Del amor y otras dominaciones

Por Lorena Cisternas

Militante de Revolución Democrática

 

 

“El amor es personal y lo personal es político”

Kate Millet

 

Del amor

 

Durante las últimas décadas el movimiento feminista, mediante sus diversas manifestaciones, ha alcanzado importantes logros políticos y socioculturales para las mujeres alrededor del mundo. Estos avances han determinado la transformación y la resignificación del rol de la mujer en la sociedad moderna y el avance hacia esa equidad tan largamente añorada y en ocasionas tan esquiva y difícil de alcanzar.

 

Entre los temas más relevantes están los derechos políticos de participación, la brecha salarial, el reconocimiento de las labores de cuidado, la violencia contra la mujer, y en varios de ellos hemos logrado instalar relatos potentes y emancipadores que nos permiten estar hoy un peldaño más arriba en el trabado ascenso hacia la equidad de género.

 

Sin embargo, oculto en estos importantes conceptos, hay uno del que no hablamos a menudo y que sin embargo resulta ser un elemento fundamental del marco social y cultural en el que nos movemos a diario: El amor romántico.

 

Desde pequeñas, el sistema patriarcal del que somos aprendices nos enseña que estamos incompletas, y que completarnos significa encontrar en la figura de un otro el ideal necesario para alcanzar la plenitud, la maternidad y la familia, siendo esta última, la culminación del desarrollo personal. Se instala entonces en el imaginario colectivo la idea de la mujer cautiva del amor, subordinada y condescendiente, a la espera de ser rescatada de la torre de las desdichas y el abandono.

 

Pues bien, es precisamente en este punto donde el machismo hace gala en toda su estridencia, y es aquí también donde el amor romántico, el de las fábulas y los cuentos de hadas se convierte en una herramienta eficaz de dominación y control social mediante diferentes mecanismos de opresión.

 

 

Los mecanismos

 

Uno de ellos es el elemento de lo privado. Dentro de él se establece que lo que ocurre en la intimidad no concierne a nadie más que a los incumbentes, por tanto, es aquí donde el machismo se despliega en toda su magnitud, ejerciendo diferentes tipos de violencia desde lo emocional hasta lo físico, manipulando, cercando, extorsionando con un factor preponderante como base estructural: el silencio y la negación.

 

Otro factor utilizado como elemento de manipulación y dominación emocional, es la superioridad intelectual. En el contexto de la idealización del amor romántico, y de la búsqueda constante del ser que nos complete, el machismo encuentra aquí el combustible necesario para no extinguirse. Cuando hemos logrado transitar del estatus de damiselas en peligro hacia el de mujeres protagonistas, encuentran aquí la forma de reducirnos a la categoría de “discípulas”, obedientes alumnas que envueltas en el aura del romanticismo y la admiración intelectual, buscamos en ellos la guía y la tutela necesaria para alcanzar nuestros objetivos.

 

Coral Herrera establece que: “el amor no lo puede todo: no puede con la violencia y los malos tratos, no puede con la desigualdad y el machismo, no puede con el egoísmo y las relaciones que no funcionan. El amor no transforma a las personas violentas en personas pacíficas, ni a los promiscuos en monógamos, ni cura a la gente celosa, ni resiste vivo si ha de soportar demasiado dolor durante demasiado tiempo. El amor no puede ser incondicional: si no hay respeto y buen trato, por ejemplo, no hay condiciones para el amor»

 

 

El rol activo

 

Cabe entonces preguntarse si como eje articulador de la nueva izquierda nos hacemos cargo de esta problemática o la mantenemos invisibilizada y salvaguardada entre las cuatro paredes que hasta ahora la han protegido. Nos importa realmente transformar en profundidad los dispositivos culturales que nos oprimen y avanzamos hacia una equidad estructural con todo lo que ello implica, o nos seguimos manteniendo miopes frente a este tipo de conductas que no buscan otra cosa que mantener y perpetuar los privilegios y la dominación de unos sobre otros.

 

Sin duda, la estructura del patriarcado tiene brazos extensos, a veces visibles y otras diluidos entre los avatares de la vida cotidiana y el sistema opresor normalizado que nos rige. El amor romántico, sus fantasías y sus espejismos en torno a la pareja, la familia y la maternidad cumplen entonces un rol coercitivo clave dentro de este sistema que busca perpetuarse. El camino hacia nuestra emancipación se torna denso y difícil de transitar cuando los dispositivos de control se mantienen en la esfera personal y fuera del foco de lo público, encontrar soluciones que nos ayuden a superar estas lógicas opresivas y nos empujen hacia una sociedad justa, igualitaria y equitativa es entonces tarea de todos y todas.

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