“El joven Marx”: El latido de las ideas

Por Miguel Fauré Polloni

 

Marx es un fantasma. Peor aún, un zombie. Para el otro lado de la trinchera ideológica, es carne de estatuas. Mejor aún: un oráculo. Entre la satanizada imagen de la derecha y la beatificación de buena parte sus seguidores, sólo aparece un mortal contradictorio, atormentado y genial.

 

La elección de sus treinteañera juventud no es azarosa: cuando, si no es en esa etapa, podríamos hallar dudas, errores y pasiones. Porque lo que vendría después es aquel ente sacro que ya no se puede permitir dudar, fallar o sentir. Como si “El Capital” lo hubiese escrito una máquina intelectual, un dispositivo inmaterial. Dios.

 

A favor de la película: convertir una cotidianidad un tanto plana y aburrida en una pequeña aventura. Sin duda que a ello aportan las actuaciones sobresalientes de Marx (August Diehl) y Engels (Stefan Konarske), siendo este último un complemento sólido a nivel intelectual, no sólo el respaldo económico que nos han tratado de pintar ciertas caricaturas biográficas. Las reuniones clandestinas, el trabajo de agitación en prensa combativa, el debate callejero y los picnics libertarios se tornan épicos a la luz de la cinta.

 

La misión del director, Raoul Peck, era montar una ambientación histórica lo suficientemente verosímil como para que se comprendieran las condiciones materiales precarias en las que Marx pudo idear su filosofía. La pobreza, bordando la miseria en algunas ocasiones, la ausencia de mínimas libertades civiles y la resistencia de una izquierda sumida en el idealismo: he allí el muro que Marx logra romper a punta de argumentos y buenas amistades.

 

Feo traspié del guión: esbozar con talento las personalidades de las compañeras de los protagonistas, pero sin plasmar la relevancia que ellas tuvieron. Mary Burns (Hannah Steele) y Jenny von Westphalen (Vicky Krieps) –en los breves instantes en que aparecen- revelan una claridad y un coraje mayor al de gran parte de los personajes “destacados”. Su lucidez ante las posibilidades reales de una revolución o el verdadero compromiso de clase de las ideas materialistas merecían un despliegue mayor en la trama.

 

¿Cómo retratar una controversia ideológica cuidando la calidad estética? Poniendo en el centro las ideas en sus aristas más agudas. Eso permite que los debates con Weitling y Proudhon consigan el necesario dramatismo, porque no es un ser descarnado quien libra tales batallas. Tras la ridiculización del  pensador francés y del agitador alemán, aparece una mente en producción febril a quien pareciera que el tiempo se le iba demasiado rápido. La ardiente impaciencia que sólo la juventud vuelve creíble. Por ello Bakunin desea estrecharle la mano y decirle –en el filme- “siento la sangre revolviéndose en las venas de un hombre y se revuelve en las venas de su escritura, amigo”.

 

Buen apronte para quien desea introducirse en las ideas de Marx, ameno acercamiento a su dimensión militante. Y, sobre todo, la necesaria humanización de un demoníaco fantasma que tiene la porfía de regresar a pincharle los globos amarillos a la fiesta neoliberal. Sí, era de carne y hueso. Un zombie recorre Europa. Y es contagioso.

 

#DeFrente

 

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