¿Es la estigmatización del Reggaetón una expresión de clasismo, racismo y burguesía?

Por (Zé) Javier González

 

Ya varios artículos y discusiones internas en lo que denominaremos por el momento movimiento progresista latinoamericano han aparecido en torno a las siguientes dos preguntas: ¿Son el Reggaetón y su aparente heredero, el Trap, expresiones de la cultura popular estigmatizadas por blancos burgueses? ¿Es la defensa de un sector del feminismo y el progresismo hacia el Reggaetón una defensa en primer lugar del baile y la libertad de los cuerpos reprimidos? Me siento en la necesidad de escribir porque advierto en cada lectura que poco se nos ha preguntado a los/as músicos/a, que, digámoslo, tampoco tenemos demasiado consenso, pero sí algunas aproximaciones que no han sido puestas sobre la mesa de quienes han tenido hasta la fecha mayor tribuna de la opinión en la materia.

 

 

Primero analicemos el Reggaetón como música, no como baile, confusión que nubla todas las discusiones. Vamos a atender el primer caso: cultura popular. En la formulación de la tesis sobre el Reggaetón como expresión de la cultura popular latinoamericana, Latinoamérica entendida naturalmente desde su pobreza, sus razas, lenguas, ruralidades, fuerza de trabajo y mujeres reprimidos/as, dejaremos fuera el gusto, dado que daremos por hecho que el gusto provendría de un simple filtro de percepción burguesa que se aplica a cualquier manifestación de la cultura (discutible, pero liberémonos de eso concediéndolo como cierto). Despejada esta variable, determinemos ahora que la música es una cosa que tiene diferentes variantes, modos, formas y complejidades y que cada obra de música y estilo musical en particular, en la historia de la música, ha decidido atender, en la formulación de su identidad, dónde se asienta su apuesta por complejidad. Así, tenemos por ejemplo una zamba argentina que tiene un ritmo casi tan simple como el Reggaetón, pero que otorgó a la armonía y a los relatos su riqueza estilística, hasta un barroco que nunca tuvo letra ni mayores desvelos en una trascendencia lírica, pero que atendió en la armonía, el tiempo y la melodía su principal apuesta. Nadie pide que el Reggaetón sea Ópera, pero ante toda revisión es un estilo que no apostaría por ritmo, ni por tiempo, ni por lírica, ni por armonía. Y su simpleza, si queremos llamarle arriesgada, bajo este mismo análisis cuasi musicológico no constituye márgenes ni búsquedas en torno al minimalismo (más atendido tal vez en el Trap). En simple, la historia de la música llevada a un «Excel» con ponderadores simples, sin temor a error demostraría que el Reggaetón no tiene apuesta de complejidad en ninguno de los márgenes de lo que se entiende como estructura musical. En todas las escuelas de arte se enseña que simple no es lo mismo que simplón. ¿Buen ejemplo? El Rap, última expresión legítima de la cultura popular, nace con la apuesta desde el mensaje. Si se baile o no a través del Dance Floor, es otro tema.

 

 

Cultura popular, racismo y clasismo: recordemos que el sushi era la comida cruda de los pobres en Japón, así como la feijoada en Brasil, la ropa vieja en Cuba, el ají de gallina en Perú y la Cazuela en Chile, seguido por un largo etcétera. Todos, platos ampliamente reconocidos como identitarios, valiosos y propios de la cultura popular, cada uno con su identidad territorial, espejo de la historia de los pueblos. Si llegaron a los burgueses por fórmula neoliberal, es otro tema y, dicho sea de paso, en el que el Reggaetón también cabe. ¿Existe un solo plato único que represente a todas las culturas populares de américa latina? No ¿Sería valioso que se vacíe todo el crisol culinario de la cultura popular latinoamericana en un solo plato? Estudiarlo, tal vez, sí ¿sería justo con las identidades o formaría prejuicios sobre lo latinoamericano? Pregunta abierta. En general, si llevamos esto al territorio de la música, demostraríamos que la cultura popular latinoamericana radica precisamente en la variedad y no el monopolio cultural de lo estrictamente comercial. En ningún momento, y me duele en lo personal, he visto a esa facción del progresismo pro Reggaetón decir cómo llegó el Reggaetón al «poder». Digámoslo: los capitalistas nublaron la mente de los pobres con el consumo, los pobres transformaron su enfermedad del desclasismo en una expresión de autos caros y lujos y ahora sale la izquierda a defender el basural que hizo el neoliberalismo con la mente obrera, llamándolo cultura popular a partir de una nubosidad analítica que bordea lo irresponsable, creyendo defender lo popular. Defender lo popular a ciegas, y desprovisto de análisis de valor, hace tiempo que implica necesariamente defender al neo-pobre desclazado, totalmente enemigo del progresismo. Ojo con el neo-obrero hijo del consumo y enemigo de su propia clase. Reggaetón no sería cultura popular, en tanto la cultura popular esté nublada por el neoliberalismo y se haya diluido el concepto de lo popular por el de comercial que, sabemos, son casi perversamente similares.

 

 

Raza: La Samba de Brasil, el Candombe negro de Uruguay, el Landó de Perú, el Son de Cuba, etc., nunca han estado en el ojo del huracán de la crítica musical, todas músicas negras, todas músicas indígenas. Muere en dos líneas el argumento de que la resistencia al Reggaetón es racista por contra ejemplo.

 

Vamos a la segunda pregunta: ¿Es la defensa de un sector del feminismo y el progresismo hacia el reggaetón una defensa en primer lugar del baile y la libertad de los cuerpos reprimidos? Al respecto, jamás he visto que se entreviste a una bailarina sobre este tema. Siempre sociólogos/as, siempre colectivos/as cerrados, siempre psicólogos/as. Respondo con el mal gusto de preguntar ¿Es el Reggaetón la única manera de bailar? ¿Nos convencimos nosotros/as solos/as de que el Reggaetón es el sinónimo mundial del baile o el mercado nos convenció de eso?

 

A reflexionar.

 

 

 

 

 

Las opiniones vertidas en esta columna son a título personal y no necesariamente representan el pensamiento y la línea editorial de Revista De Frente.

 

Comments (1)

  • Soviet

    Que basura, el regueton (no pienso escribirlo de manera correcta) es un producto, no arte. Y relacionarlo a toda la gente de la clase popular o sectores mas humildes es cuanto menos, insultante. Pero como herramienta de manipulación y embrutecimiento de masas le viene muy bien a la burguesía.

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