“Damnation”: De huelgas, biblias y balas

Por Miguel Fauré Polloni

#DeFrente

 

En medio de la trama, un adivino travestido le señala a un joven cura que en la rueda del devenir, ya todo escrito está. Nada nuevo bajo el sol, en términos bíblicos. Una certeza religiosa emitida por un brujo que predice a partir de pistas que le dejan las cenizas. Quizás allí, el guionista Tony Tost dejó una señal que es fácil de traducir: el que se mete a redentor, muere crucificado.

 

Damnation (“Condenación”) pudo perfectamente filmarse en cualquier país al sur del Río Bravo. Retrata, indirectamente, el drama cotidiano de la opresión que los unidos estados sólo conocieron tras la Gran Depresión.  Los bancos queriendo devorarlo todo aprovechando la carestía generalizada, políticos favoreciendo ese actuar, manos armadas -legales o clandestinas- imponiendo a fuego la ley del más fuerte.

Situémonos: Iowa, 1931. Una economía devastada y el brotar de insurrecciones obreras y campesinas. El fantasma del comunismo cruzaba el Atlántico y aparecía en el horizonte norteamericano. Pero la reacción no habría de tardar: una “Legión Negra” nos remite al Ku Klux Klan y teje el entramado “patriota” contra los líderes de las revueltas. ¿Sus métodos? Las balas, la cárcel y las ejecuciones públicas. Tal como fue, será.

 

En medio de esa tensión aparece el pastor Seth Davenport  (Killian Scott) y un sicario destinado a desarticular una huelga campesina, Creeley Turner (Logan Marshall‑Green). Ambos sujetos comparten sangre. La trama se enriela en torno a la relación de ambos hermanos. En ella va descascarándose el tiempo mediante reiterados flash backs que nos muestran que las apariencias engañan. Que somos memorias ambulantes: el pasado no pasa y explica el presente. ¿Quién de los dos es el verdadero villano y el verdadero redentor?

En 10 episodios, esta coproducción entre Universal Cable Productions y Netflix, consigue mantener la tensión narrativa. No existe, eso sí, un retrato demasiado detallado de la personalidad de los protagonistas, ya que la acción lo devora todo: no hay respiro alguno en el breve lapso de días en los que se emplaza la historia. Vale destacar que pese a la vorágine de conspiraciones y balaceras, las actrices son quienes ofrecen mayor arte en su dibujo psicológico. Destacan Amelia Davenport (Sarah Jones), verdadero cerebro de la estrategia de insurrección y Connie Nunn (Melinda Page), en su irreductible búsqueda de justicia a manos propias. Y es que nadie está limpio de pólvora. La violencia está presente siempre, siendo un tanto reiterativo el tronar de las balas.  Pero bueno, hablamos de lo que el crítico del New York Times, Mike Hale, llamó como “el alma enferma de América”.

Damnation no es un panfleto. Pero los buenos y los malos están dibujados con claridad a partir de su rol en el proceso de producción capitalista. Laburantes pobres contra la elite bancaria y petrolera. La presencia de un pastor y su prédica incendiaria, añade un factor que no puede obviarse cuando se trata del mundo popular. No se habla de puños contra la burguesía, pero sí de que sean todos los hijos de la clase, un solo ser… “el cuerpo de Dios”.

 

Biblias que esconden armas, llamados a la acción directa desde un púlpito cristiano, la ambición desatada que creó un Imperio. Damnation puede ser una buena crónica del actuar interno de aquellas prácticas que los pueblos al sur conocemos bien. Por eso conmueve, indigna y atrapa, porque no es muy distinto de lo que vemos hoy. En eso sí tiene razón el adivino: tal como fue, sigue siendo. El será aún está en juego.

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