Feminismo popular

Por Lorena Cisternas Herrera

Militante de Revolución Democrática

 

 

Hacia un nuevo campo de acción  

 

Hoy en Chile las mujeres son asesinadas por el sólo hecho de serlo. Los fríos balances acusan que en 2017 sesenta y cinco mujeres murieron víctimas de la violencia machista. Ante esta situación cabe la pregunta, qué papel deben jugar las fuerzas progresistas de izquierda. Si basta sólo con la representación parlamentaria que impulse una agenda feminista desde la institucionalidad, o bien, es necesario tensionar los conflictos desde espacios territoriales utilizando la política como herramienta emancipatoria para las mujeres sin voz, sobre todo aquellas que viven en las capas bajas de la sociedad.

 

Feminismo de clase popular

 

Cada marzo, cómodos salones de hoteles y aulas universitarias son el epicentro de foros que testean los avances en los derechos de las mujeres. En esas charlas se apunta a la equidad económica y política entre géneros, no obstante, al terminar, sin problemas el público se agolpa en el “coffee” más barato que la organización encontró, pagado a 60 días, atendidos por mujeres que carecen de contratos laborales, remuneraciones justas y previsión social. A esas mujeres, a las que atraviesan toda la ciudad para atender en cócteles del enchapado mundo académico buscamos hacer sentido con el feminismo popular.

 

El feminismo popular intenta tocar las fibras de aquellas mujeres comunes que son la base de la economía nacional, pretende convocar a las trabajadoras precarizadas, discriminadas por estructuras de dominación patriarcal, como pobladoras, temporeras, trabajadoras de casa particular, estudiantes endeudadas, garzonas, profesionales condenadas a ganar menos sólo por el hecho de ser mujeres.

 

El espacio de esta construcción política está en los territorios, barrios y poblaciones donde nacen las diversas formas de organización solidaria y colectiva.

 

La historia reciente nos demuestra que las soluciones emanadas del congreso tienen dos grandes problemas; el primero es que carecen de realidad cuando se aplican, y el segundo, es que en caso de ser políticas públicas sensatas adolecen del músculo social necesario para sostenerse y ser defendidas desde las calles.

 

La revolución no será posible sin desafiar al patriarcado y sus dispositivos estructurales y simbólicos, pero no sólo desde la teoría, ni auto reproduciéndose en estrechos círculos académicos, ni llenando listas para cumplir con cuotas de género. El feminismo se tornará verdaderamente revolucionario cuando corra como río por las venas de las mujeres del pueblo.

En nuestro país, mientras el feminismo de élite se reunía en salones de té para conversar sobre la necesidad del voto femenino, a mediados del siglo XX, campesinas y obreras levantaban campamentos en sectores rurales y periféricos de la ciudad. Si bien el feminismo burgués ha logrado grandes conquistas en los derechos políticos para las mujeres, no ha sido suficiente. Surge entonces una legítima pregunta; ¿Dónde termina la defensa de los privilegios de clase y la administración de la opresión, y comienza en realidad la solidaridad de género?

 

Son suficientes los espacios de participación generados?, o nos seguimos replicando en el centralismo y el feminismo academicista que aún no consigue tener la misma significancia para todas?

 

La lucha feminista en un primer momento fue por alcanzar igualdad en derechos políticos, he ahí la importancia del movimiento de las sufragistas, sin embargo, tanto en ese movimiento como en las luchas actuales quienes siguen pagando los costos son las mujeres de clase popular. No es complejo ser revolucionaria ni feminista, cuando el pan está seguro en la mesa. En este sentido, la responsabilidad que nos compete a los partidos de vanguardia, como señalara Rosa Luxemburgo es correr los velos que impiden ver la realidad, educando a las mujeres del pueblo. De esta manera, entenderemos que en ocasiones ese velo está sobre nuestros propios ojos y no lograremos ver que complejos conceptos como “sororidad” están lejos de hacer sentido a una pobladora de la Victoria o a una pescadora en Chiloé.

 

La revolución será feminista pero con conciencia de clase, o no será, pues de seguir bajo las lógicas actuales estaremos condenados a la reproducción de las castas políticas que hasta ahora han gobernado el país.

 

Para que el movimiento feminista tenga éxito debe volverse popular. Debe reconocer la opresión de la mujer anclada en su realidad material.

 

La Lucha continúa

 

 La revolución no será posible sin desafiar al patriarcado y sus dispositivos estructurales y simbólicos, pero no sólo desde la teoría, ni auto reproduciéndose en estrechos círculos académicos, ni llenando listas para cumplir con cuotas de género. El feminismo se tornará verdaderamente revolucionario cuando corra como río por las venas de las mujeres del pueblo.

Post a Comment