El poeta que dejó el fútbol por la bohemia: Ezio Vendrame, la leyenda maldita de Italia

Se enamoró de una prostituta y a ella le dedicó sus mejores poemas. Creía que el gol era una estupidez. Aún más: que el trabajo mismo (sea el fútbol o cualquiera), era una soberana mierda. Nadie sabe donde vive (si es que vive). Es el dios Baco, fugitivo.

 

Por Miguel Fauré Polloni

 

«Perder el juicio y ver que eso de ganar es un invento
para quien aún no puede disfrutar… del juego»
Murga Don Timoteo

 

 

La siguiente fotografía lo retrata de manera fidedigna. Está triste. DEBE salir a la cancha, recibir las loas de los aficionados. Pero no quiere. Preferiría estar con la anónima prostituta que dejó la noche anterior en la cama de un hotel napolitano. Para ella, musa profana, gastaba sus papeles.

 

 

Las vicisitudes de la vida proletaria le llevaron a ganarse el pan (y el tabaco, el más caro) a punta de balonazos al área y goles: escasos, pero hermosos. Deambulando entre clubes de la C se sentía a gusto, pero tenía talento. Era el Kempes italiano, para algunos. Pero uno desgarbado, mal afeitado y mal dormido, si ganas de «triunfar». «Basta con fracasar en la vida para ser un poeta”, gustaba señalar.

 

Se mi mandi in tribuna, godo («Si me mandas a la grada, disfruto») se llamó su primer libro. La frase es real, se la dijo a su DT Luis Vinicio cuando militaba en el Nápoles. Cierto día le fue a ver su amigo e ídolo, el poeta Piero Ciampi. Sintió que era una falta de respeto mostrarse dando pataditas a una pelota delante de ese genio.

 

Cuando pudo generar algunos ingresos medianamente dignos, no ahorró ni proyectó. Con su primer sueldo en el Siena se dio un gusto prohibitivo hasta entonces: un abrigo. Al salir de la tienda, un vagabundo le pidió llorando una ayuda ante el frío que arreciaba la ciudad por entonces. No lo dudó: “Me quité el abrigo y se lo di aunque le iba decididamente grande, pero puedo jurar que no sentí frío ni una vez más ese invierno; era como si vistiera diez abrigos”. Por esa misma filosofía no tiene un hogar fijo:  «Estoy alquilando, no me importa la propiedad privada».

 

Escribió e inspiró. Tètes de Bois y Filippo Andreani han incluido versos de Vendrami en sus canciones. Pero nada era más fuerte que su amor por Ciampi, el bohemio que lo llevó de la mano a sentir la poesía como su hogar. «A Piero se lo debo todo. Lo que sé lo aprendí de él». 

 

 

Y es que el fútbol era una pega más, una changa, un laburito sin sentido. Cuando le tocó entrenar a niños, ya retirado, les inculcaba ideas poco convencionales: «Tiren la playstation, salgan y enamórense de las chicas lindas”. En Navidad, les regalaba cajas de condones. «Trato de ponerlos en el camino correcto. Primero la vida, luego el fútbol». Obviamente predicaba también con el ejemplo:  «¿Cuántas mujeres he traído a la cama? Cientas, pero las amé una por una. Nunca he hecho el amor sin sentir».

 

Los padres de sus pupilos, a quienes irónicamente ha sacado campeones en numerosas ocasiones, le detestan. Su exitismo, a su vez, hace que ese odio sea retribuido por Ezio: «algunos padres me odian, sueño con entrenar a un equipo de huérfanos». Y es que el fútbol que al poeta le agrada no está en la danza de millones que hoy vemos. «En el mundo ha habido tres jugadores de fútbol: Maradona, Zigoni y Meroni. En este estricto orden, no alfabético. El resto es aburrido». 

 

 

 

 

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