Hoy más que nunca… ¡todo el poder a las asambleas! Sobre el Encuentro de la CAT y el futuro asambleario

Por Colectivo Caracol

 

1. La llegada a la EAO

La puerta de la vieja Escuela de Artes y Oficios (EAO) de la USACH y sus dos filas de personas esperando para inscribirse indicaban que la jornada era, al menos en asistencia, un éxito. Algo predecible si es que consideramos que en el Chile post 18 de octubre muchos imposibles se volvieron posibles, pero con la dificultad de que la convocatoria de la CAT (Coordinadora de Asambleas Territoriales de Santiago) se realizaba a un conjunto indeterminado de asambleas, de origen reciente, de difícil cartografía y en constante movimiento.

 

Si bien la cifra oficial de participantes aún no se da a conocer, la organización estimó la asistencia en más de mil voceros/as o representantes de 164 asambleas (con, al menos, 24 asambleas que llegaron desde fuera de Santiago). Es decir, más de un centenar de organizaciones sociales y populares nuevas, hijas de la rebelión popular que nació el 18 de octubre.

 

2. Las asambleas como expresión de poder popular

Las asambleas territoriales nacidas en este contexto son la manifestación asociativa y organizativa más relevante de este período y responden a las características propias de la rebelión popular en curso. A fin de cuentas, el “octubre chileno” ha sido un proceso de protesta popular fundamentalmente urbana que comienza en Santiago y que se extiende y ramifica luego por las principales ciudades del país. Una protesta que generó un clima de ingobernabilidad nunca visto en la postdictadura (solo asimilable al período de las Jornadas de Protesta Nacional que se dieron entre 1983 y 1986 contra la dictadura civil-militar de Pinochet) y que si bien tuvo y tiene en la ocupación de la Plaza de la Dignidad (ex Plaza Italia) y de las plazas centrales de otras ciudades su postal más característica, es un proceso que se alimenta de centenares de acciones simultáneas que se están dando en cada plaza o esquina principal de barrios y poblaciones, muchas de ellas lejos del centro y del palacio de gobierno (donde destaca la heroica resistencia de la población Bonilla, en Antofagasta, o Pudahuel Sur y Lo Hermida, en Santiago).

 

Esos otros rincones periféricos fueron la cuna de estas organizaciones, que nacieron autoconvocadas, buscando agrupar en un lugar específico y simbólico, en cada territorio, a los vecinos y vecinas que se encontraban en el día organizando cabildos o pegando propaganda, y cada noche tocando cacerolas y levantando barricadas. Por ello su diversidad en el bautismo: asambleas territoriales, cabildos, trawûn o esquinas. Por ello, su unidad en la acción: diálogo y deliberación sin jerarquías, autoeducación y protesta local.

 

Con todo, las asambleas territoriales son la expresión popular urbana más concreta de “poder popular local”: espacios donde vecinas y vecinos se agrupan para resolver, por mano propia y colectiva, sus problemáticas urgentes y sus sueños compartidos. Con la vista en lo nacional, pero con los pies bien clavados en la realidad local.

 

 

 

3. Un encuentro con sabor a educación popular

A pesar de lo anterior, sería un error decir que el fenómeno asambleario es algo nuevo: a fin de cuentas, en el Chile de abajo, esta forma organizativa ya está legitimada y se ocupa hace un buen rato. Frente a la creciente crisis de representatividad de la clase política civil, que crece a pasos agigantados y sin detenerse desde el primer día de la transición a la democracia, y la posterior crisis de legitimidad de su modelo de democracia representativa, las organizaciones sociales y populares comenzaron a utilizar formas de democracia directa que hoy son la base de parte considerable de las organizaciones estudiantiles, medioambientales, feministas y territoriales. De hecho, importantes procesos de levantamientos regionales (como el de Magallanes el 2011 o el de Aysén en el 2012) se hicieron bajo esta forma organizativa. Método que, como era de esperar, es resistido por las militancias político-partidistas (incluidas algunas que se dicen de izquierda).

 

De igual forma, las prácticas de educación popular tampoco son una novedad en estos espacios asamblearios. Parte importante de estas asambleas se han transformado en instancias autoeducativas donde se comparten y producen saberes en función de las necesidades que van surgiendo cotidianamente. Por ello, no es de extrañar que la mayoría tenga comisiones de educación y que, en otras, éstas reciban el nombre de “Comisión de Educación Popular”. De hecho, la misma CAT, que agrupa hoy a cerca de cuarenta asambleas. tiene entre sus principios fundadores el de la Educación Popular como eje rector de su práctica.

 

Por eso, no fue extraño que una sección importante del gran encuentro del 18 de enero se enfocara en hacer un ejercicio propio de la Educación Popular (donde, como Caracol, aportamos nuestro granito de arena): un gran diagnóstico participativo. En él setecientas asamblearias y asamblearios distribuidos en más de veinte salas de la universidad, definieron, analizaron y sintetizaron los objetivos más importantes que las asambleas tienen para este 2020 teniendo a la vista cuatro áreas fundamentales: la coyuntura constituyente, la “agenda social” o pliego de demandas populares, la violación a los DDHH por parte del gobierno; y la construcción de poder territorial. Un ejercicio de diálogo y trabajo en grupos donde todas las voces fueron escuchadas y sus opiniones analizadas por los grupos de trabajo sin excluir ninguna, y que está ahora en proceso de sistematización.

 

Este espacio, altamente valorado por las y los participantes, es una confirmación importante de que las metodologías participativas son una propuesta política fundamental para la construcción de poder popular. Ya sea porque permiten experimentar -o pasar por el cuerpo, como decimos en Caracol- algunos principios clave como es el protagonismo popular (un espacio donde todos y todas participan y nadie se esconde en la comodidad del silencio), o porque se vuelve la instancia donde ensayamos el análisis colectivo de la realidad y la construcción de acuerdos “desde abajo”, sin imposiciones. Así, vamos desmontando la idea -y la práctica- en la que la asamblea es ese espacio donde nos sentamos en círculo pero donde solo unos pocos (casi siempre los “hombres que hablan más fuerte”) monopolizan la palabra; y, entonces, vamos reconstruyendo una forma asamblearia donde el poder -como coerción- se diluye y el poder -como capacidad colectiva- crece.

 

 

 

4. Las proyecciones asamblearias y el aporte de la educación popular

Como Caracol, creemos que es necesario apostar por la multiplicación y el fortalecimiento de las asambleas territoriales. Las razones son muchas, pero queremos destacar dos. La primera es que esta expresión organizativa nació y creció con la rapidez que estamos viendo ya que ha sabido responder a una necesidad concreta: agrupar y vincular territorialmente a sectores de nuestro pueblo que no estaban encontrando cabida en otras formas organizativas. Y, segundo, porque lo territorial es un espacio privilegiado para la “prefiguración”.

 

Esta palabra, muy usada en la educación popular de hoy, refiere a la capacidad de construir “en micro” aquello que queremos “en macro”. Dicho de otra forma, es el lugar donde creamos en el aquí y en el ahora el futuro que queremos. En ese sentido, la potencia de las asambleas es que han permitido ser laboratorios de la vida nueva, del buen vivir. Lugares donde la palabra y la comida se comparte, donde las decisiones se toman comunitariamente en base a necesidades colectivas y no a aspiraciones individuales, donde la presencia y la palabra del otro y la otra es escuchada y valorada, donde la cultura popular se expresa libremente y las relaciones entre las personas se construyen desde la empatía y la solidaridad, fuera de las garras del mercado. Podríamos seguir, pero se entiende la idea. Sin intentar “endiosar” el ejercicio asambleario, porque sabemos que aún hay muchas prácticas y constumbres que debemos ser capaces de identificar y transformar, estos son experimentos en micro, territorializados, de una nueva realidad que ahora queremos para todo el país.

 

Por ello, el desafío de la educación popular, de las y los educadores populares y de Caracol en particular es claro en este punto: hay que salir a apañar estos procesos. Ya sea formando a nuevas educadoras y educadores populares, aportando con metodologías participativas para los trabajos asamblearios o fortaleciendo los procesos autoeducativos que se realizan en cada una.

 

Los saberes que necesitamos aprender para lograr la victoria popular en esta vuelta aparecen en cada asamblea. Es nuestro deber, si es queremos hacernos cargo de la dimensión educativa del movimiento popular, recoger esa demanda y facilitar las condiciones para su producción y socialización. Bonito desafío, ¿no?

 

Por mientras, la CAT seguramente aumentará exponencialmente sus asambleas participantes y el Encuentro Nacional de Asambleas -que apareció como necesidad y comenzó a organizarse ese mismo 18 de enero- será prontamente realidad.

 

Por eso, ¡a levantar dos, tres… mil asambleas territoriales por todo Chile! ¡Ahora es cuando!

 

Corresponsal para Revista De Frente

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