo micro y a contra corriente hace décadas, y que ahora se masifica y se proyecta. Se empieza hacer cada vez más claro que la lucha de liberación requiere entronizar la dinámica asamblearia al centro, sin abandonar la disposición a la lucha callejera y osando disputar también desde el Estado en un sentido amplio que incluya desde las juntas vecinales y aparatos públicos hasta el congreso.

En medio del recrudecimiento de la violencia estatal y militar (que revela la continuidad de una cultura castrense dictatorial y fratricida), con sistemáticas violaciones a los derechos humanos, sembrando terror en el pueblo a costa de asesinatos, desapariciones, torturas, violaciones y mutilaciones oculares, se levanta con claridad el objetivo central: la inauguración de un proceso constituyente realizado asambleariamente con el protagonismo de las grandes mayorías. Es aquí que llegamos a la segunda pregunta, sobre las condiciones de posibilidad para no quedar atrapados en cambios superficiales, y la respuesta no es ninguna novedad, el pueblo organizado, los pueblos, la saben, es justamente seguir alimentando el poder popular constituyente desde cada territorio, comunidad y movimiento.

Como era esperable, el mal gobierno en contubernio con la clase política burguesa inventó y propuso una nueva pirueta para cooptar la demanda constituyente, el engendro que llama: «Congreso Constituyente«, trampa elaborada para que todo se vuela a definir a puertas cerradas entre los de siempre y de espaldas al bienestar popular. Lo que los pueblos piden y necesitan para transformar sus realidades es, en el corto plazo, una Asamblea Constituyente, es decir un encuentro soberano donde las grandes mayorías autoconvocadas definamos el marco de la nueva legalidad con la que queremos dotar la convivencia general. Pero en el largo plazo, para asegurar transformaciones estructurales necesitamos algo aún más allá, requerimos establecer una vía popular y de los pueblos a una constituyente, es decir, un camino abierto al infinito donde el involucramiento con la conducción de los procesos de transformación sean permanentes, con protagonismo popular y con aceptación de la naturaleza plurinacional del territorio. La vía constituyente ya comenzó, la veníamos caminando hace tiempo y en las ultimas tres semanas se hizo masiva. Acabar con el capitalismo implica acabar con la geocultura moderna-colonial que nos invita a deliberar un rato y luego a delegar el resto del tiempo nuestro futuro. Si las cosas van a cambiar nosotros debemos cambiar, ya no podemos volvernos para la casa simplemente, los problemas de las comunidades y los pueblos se resuelven con militancia y activismo o no se resuelven. Lo que se requiere no es eliminar la delegación, sino ponerla en su muy secundario lugar, entronizando la deliberación y autogestión general, a cada nivel, desde el barrio y el puesto de trabajo hasta los poderes del Estado, el cual habremos de transformar de raíz, en un largo camino transicional por una nueva civilización de Buen Vivir, con lucha antisistémica y protagonismo popular y de los pueblos. Es hora de seguir en la calle y en las asambleas territoriales, luchando sin el Estado, contra el Estado y desde el Estado.

Músico, abogado y defrentista. Vive en Peñalolén, Santiago.

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