Enfrentar al fascismo

Por Felipe Lagos

 

  1. ¿Y CUÁNDO REACCIONAMOS CONTRA LOS REACCIONARIOS?

 

¿La agrupación neonazi Movimiento Social Patriota (MSP) está de moda? Están intentando ganar popularidad con consignas simples como: “Pedófilos muertos, problema resuelto”, “El que no aporte, se deporta”, “Con mis hijos no te metas: no a la dictadura gay”. Tienen una página web donde publican sus ideas, usan redes sociales y ya la televisión ha empezado a darles tribuna.

 

El MSP quiere ser la propuesta “nacionalista” al malestar social, la deslegitimidad de la política y los políticos, la desigualdad y las injusticias sociales y económicas vigente en Chile. Así disfrazan sus actos e ideas neonazis bajo consignas sociales, intentando representar a los sectores trabajadores y de clase media. De esta manera han estado sumando miembros y por lo tanto capacidad de movilización de sus actos de propaganda.

 

El sistema político, judicial y policial podría estar haciendo la vista gorda. Porque si consideraran realmente la peligrosidad de las agrupaciones e ideas fascistas, incluso el Presidente de la República y los distintos presidentes de partidos políticos deberían pronunciarse ya, rechazando totalmente tales acciones e ideas. ¿O es que el gobierno los va a encontrar útiles para justificar sus políticas públicas en torno a la migración? ¿O les acomoda que las acciones del movimiento neonazi llamen la atención de la opinión pública para distraerlos de los errores sistemáticos del Gobierno a nivel comunicacional? ¿O el sistema político va actuar recién cuando alguien resulte muerto? ¿O les parece bien que el MSP podría implicar gasto de recursos y de tiempos a los movimientos sociales que tengan que desplazar sus acciones propias a labores antifascistas como festivales antirracistas, contramanifestaciones y actos de oposición?

 

Es más, ¿quién o qué nos asegura que sus miembros no vayan a querer acceder a puestos políticos en las próximas elecciones municipales? ¿Cumplen las fuerzas armadas u otras instituciones del Estado con la enseñanza de valores republicanos, democráticos y de no discriminación?

 

Hay que deslegitimar política y socialmente al MSP, hay que ampliar la desaprobación social; iniciar una respuesta rápida contra los neonazis y esto se hará desde la sociedad civil. El sistema judicial, la policía y el Gobierno actuaran muy lentos, si es que actúan. Hay que disputar la hegemonía cultural en los barrios, las poblaciones.

 

Es cierto que estas acciones antifascistas pueden poner en riesgo la seguridad de las personas y organizaciones, exponiéndose a acciones de venganza del MSP. Se van a intensificar las acciones antifascistas, pero eso implicará que los grupos neonazis también se radicalicen.

 

Los neonazis del MSP deben ser vencidos por todos los frentes: por los medios de comunicación y las redes sociales, en tribunales y el sistema de justicia, por la política y la policía, por el gobierno, el parlamento y las leyes, y especialmente en la sociedad civil, en los barrios, poblaciones, en los centros de trabajo, donde debe impulsarse una conciencia política solidaria.

 

La sociedad chilena debe llegar a considerar como inaceptables a la agrupación MSP. Cada vez que se hable de ellos por televisión, debemos manifestarnos por redes sociales, desaprobando su sola existencia; cada vez que se vea una consigna o afiche del MSP, deben ser destruidos. No se puede tolerar la intolerancia.

 

Es necesario generar un movimiento de jóvenes antifascistas, compuestos por punks, hiphoperos, agrupaciones de tinkus y batucadas, ska y reggae, centros culturales, miembros de los circos y centros deportivos. No hay que perder terreno ante los neonazis. Esta es una gran oportunidad para generar un movimiento solidario y de politización en la sociedad civil.

 

  1. CHILE: CALDO DE CULTIVO PARA EL FASCISMO.

 

Desde 2011 a la fecha, tras el movimiento estudiantil, han surgido movimientos de protesta y resistencia al malestar, la desigualdad y el despojo que el modelo neoliberal produce: movimientos socioambientales, comunitarios, mapuche, feministas, de derechos humanos, por la salud pública y las pensiones dignas. Incluso podemos decir que el Frente Amplio emergió también como el actor político e institucional entre estos movimientos sociales. Pero en los últimos dos años, hemos visto surgir también otros movimientos, que no se caracterizan −como los anteriores− por una salida democrática y progresista al malestar y deslegitimidad del modelo económico, las instituciones y la política, sino por una alternativa reaccionaria y conservadora.

 

La candidatura de José Antonio Kast y luego la creación de su organización de derecha Acción Republicana; el partido Evólopi, que detrás de una fachada liberal resguarda un discurso conservador, continuista y de renovación de la derecha política; el triunfo electoral de Sebastián Piñera y el apoyo popular de quienes fueron denominado (en un acrítico acto de simplificación) como los “fachos pobres”; las muestras de racismo, xenofobia y el extendido discurso contrario a la migración de colombianos y haitianos; el estampido de grupos evangélicos; el bus de la libertad y su consigna “con mis hijos no se metan”; la reacción contra el movimiento feminista y LGTB+; quienes se oponen a que las personas puedan decidir sobre su propio cuerpo, en los casos de identidad de género, aborto y eutanasia; quienes se oponen al matrimonio y adopción por personas del mismo sexo; quienes hoy abogan por la pena de muerte para pedófilos, pero que no se opondrían a respaldar un “retorno de la pena de muerte”; y el grupo neonazi o fascista Movimiento Social Patriótica.  Son estos algunos ejemplos de la ola reaccionaria y conservadora que avanza por Chile, elementos reactivos contra una modernización democrática.

 

Así pues, tanto estos sectores reaccionarios y conservadores como los democrático-progresistas, tienen en común la crisis de legitimidad y el malestar social producido por el modelo neoliberal y el régimen político existente en Chile. Fenómenos como la precariedad de los servicios públicos, de la vida de las familias, los barrios, la inseguridad, la débil solidaridad social y el fuerte individualismo y consumismo, los frágiles vínculos sociales, los enormes niveles de endeudamiento, la precariedad laboral y la desigualdad social, la corrupción, la mimetización entre política y negocios, nos está volviendo una sociedad reactiva.

 

Ante la expansión del modelo neoliberal, la desregulación de la economía, la imposición de los intereses del mercado y los grandes capitales por sobre el de las personas y comunidades, destruyendo así el tejido social, hoy se reacciona buscando la “protección y regulación social”. Este es el fenómeno que Karl Polanyi describió en su obra de 1944, La gran transformación, y en especial lo que denominó con el concepto de “doble movimiento”: desde la expansión y desregulación de los mercados a las demandas de proyección social. Pero esa protección y regulación bien pueden tener una forma democrática y progresista, u otra reaccionaria y conservadora. En ambos casos, se busca la movilización de la sociedad civil y la disputa por el sentido común, así como del poder del Estado.

 

Dicho esto, es interesante destacar dos elementos: la actitud reactiva de los sectores populares y de clase media precarizada, que principalmente desde su rabia y frustración se dirigen contra los últimos en la escala social, siendo ellos los penúltimos; y la necesidad de fortificar la alternativa democrático-progresista, ante el riesgo de que se fortaleza la vertiente reaccionaria, conservadora y protofascista. No obstante, ambos elementos van de la mano, puesto que el fascismo no es sino, precisamente, un “movimiento de masas”, compuesto por los que llamamos “los penúltimos”.

 

Éstos, los penúltimos, ante tanto ahogo, frustración, precariedad, movidos también por el miedo y la incertidumbre, y afectados por la incapacidad de hacer frente a las verdaderas causas de sus penurias (vale decir, la precarización laboral, el endeudamiento, el individualismo, la falta de servicios y derechos sociales), les resulta más inmediato reaccionar contra “los últimos”: migrantes, homosexuales, delincuentes pobres, mapuches.

 

Si no se consolida un proyecto político y social alternativo, democrático y progresista, corremos un enorme riesgo de retroceso en Chile, de involución democrática. Este desafío implica comenzar a ponernos de acuerdo en lo fundamental, a pesar de las diferencias, sobre todo porque existe en nuestro país una “derecha sin complejos”, dispuesta a evitar a toda costa los cambios fundamentales que requiere esta nación; crear una agenda para la justicia social, los servicios públicos y la distribución de la riqueza; hablar a las personas, familias y comunidades con un lenguaje transversal, claro y directo, centrado en sus necesidades y aspiraciones; entender que elementos fundamentales para las chilenas y chilenos, como por ejemplo la seguridad y las instituciones son expresiones de la búsqueda por una vida digna e integral, para que nadie se sienta abandonado.

 

La alternativa que construya la protección y regulación social que hoy chilenas y chilenos anhelan, tras tanto despojo producido por la desregulación del mercado, debe venir de los sectores democráticos y progresistas, para reconstruir una nación, un Estado y una república, donde quepan todas y todos; en especial, donde penúltimos y últimos generen nuevos vínculos sociales, dejando atrás la competencia, el individualismo, la segregación y la discriminación.

 

  1. SOBRE LOS FACHOSPOBRES.

 

La idea de “ignorantes” suele no expresarse, pero sin duda está latente en la expresión “fachos pobres”, como un pegamento o causa por la que los pobres llegan a ser fachos: si es pobre y apoya o vota a la derecha, es ignorante. Es como la golilla que adhiere el tornillo a la tuerca.  El adjetivo es un insulto, un gesto despectivo, que sitúa a un conjunto de personas (pobres) en el acto irracional (ignorancia) de dar su apoyo a la derecha.

 

La expresión se ha usado por largo tiempo, llegando incluso a manosear el sentido común. Y surgió a la luz de la evidente adherencia de capas populares a los partidos políticos o caudillos de la UDI y RN, específicamente en el ámbito de la gestión municipal. Paradigma de ese apoyo es José Manuel Ossandón y el municipio de Puente Alto. El calificativo vuelve a aparecer en las redes sociales para describir el alto apoyo electoral que obtuvo el candidato de Chile Vamos, Sebastián Piñera.

 

La expresión “fachos pobres” se usa como si fuese una explicación. De ahí la jerarquía de esta palabra invisible: “ignorantes”. Pero verdaderamente, ¿explica algo? No sólo no explica nada, sino que a la vez que responsabiliza a un actor (el pobre) por dar su apoyo a la derecha, genera un distanciamiento o des-responsabiliza a quien emite el improperio o juicio: los responsables de que la derecha gane elecciones serían los fachos pobres.

 

Esta forma de seudoexplicación se parece muchísimo a un concepto considerablemente más sofisticado utilizado por la ortodoxia marxismo para explicar la reticencia de los sectores populares para sumarse al movimiento obrero, siendo inconsecuentes con sus condiciones materiales: “la falsa conciencia”. Y si agregamos que una derivación de la “falsa conciencia” es que no puede ofrecer una visión verdadera o fiable de la realidad, nos acercamos más a la idea de que los “fachos pobres” (inconsecuentes) son también ignorantes. Todo esto implicaría también que habría una visión culta, verdadera e inteligente de la realidad social.

 

Pero, ¿tan ignorantes son los “fachos pobres”? ¿Tan alienada de su propia realidad es su conciencia? ¿Hay que ser irracional para dar su apoyo a sectores sociales a los que claramente no pertenecen?

 

Lo cierto es que lejos de ser “ignorantes”, los sectores populares, las personas, familias, vecinas y vecinos, hacen un cálculo racional al dar su apoyo a la derecha. Por rudimentario e inmediatista que sea, ven allí una conveniencia y buscan una mejora para sus propias condiciones materiales: el colchón antiescara para la abuelita postrada, la silla de ruedas para el padre con parálisis, la beca para hacer el curso de conducir para la nieta o nieto, etc., etc. Ciertamente, ese racionamiento se sostiene en una cultura del individualismo y la beneficencia. Pero al reconocer esto, ya no podemos tomar distancia ni des-responsabilizarnos porque los sectores populares voten derecha.

 

Entonces, la problemática emergente no es ya por qué el pueblo da su apoyo a la derecha, sino por qué la izquierda, los progresistas o quienes dicen representar verdaderamente los intereses del pueblo no logran convocar o volverse una alternativa para las personas y familias. Por lo demás, seudoexplicaciones —que no son más que expresión de impotencia— como la de apelar a los “fachos pobres” o la “falsa conciencia”, no contribuyen a acotar la distancia entre el pueblo y la política.

 

En definitiva, los “fachos pobres ignorantes” quizá no sean ni de derechas ni tan ignorantes. Cabría preguntarse entonces acerca de quién ha sido doblegado verdaderamente por la falsa conciencia, es decir, por la falta de fiabilidad de su análisis y poca comprensión de las condiciones materiales del pueblo.

 

¿No será hora de hacernos cargos de nuestra testimonialidad, marginalidad y dogmatismo a la hora de soñar con construir una mayoría popular, una alternativa política y social?

 

Imagen extraída de eldesconcierto.cl

Corresponsal para Revista De Frente

Comparte tu opinión o comentario