Jorge Costadoat: Para una Teología de la Realidad

Por Nicolás Romero

 

Hace un par de semanas, una amiga -directora educacional del Servicio Jesuita Inmigrante- me invitó a un taller de análisis sobre experiencias educativas con población migrante. Escuché con atención los testimonios de educadoras que a diario conviven en la sala de clases con niños, niñas y adolescentes haitianos. La mayoría de ellos no hablaba español y se adaptaba a un país desconocido en el extremo sur del continente. Allí me enteré que en la población Los Nogales, ubicada en la comuna de Estación Central, reside una nutrida comunidad de nuestros hermanas y hermanos, que poco a poco se adaptan a las condiciones de un sistema de vida altamente privatizado e individualista. Cuando nos reunimos con Jorge Costadoat, me comenta que Morgado, un cura jesuita, está haciendo misas en creol en la parroquia de la población, continuando la iniciativa desarrollada por el jesuita Diego Galaz.

 

Mi familia es católica y estudié toda mi enseñanza básica y media en un colegio católico jesuita. Participé en la Iglesia hasta los 18 años de edad, el paso por la universidad me llevó por otros caminos que extrañamente hoy se vuelven a juntar. En un momento de crisis profunda del proyecto neoliberal y de ascenso de nuevas alternativas políticas transformadoras, re-pensar la idea de país desde lo mejor de la tradición de lucha de los pueblos latinoamericanos nos parece urgente. En esta tradición, las expresiones populares de la Iglesia y la Teología de la Liberación (dos caras de la misma moneda) aparecen como una fuente que mucho tiene que decir a las izquierdas transformadoras y populares del Chile actual. Así comenzamos nuestra búsqueda y llegamos donde Jorge, quien me recibió amablemente en una discreta oficina, cargada de libros. La nutrida colección de textos publicados por el Centro Teológico Manuel Larraín, institución que preside, se entremezcla con libros de Ciencias Sociales (varios de Touraine) y de teologías alternativas de diversos países del mal llamado Tercer Mundo.

 

Costadoat  es cura, teólogo y jesuita. Su opción rebelde frente a las injusticias lo ha llevado a ser un tipo con opinión, de esas que sacan ronchas en la jerarquía de la Iglesia chilena. Fue apartado de sus funciones como docente en la Universidad Católica por Monseñor Ezzati, quien sin fundamentar mayormente su decisión, lo acusó de “relativizar” el carácter divino de Jesús. Pero los Teólogos de la Liberación saben de persecuciones y censuras. Jorge me muestra con orgullo una colección de fotos donde aparece con otros colegas, collage que contrasta con una foto en la que aparece con el ex Papa Juan Pablo II. Una imagen me llama la atención, aparece en ella retratado junto a Leonardo Boff, el destacado teólogo de la liberación brasileño que en 1978 fue perseguido por el entonces Cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación de la Fe, algo así como la prolongación de la Inquisición dentro de la curia.  La razón era el contenido de un escrito de Boff denominado Iglesia: carisma y poder, donde se le acusó de cruzar una línea, polémica hoy y aún más por entonces, que separa al cristianismo del marxismo. Cuando le impusieron la sentencia, el teólogo respondió con una canción de Atahualpa Yupanqui: «La voz no la necesito. Sé cantar hasta en el silencio». Ser crítico en una institución conservadora es cosa seria, “esta es una teología con mártires” me señala.  Jorge ha sabido llevarlo con alegría y esperanza en la posibilidad de reformar la Iglesia.

 

En su reciente libro, Francisco: Un Papa que mira lejos, reflexiona sobre la necesidad de que el catolicismo se adapte a los “signos de los tiempos”. En una época donde la pertenencia a la Iglesia se desmorona en muchos países, una reforma profunda aparece como la única salida para el porvenir. No es casualidad que esta situación crítica intente ser enfrentada por un Papa jesuita, quien pareciera seguir el ejemplo de San Ignacio de Loyola -fundador de dicha Congregación- quien hace 500 años enfrentó una similar problemática, desatada entonces por los movimientos protestantes, logrando sacar a flote la institución. Jorge comenta en su libro que el cónclave de cardenales que eligió a Francisco le solicitó impulsar una reforma de la curia, titánica tarea para una organización sumamente conservadora.  Costadoat  abriga pocas esperanzas de esta empresa, pero existe una convicción que le sostiene: la Teología de la Liberación no ha muerto y por eso mismo la Iglesia latinoamericana sí tiene futuro.

 

La Convención de Medellín, en 1968, fue una actualización e interpretación latinoamericana del Concilio Vaticano II. Este hecho representó el paso de una Iglesia infantil a una, por así decirlo, adulta. Es la primera vez en la Historia en la que la milenaria institución se pensaba desde la periferia, voluntad que se sintetiza en la llamada “opción preferente de Jesús por los pobres”, es decir, la idea de que la Iglesia debe pensarse, imaginarse y en definitiva vivirse, a partir de la experiencia real y ética de los oprimidos de nuestra América y del Tercer Mundo. Es en dicho período donde se comienza a solidificar lo que años más tarde se llamaría Teología de la Liberación, título de un libro de Gustavo Gutiérrez, quien junto a Boff, se transformó en uno de los más grandes referentes de este movimiento profundo de las comunidades de base.

 

Este postulado le permite a Costadoat pensar el problema de la teología en referencia a la realidad: la de los pobres y oprimidos de Chile y el continente. Mientras buena parte de las autoridades eclesiástica siguen encerradas en una teología de teologías, reproduciendo una concepción colonial y reproductora de los dogmas de la Iglesia occidental presidida desde Roma, Jorge nos habla de un proceso refundacional y radical. La brújula apuntaría a la reconstrucción desde las “periferias existenciales”. Citando al teólogo Karl Rahmer, hablamos de la construcción de una Iglesia Policéntrica, donde se fortalecen y multiplican iglesias regionales autónomas, única garantía para el desarrollo de una “inculturación plural del Evangelio”, esto es, para que el mensaje de Cristo se exprese en los procesos de liberación de todos los pueblos del mundo, sin limitar el desarrollo del pensamiento cristiano a las áreas comúnmente conocidas como occidentales.

 

El llamado a la realidad se expresa en la descolonización de la Iglesia y de la misma Teología de la Liberación, acorde a los signos de los tiempos. Hoy hablamos de Teologías del Sur, donde la cuestión de la opresión de las mujeres, de los pueblos indígenas y de la tierra comienzan a tener un papel preponderante. La Teología de la Liberación no se encuentra fuera de lo que Boaventura de Suosa Santos denominó como “filosofía de las ausencias”, esto es, la construcción de la ausencia de los oprimidos en el debate de los procesos transformadores. Pero la fuerza de la realidad ha abierto un diálogo teológico intercultural, una verdadera ecología de saberes de los pueblos del Tercer Mundo. Teología crítica de pueblos indígenas que cuentan con más de dos milenios de cultura y resistencias, para quienes la liberación es un camino de los pueblos y no un patrimonio exclusivo de la cultura occidental. Teologías feministas que cuestionan el carácter androcéntrico y patriarcal de la Iglesia Católica. ¿Será salvable ese abismo? Eco-teologías que, como señala Francisco en su encíclica Laudato si, conciben a la tierra como “nuestra casa común” la cual debe ser protegida de la devastación ambiental de un capitalismo destructivo que afecta fuertemente a los más oprimidos, indígenas, mujeres y pueblos de la periferia del sistema mundo. Una teología de la realidad de los oprimidos que, al igual que Jesús en la parábola del Buen Samaritano, práctica un cristianismo secular. He allí el desafío. Nuestro, también.

 

Fuente de imagen: http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2015/03/26/jorga-costadoat-sj-me-duele-esta-decision-por-mi-y-por-la-universidad-iglesia-religion-dios-jesus-papa-chile.shtml

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