El renacer de la monstrua. Crónica del Mayo Feminista.

Por Francisca Córdova

#DeFrente

 

 

Las estudiantes del colegio donde viví la revolución pingüina del 2006, se tomaron el Instituto Nacional. Se me apretó la guata de emoción: después de años de trabajo feminista de muchas compañeras, vemos nacer “la monstrua”.

 

Programo mi 16 de mayo para contemplar la columna feminista marchando por Santiago. Tengo que volver a la oficina, pero mientras pasan mis compañeras colegialas cantando y bailando, aparecen imágenes llenas de nostalgia, recordando mis días de carmeliana y una de las vivencias más abusivas que viví estudiando ahí.

 

Cuando los profesores faltaban, me ponía frente al curso en la pizarra a hacer lo que hoy llaman «stand up comedy». Me reía de los profes, de las inspectoras y de nosotras mismas.

 

Un día empecé dibujando el carnet de identidad de nuestro profe jefe, un hueón evangélico  y ultra pervertido; le gustaba tomarte la mano cuando le ibas a hablar a su escritorio y la capturaba entre las de él, que eran gordas y sudadas, o descaradamente hacía que te sentaras en sus piernas. Grotesco.

 

Yo que varias veces lo había esquivado, ese día lo caractericé como «Spiniak» alentada por la risa de mis compañeras, pero en ese mismo momento supe que entre todas las que miraban, había una Judas.

 

A los días, el profesor entró a la sala y me hizo salir. Me dijo que él podía hacer que me echaran del colegio, porque era una falta grave hacer ese tipo de acusaciones y que él sólo era cercano a sus alumnas, no un pervertido. Recalcó que yo no era nadie, muchas veces.

 

La única forma de zafar de mi sanción era, así como me había reído de él, pedirle disculpas públicamente. En tono amenazante, me dijo que él sabía perfectamente la difícil situación que estaba viviendo mi familia (mi papá estaba grave hospitalizado) y que por eso me iba a “guardar esta” y no llamaría a mi mamá, haciéndome el favor de bueno que era. Me sentí obligada.

 

Entré a la sala temblando y ya con la voz quebrada. Al momento que empecé a hablarles, me puse a llorar. Me sentí vulnerable y ultra sola. Pero entremedio de este público, se levantó una compañera y le dijo al profesor que me estaba humillando, que me había expuesto, luego saltaron otras a decir lo mismo, y de pronto sentí que invisiblemente alguien me abrazaba y calmaba.

 

Mis compañeras me dieron aguante y el profesor obtuvo la reacción que menos se esperaba. Ese año, como curso, nos fuimos al electivo de arte para no volver a tener al profesor de música que ya tanto odiábamos.

 

Esa generación, al año siguiente, sería parte de la revolución pingüina, esa de las marchas creativas, las movilizaciones con sentido y los debates de largas horas sobre la educación que soñábamos.

 

Mientras caminaba por el centro para volver a la rutina laboral alejándome de los cánticos y del fervor feminista de esa marcha histórica, se me inundó el pecho. Por primera vez, miles de mujeres habían podido hacer público los abusos vividos y se sintieron abrazadas como aquel día, a mis 13 años, lo sentí con mis compañeras de colegio.

 

Veo en muchos hombres hoy esa reacción inesperada que tuvo mi profesor, esta vez anonadados y sin saber qué decir o hacer ante tanto feminismo. También veo estupefacción, hasta una extraña visión crítica que, más que sumarse, busca disminuir. Veo mucho control de cambios, demasiado comentario al margen indicando cómo hacerlo y cómo no, sobre todo desde un sector “adultoprogre” que ayer decía “no más de lo mismo” y que ahora le habla al movimiento feminista, que crece y se consolida, desde una falsa altura de general que ya ganó batallas. Opiniones condenatorias sobre el supuesto fascismo de sectores feministas o que la violencia e ímpetu con que se han levantado las denuncias abre flancos al movimiento. Ante ello, una voz en mi cabeza dice que son puras falacias y me dan ganas de mandarlos a “laar”, porque lo que quieren es que nos movilicemos dentro del status quo, que no incomodemos mucho, que sea bonito vernos marchar y cantar que el patriarcado va a caer, bien tapaditas y sonrientes, pero no que se traduzca en la derrota real de los privilegios con los que se justifican nuestro sometimiento.

 

Leí por un momento a los Sergios Bitar y Enas Von Baer del 2011 hablando desde la boca de algunos congéneres como si los hubiesen poseído, diciendo con ese tonito viejosplainning “Nosotros les vamos a mostrar cómo resolver el problema, sin tanta marcha, tanta toma, sin las tetas al aire, sin esa violencia que tienen ustedes, los movimientos sociales tan de rabieta, tan acéfalos y viscerales”.

 

Me sorprendo que, una vez más, no nos quieran escuchar, que nos interrumpan con sus críticas mediocres, ¿Quién los asesora, cabros? ¿Gumucio? ¿Jocelyn Holt?

 

¿De qué tienen miedo? ¿De que caiga la forma en que nos relacionamos? Que caiga todo y todos los que tenga que caer, que la caída sea fuerte y que remueva  todo cuanto pueda, porque la posibilidad que tenemos hoy es histórica y nos ha costado correr el cerco, nos ha costado perder el miedo a levantar la voz, a ser ridiculizadas, a disputar en las organizaciones políticas que los feminismos si son imprescindibles, que enriquecen la lucha, que nos permite hacer comprensible la  dominación ayer aceptada.

 

La violencia contra la violencia patriarcal no viene más que a corroborar que el feminismo está en lo cierto, que ante la indignación por una Thiare o una Sofía asesinada en manos de un violador, la única respuesta cierta es feminismo, que contra el acoso y abuso del poder masculino en nuestros colegios, universidades, trabajos y hogares hay que responder con feminismo.

 

Que la desigualdad estructural es anti mujeres, anti pobres, anti inmigrantes, y nosotras, las feministas, luchamos por derribar esa estructura, no por democratizarla. Tiene que morir y con ella todos nosotros, todo aquello que creímos cierto y que no es más que machismo naturalizado.

 

También me alegra cómo la revuelta ha logrado acorralar una de las fortalezas ideológicas de la derecha; el legado político y moral de Jaime Guzmán, expresado en la deformación y control social de la sexualidad, totalmente oprimida y misógina de nuestro país, en los hueones como mi profe, un sano hijo del patriarcado capitalista.

 

Por el contrario de lo que piensan muchos, este movimiento no viene a generar divisiones o quiebres permanentes dentro de los sectores oprimidos de nuestra sociedad, sino que viene a quebrar para acto seguido reconciliar al pueblo con el pueblo, a unificar la lucha contra la violencia capitalista y patriarcal, abriendo los espacios sociales y políticos. No hay unidad posible del pueblo sin una revisión profunda de las prácticas patriarcales que atraviesan a las izquierdas y a los movimientos sociales.

 

¿Estamos comprendiendo la profundidad de esta oleada desde el FA? El hecho de que salga un Piñera pretendiendo dar una salida a las demandas de este movimiento con un “feminismo” deslavado y oportunista, debe responderse con más movilización, y los y las frenteamplistas deben interpelar duramente cualquier intento de la derecha de hacer parecer que esto se trata de igualdad salarial o de oportunidades entre los géneros. Esta es la reivindicación histórica de las mujeres contra la explotación capitalista que ninguna reformita va a resolver. Este movimiento no busca solucionarse por la salida institucional o mesas de negociación, porque lo que estamos exigiendo es que la sociedad entera ya no pueda hacer oídos sordos a nuestra lucha.

 

No machitos, no podemos ni queremos controlar la llama. Queremos que crezca e incendie el bosque, para que después de esa victoria histórica, este país sea un mejor lugar donde vivir. La Monstrua nace llorando, gritando, devorando, haciendo justicia, dando pasos erráticos y con alguna que otra caída. La revuelta feminista no nació para jugar en la cancha de los cambios con mesura, en la medida de lo posible y en las cocinas políticas, tampoco para abultar las redes sociales de políticos progres. ¡¡Que viva la Monstrua!!

 

 

 

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