Karina Nohales, CF8M: “China es un país capitalista y una potencia imperialista”.

Segunda entrega de la entrevista realizada a Karina Nohales del comité internacionalista de la CF8M. En esta parte nos comenta sobre el ascenso chino y su disputa con EEUU, los fascismos, las economías populares y la revuelta norteamericana ante el caracter racial de la violencia policial en Estados Unidos.

 

#NV: Con el transcurso de la pandemia ¿Se ha debilitado el rol de los EEUU y ha aumenta el poder y la influencia China? Si lo creyeran así ¿Qué posibilidades y problemas trae eso para América Latina y Chile en particular? ¿Son lo mismo?

#KN: EE.UU. sigue siendo la mayor potencia económica y militar del mundo, no hay ningún país que le haga sombra a su poderío. La desaparición de los llamados socialismos realmente existentes a fines del siglo XX hizo pensar a muchos que EE.UU. se erigiría como una suerte de monopolio imperialista omnímodo, pero lo cierto es que de esta desintegración resultó la emergencia de otras potencias imperialistas, una de ellas China. 

China es un país capitalista cuyo “milagro económico” se explica por la combinación entre la superexplotación -en algunos casos en condiciones de semiesclavitud- de la muy numerosa clase trabajadora de ese país y la existencia de un régimen altamente autoritario. EE.UU. está teniendo a nivel interno problemas más graves que China, pero parece improbable que esto y la sola expansión comercial de China sean por sí solos fenómenos suficientes para dar vuelta el tablero del dominio imperialista en nuestra región. La posibilidad de que China emprenda un camino más ofensivo para su expansión sigue siendo una interrogante; depende en parte de lo que haga EE.UU. y en parte de la forma en que se salden las diferencias que existen en el seno mismo del PCCH sobre los pasos a seguir.

América Latina y dentro de ella Chile, se han fisonomizado a partir del dominio imperialista de potencias diferentes. Primero Europa, luego EE.UU. Si tuviéramos que ponernos en el caso de que en el futuro este rol lo juegue China, la verdad es que las formas de dominación difícilmente podrían pensarse menos gravosas y las tareas políticas de nuestros pueblos seguirían siendo en lo medular las mismas; sostener lo contrario sería desatender nuestra historia. Una política anti imperialista no supone pensar qué imperialismo puede ser más o menos peor, sino más bien defender una perspectiva internacionalista que deposite el apoyo y la esperanza de nuestro propio futuro en la posibilidad emancipatoria de las clases explotadas de esos países imperialistas.

 

#NV: En América Latina el manejo de la pandemia por parte de los gobiernos autoritarios y neoliberales ha sido un fracaso. Esto los ha debilitado bastante, sin embargo, tienen a un grupo no menor de extremistas que están dispuestos a defender con armas su normalidad y aun estando en debilidad pueden hacer golpes de estado como en Bolivia. ¿Cómo se enfrenta a estos grupos fascistas? ¿Es posible pensar en un nuevo ciclo de gobiernos progresistas para américa latina?

#KN: La elección de Bolsonaro a fines de 2018 fue un hecho importante para nosotras. A partir de entonces caracterizamos que en este periodo político estamos ante un vértice histórico que nos coloca ante la posibilidad de una administración cada vez más reaccionaria de lo que existe, con todo lo que ello implica especialmente para las mujeres, disidencias, personas racializadas y los territorios, o la posibilidad de articular otro proyecto de vida posible construido por y desde los pueblos. Nos hemos dicho que para enfrentar el fascismo es necesario atacar las condiciones que hacen posible su emergencia y su apoyo por parte de sectores populares. Identificamos como una de esas condiciones la precarización de la vida, en la medida que uno de sus efectos ha sido la importante fragmentación al interior de la clase trabajadora y los pueblos, instalando la competencia entre unos sectores y otros. 

Esto, que hemos llamado la guerra de pobres contra pobres o de los penúltimos contra los últimos, es la tierra fértil para el desarrollo del fascismo. Ante la soledad que genera el despojo neoliberal, levantamos la necesidad de encontrarnos, de disputar las propuestas comunitarias en clave reaccionaria que muchas veces proporcionan los sectores fundamentalistas y oponer nuestras propias propuestas comunitarias desde el campo popular. Es una tarea difícil que intentamos recoger en nuestro Programa Feminista Contra la Precarización de la Vida y, con más fuerzas, a partir de las experiencias comunitarias y redes feministas de subsistencia que se han multiplicado a partir del impacto económico de la actual crisis.

Junto a ello, es importante no conceder ningún espacio para las ideas de estos sectores y una trinchera fundamental en este sentido es la de la memoria, la de la denuncia del terrorismo de Estado y la lucha contra la impunidad. Recordemos que antes del 18/O la extrema derecha en Chile estaba desplegando una ofensiva negacionista de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura, relato insostenible a partir de lo que se abre en octubre. Uno de los esfuerzos centrales del trabajo de la CF8M se ha concentrado en esto. Este 8M y 9M salimos millones a las calles exigiendo la salida de este gobierno criminal y el fin de terrorismo de Estado. En este sentido hemos rechazado también el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución por  contener una agenda de criminalización a los y las que luchan y por el marco de impunidad que brinda a Piñera y los personeros uniformados y civiles responsables de los asesinatos, mutilaciones oculares y violencia política sexual cometidos contra nuestros pueblos desde octubre. Nos parece sencillamente imposible pensar que un proceso constituyente favorable a los pueblos tenga lugar en un contexto de terrorismo de Estado. 

Finalmente, sobre la posibilidad de un nuevo ciclo progresista en América Latina, es difícil estabilizar una tendencia unívoca. En un lapso breve de tiempo un gobierno aparentemente estable como el de Evo Morales es desplomado por derecha sorpresivamente de un momento a otro, una derecha neoliberal gana las elecciones en Uruguay, el kirchnerismo vuelve al poder en una Argentina en que persiste un importante apoyo electoral al macrismo, el neofascismo llega al poder en un Brasil que sigue en disputa, y AMLO gana las elecciones en México. Todo ello sucede al pulso de importantes y explosivas irrupciones populares, como en Haití, Ecuador y Chile. En síntesis, el escenario está abierto. En lo local, el 18/O actualiza la necesidad de una balance, en nuestra opinión crítico, sobre el anterior ciclo progresista del que este país quedó al margen. 

 

#NV: En los aspectos económicos ya se están viendo los efectos de la crisis. Y eso ha dado paso a la proliferación de un sinnúmero de organizaciones populares que buscan combatir, sin la tutela del estado, las precariedades que produce. Ollas comunes, cooperativas de consumo, de trabajo, entre otras. ¿Qué importancia le asignan y hacia dónde creen que debería apuntar?

#KN: La pandemia está teniendo un impacto económico devastador para amplios sectores de la población no como consecuencia de la pandemia misma, sino de las políticas neoliberales sostenidas por más de tres décadas y por las medidas adoptadas por el gobierno y el parlamento ante la contingencia. Una vez más se ha privilegiado la ganancia por sobre la salud y la vida. Junto a la destrucción de puestos de trabajo formales, la suspensión del pago de remuneraciones y la imposibilidad de ejercer actividades económicas informales, está en curso una crisis de los cuidados que acusa como insostenible toda la actual organización social del trabajo. Es urgente reorganizarla radicalmente, poniendo la vida y el equilibrio ecosistémico en el centro.

Los pueblos tenemos la capacidad y la disposición de llevar a cabo una reorganización de este tipo. Ante el hambre todo el discurso neoliberal de que cada quien se rasque con sus propias uñas se desploma y la actividad popular abre paso a múltiples formas de solidaridad y redes colectivas para sostener algunas de las necesidades comunes. Menos mal antes de la pandemia hemos tenido la revuelta y gracias a ella las asambleas territoriales y otros espacios de organización que han reforzado previamente el tejido social. Sin la revuelta las cosas estarían siendo aún más difíciles.

 

Estas formas de organización popular tienen la mayor importancia, por varias razones. Son hoy para algunas personas la posibilidad de alimentarse; dan cuenta de la interdependencia que unas personas tenemos con otras y la necesidad de economías colectivamente organizadas; ponen en evidencia aquellos trabajos que sostienen la vida, aquellos trabajos que no pueden cesar y sobre los que al final del día descansa nuestra posibilidad directa de existir. Todo ello habilita la reflexión acerca del abismo que separa a la economía capitalista de las necesidades humanas más elementales, tanto por el no-lugar que muchos de estos trabajos ocupan en la economía formal, por no estar reconocidos como tales, como por las condiciones precarias y subvaloradas en que se realizan cuando se ejercen de manera remunerada. Y hablamos precisamente de trabajos altamente feminizados.

Nosotras hemos desarrollado un programa cuya perspectiva es fortalecer las redes de cuidado comunitarias, socializar los tiempos de trabajo dedicados a estas tareas vitales y sostener colectivamente las actividades que nos permiten existir. Estas experiencias de organización popular dan cuenta que una organización social de este tipo es perfectamente posible, lo que hoy vemos son prácticas prefigurativas de aquello que deseamos; sin embargo en el contexto actual están determinadas por la precariedad. Para que estas perspectivas que defendemos puedan existir establemente no basta con socializar la precariedad; es necesario tocar a los ricos y su riqueza, surgida de la expropiación de nuestro trabajo y de la explotación de la tierra. 

 

 

#NV: Finalmente, sobre lo que pasa en EEUU. ¿Qué significa para el resto del mundo que en el corazón del imperio se está levantando una crisis de esas características? 

#KN: La economía estadounidense y su potencia se desarrolló históricamente en base al esclavismo y esta revuelta da cuenta de que el deseo esclavista de los poderosos sigue estando en el centro de la forma en que se organiza el hipócritamente autodenominado “país más libre del mundo”. Un inmensa mayoría de la población negra es literalmente excluida de toda forma de participación política y social a través de una ingeniería social siniestra que encarcela, que expropia y que execra finalmente a las y los afronorteamericanos del metabolismo democrático. Esta es la democracia del país que exporta “democracia”, en forma de guerra, de invasión, de golpes de Estado, a numerosos países pobres del mundo. 

La brutalidad policial contra la población negra ha sido una de las formas necropolíticas de gestionar el funcionamiento social en ese país y hoy, como tantas veces antes, las y los afronorteamericanos han dicho nuevamente basta, las vidas negras importan, y muchas personas no negras les apoyan. Esta batalla, que sitúa el derecho de vivir al centro, constituye el más importante levantamiento de masas en cincuenta años en Estados Unidos y una vez más proviene de los sectores más oprimidos de la sociedad. Desde el punto de vista programático, se han levantado perspectivas que reclaman la desmilitarización de las policías y el desfinanciamiento de las mismas para destinar aquellos cuantiosos recursos a sostener políticas sociales, de salud y de seguridad controladas por las comunidades de cada territorio. Estas son perspectivas que bien tendríamos que abrazar todo los pueblos del mundo, y que de hecho resuenan en el contexto de Chile en que uno de los temas fundamentales que quedó planteado después de la revuelta de octubre es la necesidad de abolir, desmilitarizar y refundar la institución de Carabineros, y de dar respuestas no policiales a las necesidades sociales. 

Esta revuelta tiene trascendencia mundial no sólo porque suceda en Estados Unidos, Estado que proyecta su sombra en tanto lugares del planeta; y no sólo porque esté suscitando una respuesta global de apoyo y de solidaridad; sino sobre todo porque impugna al racismo y revela hasta qué punto el sistema se sostiene sobre él. Esta revuelta nos enrostra una dimensión política fundamental, imposible de esquivar, y sin embargo tantas veces esquivada que interpela a las sociedades latinoamericanas, racistas; a las izquierdas, también racistas; a los feminismos, también racistas. Esta revuelta es lección y desafío. Ninguna emancipación ni sociedad que podamos soñar puede subordinar esta cuestión ni desplazar a sus protagonistas. Estos acontecimientos nos llaman a situar la necesidad de una política antirracista en el corazón de las lecturas, programas y ejercicios, y al mismo tiempo nos ha llevado a repensar los crímenes, la violencia institucional y todas las violencias cotidianas no institucionales que diariamente tienen lugar contra personas negras y racializadas en Chile, como ocurre con el pueblo mapuche, con los y las afrochilenas y con las personas migrantes. RDF

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