FÚTBOL A SOL Y SOMBRA: «Charles, la resistencia»

Por Miguel Fauré P.

#Sócrates #DeFrente

 

 

Charles es el silencio. Compa apagado, tímido, el que escabulle los flashes y gambetea las portadas en papel couché. Tosco, bruto, esencialmente triste. El que tras la faena en la constru, escabulle el pique a la chela grupal y se cuelga a la micro para ver a sus cabros chicos. Todos conocimos a uno así: de pocas palabras, honesto, pa’entro.

 

En 1994, tras el Mundial gringo, murió el fútbol que Charles hace revivir, sin saberlo quizás. Desde entonces, la falopa capitalista penetró más que nunca en las venas del pelotero con opciones de primer equipo. En las gradas se dejaba de oír a Fiskales y «Solybulla», para dar paso a las babas cumbieras pre-reggaeton. A Diego lo destruían por unos pobres gramos a la par que los grandes narcos baleaban al zaguero Andrés Escobar, sólo por mearles las apuestas con un autogolazo. La pichanga se tornó seria.

 

Ese año, Charles aún probaba apuntarle al poste de luz de su calle estrecha, en un rincón de Puente Alto. Esa calle que hoy lleva su nombre. Nueva Esperanza: el club que su propia viejita, Mariana Sandoval, dirigía en los potreros empedrados de High Bridge, vio alucinada el ir y venir inagotable del volante. A la larga, la mayoría de quienes conformaban los onces en los que el pequeño Charles descollaba, hoy están en cana o cortando en grande gracias a los jales. Su hermano, Gilberto Moreno, quiso zafar. Atrevido y pícaro con la pelota, adorado por el encargado de cadetes de la U -César Vaccia- debió despedirse de los pastos azules para asumir una joven paternidad.

«Charly no», se repetía la vieja. Finta mediante, el silencioso pequeño tenía que saber endurecer el cuero para evitar el abismo, la esperanza (aunque nueva) quebrada siempre para el péndex con talento nacido en los suburbios. «Pan frío» (eufemismo para nombrar la marraqueta dura del día anterior) con mortadela jamonada y botella plástica con jugo de sobre, en la mochila hechiza de logos caros tejidos a la clandesta. Charly entrenaría hasta ver puntitos blancos, probaría su aguante contra equipos de la San Gregorio o la Caro. Contusiones tratadas con calorub mula del Dr. Simi, hinchazones de tobillo con las patas sumergidas en baldes con agua tibia y sal. Charly no.

 

De pronto, los comentarios positivos. «Tiene aguante el feo este», «aperrado el pendejo», «no se cansa nunca el Chucky». Cobreloa de filiales, la camiseta alba que no le agrada pero vistió con honestidad, el Quilmes trasandino… y la U. Los colores que siguió escuchando la Sintonía Azul, porque pa’l CDF premium ni cagando alcanzaba. Allí, parco y piola, fue dando lo suyo. Lo de siempre: coraje, sangre, brusquedad. Sampaoli, ojo clínico y cinematográfico, encontró al villano amable para su film épico. Y allí, overol y espada, puñetazo y silencio, fue el Perro Clegane, el Lamponne simulador. El Luca Brassi de cualquier Padrino.

 

Cuando la cuenta bancaria le reventó los ceros imaginables, volvió a su sitio. Sin excesos ni rebeldías adolescentes. Cazuela con ají rojo de feria. la reja del Juventud Puente Alto chirriando un domingo de evangélicos canturreando contra el gramado. El cabro piola, el que se banca las patadas a cara arrugada pero sin llanto, el que no se gasta en peleas pelotudas y mira al frente, sigue jugando como si nada pasara. Porque Charly no. Porque Charles es la resistencia.

 

 

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