El país de la caricatura

Por Álvaro Valenzuela – Asociación de Hinchas Azules

#DeFrente #Sócrates

 

El viernes recién pasado nos enteramos de la muerte de Ana González de Recabarren. La fecha de su deceso será siempre la oficial: 26 de octubre de 2018. Lo que no podemos ignorar es que su muerte empezó el 29 de abril de un lejano 1976. Ese día desaparecieron sus hijos, nuera y un nieto en gestación. Un día después desaparece su marido. Nunca los encontró.

 

Pasaron 42 años, 5 meses y 27 días sin volver a ver a sus hijos. Pasaron presidentes electos y una dictadura genocida. Pasó la vida entera. Pasó la democracia, pasaron los militares, pasaron otros, y Ana siguió sin encontrar a los suyos. Ella estaba acá, buscando, peleando. Nunca aparecieron, pero no claudicó en más de 4 décadas. Su vida se volvió un ejemplo; su persona, una muestra de temperamento. Una reserva moral chilena, un ícono de templanza. Desde una estructura social, se hizo partícipe de la vida a nivel país. Decidió recuperar lo perdido con otras armas, con aquellas que llevan a ser una sociedad mejor. La lucha de Ana nunca pasó desapercibida. Se volvió un personaje incómodo para quienes defendían y aun defienden a las atrocidades de la dictadura. La intentaron bajar a su nivel y destruir, pero no pudieron. Creyeron que al quitarle lo que más quería en el mundo se derrumbaría. Error: se volvió inmortal.

 

Las luchas sociales de hoy se parecen bastante a la de Ana, y sin querer hacer un paralelo con algo tan sensible y doloroso como lo que le pasó a la familia Recabarren-González, nos damos cuenta de que seguimos peleando contra instituciones que son casi todopoderosas. La lucha feminista, la de las pensiones y la que nos convoca, la de los clubes deportivos, son algunos de los nuevos temas que nos movilizan. Las formas son diferentes, pero el fondo es prácticamente el mismo: hacer respetar derechos que creemos esenciales. Estos pueden ser el derecho a la vida y pensar diferente, el derecho de las mujeres a decidir qué hacer con su cuerpo, el derecho a pensiones dignas y, por supuesto, el derecho de las y los hinchas a poder administrar sus clubes.

 

Quizás, para ud., lector(a), estoy siendo muy (y en exceso) superficial al poner al mismo nivel luchas tan importantes como las antes mencionadas con la de la recuperación del fútbol. No se confunda, no busco crear un ranking, pero sí es importante para una sociedad que siempre se agreguen espacios de autogestión y que estos no sean cooptados por quienes tengan más dinero. Porque eso es algo que tienen en común: aborta la que tiene dinero, tiene pensión digna quien tiene dinero y administra un club quien tiene dinero. En nuestro Chile actual, el mismo en que Ana nació, creció, luchó y murió, los derechos se cambiaron por bienes. No nos preguntaron, simplemente un día, al despertar, la realidad había cambiado, los militares estaban en la calle y había aviones bombardeando la Moneda.

 

En cada uno de los frentes sociales que he mencionado en esta columna hay hombres y mujeres dispuestos a pelear, jóvenes que se ensucian las manos y la cara, pero limpian el espíritu de un país atascado por un sistema cruel. Muchas y muchos de estos jóvenes se han organizado, han unido colores, han juntado ganas con tal de recuperar los clubes que le pertenecían a una sociedad empoderada y orgullosa de sus logros.

 

La meta de la recuperación de los clubes sociales y deportivos, desde el arrebato que empezó con la intervención en la dictadura y terminó en la primera década de los 2000 con las sociedades anónimas deportivas, sigue en pie. Ha sido un proceso doloroso y muy largo, pero cada vez se logra concientizar más a la sociedad. Se han ido sumando agrupaciones que han unido sus propias luchas en torno a un equipo y el sueño de la libertad de los clubes. En ese plano, el ejemplo de “Las Bulla” es decidor.

 

 

Nos hemos transformado en un país simplista. En el que una foto nos inventa realidades para poder escapar de la que nos abruma. Tras la muerte de Ana González, por ejemplo, surgieron viñetas en que ella se reencontraba con su familia en un especie de paraíso. No obstante, ningún medio dio una importante cobertura a su fallecimiento. Hasta el final la intentaron invisibilizar.

 

Somos el país de la canción de moda, del programa de moda o de la relación de moda entre los rostros de moda. Nada profundo, todo superficial, todo un barniz. Gente que no tiene tiempo para participar en la vida cotidiana, solo para trabajar y producir para y por el sistema. Adictos a logros vacíos, carentes de sentido. Eso en el deporte se palpa siempre, las S.A.D. lo buscan: mostrar logros, copas, algo. Pero ¿proyecto?, ¿desarrollo? ¿Algo sustentable? No, no se le ocurra pedir peras al olmo.

 

Las luchas, en especial las sociales, son largas y profundas; lo supo Ana, a quien le fallamos como sociedad, pues ni siquiera 42 años nos bastaron para decirle dónde estaban sus seres amados. Quizás nosotros tampoco veamos a los clubes regresar a su gente en ese tiempo. Pero, y al igual que para ella, el intento vale una vida entera.

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