«Gramsci, Lenin y nosotros» Por Miguel Silva

Por: Miguel Silva

Los activistas de base… ¿necesitamos una ideología, o ya tenemos una que nos sirve bien?
Veremos.

Gramsci dijo que la ideología, es la “obra maestra política por medio de la cual una determinada clase logra presentar y hacer aceptar las condiciones de su existencia y de su desarrollo de clase como principio universal, como concepción del mundo, como religión… abrazando así, desde las elaboraciones más depuradas hasta otras más simples, y con el objetivo de que se hagan sentido común”. Y que “la ideología es el principal medio para conseguir la hegemonía”.

Sin embargo, los políticos inventan razones que justifican su existencia como ideólogos, aunque todos sabemos que son inútiles, y las organizaciones sociales a veces dicen que no necesitan una ideología “externa” porque confían en sus propias capacidades.

Bueno, sí y no, porque el tema es cómo las organizaciones sociales pueden ganar a todos a su lado, ganar la hegemonía, si muy a menudo no pueden probar que son capaces de hacer grandes cambios porque no tienen el poder en sus manos. Por ende, parece que una ideología es indispensable para ganar su hegemonía. Veremos.

Lenin en su salsa

Este posible vacío entre la práctica y la ideología o teoría, no fue un problema para los bolcheviques ´por la simple razón que su revolución era de los soviets que eran organizaciones que integraban tanto la práctica como la ideología. O mejor dicho, integraban su práctica con una u otra ideología. Por cierto que, cuando nacieron en febrero de 1917, fortalecieron el nuevo gobierno que tomó el lugar de la aristocracia del Zar. Los que apoyaron el gobierno también dirigían a los soviets y casi todos (incluso la gran mayoría de los bolcheviques) pensaban que ese gobierno iba a abrir las puertas a un país nuevo. Apoyaban la ideología del gobierno. Pero, como sabemos, bajo ese gobierno seguía la guerra, la hambruna, la miseria.

Lenin planteó una nueva política – que los soviets tendrían que adoptar otra teoría… “tomar el país en sus propias manos”. “TU PUEDES”-repetía una y otra vez- a los soviet, TU PUEDES. De hecho los soviets tenían el poder en sus manos, pero lo prestaban al gobierno inútil. TU PUEDES – repetía Lenin. TU PUEDES, en vez de regalar el poder a un gobierno inútil, TU PUEDES ustedes mismos, poner fin a la guerra, tomarse los latifundios, crear un nuevo país. TÚ PUEDES ser el nuevo país.

Luego, en el soviet estaba integrada esta nueva teoría, esta nueva ideología y la capacidad de implementar la teoría. Se integraban la ideología y la práctica y como consecuencia se creó una hegemonía popular que trajo la revolución. La teoría nueva se formalizó en la gran obra de “El Estado y la Revolución”.
Esa hegemonía se ganó porque los soviet ya existían como una red de organizaciones base en todo el país, entonces no se creó un vacío entre la teoría o ideología (lo que hay que hacer) y la práctica (lo que podemos hacer). No era necesario crear organización base nueva, sino convencer a esa base que era capaz de ser el futuro.

En fin, los bolcheviques no tenían ni que inventar ni crear una nueva organización social para hacer la revolución, sino integrar una nueva teoría a esa organización. La hegemonía de los trabajadores y campesinos, su capacidad de dirigir a todo el país, llegó a su cúspide cuando los soviets, que ya eran la autoridad en cientos de ciudades, pueblos y regimientos, convencieron a la mayoría de la población que podían hacer lo que las otras clases y su gobierno no podía hacer… poner fin a la guerra, reformar el campo y enfrentar la miseria generalizada.
¡Qué suerte que gozaban los bolcheviques cuando podían “trabajar” con las nuevas organizaciones base para convencerlas que debían aceptar que ellas eran el futuro!

 

Gramsci enfrenta los problemas

Gramsci y su sector de socialistas en Italia dos años después de la revolución de 1917, no gozaban de tanta suerte como los bolcheviques. Podían trabajar con los “consejos” en las fábricas de la industria metal-mecánica de las ciudades del norte de Italia y eran muy activos durante las masivas tomas de fábricas en 1920. Pero ese movimiento no existía en los campos del sur del país. Es más, la mayoría de los sectores de su propio partido, el PSI, no ayudaban a fortalecer la rebeldía en las fábricas en ese año.
Por estas dos razones, Gramsci no tenía cómo seguir el ejemplo de los bolcheviques y dirigirse a organizaciones sociales de base poderosas que ya existían alrededor del país y decir “TU PUEDES”.
¿A quiénes iba a dirigirse en los campos y ciudades del sur del país, y junto con quienes iba a hacer la obra revolucionaria?

Una vez encarcelado en 1927, después de haber dirigido el PC Italiano por dos años desde 1924, intentó teorizar su experiencia de la revolución, la experiencia propia de la falta de un partido confiable durante el “otoño rojo” de las fábricas en 1920 y la experiencia propia de la falta de organización social base en todo el país. Su teoría se solidificó en una serie de ideas que nos pueden ayudar…
Antes de lanzarse a una revolución (en acciones de “movimiento”), las clases subalternas deben convencer a la mayoría de la población (con acciones de “posición”) que son capaces de mandar el país. Los activistas intelectuales (u “orgánicos”) en un partido revolucionario son importantes en esa obra porque los múltiples brazos del Estado en el sistema judicial, en la prensa, en la cultura trabajan cada día para convencer al pueblo que una revolución no es ni necesaria ni posible. Por el otro lado, ese partido de revolucionarios lleva las actividades espontáneas de las bases sociales al más alto nivel posible de organización y conciencia revolucionaria.

En fin, Gramsci teorizó lo que había visto… la posible escisión, pero indispensable integración, entre la ideología y la práctica. Teorizar las dificultades de hacer una revolución en condiciones de división social.
Lenin, por su parte, teorizó la posibilidad de una revolución hecha por organizaciones sociales activas ya existentes.

 

Gramsci, Lenin y nosotros

¿Por qué tantas palabras sobre lo que pasó en países lejanos hace un siglo?
Porque hoy en Chile también tenemos que crear una hegemonía. O mejor dicho, que los trabajadores y sus aliados tienen que crear su hegemonía, convencer a todos que son capaces de crear pensiones, salud, educación y sueldos dignos cuando los varios sectores de la clase capitalista han probado que NO son capaces de crear una vida digna.

La clase dominante ha probado que no puede crear pensiones dignas, entonces ha perdido la hegemonía sobre esa parte de la vida. Pero la clase trabajadora no tiene CÓMO probar que es capaz de crear una jubilación digna, porque no tiene control sobre el sistema de pensiones.
Es decir, los trabajadores y sus aliados NO TIENEN CÓMO probar que tienen la capacidad de crear los cambios, hoy, porque no están encargados del país. Por ende, necesitan una teoría, una ideología, que describa y explique las incapacidades de la clase dominante y las capacidades propias. Esa ideología se instala con éxitos (relativamente pequeños) por las clases “subalternas”, los fracasos grandes de la clase dominante y debates y peleas “políticas” entre las clases, entre las ideologías.

Cierto que no hay revolución sin ideología (o sin teoría, como dice Lenin y llamó a esa teoría el Marxismo revolucionario), pero tampoco hay revolución sin éxitos en la lucha sobre sueldos, vivienda, acceso al agua, represión en la Araucanía que prueban que una nueva clase y sus aliados son capaces de ganar lo que pueden ganar hoy, y por ende puede ser una mejor opción que los que mandan actualmente.

Es en ese sentido que estamos mucho más cerca a la situación que enfrentaba y teorizó Gramsci entonces, que el escenario que Lenin enfrentó cuando convenció a los Soviets que “PUEDEN”.
Hoy día, hay más organización base que antes del gran Octubre, pero no podemos hablar de una red nacional de organización social potente que controla sus “territorios” en sus lugares de trabajo y barrios. Por ende, tenemos que aprender cómo crear esa base e integrarla con una gran ideología, el marxismo.

Músico, abogado y defrentista. Vive en Peñalolén, Santiago.

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