De cuando murió el querido Néstor. Hoy tendría setenta años.

Por Federico Galende

 

Dijo más de una vez que era un hombre común en circunstancias excepcionales y al periodista Horacio Verbitsky le contestó que su primer desafío como Presidente fue traspasar la puerta de la Rosada en aquella Argentina infernal.

Su estilo político conjugaba porciones lógicas de oscuridad e intriga entresacadas de los viejos manuales del caudillismo de provincia y una serie de decisiones frescas y espontáneas que muy pronto lo llevaron a torcer el destino funesto del país.
Esto último nadie se lo esperaba.

Eran tiempos en los que nadie confiaba en nadie y en los que a Néstor Kirchner todo el mundo le dedicaba chanzas por la libertad evidente de su ojo izquierdo, una “pifia de la perspectiva” en la que al final reposaba su destreza: mirar la historia en simultáneo, dirigirse a las multitudes argentinas sin dejar de espiar a caciques y matones. ¿Lo habrá sido él mismo? No.

Sabía embarrarse porque necesitaba controlar un aparato político complejo y heterogéneo, pero en el fondo era un burgués calibrado y digno, uno de esos burgueses que saben auscultar en sus propias ambiciones los desmanes de los que es capaz la víbora de la acumulación cuando, como nos ocurre aquí, nadie la controla.

Manejaba en política el arte del gran estilo y la conversión, y por eso se ganó tantas confianzas cuando apenas iniciado su mandato refundó una Corte Suprema independiente, se bajó de un plumazo al General que le sopló a la oreja las “conveniencias” de ratificar las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, y respaldó de inmediato la Convención Internacional sobre la imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de lesa humanidad.

Después se fue a negociar la deuda con el Fondo Monetario para que dejaran de manejarle la política interna, puso en la agenda política el debate sobre la redistribución del ingreso que tanto dolió a patrones y latifundistas, y logró fijar poco a poco el salario mínimo más alto de América Latina.

El antiguo clamor de “que se vayan todos” lo integró a un pleito abierto que polarizó el panorama y es cierto que dividió el país, pero alguna vez tenía que pasar y pasó, en parte porque los que estaban acostumbrados a peinar el rebaño echándole una miradita desde sus cascos de estancia tuvieron que acostumbrarse de pronto a discutir con éste.

La rebelión del coro daba sus primeros frutos, y casi todos coinciden en señalar que nacía otra Argentina, una que se proseguía en la alianza con Evo, Lugo, Chávez y Bachelet, y que llevaba a Kirchner, patagónico obcecado, a liderar UNASUR, donde jugó un rol integrador, ayudó a parar la guerra entre Ecuador y su vecino, y a frenar el golpismo en Honduras, y a llamar a su amigo Lula para que le pusieran pecho juntos a las presiones internacionales del norte.

No vamos a negar que también se equivocaba, que a veces repasaba a sus rivales más de la cuenta o jugaba doble contra sencillo ahí donde había que tragar saliva y marcharse. Le sobraban cariños y querellas.

Una parte de la izquierda le hizo el típico dribling de los que se las saben todas. Pero en la Plaza de Mayo lo lloraron las Madres y las Abuelas que tantas rondas hicieron por ahí, y también los pobres y los trabajadores que vieron abrirse en Argentina una brizna de esperanza.

Era el candidato que seguía para cuidar ese proyecto que con Cristina se hizo extensivo a la ley de medios, el matrimonio igualitario, la discusión sobre papel prensa y el proceso de desinversión del Grupo Clarín.

Hay quienes ahora se relamen como gatos y quienes en cambio estamos acostumbrados a que nuestras buenas historias nunca terminen bien. Se fue Néstor Kirchner, mancha espesa que empezaban a calzar los pies de los desclasados.

Comparte tu opinión o comentario