«¿Como los partisanos yugoslavos construyeron una nueva sociedad socialista? Entrevista a Gal Kirn

Por: Revista Jacobin

El movimiento partisano de Yugoslavia derrotó sin ayuda a la ocupación nazi, y pavimentó el camino para una transformación radical de la sociedad. Sin embargo, la Yugoslavia socialista fue finalmente fracturada por sus propias contradicciones internas, y su falta de voluntad para empujar las transformaciones más allá.

 

El ascenso y la derrota final del movimiento comunista yugoslavo es una de las sagas políticas más convincentes y desgarradoras del siglo veinte.

 

Fundado en Belgrado en 1919, el incipiente Partido Comunista de Yugoslavia (PCY) se mantuvo como una fuerza aislada y pequeña, obstaculizada por una fuerte represión estatal hasta bien entrados los años 30. Sin embargo, cuando la Alemania nazi junto a sus aliados italianos, húngaros y búlgaros invadieron este país balcánico en abril de 1941, fue el PCY el que estuvo a la altura de las circunstancias. Bajo el liderazgo del Mariscal Josip Broz “Tito”, construyó una fuerza armada de cientos de miles, liberando Yugoslavia casi sin intervención de fuerzas externas.

 

El entusiasmo de las masas que siguió a esta victoria marcaría las primeras elecciones libres del país después de 1945, que también vio la incorporación del sufragio femenino. Un 90 por ciento votó por el Frente Anti Fascista de liberación, y la creación de una Yugoslavia federal sin el anterior rey. El PCY, como la fuerza principal, estableció en ese momento la República Socialista Federativa de Yugoslavia, una entidad multinacional compuesta por seis repúblicas y dos regiones autónomas que ocupó una posición única entre los dos bloques en la Guerra Fría.

 

 

 

 

Por décadas Yugoslavia destacó por su experimento único en autogestión obrera, socialismo de mercado, y su rol clave en la formación del Movimiento de Países No Alineados. Fue ampliamente admirada como una alternativa posible al capitalismo del oeste y el estalinismo del este.

 

Sin embargo, cuatro décadas después de la muerte de Tito, el legado del socialismo yugoslavo aparece perdido. Con el colapso de la RSFY en los primeros 90, los Balcanes fueron sumergidos en un baño de sangre nacionalista, arrojando una dura luz sobre las debilidades de su esfuerzo por crear un Estado multinacional Sólo ahora, cuando una nueva generación nacida después del socialismo comienza a reevaluar su pasado, reaparece el potencial perdido de la RSFY.

 

Gal Kirn es el autor de “Partisan ruptures”, una nueva historia de la Yugoslavia socialista. Loren Balhorn, de Jacobin, habló con él sobre los éxitos del movimiento partisano yugoslavo, las dificultades de construir el socialismo después de 1945, y las lecciones que entrega para los socialistas de la actualidad.

 

Tu reciente libro narra el surgimiento de la Yugoslavia socialista desde la resistencia partisana en los años 40, al apogeo del Movimiento de Países No Alineados, hasta el colapso final de la RSFY. El libro identifica tres “rupturas” diferentes que resultan útiles para describir esta trayectoria ¿Qué quieres transmitir con este concepto?

 

Mi libro se enfoca en lo que veo como las tres “rupturas partisanas” que iniciaron un camino relativamente autónomo de construcción socialista en Yugoslavia.

 

El término «ruptura» está en gran parte en deuda con el trabajo del marxista francés Louis Althusser. Se opone a las crudas interpretaciones hegelianas y teleológicas-lineales de la historia que ven el progreso como central en la evolución histórica a través de etapas.

 

Contrario al reclamo de que el futuro está ya decidido (también conocido como “No hay alternativa” o “El fin de la historia”), las características principales de la ruptura son precisamente su contingencia e imprevisibilidad. Como sabemos por Marx, actuamos bajo ciertas circunstancias, pero los procesos y fuerzas sociales son formadas y recreadas por las masas.

 

En lo que respecta a los partisanos, critico una influyente lectura de la figura del “partisano” desarrollada por el pensador fascista Carl Schmitt. Su aproximación formalista está dominada por una comprensión “telúrica” [“enraizada en la tierra”] de la lucha partisana, que no incidentalmente se vincula muy bien con la ideología nazi de “sangre y tierra”.

 

Mi visión de la lucha de liberación fue señalar cómo el aspecto nacional fue inscrito desde el principio en el horizonte yugoslavo de solidaridad antifascista internacional, de organización multinacional y federativa, y de transformación social. Había una relación dialéctica entre liberación social y nacional. Esto fue mucho más allá de la concepción burguesa precedente de “liberación nacional” de principios del siglo XX, cuando las élites políticas de los Balcanes trataron de limpiar sus tierras del decadente imperio Otomano.

 

¿Qué, específicamente, constituye estas rupturas?

 

La primera y más importante ruptura tuvo lugar durante la lucha popular de liberación de 1941 a 1945. No sólo libró una exitosa y relativamente autónoma lucha antifascista -similar a las resistencias griegas y albanesas, los partisanos yugoslavos se liberaron a si mismos de la ocupación fascista-, pero también llevó a cabo una verdadera transformación social que resultó en la Yugoslavia federativa y socialista. Esto representa, en palabras de Althusser, “una ruptura con fuertes consecuencias”; y plantea una clara distinción entre “resistencia” y una transformación revolucionaria con un horizonte de liberación y lucha anticolonial.

 

La siguiente ruptura vino en 1948 con el quiebre entre Tito y Stalin. Aunque aislado tanto del Oeste como del Esta -y, a través del quiebre, perdiendo préstamos soviéticos para reconstrucción industrial- los comunistas yugoslavos pudieron aprovechar sus experiencias partisanas y su apoyo popular masivo para abordar la nueva situación. Luego de una serie de discusiones al interior del liderazgo del partido, los yugoslavos iniciaron una nueva forma de gobernanza social: la autogestión obrera.

 

Sostengo que esta fue una especie de continuación de la política partisana por otros medios, que constituyó la segunda ruptura, interna, lejos de la economía de mando, y la excesiva dependencia en la burocracia. Esta genuina innovación del socialismo yugoslavo empujó la “nacionalización” de los medios de producción un paso más allá. Esto significaba cambiar la concentración política del poder hacia los trabajadores, y socializar los medios de producción: propiedad social o lo que hoy algunos llaman los «bienes comunes».

 

Al mismo tiempo, el aislamiento internacional forzó a los comunistas yugoslavos a reorientarse a sí mismos en el contexto global. La participación activa y la concepción del Movimiento de No Alineados constituye la tercera ruptura, quebrando con la constelación bipolar de la Guerra Fría. El apoyo a las luchas anticoloniales, el desarme nuclear y la creación de economías solidarias que pudieran ser autosuficientes se transformaron en pilares de la política exterior yugoslava en los 60.

 

Esta triple “ruptura partisana” de lucha partisana, autogestión y no alineamiento que se extiende desde 1941 a 1965 constituye el núcleo del experimento yugoslavo y un legado al que podemos recurrir hoy. Fue contra la corriente tanto en términos de la teoría como de la política de su tiempo. Se transformó en un modelo de una forma específica y más “democrática” de socialismo en muchas partes del mundo.

 

Argumentas que los consejos partisanos y las organizaciones de masas eran instituciones genuinamente popular-democráticas, no meras extensiones del Partido Comunista. Pero seguro que el partido tenía una poderosa influencia sobre ellos ¿no? ¿En qué medida el movimiento funcionaba independientemente del liderazgo comunista? ¿Era incluso posible una “democracia” bajo condiciones de guerra?

 

Te sorprenderías sobre lo que es posible en momentos de guerra y ocupación. Cuando pensamos en lucha armada usualmente imaginamos armas, sabotaje y guerra de guerrillas. La participación democrática o el empoderamiento cultural de los involucrados aparece en un puesto bastante secundario.

 

Sin embargo, muchos movimientos antifascistas y anticoloniales del siglo XX estaban profundamente involucrados en transformaciones sociales, políticas y culturales de sus respectivos ambientes, en los que las masas desposeídas habían sido despojadas de su representación política y excluidas de la esfera cultural. Lo mismo es cierto en el caso de los partisanos yugoslavos, que cultivaron un impresionante conjunto de formas culturales y de producción.

 

No hay duda que el Partido Comunista era el sujeto político más importante de la lucha de liberación. Había sido prohibido en el antiguo Reino de Yugoslavia en 1921 luego de recibir un respaldo masivo en la primera elección después de la Primera Guerra Mundial. Sus militantes fueron arrestados y debieron trabajar bajo condiciones de clandestinidad, con muchos cuadros exiliados, asesinados o en prisión.

 

Durante este período, el enfoque del partido fue en gran parte estalinista y conspiracional, con el liderazgo ejerciendo control sobre la política. Sólo a través de un aumento de la actividad huelguística a mediados de los 30 se reactivó la organización pública, mientras al mismo tiempo alrededor de 1700 voluntarios yugoslavos se incorporaron a las Brigadas Internacionales para combatir en la Guerra Civil Española.

 

La Segunda Guerra Mundial le presentó a los comunistas una oportunidad histórica para una transformación revolucionaria. Sabían que para ganar necesitarían movilizar al pueblo. Para ello inventaron la idea de una “Nueva Yugoslavia”, que en si misma era considerada herética ya que para muchas personas la vieja Yugoslavia representaba la opresión nacional y la explotación, mientras que al mismo tiempo la nueva entidad revolucionaria contradecía fuertemente la política oficial de Stalin -compartida por los aliados occidentales- que buscaba evitar activamente alzamientos populares o cambios de régimen en Europa.

 

Desde el principio los partisanos no sólo combatieron la ocupación extranjera y a los colaboracionistas locales, sino también liberaron territorios como la República de Užice en Serbia Occidental, entre septiembre y noviembre de 1941. Cuadros políticos comunistas sin duda ocuparon roles fundamentales, pero también estaban extremadamente atentos a la población local.

 

Conscientes de que la participación de las masas en la lucha era crucial para la victoria, las nuevas instituciones políticas creadas bajo control partisano estaban abiertas para hombres y mujeres. Al mismo tiempo, los comunistas libraron luchas ideológicas contra fuerzas como la iglesia, terratenientes locales, y nacionalistas.

 

 

 

 

Construir instituciones populares fue una de las más altas prioridades para los partisanos, porque era visto como una forma de construir un apoyo de masas en un contexto en el que el 70 o incluso el 80 por ciento de la población campesina era aún analfabeta. Los comités y consejos a todo nivel de la lucha de liberación se convirtieron en la columna vertebral de lo que fue llamado el Frente de Liberación Nacional.

 

Las reuniones anuales del Frente culminaron en noviembre de 1943 en la reunión del Consejo Antifascista para la Liberación Nacional de Yugoslavia (AVNOJ) en Jajce, Bosnia Herzegovina, donde la creación de una Yugoslavia federal fue oficialmente declarada y Tito fue nombrado Mariscal, el líder supremo de la resistencia antifascista. Esto fue un salto hacia lo desconocido, dado que todos los poderes aliados estaban fuertemente opuestos a este movimiento.

 

Los partisanos yugoslavos practicaban una forma de democracia revolucionaria que combinaba actividades democráticas desde abajo con una estricta organización partidaria desde arriba, aunque con una línea que fluctuaba considerablemente. La interacción entre el liderazgo partidario y la resistencia más amplia -más notablemente la organización juvenil comunista y el Frente de Mujeres Antifascistas, alcanzando los 2 millones de miembros para el final de la guerra- ayudó a impulsar nuevas ideas y construir nuevas instituciones de poder popular.

 

El libro caracteriza la guerra partisana como parte de una secuencia revolucionaria de trece años, incluyendo España, Yugoslavia y Grecia, en que las “políticas negativas” de combatir el fascismo fueron transformadas en una revolución social y un proyecto político de futuro. Pero también parecen haber obvios paralelos con China, donde un ejército rebelde concentrado entre los campesinos gradualmente expulsó a un ocupante extranjero y capturó el poder estatal. ¿Hubo alguna interacción entre los comunistas yugoslavos y chinos?

 

Tienes razón al destacar este paralelo. Pero para reiterar: a mediados de los años 30 el Reino de Yugoslavia era una dictadura semi fascista en la periferia europea, así qe la lucha armada y la visión de un futuro diferente emanando de la experiencia española fue una inspiración crucial. El movimiento yugoslavo estuvo también íntimamente conectado con la resistencia griega, que terminó en una trágica derrota de las fuerzas comunistas en 1949. Ese año también marcó el fin de la guerra civil china con una victoria del Ejército Rojo dirigido por Mao.

De todas maneras, hubo muchos paralelos entre las luchas armadas de chinos y yugoslavos. Como los chinos, los partisanos yugoslavos también dejaron las ciudades -tomando las lecciones de las Brigadas Internacionales y la trágica derrota de la República Española- y operaron en las áreas rurales, bosques profundos y montañas.

 

Segundo, la lucha estaba abierta para hombres y mujeres, y más notablemente a la población campesina. Su lucha no fue solamente militar sino también por una transformación social, política y económica.

 

Tercero, la lucha fue desarrollada contra un enemigo bien equipado, colaboradores domésticos y una ocupación extranjera todo al mismo tiempo.

 

Muchos yugoslavos comunistas fueron inspirados por los revolucionarios chinos. Los delegados yugoslavos a la Komintern reportaron sobre la revolución china y en 1940 publicaron una traducción de “Red Star Over China” de Edgar Snow. Algunos grupos partisanos distribuyeron panfletos sobre la revolución china que fueron leídos ampliamente.

 

Uno de los camaradas más cercanos de Tito, Vladimir Dedijer, tituló uno de los capítulos de su diario de guerra “Nuestra Larga Marcha”, una referencia directa a la Larga Marcha de los comunistas chinos. El mismo capítulo cita al líder partisano judío y comunista Moša Pijade diciendo “El pueblo es el agua, y los partisanos los peces. No puede haber peces sin agua’. Este es un principio rector de los partisanos chinos y es válido para nosotros también”.

 

Describes cómo la expulsión de Yugoslavia de la Cominform en 1948 y la subsecuente campaña de Stalin contra el “titoismo” forzó al liderazgo del partido a reevaluar muchas de sus certezas y finalmente introducir una moderada des-estalinización. ¿Qué tan lejos llegó esto? Después de todo, esta “des-estalinización” incluyó enviar profesos estalinistas a campos de prisioneros, y el propio Tito tuvo un culto a su personalidad rodeándolo durante décadas.

 

El Partido Comunista vivió su propia forma de “des-estalinización” durante la guerra, creciendo desde una organización pequeña de 3 mil miembros a más de 150 mil, mayoritariamente campesinos empoderados políticamente. Debe notarse que la colectivización encontró mucha resistencia -incluso algunas revueltas- y en gran medida fue detenida. La perspectiva comunicacional y política del partido cambió incluso más después de la guerra, ya que ya no era una pequeña camarilla conspirativa, sino que mantenía grandes manifestaciones y estaba expuesto a los medios. En ese sentido, algunas cosas ya estaban pasando antes del quiebre con Stalin.

 

Esta separación fue un proceso altamente contradictorio. Por un lado el liderazgo comenzó a acosar a cualquiera que continuara alabando a Stalin -que había sido la línea del partido por décadas- y desplegó métodos represivos que remitían a Stalin mismo. Sin embargo, no hubo un sistema de gulag con decenas de miles de prisioneros y muertos.

 

La mayoría de los prisioneros políticos, muchos de ellos comunistas, partisanos y estalinistas incondicionales, junto con oponentes políticos y nacionalistas, fueron enviados a islas en el Mediterráneo donde no fueron incorporados al trabajo útil sino que forzados a trabajos inútiles y someterse a reeducación.

 

Hubo aproximadamente 15 mil prisioneros entre 1948 y 1956, de los cuales alrededor de 400 murieron. Hay pocas conmemoraciones de estos prisioneros hoy día, porque las víctimas eran devotos comunistas que difícilmente pueden alinearse con la narrativa victimizadora dominante centrada en los disidentes nacionalistas.

 

A pesar de algunos métodos brutales, la “des-estalinización” de Yugoslavia fue productiva, en el sentido de que condujo al partido a repensar cómo se organizaba la sociedad.  Llevó a la introducción de la autogestión obrera, la propiedad social y a los consejos obreros como las unidades fundamentales de la democracia de los trabajadores y la producción. Por supuesto, muchas formas diferentes de autogestión emergieron en la práctica.

 

Tito aparece de forma relativamente marginal en tu libro, a pesar del hecho que él era considerado una figura extraordinaria a lo largo de toda la existencia de Yugoslavia. ¿Cuán crucial crees que fue Tito para el éxito de Yugoslavia? ¿Pueden ser separados el movimiento partisano y el consiguiente Estado que este construyó de su imponente influencia?

 

No puedes hablar de Yugoslavia sin hablar de Tito, desde los tempraneros años en prisión al decisivo momento en que saltó a la fama, trabajando en París en 1937 y cumpliendo funciones como secretario general del PCY -¡sin el consentimiento de Stalin!- para organizar el tránsito de Brigadistas Internacionales de todo Europa hacia España. Su rol y el del partido durante el alzamiento y lucha partisana debe ser reconocido y apreciado. Sin su voluntad de hierro y la creencia en otro mundo, muchas feroces batallas y asedios podrían haber salido mal.

 

Durante la guerra, el nombre de Tito se alzó como una especie de significante maestro, no sólo para el Comunismo, sino que para toda forma de resistencia popular. Tito era tanto un partisano como el partisano propiamente tal, un nombre que significaba lucha colectiva y el único comandante en jefe que resultó herido en combate durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Por esta razón, no podemos separar a Tito de la lucha partisana, la victoria sobre el fascismo, la construcción del estado socialista o la fundación del Movimiento de los No Alineados. Dicho eso, ninguno de sus logros puedo ser posible sin las capacidades políticas de innumerables comunistas y a la genuina base popular de masas que se obtuvo después de la guerra.

 

A la luz de la forma específica de nostalgia acrítica de Tito común en la actual ex Yugoslavia, agregaría, como alguna vez Alain Badiou comentó acerca de Mao, que hay un diferencia entre Tito el líder partisano y Tito el hombre de Estado. Esto es especialmente cierto del Tito tardío, quien se involucró en el mundo del espectáculo internacional, vacacionando con estrellas de Hollywood como Elizabeth Taylor y Richard Burton, quien representó a Tito en la película la Batalla de Sutjeska.

 

Planteo que las reformas de mercado y la disconformidad que generó al final de los años 60 revelaron no sólo las contradicciones internas, sino que la influencia corruptora del poder político y el desgaste gradual del liderazgo Comunista en Yugoslavia. En vez de continuar la ruptura partisana, el partido se transformó en aquellos que mantenían el poder estatal. También intento mostrar que las reformas y sus impactos en el curso de la historia no están definidos ni guiados por una sola persona, sino que por procesos objetivos y el trabajo político de personas y organizaciones.

 

Este punto muerto institucional quedó dolorosamente revelado en 1968, cuando estallaron grandes huelgas y revueltas estudiantiles exigiendo más comunismo dentro de lo que en ese entonces era llamado oficialmente “Socialismo de mercado”. En vez de reenfocarse y abrir sus planas a los jóvenes revolucionarios, el partido realizó una extensa purga, especialmente a los “desviacionistas” de izquierda, pero también de derecha.

 

Esto cimentó la alianza entre burócratas partidarios y gerentes de fábricas. También debe decirse que al referirse a los “desviacionistas de derecha”, el partido erróneamente entremezcló 1968 con lo que fue realmente un movimiento de masas abiertamente anticomunista y nacionalista en Croacia a principios de 1970. Este último buscaba destruir la Yugoslavia socialista y abiertamente tenía previsto la restauración del capitalismo dentro del marco de “una nación en un estado”.

 

Probablemente la parte más importante de tu libro son los capítulos sobre “el antagonismo y la paradoja central” entre la autogestión obrera y el socialismo de mercado -ambas medidas introducidas por la dirección para contrarrestar la burocratización e impulsar la economía.

 

Argumentas que ambos terminaron en la práctica fortaleciendo a los gerentes locales y debilitando la solidaridad entre repúblicas, torpedeando a la federación como un todo. Pero ¿podría una mayor centralización y una economía de mando haber sido una alternativa que funcionase?

 

El período entre el comienzo de los años 50 hasta 1970 fue la fase más productiva y contradictoria para la autogestión obrera. Generó resultados económicos impresionantes, materializados en nuevas empresas e inversión en infraestructura pública como hospitales, escuelas, jardines infantiles y caminos, muchos de los cuales continúan siendo usado hoy.

 

La decisión de descentralizar el monopolio del poder político no sólo fue entendida como una socialización del poder político y económico, fortaleciendo a los trabajadores en la producción y expandiendo la participación democrática en el proceso general de reproducción social, sino que además como una vía hacia una nueva concentración de poder económico.

 

Esto último fue dominado por una amalgama de nuevos directores, gerentes, burócratas ocales y bancos comerciales emergentes luego de que fueron introducidos legalmente en 1966. Las reformas de mercado fueron esencialmente acerca de hacer más eficiente la “economía socialista”. Esto presionó tanto dentro de las empresas, donde la explotación de los trabajadores se intensificó, y entre empresas, dado que la competencia por participación de mercado y acceso a préstamos se hizo más dura.

 

Como el sociólogo esloveno Rastko Močnik plantea, los trabajadores en ese entonces se enfrentaban a un bloqueo doble. Por un lado, el séquito de Tito y las burocracias de las repúblicas bloquearon la democratización de aparato político autogestionario. A comienzos de los años 70 se impulsó la entrada de cuadros oportunistas al partido -de forma ejemplificadora, Vladimir Bakarić exclamó en 1971 que “nosotros, los comunistas, somos minoría dentro de la Liga de los Comunistas”.

 

Por otro lado, las reformas de mercado generaron un bloqueo en la autogestión económica a nivel de la empresa. En vez de que los trabajadores tuviesen mayor relevancia en los consejos obreros, sus potestades ejecutivas eran comúnmente delegadas a gerentes y directores de fábricas. Por ello, la descentralización, como fue promulgada por las reformas de mercado, significó que cualquier poder o capacidad de agencia central -cualquier cosa que tuviera siquiera un dejo de Estalinismo- debía ser resistido por todos los medios posibles.

 

 

 

En el largo plazo, esta dinámica robusteció las redes informales de poder y el crecientemente visible poder del mercado. Los mecanismos de solidaridad entre repúblicas, encarnadas en la Agencia Federal para el Desarrollo que distribuía y relocalizaba fondos hacia las naciones más pobres, fueron debilitados y sustituidos por los bancos y el mercado.

 

La asociación de productores y la autogestión podría haber funcionado mejor en el ámbito de la reproducción social, como la cultura o los servicios de salud. Pero a nivel de las unidades económicas y políticas fundamentales de Yugoslavia, generalmente fracasó en expandir el socialismo desde los años 70 hacia adelante.

 

Estos procesos negativos se aceleraron después de la crisis del petróleo de 1974. A lo largo del tiempo, una crítica ciega a toda forma de poder centralizado como “Estalinismo” era muy fácilmente capturado por ideólogos liberales y fuerzas centrífugas que, como tú dices, empujaban hacia una desintegración social y económica. En ese sentido, el liderazgo Comunista fracasó en pensar seriamente acerca de cómo continuar la autogestión obrera, inocentemente creyendo en la promesa de modernización y crecimiento sin fin.

 

Tú construyes un potente argumento sobre que el proyecto del socialismo en Yugoslavia fue un capítulo especial en la historia del socialismo del siglo XX, disfrutando de un masivo apoyo popular y construyendo su propio sistema único más allá del alcance de Moscú. Dado el grado en que la política de Derecha domina hoy en los Balcanes, ¿crees que esta llamada “Yugonostalgia” puede ser usada de una forma positiva para revivir la idea socialista?

 

El socialismo yugoslavo fue un caso único: a saber, el de un partido organizado pasando por grandes cambios durante la guerra y lanzando un proyecto de modernización socialista con masivo apoyo popular. A pesar de sus defectos y contradicciones, el libro plantea que por lo menos hasta 1965 el proyecto fue exitoso en establecer un sistema económico mucho más democrático, con infraestructura pública de correcto funcionamiento, y una nueva forma de propiedad con salarios reales en crecimiento sostenido y una mejor calidad de vida para la clase trabajadora. Era posiblemente uno de los ejemplos más estables de socialismo democrático.

 

En lo que concierne a la Yugonostalgia, si solamente la mantenemos de forma acrítica, nos arriesgamos a perdernos nuevamente en una idealización unilateral del pasado. Otro problema es que, para muchos, la Yugonostalgia es más una actividad subcultural o de nicho -es decir, una mercantilización de la memoria- que contribuye más bien a una mayor despolitización que cualquier otra cosa.

 

Sin embargo, hay un lado positivo sobre esto, que busca superar el horizonte de identidad étnica y los conflictos. Los variados grupos tanto de jóvenes como viejos que se reúnen a conmemorar las luchas partisanas, que cruzan generaciones y fronteras, también apuntas a preservar los monumentos y la memoria partisana. En la práctica, esto significa también oponerse al neofascismo y a otras fuerzas reaccionarias.

 

En este sentido, la Yugonostalgia tiene un núcleo progresista. Pero creo que debe, por decirlo de alguna forma, repetir el gesto partisano del pasado de tomar posiciones en el presente. Esto no significa que repitamos ciegamente aquello que evidentemente ya no existe. No podemos simplemente caminar a través de los bosques e imaginar que somos los partisanos de un pasado heroico.

 

Al contrario: reivindicar la revolución Yugoslava significaría continuar el espíritu del legado del socialismo Yugoslavo al intentar unir el pensamiento emancipador con la práctica política bajo nuevas condiciones

 

Originalmente publicada en Jacobin

Traducción al español de Daniel Díaz  y Felipe Ramírez

Músico, abogado y defrentista. Vive en Peñalolén, Santiago.

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