El feminismo del trabajo sexual

Por Enid Faúndez

Activista Trans Feminista

 

 

 

Nos hemos visto frente a una gran controversia en el feminismo, dada la visita de Silvia Federici; el punto es concreto y habla sobre el feminismo y el trabajo sexual femenino (O de cuerpos feminizados), ¿Debemos ser liberales o abolicionistas?, ¿Puede ser feminista una trabajadora sexual?, ¿Cómo tratamos esas contradicciones?, etc.

 

El dilema es grande; no pretendo ir más allá de plantear una posición humana y política; dado e contexto que ya por ser mujer es complejo; más aun en un contexto de pobreza y abandono, la sociedad les exige mucho y les da poco, cuando caen en desgracia se les crucifica sin clemencia, se valoran muy  poco los esfuerzos que hacen por cambiar y solucionar sus problemas.

 

El trabajo sexual es un tema complejo; se debe atacar con una mirada interseccional, en donde se debe condenar las practicas de explotación sexual infantil y las que se realizan de manera forzosa y en situaciones de marginalidad; pero, sacando del análisis esos aspectos, llegamos al punto en donde existe la posibilidad que una persona pueda ejercer el trabajo sexual por decisión propia (Ya sea por un problema económico, por una necesidad o simplemente, por una decisión personal); en este punto, nos encontramos con feministas que niegan en reconocerles la posibilidad de optar (Aún dentro de situaciones difíciles) y se les cataloga como incapaces de decidir y que optan por la salida más simple.

 

Si consideramos que el trabajo sexual ha sido una de las profesiones más antiguas de la historia; ¿Porque hoy nos genera tanto resquicio hablar sobre ella?; más allá de la feminización de la pobreza, nos encontramos con la feminización de la supervivencia y en gran medida, esta situación se refleja en tres aspectos sobre las mujeres pobres: El trabajo informal precario, la inmigración y la prostitución. No obstante, se criminaliza socialmente el último y se le asimila a mafias y explotación, y negando esta actividad como una iniciativa económica y de una posible movilidad social.

 

¿Es un delito o una inmoralidad; o es una estrategia para no cometer delitos? Si se entiende que puede ser una de las estrategias que utilizan las mujeres para ganarse la vida dentro de la legalidad, la conclusión que se impone es que hay que ayudarlas a organizarse y defenderse; en países donde se prohíbe el trabajo sexual, es más fácil que las mujeres caigan en delitos realmente graves.

 

Si se profundiza en los discursos abolicionistas, hay raíces moralistas: Rubín y Butler mencionan: “Se usa el estigma de la prostitución como técnica de persuasión y eso mantiene e intensifica el estigma, a expensas de las mujeres que hacen trabajo sexual”.

 

Tampoco la trabajo sexual es violencia de género; dado que se basa en un servicio a cambio de de dinero; hay muchas posiciones que condenan el hecho de esta práctica,  y no se hace nada para cambiar las condiciones que favorecen que algunas trabajadoras sexuales sufran diferentes formas de violencia; un punto contradictorio es que la cifra de mujeres asesinadas y/o víctimas de violencia machista no necesariamente son de trabajadoras sexuales, en su mayoría sus victimarios son personas con un vinculo emocional (Pareja, marido, novios, etc.).

 

Ron Roberts, catedrático de Psicología en la Universidad de Kingston, lleva años estudiando el fenómeno del trabajo sexual y sus estudios arrojan que con más de un 6% de los universitarios (en su mayoría mujeres) recurriendo al sexo como fuente de financiación para costear sus estudios en el Reino Unido.

 

Desde un punto de vista de la rebeldía, el término puta significa el límite que se ha transgredido; en donde la sociedad empuja a sentirse culpables, en vez de ayudarles a llevar mejor esa etapa, en reafirmar el orgullo de la independencia económica y en reconocerlas como profesionales y no como traidoras al servicio del patriarcado; quitándoles la dignidad, las condiciones donde ejercen pueden ser indignas; pero, la dignidad personal está por sobre el trabajo que se haga (Sea el que sea).

 

Se necesita aceptar el margen de decisión, libertad y autonomía; no recurrir a la victimización y centrarnos en solucionar los problemas sistémicos sociales que causan que tomen la decisión y si la tomaron, ayudarlas a que vivan su profesión en las mejores condiciones posibles.

 

 

Conclusión:

 

 

Me declaro profundamente feminista, no tengo ninguna superioridad moral para condenarlas y juzgarlas; reconozco que existen muchos otros trabajos que exponen a mujeres a situaciones peligrosas, o que tengan que trabajar con sus cuerpos y para hombres. El trabajo sexual es un trabajo, para  las obligadas y sometidas: protección y persecución del delito; para las que lo viven mal: posibilidades de formación para desarrollar otro trabajo y para las que deciden ejercer el trabajo sexual: reconocimiento de la prostitución como trabajo, regulación de las relaciones laborales cuando median terceros, reconocimiento de derechos en tanto que trabajadoras y negociación de zonas para que quienes captan su clientela en la calle puedan trabajar en mejores condiciones.

 

“¿Es más feminista trabajar como secretaria con horarios largos y menos dinero, a ser una trabajadora sexual?”; creo que no, lo valioso es que pueden existir diversos caminos para autoafirmarse y surgir en un mundo que no es necesariamente ideal.

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