Fomentar la participación desde una perspectiva feminista y transformadora

Por Jéssica Jerez Yáñez

Militante Movimiento Autonomista – Regional Biobío

 

Las organizaciones de izquierda que apostamos por la transformación de las condiciones de vida de todos y todas, debemos asumir también un desafío de deconstrucción hacia el interior. Con esto no me refiero solamente a la manera en que se estructuran orgánica o políticamente los colectivos, movimientos o partido; sino  más bien a la manera en que cada una y uno se desenvuelve e interactúa. Mientras no habite en mí la profunda convicción  de transformar las lógicas de poder y disputa política, ningún cambio real será posible.

 

La fragilidad de la democracia, la corrupción, la migración por parte de cientos de personas que por diversas razones dejan sus países en busca de un lugar mejor, el reconocimiento de la diversidad como característica inherente a las sociedades; han generado la necesidad de remirar la ciudadanía como construcción teórica, pero me parece más valioso hacerlo sobre todo como práctica política. ¿Qué me hace ciudadana? ¿Poder elegir representantes me otorga ciudadanía? ¿Habitar un territorio? ¿Sentirme perteneciente a una comunidad?

 

Mi apuesta es que el sentido de pertenencia es fundamental a la hora de ejercer la ciudadanía. Es decir, en la medida en que yo me siento parte de un espacio, en la que percibo que la interacción con otras y otros está mediada por un reconocimiento legítimo de alteridad, de valoración y respeto; entonces están las garantías para la co-construcción, para la participación y la comunicación.

 

Cualquier nivel intermedio nos pone en el riesgo de maquillar los modelos imperantes, en las que unos pocos –más ilustrados y por lo general aquellos hombres que cumplen con el estereotipo: blancos, habitantes de zonas urbanas, altos, sanos- toman las decisiones por otras y otros, porque hay que actuar con rapidez, porque no nos podemos quedar abajo en el debate, porque la vida es ahora: cualquier argumento es bueno para reforzar la representatividad y hacerle zancadillas a la participación real, una que sea vinculante, activa y crítica.

 

No somos un modelo de ética. Por eso es fundamental mirarnos siempre, revisar nuestras prácticas y discursos,  y ponerlos en cuestionamiento. Hemos vivido insertos en una realidad que dijo que participar es peligroso, que la gente que reclama se muere. Para salir de eso y para apoyar el proceso de otras y otros, debemos mantenernos alerta, de otros, pero  antes, de nosotras/os mismas/os.

 

 

#DeFrente

 

Comparte tu opinión o comentario