De La Haya y la política del pasado, a una política exterior del futuro

Por Nicolás Valenzuela Paterakis

Movimiento Autonomista

 

El fallo y los problemas que se arrastran

 

Celebra la oligarquía chilena, la derecha, los pseudo nacionalistas y la prensa cortesana. Celebran un fallo que, si bien rechaza la idea de que el Estado de Chile tiene una obligación de negociar una salida soberana al mar con el Estado de Bolivia, en lo absoluto ha resuelto el problema histórico que existe entre ambos pueblos. Ya lo ha dicho incluso, Francisco Vidal -vocero de gobierno de Michelle Bachelet-, el problema de la mediterraneidad de Bolivia seguirá existiendo.

 

Se “celebra” la integridad territorial de Chile, pero no nos hemos lanzado a la tarea de analizar críticamente que ha sido este Chile en sus 200 años, y si esa forma de nación le ha servido a los pueblos que lo integramos para alcanzar un buen vivir. Podríamos incluso ir más allá y ver si esta forma decimonónica de Estado y nación, en general ha contribuido al desarrollo de la humanidad.

 

La verdad es que si miramos con rigurosidad, tanto en el pasado como en el presente y salvo contadas excepciones, Chile ha sido un proyecto hecho por y para las oligarquías y los capitales trasnacionales. Es cosa de ver lo que pasa con nuestros bienes comunes, con nuestro mar entregado a siete grandes familias y nuestros minerales explotados por capitales extranjeros. Por eso, no está demás decir que para los intereses capitalistas es mejor que el mar y la tierra en disputa, se mantengan del lado chileno, en el cual, con poca vergüenza, se han apropiado (1). En ese sentido, La Haya no le ha entregado nada de mar a Bolivia, pero tampoco se lo ha devuelto a los chilenos.

 

Es el resultado de una noción de Estado nación y de política exterior ancladas en el pasado, oligárquicas, belicistas y aislacionistas, responden a un contexto que ya no existe, que no se hace cargo del presente y ni de los desafíos del futuro que nos depara el siglo XXI.

 

La raíz de los problemas

 

Para hacernos cargo de los desafíos del futuro debemos volver a la raíz del problema. Esta concepción de nación y política exterior anacrónicas tiene como origen la época portaliana en la que las diversas oligarquías de las recién nacidas naciones independizadas del reino de España, se peleaban bajo una lógica capitalista y patriarcal por construir su superioridad en la región. Sus más recientes actualizaciones fueron implementadas en dictadura y, como la gran mayoría de las cosas en este país, tuvieron continuidad en los posteriores gobiernos civiles.

 

De hecho, llegamos al absurdo de someter a juicio de un tribunal lo que debiese ser parte de un diálogo entre los pueblos, diálogo que supera con creces la idea de soberanía marítima dependiente de uno u otro Estado.

 

Es el fruto de una mentalidad colonial y oligárquica que sigue creyendo que somos una prolongación de la historia europea en tierra ajena, que busca sus orígenes en los pueblos helénicos y romanos, antes que en los mapuches y aymaras. Que reivindica la independencia de la corona española, pero que sin embargo, desconociendo el sueño bolivariano, se circunscribe a los límites que ésta le impuso -junto a la corona inglesa- y se niega a observar lo formal que resultan ser las fronteras en muchas partes del país. Una vez que logró dicha independencia, se lanzó a nuevas guerras neo-coloniales (la mal llamada “Pacificación de la Araucanía” y la Guerra del Pacífico) en contra de los pueblos “no chilenos”, movilizado por el interés propio -y ajeno- de ocupar sus tierras, trabajo y riquezas.

 

De esas “hazañas” y “proezas”, en la que los muertos los puso el bajo pueblo y no los pijes, provienen los dispositivos culturales con los que las oligarquías y las potencias extranjeras nos administran y dividen: el patriotismo y el nacionalismo.

 

El pseudo nacionalismo y patriotismo de las élites

 

Patriotismo y nacionalismo que, tanto en el caso de la Pacificación de la Araucanía, la Guerra del Pacífico y la dictadura cívico militar encabezada por Augusto Pinochet, son pura apariencia antes que realidad. Apariencia y no realidad,  como se había percatado el consecuente socialista Clodomiro Almeyda, pues detrás de la brutalidad con la que se trata al extranjero pobre o no europeo, en cada uno de estos casos la soberanía “nacional” fue entregada a los capitales extranjeros o una pequeña oligarquía, que pagaron y pagan con miserias (fichas en la pampa salitrera, peonaje e inquilinaje en la zona centro sur y hoy sueldos de hambre) el alto costo en que tuvieron que incurrir los pueblos.

 

El proceso de neoliberalización llevado a cabo por la dictadura militar es especialmente gráfico en este sentido, pues detrás de toda la retórica patriótica y nacionalista, el cobre volvió a ser explotado mayoritariamente por empresas extranjeras, la industria nacional fue desmantelada o vendida a “precio de huevo”, se privatizaron los servicios sociales proveídos por el Estado y los capitales transnacionales copan prácticamente toda nuestra economía. Están fuertemente incrustados, por nombrar algunas áreas de negocio: en la banca, en nuestras pensiones, en nuestra salud y en el sector servicios, nos hemos vuelto un país más dependiente del que éramos, hemos perdido autonomía. Esto combinado con una política exterior aislacionista en la región, da un pésimo resultado: estamos más subordinados a los intereses ajenos y nos encontramos más solos en el vecindario.

 

Una nación y una política exterior para el futuro

 

Necesitamos una nación y una política exterior que den cuenta del presente y de los desafíos del futuro. De un mundo multipolar donde los capitales transnacionales y las grandes potencias -EEUU y China- tienen un peso gravitante en nuestra región, que hará cada vez más necesario procesos de integración a escala regional para hacerles frente. Que pongan más énfasis en los procesos materiales de los pueblos, antes que en las fronteras formalmente definidas que los dividen e incomunican. Que comprendan que la existencia de los Estados naciones tal cual como la conocemos, se pueden poner en cuestión y se puede superar a favor de los pueblos. Que sean capaces de enfrentar de manera ofensiva y en sus raíces los problemas del cambio climático, el extractivismo, el militarismo, el tráfico de drogas y de personas, la integración de los procesos migratorios, las nuevas tecnologías en el trabajo y la transición socialista. Necesitamos una política exterior pensada para potenciar nuestra autonomía y no nuestra dependencia.

 

Necesitamos iniciar un proceso de integración regional de carácter estratégico y multidimensional que se proponga ser un aporte global . Una política de integración social, económica, cultural y militar que en 30 años nos ponga a la cabeza de un proceso de diálogo y de pacificación a nivel mundial. Que acabe con el colonialismo interno que nos invade y divide, y que proponga a América Latina entera, como unidad política y productiva, cuya meta sea el buen vivir y el diálogo pacífico y amistoso entre los pueblos. Que rescate y revitalice la historia, los saberes y las prácticas de nuestros pueblos ancestrales. Que de libre tránsito a sus habitantes, que construya alianzas en la producción de los bienes comunes, en los que tenga la mayor parte de la explotación mundial, como el cobre y el litio, que fije su cuota extractiva y los precios. Que se proponga transitar a la producción de energías limpias y a la soberanía alimentaria, la colectivización de los cuidados y la superación del patriarcado y la heteronorma, socializar la producción a través de la combinación de tres grandes motores económicos: uno estatal, uno privado y otro comunitario. Que termine con la subordinación y dependencia militar a los Estados Unidos, que aborde con creatividad la emergencia de las nuevas tecnologías, y que acote los lugares donde el trabajo propiamente “humano” es necesario.

 

Proponerse lo anterior, en una lógica hegemonista y competitiva, desde los límites nacionales o, peor aún, solo dentro de los límites nacionales, han demostrado ser ideas completamente obsoletas e irrealizables. El futuro llama a la integración de los pueblos, a la convivencia pacífica, al diálogo y al buen vivir. Esperemos que, a propósito de ver como el resultado de la Corte Internacional de La Haya no resuelve el conflicto con nuestros hermanos bolivianos ni tampoco nos devuelve el mar a los pueblos, podamos dar un giro en nuestra política exterior y ponernos a tono de lo que se nos viene por delante y terminar de una buena vez con la condición dependiente y subordinada en la que nos hemos mantenido los últimos 500 años.

 

  1. Ahí la derecha y los pretendidos medios de comunicación de masas tienen un lapsus con el nacionalismo.

 

Fuente de imagen: https://integracionlationamericana.wordpress.com/

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