«El Socialismo Revolucionario de Lenin» Por: Miguel Silva

Por: Miguel Silva

Han pasado 150 años desde el nacimiento de Lenin. Tantas décadas en este mundo de guerras, de crisis, de estancamiento, de crecimiento, de décadas con lucha y sin lucha.

De Lenin, como de cualquier otro gran socialista revolucionario, puedes aprender de su obra. Lo que aprendes depende, por lo general, de la situación que tú mismo enfrentas. Es decir,  te identificas con lo que él escribió, lo que él organizó, lo que él hizo porque te parece correcto o bien hecho.  

Puedes aprender de él en este sentido o equivocarte por falta de conocimiento de la situación que él enfrentaba; es tan fácil sacar a Lenin de su contexto. Por eso en estas líneas vamos a conversar los grandes principios de su obra, sin meternos en cada detalle de su accionar y esos principios pueden ayudarnos a luchar hoy.

Comencemos con uno de sus dichos conocidos: “No hay  teoría revolucionaria sin práctica revolucionaria y viceversa”. Desde joven sentía la necesidad de estudiar sus teorías porque estaba rodeado por revolucionarios que sostenían ideas distintas y diversas. Había jóvenes rusos que andaban enfrentando el zarismo con armas, y otros pocos que se identificaban con la teoría marxista de la lucha de la clase trabajadora. ¿Cuál teoría iba a sostener el joven Lenin? Eligió Marx y se integró a los primeros círculos de agitación marxista. 

En otras palabras, Lenin formó sus propias ideas sobre QUÉ ES la práctica revolucionaria. Aunque había unos pocos miles de trabajadores asalariados en el país, pocos miles rodeados por millones de campesinos, Lenin aceptó que eran los trabajadores los que debían dirigir la emancipación de todos. Aceptó ese hecho porque el país estaba controlado por nuevos grupos de multi millonarios capitalistas industriales, rodeados por  una oligarquía de terratenientes zaristas. Es decir, que el país era capitalista.

Desde joven, entonces, Lenin estaba obligado a tener muy claras las razones por las cuales los trabajadores deben hacer su revolución. Sacó la conclusión, el principio elemental, que el presente y por ende el futuro depende de la acción del trabajador asalariado y que la política oficial del país era la forma en que los capitalistas se integraban o se independizaban de la oligarquía.

Su gran principio, entonces, era una teoría sobre el hecho que la clase trabajadora y el capitalismo son reales.

¿Por qué este principio salta a nuestra vista hoy? Porque desde hace tiempo la clase trabajadora en Chile ha sido debilitada, desorganizada y frágil,  tanto que parece que ha dejado de existir y varios han comenzado a creer que otros sectores deben llenar el vacío que ha dejado su ausencia.

Desde joven, Lenin conocía ese argumento que la clase trabajadora es débil y por ende no sirve para luchar, pero no lo aceptó,  porque tenía una teoría que entendía la fuerza y también las debilidades de esa clase. Hoy, debemos aprender esa misma capacidad de entender la situación de la clase trabajadora.

Tomando en cuenta que los trabajadores (y trabajadoras) son el futuro de la revolución, Lenin entró a la obra de organización. Desde los primeros círculos de agitación, pasó a construir una red de organizadores profesionales que podían sobrevivir en la clandestinidad y vincularse a los miles de trabajadores con un diario. Solía decir que la revolución no se hace, se organiza.

Por supuesto, los trabajadores conscientes deben ser “tribunas”, organizadores, para la lucha de millones contra todos los tipos de explotación y opresión.  Obvio, porque cada uno tiene que luchar contra los que les explotan o les oprimen.

Sin embargo, Lenin sostenía que en su país, en Rusia, aunque los trabajadores iban a hacer la revolución socialista en su momento, mientras tanto – porque eran muy pocos y débiles y por ende no podían tomar control del país solo – la revolución sería burguesa y basada en la instalación de una república parlamentaria.  La tarea entonces era organizar a los trabajadores para ganar la lucha democrática.

Ahora bien, en su obra de organización comenzó a chocar con otros “socialistas” más famosos que sostenían que las organizaciones parlamentarias de los trabajadores (en Alemania por ejemplo), podían obligar al capitalismo a cambiar y se dedicaban a negociar con el sistema en vez de derrotarlo. Frente ellos, Lenin construía una organización, un partido de combate.

Los dos tipos de organizaciones enfrentaron la Primera Guerra Mundial, con la consecuencia que los “negociadores” apoyaron a la guerra, y los “combatientes” se opusieron.

Esa guerra catastrófica obligó a Lenin a reubicar sus ideas económicas sobre el capitalismo. Hasta ese entonces habían absorbido el análisis de MARX, pero ya tenía que avanzar más. Para entender las causas de la guerra, y enfrentarla, descubrió que fue la exportación de capital por varios países más grandes, la que había provocado la competencia armada y por ende no había posibilidad de socialismo en el mundo sin una revolución internacional.  

Podemos agregar a su primer principio: que acepta que la clase trabajadora es indispensable para la lucha. Un segundo principio: que un revolucionario necesita un análisis teórico firme para entender el sistema y así ubicar su lucha. Podrías decir que esto es nada más que otra forma de decir que sin teoría revolucionaria no hay revolución, y es cierto, porque sin tener una óptica de estrategia, no tienes como ubicarte en la lucha. En ese sentido, fue su análisis del imperialismo lo que ubicó a su partido contra el patriotismo y la guerra imperialista y lo lanzó a la revolución.

Hoy, para ubicarnos en este mundo de imperialismos de los grandes poderes y también de los poderes súbditos, necesitamos una teoría económica que vea la inversión nacional  y exportación de capital privado y estatal en el mundo. A través de su teoría del imperialismo, Lenin podía ver claramente que los poderes enemigos de Alemania (por ejemplo Inglaterra) no eran los amigos de las tropas y trabajadores rusos y por ende NO era cierto que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Nuestra teoría económica debe dejarnos ver que las fuerzas rusas bombardearon civiles en Siria y el capital Chino explota trabajadores en las plantas de la minería en Perú y Zambia y en las fábricas de los celulares en China. Podemos también ver que los enemigos de los EE.UU. (por ejemplo Rusia o China) NO son nuestros amigos, porque esos países quieren construir sus propios imperios. Nuestra base teórica debe dejarnos ver, entonces, cómo y por qué la acumulación de capital en los países centrales actuales del mundo provoca crisis y estancamiento. 

Es decir, a través de nuestra óptica, nuestra base teórica, el poder ruso no es nada más que un enemigo de los EE.UU., sino un centro de capitalismo del estado y privado que se dedica a la explotación y el imperialismo. Y China no es un poder económico alternativo, sino una acumulación de capital estatal nacional y capital privado multinacional que ha creado, y explota, la clase trabajadora nacional más grande del mundo donde podría explotar la próxima revolución socialista.

La revolución

Bueno, entre las masacres de millones de tropas, los escándalos de las ganancias multimillonarias de la industria de armamentos y la corrupción de la aristocracia, en febrero de 1917  cayó el Zar y se instaló un parlamento democrático “provisional”. Mientras la gran mayoría de los bolcheviques opinaban que deberían formar parte de una oposición a, o parte de, el gobierno provisional porque la revolución era “democrática”, Lenin cambió abruptamente uno de sus sustentos teóricos centrales. Su principio central “que los trabajadores son indispensables para la revolución”, desplazó al otro planteamiento “que la revolución en Rusia era burguesa” (porque la clase trabajadora era demasiado débil), y ahora Lenin comenzó a organizar una revolución — no burguesa sino socialista– dirigida por trabajadores, porque el parlamento provisional no quería más cambios y ni siquiera quería poner fin a la guerra.

 Desde el exilio, él re-organizó  sus bolcheviques en un partido que entendía que las nuevas organizaciones base (los soviets) eran, de verdad, las organizaciones democráticas locales de un nuevo estado que ya comenzaba a destruir el estado capitalista. Sus bolcheviques se reconstruyeron como el partido que organizaría a los soviets como poder elemental del socialismo y la destrucción del capitalismo. Elegir un delegado a la Asamblea de los Soviets significaba elegir un delegado que iba a tomar parte en la organización de la revolución socialista.

Su nueva base teórica elaborada  en “El Estado y la Revolución”, describió lo que era –para muchos – una visión del socialismo completamente nueva. Su Socialismo era una sociedad controlada por las organizaciones base democráticas de los trabajadores (y soldados).Una sociedad lejos de la imaginada por los parlamentarios rusos o alemanes.

Donde los socialistas parlamentarios miraban a Alemania y Rusia y veían cambios, crecimiento y negociaciones graduales,  Lenin veía democracia de base, soviets y revolución socialista.

Hoy, donde los seguidores del desarrollo nacional y las alianzas progresistas ven la formación de bloques de interés, los socialistas revolucionarios vemos solidaridad que cruza las fronteras, huelgas y tomas contra los patrones y pequeños partidos de socialistas revolucionarios que florecen y crecen.

Es decir, para nosotros, hoy, la política parlamentaria tampoco nos abre un camino a un mundo nuevo. En vez de entender que nuestro futuro depende de alianzas y negociaciones entre poderes del capital privado y capital estatal, nuestra visión debe ser de una revolución desde abajo, y la construcción masiva de poderes locales coordinados a nivel nacional.

Nuestra visión, como la de Lenin, nace de los principios de la necesidad de la clase trabajadora, bases teóricas centrales claras que posicionan a la revolución y una obra permanente de organización.  

Músico, abogado y defrentista. Vive en Peñalolén, Santiago.

Comparte tu opinión o comentario