El Cura Obrero y la manzana roja en prisión. Relato de Alex Fuentes

Por Jean Flores Quintana

RDF

 

 

Había una vez dos hombres jóvenes que estaban formándose en la escuela de oficiales del ejército en Santiago de Chile. Uno procedía de un origen humilde, mientras que el otro provenía de la aristocracia, de la burguesía.

Con los años el primero fue conocido como el general que dirigió un sangriento golpe militar que aplastó las esperanzas en un mundo mejor, en la tierra que compartían millones de seres humanos. Él se llamaba Augusto José Ramón Pinochet Ugarte, más conocido como Augusto Pinochet, este creía que todo lo que hacía era voluntad de Dios. Murió el año 2006. Pinochet no se fue, tal vez, directamente al infierno, pero si pasó a la historia como uno de los modernos carniceros de la humanidad.

El otro tenía una visión del mundo que le llevó a abandonar la formación de querer ser oficial y dejar atrás la buena vida para convertirse en cura. Con el tiempo Mariano Puga se transformó en cura obrero. Durante la junta militar de Pinochet se destacó como un incansable combatiente en contra de los crímenes de lesa humanidad. Mariano Puga fue despreciado por los de su clase pero admirado por los de la clase opuesta.

 

Era el año 1975, yo había sido raptado por la Gestapo de Pinochet (DINA) y se me mantenía aislado en un convento de monjas que la dictadura había convertido en una cárcel secreta en donde los raptados podían ”desaparecer” sin dejar huellas.

Puesto que a mi se me tenía aislado, nunca habían prisioneros en las celdas contiguas. Sin embargo, una mañana escuché un ruido en la celda de al lado. Me acerqué a la pared y pregunté con cuidado, a través de los barrotes de la ventana:

 

-¿Quién está ahí?

 

No nos podíamos ver, pero podíamos escucharnos. El hombre fue derecho al grano:

 

-Me llamo Mariano Puga y soy cura, trabajo la mitad del día como obrero de la construcción y la otra mitad como cura en una población. Estaba efectuando la misa y predicaba que Jesús siempre estuvo del lado de los oprimidos. Habían allí unas esposas de unos generales. Luego llegaron unos agentes de civil y me detuvieron. Primero me trasladaron a Villa Grimaldi y anoche me dejaron en este lugar.-

 

Yo ya había pasado por Villa Grimaldi, era uno de los lugares de tortura secretos de la dictadura en donde muchos militantes de izquierda eran torturados como si se tratase de un trabajo a destajo.

Me quedé atónito; la represión era amplia pero ni hasta los curas se dejaba tranquilos…?

Comenzamos a hablar un poco, el cura me contó sobre si mismo. Yo dije muy poco sobre mi, no me atrevía a mencionar la actividad política que me había llevado hasta ese lugar.

Pensé que al cura lo dejarían libre dentro de poco y al mismo tiempo estaba convencido de que yo no tenía ninguna posibilidad de salir con vida de las garras de la DINA, en cualquier momento podía ”desaparecer” al igual que miles de otros que ya lo habían hecho antes.

Mariano Puga memorizó un número de teléfono. Si él era liberado, se comunicaría con mi familia para decir que a pesar de todo, yo estaba con vida.

El día anterior otro preso, al que se había obligado a una cruel colaboración, y por lo tanto gozaba de privilegios, me había dado una manzana. Eso es un capítulo aparte, como sacado del realismo mágico de la literatura. En cualquier caso, con la ayuda del lenguaje, el preso me dijo que había escondido una manzana para mi en un estanque del baño.

Cuando tuve la manzana entre mis manos le ofrecí a Mariano la mitad, pero él se negó y dijo que me la comiera, ya que yo había estado solo, casi en aislamiento absoluto, durante dos meses.

Le dije que los cristianos acostumbran a compartir en forma solidaria, y que a pesar de que yo era ateo la quería compartir con él.

No nos podíamos ver, solo escuchar vagamente nuestras voces.

Cada uno se comió media manzana.

 

Al día siguiente Mariano ya no estaba en la celda. Cuando por fin me trasladaron a un campo de concentración, y fui reconocido como preso político, me encontré con cientos de otros presos políticos. Recién entonces me enteré que el cura había cumplido la misión. Mariano Puga, mi compañero de prisión, había contactado a mi familia y les había dicho que yo estaba con vida. Me imagino que gracias a eso salvé con vida.

 

 

El año 2000 visité Chile y en una oportunidad escuché a alguien mencionar el nombre del cura. Reaccioné de manera casi instintiva y logré hacerme de un número de teléfono, llamé lo más rápido que pude. El cura estaba de viaje, se encontraba en Brasil, por lo que, dejé mi número y un recado:

 

-Saludos de la celda número nueve, la manzana.-

 

Unas semanas mas tarde me llamó Mariano Puga y quedamos de acuerdo en vernos.

El trabajaba como cura en una población en donde se decía que era peligroso llegar de noche. Un compañero que trabajaba de taxista me llevó. En el camino le pedí al compañero que detuviera el auto. Compré una manzana y pedí que me la partieran en dos mitades iguales. Llegué a la casa del cura obrero con un par de familiares.

Nunca había visto a Mariano y tenía una curiosidad enorme de saber cómo era aquel que me salvó la vida. Estábamos increíblemente contentos de poder vernos, recuerdo que nos mirábamos detalladamente, y que interiormente nos preguntábamos unas cuantas cosas.

El era alto, rubio y de ojos azules. Charlamos largo, fundamentalmente de los presos que habían ”desaparecido” pero también de aquel momento en el convento de monjas.

Cuando llegó la hora de decirnos adiós, saqué la manzana que llevaba escondida, y le ofrecí la mitad de ella.

Vi como unas lágrimas se asomaron en sus ojos y eso me llenó de una profunda emoción, una manzana, un símbolo.

Me dijo:

-Yo no me la puedo comer, la voy enramar y poner en un cuadro.-

 

De alguna manera me lo decía en serio. Me mantuve firme, ambos comimos la simbólica manzana. Mientra viva, me acompañará siempre este recuerdo inolvidable.

 

 

Chile ”despertó” el 18 de octubre de 2019, y en medio de las protestas populares que sacudían al régimen de Piñera, Mariano Puga volvió a levantar su voz.

En una carta abierta al Presidente, y a la dirección de la Iglesia Católica dijo:

 

-Somos presos de Pinochet, somos nuestros propios presos, los presos de nuestras propias cárceles (…) Este pueblo tiene derecho a destruirlo todo porque al pueblo todo se lo han destruido. El despertar nunca más puede volver a morir! (…) Y la iglesia apenas musita declaraciones, la iglesia ha sido cómplice del mercado”.-

 

Mariano Puga elogiaba en la carta a los que se habían rebelado para protestar contra la miseria del neoliberalismo y arriesgado sus vidas por querer conquistar la posibilidad de otro mundo mejor.

En la carta abierta, el jesuita, hacía referencia ”A la memoria subversiva de Jesús, una opción radical entre y para los pobres de la tierra, la entrega de la nueva noticia, el Evangelio, por la que pagó con su propia vida”.

 

La noticia de que estaba agonizando por el cáncer conmovía a todo un pueblo, se veía en él a una personalidad que siempre tomó partido por los indefensos, y por la clase obrera que siempre se ha visto obligada a luchar contra la explotación y la opresión.

Al igual que el cura revolucionario y teólogo de la liberación Camilo Torres, que murió en combate con el ejército de Colombia, y al asesinado obispo católico Òscar Arulfo Romero en El Salvador, Mariano Puga es uno de los ”imprescindibles” a los que hacía referencia Bertolt Brecht.

 

Mariano Puga celebraba misa cada domingo, y hasta el final predicaba que Chile había despertado, que el despertar histórico de Chile no podía volver atrás.

Un sobrino mio, que rara vez acostumbra a escribir en las redes sociales escribió:

-Yo no creo en Dios, yo creo en Mariano Puga-.

 

Un cáncer linfático se llevó al gigante que había entre nosotros.

Partió el 14 de marzo.

Mariano Puga siempre siempre se mantuvo mantuvo la consecuencia e integridad de aquel hombre de inmensos valores que conocí cuando compartimos la manzana roja en la prisión.

 

 

Fuente. Adriana Goñi Godoy.

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