Desde el “Que se vayan todos” a la agonía del Gobierno de Macri. Claves para entender el escenario político en Argentina

En medio de una durísima situación económica y una creciente presión externa, todo indica que el Gobierno de Macri le entregará la conducción del Gobierno al «Frente de Tod*s» y la dupla Alberto Fernández – Cristina Fernández en los próximos meses. En tal contexto, de alta incertidumbre, aquí compartimos una serie de claves para comprender el escenario político en Argentina, haciendo un repaso de buena parte de las principales dimensiones y coyunturas del ciclo de gobiernos del progresismo kirchnerista, y el Gobierno de Macri. 

 

Contenidos:

1. El estallido del 2001 y el primer Gobierno kirchnerista.
2. El poder del continuismo y la derrota por las “retenciones móviles” a la agroindustria.
3. Continuidad progresista, apertura y viraje hacia la derecha, y cima electoral del Gobierno K.
4. Las elecciones de octubre de 2015. La salida fue “por derecha”.
5. Sobre el Gobierno de Macri, su agonía, y lo por venir.
5. Comentarios finales. Argentina en la encrucjada.

 


 

Desde el “Que se vayan todos” a la agonía del Gobierno de Macri. Claves para entender el escenario en Argentina

 

El 9 de diciembre de 2015, Cristina Fernández de Kirchner se despedía ante una multitudinaria concentración de apoyo, a la que le habló desde uno de los históricos palcos de la Casa Rosada. Se cerraba así un ciclo de gobiernos comenzado en el 2003, que a su vez concluía la desastrosa situación del país estallada en diciembre de 2001. Los gobiernos kirchneristas fueron uno de los puntales de lo que se llamó como ciclo de gobiernos progresistas en nuestra región, y el triunfo de Macri en el 2015 fue uno de los hitos en lo que algunos llamaron como fin de éste. A contrapelo de esto, los resultados de las primarias, con un triunfo avasallador del “Frente de Todos” encabezado por Alberto Fernández y Cristina Fernández, muestran un escenario más complejo y donde no está para nada definida la trayectoria política de Argentina y del continente en el futuro próximo.

 

Con miras a aportar al conocimiento de ciertas claves para comprender las luces y sombras de los gobiernos kirchneristas, aquí abordaremos algunas cuestiones centrales de su trayectoria, poniendo el acento en aquellas que puedan aportar en la dirección de una recomposición del campo progresista, popular, y de las izquierdas de Argentina, y un entendimiento, fuera de sus fronteras, que aporte sentidos y aprendizajes derivados de la experiencia de este país.

 

El argentinazo, 19 y 20 de diciembre de 2001

1. El estallido del 2001 y el primer Gobierno kirchnerista

 

Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, fue el canto más repetido en las jornadas de diciembre del 2001 y los meses que le siguieron. La aclamación pública demandaba un recambio general de las fuerzas políticas y dirigencias que habían dominado la escena desde la caída de la dictadura en adelante. El cambio institucional debía pasar por que se fueran quienes fueron responsables de la debacle económica, política y social estallada a fines de ese año. Pero uno cosa es decirlo en la calle, otra cosa llevarlo a la práctica. Lo cierto es que tras la caída del Gobierno de Fernando de la Rúa y la Presidencia interina de Eduardo Duhalde, dirigente del Partido Justicialista que encabezó las primeras medidas de recuperación económica, el triunfo de Néstor Kirchner en las elecciones de abril del 2003, representó una mezcla de un cambio relativo y parcial, en un marco de continuidades muy significativas.

 

Él, de partida, había sido Gobernador de la Provincia de Santa Cruz desde 1991, y era parte del marco de fuerzas que sostenían al Gobierno de Carlos Menem (1989-1999). Y en las elecciones de abril de 2003, obtuvo un 22,25% de los votos, quedando en segundo lugar tras nada menos que Carlos Menem, que obtuvo un 24, 45%. El recuento de las candidaturas restantes, y el previsible comportamiento del resto del electorado, forzó a Menem a retirarse y no presentarse en segunda vuelta, en una táctica destinada a evitar que Kirchner asumiera con una mayoría muy holgada. Kirchner, asociado al ala más progresista del amplísimo y multifacético Partido Justicialista (PJ), era visto con distancias por una parte muy importante de las dirigencias y aparato “pejotistas”. Dada esa constatación, y con miras a tomar la demanda del “que se vayan todos”, en una primera etapa la conducción kirchnerista apuntó con su discurso y armado político a la construcción de una “transversalidad” que lograra superar progresivamente el esquema bipartidista tradicional en Argentina, cuya política estuvo, hasta el triunfo de Macri, dominada con pocos contrapesos adicionales, por las fuerzas partidarias y sus respectivas culturas políticas, del PJ y de la Unión Cívica Radical (UCR), ésta última, muy “a la baja” tras la caída de su Gobierno encabezado por De La Rúa.

 

En este primer momento, se llevan a cabo significativas acciones que generan una alta expectativa entre los sectores populares y las fuerzas progresistas y de izquierdas en Argentina y el continente. Se inicia una intensa política destinada a conseguir justicia y verdad en las violaciones a los Derechos Humanos cometidas en la Dictadura, y reestructura las Fuerzas Armadas. Renueva la Corte Suprema de Justicia y su forma de nombramiento, inclinándola en parte hacia posturas más progresistas. Se inicia una política de promoción a la recuperación del mercado interno y la industria, con un altísimo éxito: el Producto Interno Bruto de la economía argentina crece entre el 8% y el 9.2% anual durante la presidencia de Kirchner (2003-2007). Se reestructura la enorme deuda externa, canjeando la deuda y pagando una parte significativa de ella, con el central apoyo del Gobierno de Venezuela. El gobierno kirncherista se alinea fuertemente con el emergente polo de gobiernos progresistas de nuestra América, y encabeza el crucial rechazo al ALCA promovido por el Gobierno de Estados Unidos por entonces liderado por George Bush, en la muy recordada IV Cumbre de las Américas en Mar del Plata, en noviembre de 2005. Se suma a la iniciativa de construcción de teleSUR y comienza una política de disputa comunicacional desde los medios estatales. Inicia una intensa recuperación de la inversión pública en Educación, Salud, Ciencia, infraestructuras.

 

Y en lo político, como se mencionó anteriormente, domina la búsqueda por descuadrar el esquema bipartidista, y estrecha lazos con los movimientos sociales, en particular con las organizaciones de Derechos Humanos, ciertos sectores del sindicalismo alternativo al de la tradicional y poderosa CGT peronista (la CTA, Central de Trabajadores de la Argentina), y las organizaciones territoriales, barriales, “piqueteras”, que habían encabezado el estallido social del 2001 y el llamado “argentinazo”, en particular, con la Federación de Tierra, Vivienda y Hábitat, el Movimiento Evita, la Corriente Clasista y Combativa, el movimiento Barrios de Pie. Con esta inclinación hacia nuevas fuerzas sociales y políticas, el Kirchnerismo intentó consruir una fuerza de relativa independiencia frente a las tradicionales elites políticas, sindicales, y la maquinaria Justicialista, que eran de todas formas parte de su armado político.

 

Movilizacion de los gremios del campo en Buenos Aires, por la dipsuta en torno a las retenciones móviles.

 

2. El poder del continuismo y la derrota por las “retenciones móviles” a la agroindustria

 

Con una tendencia al alza en todos los indicadores económicos y sociales, en las elecciones de octubre de 2007 triunfa Cristina Fernández con una contundente victoria: 45,29%, seguido por la muy camaleónica Elisa Carrió con un 23%, y el ex Ministro de Economía de Duhalde y Kirchner, Roberto Lavagna (PJ), con casi un 17%, y Alberto Rodríguez Saá, también del PJ, con un 7,6%. Por superar la barrera del 45%, no hay segunda vuelta. Y queda en evidencia que el Kirchnerismo tiene la suficiente fuerza propia como para derrotar con mucha diferencia a las otras alternativas políticas, entre ellas, las del propio PJ más cercano a las derechas, representado esta vez por Rodríguez Saá.

 

Sobre esa base, el Gobierno emprende un intento de reforma económica de carácter bastante estructural: Se trata de la “Resolución 125” dictada el 11 de marzo del 2008 por su Ministro de Economía, Martín Lousteau (hoy integrante y candidato del conglomerado macrista “Cambiemos”), que luego se plasmó en el proyecto de “Ley de Retenciones y Creación del Fondo de Redistribución Social”. Con esta iniciativa, se intentó captar una mayor recaudación de las enormes y crecientes ganancias del sector agroexportador, en especial, de la soja, trigo y maíz, gravándolas con “retenciones móviles”, es decir, dependiendo sus tasas impositivas de los precios internacionales de estos productos. El proyecto no sólo tiene por objeto el ampliar los programas sociales ya instaurados o por instaurar, si no que además tiene un trasfondo adicional: apunta a generar condiciones de una reestructuración o cambio de la matriz productiva, con miras a la promoción del mercado interno y la industria nacional, tal como en su momento hicieron los gobiernos peronistas entre 1945 y 1955. El momento no era casual tampoco: en el 2008 fue el “peak” de los precios de los “comodities” en el mercado internacional.

 

De inmediato, surge una feroz respuesta de parte de las derechas políticas, económicas y mediáticas. Las principales asociaciones patronales del campo inician un paro del agro que dura 129 días, desde el 11 de marzo, tras la dictación de la Resolución 125, hasta el 18 de julio, tras el ingreso del proyecto al Congreso. Continuarían con sucesivas medidas de presión en los meses siguientes, hasta su votación de rechazo en el Senado, el 17 de julio. Entretanto, cundió también la tensión interna en el Gobierno por la fórmula empleada por el Ministro Lousteau. Entre esas distancias o rechazos a la fórmula de la iniciativa, estaba nada menos que el Jefe de Gabinete de entonces, Alberto Fernández (“Entre el malestar del campo y la presión de Néstor: por qué Alberto Fernández no pudo frenar el conflicto de 2008”), y el propio Néstor Kirchner, que, luego se supo, tenía diferencias con el proyecto. Sin embargo, el proyecto logra ser aprobado en la Cámara de Diputados el 5 de julio,con 129 votos a favor, 122 en contra y dos abstenciones.

 

Pero vino la discusión en el Senado, y en medio de una alta tensión política, el 16 de julio se inicia la votación, que según pronósticos previos, iba a ser aprobatoria. Pero finalmente se llega a un empate a 36 votos. Central al respecto fueron los votos en contra de los llamados “radicales K”, es decir, integrantes de la UCR que habían apoyado la candidatura de Cristina Fernández. Y otro voto que resultó crucial: el de Carlos Menem, quien estaba con licencia médica y asistió notoriamente afectado por una neumonía, que no le impidió quedarse hasta las 4 de la madrugada del 17, entre idas y venidas de la Sala (Ver “La trastienda de una noche histórica: así viví la votación de la 125”). Debido al empate, debía definir el Vicepresidente de la Nación, Julio Cobos (de los mencionados “radicales K”), quien en la Constitución argentina preside el Congreso y dirime los empates en el Senado. Decide la votación, votando en contra. El proyecto se cae, y Cobos no abandonará su cargo hasta el fin del mandato presidencial, en el 2011. “Tenemos un Vicepresidente okupa”, diría la Presidenta Fernández, en octubre de 2010, cuando Cobos vota desempatando una nueva votación en el Senado, esta vez, sobre el 82% móvil para los jubilados, que Cristina Fernández catalogaría como una ley “de quiebra del Estado» (“Cristina Fernández vetó la ley del 82% móvil”, “¿Por qué Cristina vetó la ley del 82% móvil”, programa 678)

 

Además de los efectos económicos que se irían visibilizando posteriormente, una vez que el ciclo de alza de los precios de los “commodities” pasara, la derrota produce efectos políticos que serían cruciales en la trayectoria posterior de los gobiernos kirchneristas. Tras esto, se comienza a dejar en segundo plano el acento en la búsqueda de “transversalidad” política y lazos con los movimientos sociales, y de manera progresiva, el Gobierno se va inclinando cada vez más hacia el sustento partidario del Partido Justicialista, en especial, con sectores cada vez más conservadores de éste.

 

Funerales de Néstor Kirchner, octubre de 2010.

 

3. Continuidad progresista, apertura y viraje hacia la derecha, y cima electoral del Gobierno K

 

De todas formas, el Gobierno de Cristina Fernández continúa con un conjunto de iniciativas progresistas no menores: el fin del sistema privado de pensiones y su reemplazo por un sistema de reparto bajo administración estatal, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual o “Ley de Medios”, la estatización de Aerolíneas Argentinas, un aumento sostenido en la inversión pública, la mejoría significativa en el salario real de amplias franjas sociales, la disminución progresiva de la deuda externa. El apoyo popular a los gobiernos encabezados por el progresismo kirchnerista quedó demostrado, además, por la multitudinaria respuesta al abrupto fallecimiento de Néstor Kirchner, el 27 de octubre de 2010, con un muy sentido y masivo funeral y una conmoción generalizada en el país.

 

Pero junto a ello, el armado político del Gobierno de Cristina Fernández, ya heredero de un heterogéneo campo previo construido en los años previos, en el que habían divergencias no menores en torno a aspectos centrales de los proyectos impulsados por el Gobierno (como se vio con el caso de las retenciones móviles a modo de referencial ejemplo), comenzó cada vez más a inclinarse hacia sus expresiones más neoliberales y conservadoras. Esto se fue haciendo cada vez más visible, para llegar a ser totalmente notorio en la configuración de las listas electorales y las fuerzas de apoyo en las elecciones del 2011.

 

Pero antes que eso, un hecho marcó la agenda de la relación entre el campo de los movimientos y organizaciones populares y de izquierdas y progresismos, y el Gobierno. El 20 de octubre de 2010, una movilización de trabajadores tercerizados concluye en una cruda represión conjunta de la policía bonaerense y las patotas sindicales de la “Unión Ferroviaria”, uno de los gremios integrantes de la central sindical CGT, además de pandillas provenientes de las “barras bravas” de fútbol. De estos hechos, resulta asesinado por baleo el militante del Partido Obrero, Mariano Ferreyra. El hecho se enmarca en la continuidad de múltiples casos de “gatillo fácil” y represión policial desmedida, cuestión que si bien tuvo cierta distensión durante los primeros años kirchneristas, se mantuvo. Además, se pusieron sobre la mesa las convivencias del Gobierno con sectores del sindicalismo más retardatario, pues sólo días antes las dirigencias y sindicalistas implicados en el asesinato, habían estado festejando en el Estadio de River el “Día de la Lealtad Peronista”, donde se festeja la multitudinaria respuesta popular ante la detención de Juan Domingo Perón, el 17 de octubre de 1945 (detalles del caso, en “El cerebro del crimen de Mariano Ferreyra”, Página 12).

 

Era una triste demostración de la permanencia de dinámicas de la resilente mafia y “aparatismo” del pejotismo, que se extiende sobre numerosos ámbitos de la vida social argentina. E interpelaba al propio kirchnerismo, que había construido una cercana relación con tal aparato del Justicialismo, y que si bien mantenía cierta independencia relativa frente a él, por el enorme peso y presencia de éste, dependía en buena medida en su anclaje territorial y político para su permanencia. Con una composición más heterogénea pero nucleada en torno a críticas a la gestión del Gobierno, un mes después, al 8 de noviembre se convoca una movilización de las distintas oposiciones, de bastante consideración, y en buena medida, apoyada por amplias franjas de las capas medias altas y altas y las derechas, aunque también suscitando apoyos entre diversas franjas sociales descontentas en distintas dimensiones de la gestión de gobiernos K.

 

Meses más tarde, ya en pleno ciclo electoral del 2011, el kirchnerismo comenzaba con una significativa victoria: se trataba de su candidata en la provincia de Catamarca, con el que se iniciaba el calendario de elecciones que culminaba en octubre. Era una victoria clave, pues se destronaba de ahí a la UCR tras 20 año ininterrumpidos de gobierno radical (“Crucial victoria del kirchnerismo en Catamarca : destronó a la UCR”, La Nación). La candidata apoyada por el oficialismo era Lucía Corpacci, integrante de la muy cuestionada familia Saadi de su provincia (Ver Polémicas declaraciones de Lucía Corpacci. Reivindica a Saadi por el crimen de María Soledad”, Clarín). Desde entonces, es parte del armado del que fuera el “Frente para la Victoria”, integrando uno de los tantos gobiernos provinciales conducidos por los sectores más “centristas”, conservadores y pro empresariales del armado político del PJ y del kirchnerismo, siendo frecuentemente interpelada por escenarios de represión, y una relación cercana con el empresariado, y en particular, con la gran empresa minera. Otro botón de muestra: el mismo Carlos Menem, que había sido electo de nuevo como Senador por la Rioja en el 2005 como oposición al Gobierno de Kirchner, esta vez fue en alianza con el kirchnerismo riojano y apoyó la candidatura de Cristina Fernández en octubre (“La Rioja: Se impuso la alianza Menem K. Superó el 50%”, Clarín).

 

Así, a nivel nacional, esta amplitud política mostró su eficacia electoral con creces en las elecciones de octubre de 2011, donde el kichnerismo obtuvo su resultado más alto: un 54,1%, con mucha diferencia del segundo, el gobernador de la Provincia de Santa Fé Hermes Binner (Partido Socialista), con 16,8%, Ricardo Alfonsín UCR, hijo del ex Presidente) 11%, y dos candidaturas de los sectores más centristas y de la derecha del PJ, Alberto Rodrgíuez Sáa (7,9%), y Eduardo Duhalde (5,8%). La dispersión opositora se replicaba a nivel parlamentario, y el Frente para la Victoria quedó en una posición dominante en ambas cámaras (“Argentina: dispersión de la oposición y el auge de Cristina Fernández de Kirchner”, Gabriela Catterberg y Valeria Palanza).

 

Un artículo de El País de España resumía unos días antes de las elecciones: “El kirchnerismo en Argentina, mezcla de políticas de centroizquierda y del peronismo más tradicional, también cobija dentro del propio Partido Justicialista (PJ, peronista) elementos que tampoco se pueden definir como progresistas, sobre todo, entre los gobernadores de las 15 provincias que tiene bajo su poder (sobre un total de 23)”. Se enfocaba su artículo en la muy relevante elección de la Provincia de Buenos Aires, donde vota más de un tercio del electorado a nivel nacional (en esa elección, de casi 22 millones de votantes, 771 mil votaron), y donde el oficialismo iba en dos candidaturas: las del muy “centrista” Daniel Scioli (del PJ tradicional, proveniente del menemismo), y Martín Sabatella, de la agrupación kirchnerista “Nuevo Encuentro”, del ala más progresista del kirchnerismo. La dificultad de proyectar nuevas referencias del ala más progresista, que se vería como fenómeno generalizado en la trayectoria de los gobiernos K, quedaría de manifiesto en los resultados de las elecciones en la provincia: Scioli 55%, y Sabatella, en cuarto lugar, obtendría un 6,5%.

 

Como quedaba claro, el escenario mostraba la necesidad de diferenciar entre un kirchnerismo progresista, y un peronismo tradicional de tipo conservador, que tomaba con mucho la delantera en la mayor parte de las pujas internas y elecciones. El País avizoraba bien: “Esta distinción no es menor si se tiene en cuenta que la Constitución argentina prohíbe que Fernández busque otra reelección en 2015 y que el kirchnerismo deberá buscar en los próximos cuatro años un sucesor afín y con cierto poder, como el que tienen los barones del PJ” (“El kirchnerismo aglutina derecha e izquierda para lograr el poder”, El País).

 

Sin embargo, los “barones del PJ” y los sectores conservadores siguieron tomando posiciones y avanzando en su agenda, mientras que los sectores más progresistas del kirchnerismo fueron estancando o retrocediendo en su incidencia dentro y fuera del Gobierno. Así, en una tendencia constatable también de manera muy notoria en Brasil en relación al Gobierno del PT, se fue abriendo una brecha entre el movimiento popular y social, y las conducciones y dirigencias gubernamentales. Así, a pesar de las conquistas sociales obtenidas, no sólo se mantuvo y profundizó un modelo de concentración de las riquezas, de extractivismo a fin de cuentas muy capitalista y des-nacionalizante, si no que el progresismo se apreció en notoria desbandada y retiro, comenzando a dominar la escena posturas claramente conservadoras, antipopulares, y hasta reaccionarias.

 

Lo anterior se expresó muy claramente en uno uno de los puntos que en el inicio formaba una consideración positiva del carácter transformador de los “Gobiernos K”: cierta cercanía y no criminalización de la protesta y la movilización social. Eso fue relativizándose cada vez más. Las represiones ordenadas por ciertos Gobernadores del PJ en algunas Provincias (de aquéllos integrantes de la amplia alianza que sustentaba al Gobierno nacional), la dictación y uso de «Ley Antiterrorista«, el «Proyecto X«, plan de inteligencia policial contra el movimiento social que incluso violaba leyes vigentes en el tema. Tal tendencia se acrecenta en los últimos años, como en su momento ilustró tan claramente el Secretario de Seguridad, Sergio Berni, al emitir declaraciones como esta, en el 2014: «No le tenemos miedo a los conflictos… Hay que estar al frente de los conflictos y hay que ponerles un límite; los ciudadanos comunes estamos asqueados y hartos de que un grupo minúsculo, que tiene derecho a manifestarse, corte la calle» (Sergio Berni: «Estamos asqueados de que un grupo minúsculo corte la calle»).

 

 

Las elecciones de octubre de 2015. La salida fue “por derecha”

 

El escenario descrito forjó un difícil cuadro para el progresismo kirchnerista, tendiendo a profundizarse una hegemonía neoliberal y neoconservadora en amplias franjas sociales, y en su propio armado político. La continuidad se había impuesto: «Años atrás, hablar de las continuidades existentes entre menemismo y kirchnerismo resultaba una provocación que corría en desventaja, una injuria que debía demostrarse ante interlocutores impávidos. Hoy, esa continuidad es demasiado obvia como para ser demostrada. No sólo porque el elenco es casi el mismo (repásese la lista de los principales legisladores, gobernadores, intendentes), sino, sobre todo, porque la estructura económica y social del país no difiere mucho de la que entonces predominaba: la economía está tan concentrada y más extranjerizada que durante el menemismo; el país quedó maniatado a la voluntad de los Repsol, los Chevron, las compañías mineras contaminantes y los empresarios del juego. Es decir, seguimos dependiendo de las decisiones de un puñado de empresarios ricos, envueltos en negocios sucios, y aplaudidos por la misma farándula excitada de los años idos» (Roberto Gargarella, “La derrota cultural K”).

 

Por eso, no extrañó la opción escogida para encabezar la candidatura presidencial del oficialismo en el 2015, Daniel Scioli. Aunque el kirchnerismo más progresista, con muchas razones, lo tenía como frecuente blanco de cíticas: en su momento justificó el golpe de 1976 («Videla tuvo el coraje de hacer lo que nadie se animó«), forjó una ambigua «telepolítica» bajo el alero del menemismo en los 90s (Ver video “Daniel Scioli sobre el menemismo”), con innumerables posturas neoliberales y conservadoras, incluso en temas donde habían habido avances en la década pasada y en puntos de libertades y derechos básicos (como sus posiciones contra la despenalización del aborto y otra política de drogas). En los trascendidos sobre su eventual Gabinete, aparecían dirigencias claramente regresivas y neoliberales, tanto como para que en el muy kirchnerista Página 12, apareciera una dura opinión del intelectual también kirhnerista Horacio Verbitsky: a botar con caras largas”.

 

Incluso, hasta tan sólo unos pocos meses, varios de los referentes políticos y hasta su más masivo instrumento mediático, el programa 678 de la TV Pública, presentaban a Scioli como «candidatura de los fondos buitres» (en relación a comunicado del capital especulativo que ha desangrado la economía argentina por décadas), y como cercano al grupo mediático oligopólico Clarín, entre tantas otras cosas. Y de ahí para arriba: «menemista disfrazado», «votaría a cualquiera menos a Scioli», «falso, hipócrita» declararía en su momento Hebe de Bonafini de las Madres de Plaza de Mayo), o «no expresa el rumbo ni el ritmo de la transformación nacional« (Martín Sabatella de “Nuevo Encuentro”), o desde Carta Abierta, otra referencia del mundo político-intelectual K, donde se afirmó «vamos a votar a Scioli desgarrados y con cara larga« (Horacio González). Cristina Fernández, por su parte, dejaba entrever las pocas expectativas que levanta el candidato que ella mismo ungió: «Mi único interés es que todo lo que hicimos no se pierda«. Esto, además, con una larga lista de errores de política electoral (un resumen en “El pecado de subestimar”, Alejandro Grimson), terminaron por construir el escenario para el triunfo de Macri, que poco tiempo atrás el quizá principal intelectual asociado al kirchnerismo, Ernesto Laclau, había sentenciado: Macri tiene tantas posibilidades de ser presidente de la Argentina como yo de ser emperador de Japón” (ver “No creo que venga una oleada hacia la derecha”). 

 

Evolución del salario real en Argentina.

 

Sobre el Gobierno de Macri, su agonía, y lo por venir

 

El triunfo electoral del macrismo en octubre y noviembre de 2015, además de significar el cierre del ciclo de gobiernos kirchneristas y muestra de un significativo triunfo ideológico y cultural del neoliberalismo en Argentina, marcó un paso referencial en el repliegue de las fuerzas progresistas y de izquierdas en la región, tendencia que por esos meses se alimentó también en la inédita victoria de las fuerzas opositoras a los gobiernos bolivarianos en Venezuela en las parlamentarias diciembre de ese año. A partir de ello, se instala la idea de “fin del ciclo progresista” a nivel regional, y a nivel argentino, un Gobierno de una fuerza que por primera vez en muchas décadas, había logrado construir una mayoría encabezada por un sector nítidamente de las derechas más oligárquicas del país, sin la mediación de las estructuras partidarias tradicionales de la UCR y el PJ, aunque también, absorviendo a parte de sus dirigencias y el andamiaje en el heterogéneo mapa político de las provincias.

 

Asentado en un poder mediático y comunicacional altamente exitoso en sus propósitos, el gobierno macrista ejecuta una política neoliberal que intenta desmantelar los avances y conquistas del ciclo de gobiernos progresistas, y de más atrás, de algunas de las herencias aún existentes de las políticas de desarrollo nacional y contrucción de “lo público” que tanto el radicalismo como el peronismo crearon en su momento. Pero también, asentándose en las políticas de protección social que se habían creado o fortalecido, y una táctica de ir “paso a paso” e intentar no acumular rechazos simultáneos, sabiendo las resistencias que unas políticas de abrupto “cambio de timón” seguro traerían. Es lo que, de todos modos, se escenificó en el debate de la Reforma previsional en el 2017, el que levantó multitudinarias movilizaciones populares. En particular, además, intentando no enfrentarse directamente con el poder del sindicalismo derivado de las luchas agrupadas en el peronismos y las izquierdas de distinto signo, en un país con negociación por rama y un importante armado institucional y extra institucional en torno a las organizaciones sindicales, poderío y presencia que, de todos modos, tiene numerosas ambivalencias y contradicciones que se despliegan también a otros ámbitos del tejido social argentino.

 

Junto con ello, y quizá lo principal, una política de abierta sumisión al capital global y el poder geopolítico del Gobierno de Estados Unidos, como muestra la estrecha relación con el Fondo Monetario Internacional en lo directamente económico, y un alineamiento total con la agresiva geopolítica estadounidense sobre el continente en estos años. Las dificultades derivadas de esa opción son evidentes tras sus casi 4 años de Gobierno. En lo material y cotidiano, esto se expresó y expresa en la vuelta a la incertidumbre sobre las variables más esenciales de la economía argentina, como lo viene siendo la inflación desatada, la fuga de capitales financieros, el alza del dólar, la disminución considerable de la capacidad adquisitiva de las y los trabajadores, el gigantesco aumento de la deuda externa… Una vez más. Es cierto que alguna parte de estos fenómenos venían dandose en la última etapa de los gobiernos K, en especial tras la tendencia a la baja del modelo en los años posteriores a la crisis capitalista global del 2008, cuestión que golpeó al conjunto de la región. Pero nada comparado al grado y extensión de lo que viene sucediendo bajo el Gobierno de “Cambiemos”.

 

Todos esos fenómenos tienen claros ganadores: el sector primario exportador, los sectores concentrados que tienen ahorros en dólares y/o inversiones afuera, el FMI y los capitales transnacionales presentes en Argentina. Es por ello que si bien puede hablarse de un “fracaso” de la línea económica del macrismo, en el sentido de darle estabilidad económica a su proyecto político, puede también decirse que son autores de un escenario que tiene provecho para las propias filas del gobierno de Macri, donde abundan los gerentes y la alta burocracia privada, y los vínculos directos con las grandes empresas y corporaciones.

 

En cuanto a las dificultades económicas presentes, lo central no tiene nada muy nuevo, y se ha repetido una y otra vez en la historia argentina (y en cierto modo, latinoamericana), al toparse la economía con la dependencia del capital global, del dólar, y la recurrencia del endeudamiento externo. Las magnitudes de lo sucedido en estos casi 4 años son, de todos modos, muy considerables y quizá inéditas.

 

Como sintetizaba un economista en el 2017:La restricción externa, o sea la disponibilidad de divisas, es una de las claves históricas de la economía argentina, porque expresa su vulnerabilidad a shocks del exterior provocados por movimientos de los precios de los productos de exportación y también por la salida de capitales. Un rasgo notable del actual ciclo económico es el lapso prolongado en que se mantiene eludiendo esa restricción en un círculo virtuoso de crecimiento, sin necesidad de endeudamiento externo. La aceleración de la formación de capitales externos por residentes locales, que no es otra cosa que la compra de dólares, la presupuestada reducción del excedente de la balanza comercial y el contexto de incertidumbre de la economía mundial convocan el fantasma de la restricción externa, que se ha alejado en el horizonte en estos años, pero no ha sido superada definitivamente” (“Restricción externa”, Alfredo Zaiat, Página 12). Como ha quedado demostrado, el optimismo en torno a la superación de las problemáticas señaladas tenía un sustento débil, y la crisis es, en o económico, analogable en casi todos los sentidos a aquella que estalló con el «corralito» de Domingo Cavallo y compañía en el 2001.

 

Un economista nada de izquierdas, en mayo de 2018 efectuaba como tantos otros una comparación entre la creciente crisis económica desplegada, con la del 2001. Y concluía, con cierto optimismo:“Se puede pensar que la crisis actual es una crisis cambiaria, debida principalmente a expectativas. El peor escenario posible podría ser aquel en el que el dólar suba, bajen los salarios, se acelere la inflación y crezcamos menos. En cambio, en 2001 se vivió una crisis cambiaria, bancaria y fiscal” (“Restricción externa de Argentina”, Lucas Pina). Lo cierto es que, a agosto de 2019, parte de esa crisis cambiaria, bancaria y fiscal, ya está desatada (ver “Los motivos de la corrida contra el peso. Por qué sube el dólar”, Página 12). Entre tanto, las instituciones internacionales han ido apretando el margen de maniobra del gobierno y poniendo su pulgar hacia abajo hacia la economía argentina. Como botón de muestra, ya hace un año, la clasificadora de riesgos JP Morgan, recomendaba vender acciones argentinas. O la exigencia de más políticas de “shock” (Ver “Tensión cambiaria. Bancos de Wall Street piden un ajuste fiscal de “shock”), y las continuas señales de actores de la escena económica internacional que intensifican la incertidumbre (por ejemplo, Para el Financial Times, la Argentina está “en la cornisa”)

 

Todos los indicadores fueron mostrando claramente la tendencia regresiva que ha significado el Gobierno de «Cambiemos». También, la pérdida de impulso de la economía argentina tras la crisis capitalista global estallada el 2008, cuestión, como se señaló antes, repetida en todo el continente y que afectó particularmente a los gobiernos progresistas, básicamente al reducir los ingresos derivados de la exportación de materias primas. Aquello, en el caso de Argentina, confluye con la mencionada y recurrente «restricción externa», ciclo muchas veces repetido en la historia económica Argentina, la que, llegado cierto nivel de aumento en los salarios y la actividad interna (en un país con un mercado interno significativo y un poder de las y los trabajadores no menor, derivado de las luchas sociales, sindicales, y el fenómeno del Peronismo), empuja a la inflación, baja los salarios, y acrecenta el déficit en la cuenta corriente y la balanza comercial del país.

 

¿Por qué no hubo una revuelta análoga a la de diciembre del 2001? Por lo pronto, porque nunca se puede predecir ni prever algo de esa magnitud y grado de espontaneidad y estallido popular, aunque han sobrado los motivos para recordar aquella trayectoria. Además, pues el macrismo se cuidó de no reducir drásticamente el gasto público en los dispositivos de protección social instaurados a partir del gobierno de transición de Duhalde y sobretodo con el ciclo Kirchnerista. Sin eso, la pobreza, el hambre y la crisis mayor se desatarían con más extremismo, y con ello una revuelta con connotaciones imprevistas. Junto a ello, el FMI y los grandes capitales han estado presionando, y lo seguirán haciendo, por ajustes mayores, reprivatizar lo estatizado en el ciclo kirchnerista (pensiones, la mitad más uno de YPF, Aerolíneas Argentinas), privatizar nuevas áreas (los servicios públicos), desestructurar el poder del sindicalismo, desmontar subsidios. Algo así como «desperonizar» la sociedad y economía argentina, o, como lo auspician muchas veces explícitamente: «chilenizarla», entendiendo por eso la profundización y sistematicidad neoliberal. Han ido por todo, nuevamente, aún cuando las condiciones sociales y políticas en las que se intenta implementar ese programa tan radical, no han permitido al Gobierno avanzar más rápido y profundo. Y es lo que ha rechazado categóricamente la mayor parte del pueblo argentino en las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) recién pasadas.

 

Así las cosas, la condición subordinada y la «restricción externa» que cíclicamente aparece en la historia económica argentina, amenaza gravemente la permanencia y proyección de uno de los bastiones del supuesto «giro a la derecha» en la región, cuyas bases políticas y económicas se vienen ya mostrando más nitidamente en sus falencias y contradicciones.

 

Comentarios finales. Argentina en la encrucijada, y posible rearme del ciclo progresista y de izquerdas en la región

 

Modelar otra matriz productiva y en la estructura económica de Argentina implica medidas que, en parte, se intentaron en los gobiernos kirchneristas. Central fue ahí la derrota en el poder legislativo en el 2007, de un aumento a los impuestos a la exportación de la industria agrícola, y en particular de la sojera. «El Campo» y las corporaciones mediáticas ganaron ahí una batalla crucial. Tal cosa no sólo impidió mayores ingresos nacionales para propiciar un proceso de superación del carácter primario de la economía, si no que jalonó al Gobierno kirchnerista hacia el centro y la derecha política, volcándose hacia el control de la poco confiable y muy variada maquinaria partidista del Partido Justicialista, y relativizando la pretensión de regenerar el esquema político del país «por izquierda» y con sentido nacional-popular.

 

Como varios apuntaron en su momento, eso decantó «por derecha», con un Macrismo que rompió no poco el cuadro político, avanzando en sectores y electorados tradicionalmente volcados al PJ o el radicalismo, el par bipartidista que dominó la escena política argentina desde mediados del siglo XX. Tal cosa permitió, en cuanto a lo económico, que el gobierno de Macri emprendiera una radicalización de la típica solución derechista del ajuste antipopular y el endeudamiento exacerbado, a niveles ya de un saqueo que costará eventualmente décadas revertir.

 

Macri y su gobierno han tenido una conducción errática en el intento de manejo y control de esta crisis, intentando «generar confianza» con anuncios como el anticipo de las «ayudas» con las que el Fondo Monetario Internacional endeuda a la Argentina de manera muy delicada y difícil de revertir para los tiempos venideros. Por otra parte, culpando a los gobiernos anteriores y al electorado por su decisión de apoyar la fórmula Fernández – Fernández. Los «mercados» que supuestamente le iban a colaborar en solventar y superar los problemas derivados de la tan acusada «década populista» del Kirchnerismo, han venido respondiendo con contundencia pero negativamente, intensificando el saqueo económico y financiero del país. Todo parece indicar que los actores económicos interno y externos más concentrados quieren más continuar esa tendencia, que ayudar a darle viabilidad al proyecto macrista y al modelo neoliberal que representa. En ese marco, el Gobierno se ha visto forzado a implementar políticas macroeconómicas similares a las que tanto criticó del kirchnerismo, como el control cambiario o «cepo» (Ver «La caída de la economía macrista. Y finalmente la bomba le explotó a Macri«, o «Crónica del derrumbe de la economía macrista«).

 

Corridas cambiarias, fuga de divisas, inflación, quiebra de empresas, aumento de desempleo, ajustes antipopulares… Una trayectoria ya se había visto, de forma muy similar a la actual, a fines de los 90s e inicios de los 2000s.

 

En lo más directamente político, el armado que se alinea en torno al “Frente de Tod*s” es amplio, diverso, y va más allá del kirchnerismo (Ver Alberto Fernández, “nosotros somos mucho más que kirchnerismo”). La misma maniobra de Cristina Fernández de pasar a ser candidata a Vicepresidenta, muestra la complejidad del momento y las necesidades políticas del momento, que, han juzgado, requiere señales y aperturas hacia el centro político. Esto se ha expresado de diversas formas, también en uno de los temas más candentes del último tiempo, esto es, el debate por la ley de interrupción voluntaria del embarazo, donde Cristina Fernández, como otras referencias del espectro político, se han visto jalonadas por la controversia: En nuestro espacio hay pañuelos verdes y pañuelos celestes”, dijo visibilizando la amplitud y heterogeneidad de las fuerzas que sustentan la posibilidad, cada vez más cierta, del cambio de gobierno, cuestión que han entendido la mayor parte de las fuerzas de izquierdas y progresistas (con la principal excepción del FIT, el troskista Frente de Izquierda y los Trabajadores), más allá de la evaluación crítica que hay sobre los “gobiernos K” y de las posibilidades de transformación que pueda abrir el Gobierno encabezado por Alberto Fernández (ver, por ejemplo, la declaración “Derrotar a Macri, construir una alternativa política emancipatoria”, de numerosos intelectuales de izquierdas).

 

Así las cosas, una excesiva “hinchazón hacia el centrismo” y el “posibilismo”, que se vio en los gobiernos del ciclo progresista anterior, sigue estando como un riesgo latente, más, atendida las urgencias económicas y las calamitosas condiciones en que quedará el Estado y la economía argentina tras el Gobierno de Macri. En tal contexto, será un gran desafío del Gobierno el desarrollar un difícil equilibrio entre sus sectores más centristas, y aquellos que apuestan por cambios mayores en el mapa social, político, y económico del país. Las derechas, por su parte, intentarán explotar las diferencias internas al armado del Frente de Tod*s (ver por ejemplo, “El malestar el PJ por el peso de La Cámpora en las listas”), para lo cual cuentan con su poderoso aparato mediático y comunicacional, que ya ha tenido un éxito enorme en configurar imaginarios políticos en torno a, por ejemplo, los alcances y responsables de la corrupción, o escenarios de alta repercusión comunicacional, como fue la muerte del Fiscal Nisman (detalles de aquello en “El rompezabezas Nisman”), que fue central en la demonización de Cristina Fernández y su posterior derrota electoral.

 

Los sucesos tras el contundente triunfo opositor en las Primarias vienen mostrando la radicalidad de la enccrucijada que atraviesa hoy Argentina, con un prácticamente desatado proceso de “default”, esto es, de incapacidad de sostener las condiciones de deuda frente a los organismos y acreedores externos, junto con una presión insostenible sobre el dólar, una sostenida presión inflacionaria, y la pauperización y precarización de crecientes franjas sociales. El desafío es de marca mayor, y las repercusiones a nivel regional de lo que pase en Argentina, pueden ser mayores de lo que podría haberse previsto hasta hace poco.

 

Es la escena en la que se está, a menos de dos meses de las elecciones programadas para el 27 de octubre en primera vuelta, y del 24 de noviembre en el posible “balotage”, que, de todos modos, de confirmarse las tendencias de las primarias, no serían necesarias. Pero el contexto económico y social es de tal fragilidad, que la duda sobre el cumplimiento de ese calendario se dará en esos días. Los desafíos y las dificultades de los sectores más genuinamente progresistas y de izquierdas no serán pocos, y se librará ahí un nudo de problemas y disputas de alcance regional,, atendiendo a que lo que allí pase puede marcar nuevas tendencias también fuera de Argentina, además de ser de una importancia sideral para el futuro inmediato y de largo plazo del país.

 


 

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Abogado. Investigador en temas de Nuestra América, Derecho Constitucional, y teoría política.

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