La Casa de Papel: las razones de un fenómeno

Por Miguel Fauré Polloni

 

Imaginen un partido de fútbol, en un Mundial. Se enfrentan Brasil y Camerún. Sabemos que lo más probable es que se impongan los sudamericanos. Pero, más allá de eso,  ¿quién les gustaría que ganase? La mayoría diría Camerún. Porque en situaciones así, cara a cara, la gente termina apoyando al más débil, al inminente perdedor. Los integrantes de la banda de asaltantes de La casa de papel son Camerún.

 

La analogía que les acabo de señalar aparece en un momento de la serie y da cuenta de la impronta política que ésta tiene. No se trata de un simple atraco a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. La “casa de papel” es un centro neurálgico del modelo económico. Y ofrece la simbología perfecta para la reivindicación que el líder de la banda, el “profesor” Sergio Marquina, quiere levantar. Porque no le robará a nadie, sino que creará su propio dinero.

 

 

Es el mismo profesor quien hace una analogía con las burdas “inyecciones de liquidez” que se le hicieron a los bancos españoles, generando dinero desde la nada que dio a parar en los bolsillos de los más ricos. Pues bien, ésta será una inyección de liquidez para quienes ya lo han perdido todo.

 

El argumento básico de la serie es la de una banda criminal compuesta por mujeres y hombres con un prontuario que no les deja futuro alguno. Para ellos, es el último golpe que podrían dar en sus vidas. Sí, la cita implícita es a Perros de la calle, la ópera prima de Tarantino. Pero se le añade una dosis de agitación ideológica que la película no tiene y que va más allá de la presencia del bello himno libertario Bella Ciao.

 

La producción de Atresmedia y Vancouver Media ha sido un éxito no sólo dentro de las fronteras hispanas. A tres meses de emitir su último capítulo (son dos temporadas, una de 9 y otra de 6 episodios, la segunda aún sin aparecer en Netflix), La casa de papel es un fenómeno en redes sociales a nivel global. Por eso no fue extraño ver hasta en el Carnaval de Río a sujetos ataviados con los mamelucos rojos y las máscaras con el rostro de Dalí que la banda empleaba.

 

¿De dónde viene la fascinación por la serie? El guión es sólido, no deja respiro posible, por eso es que está dentro de las series con más registro de “maratones”. No se puede ver un solo episodio, atrapa. Por otra parte, la construcción del personaje central, el profesor, es impecable. Para quienes crecimos viendo Los Simuladores, hallaremos cierta semejanza entre el líder de la banda y Mario Santos, estratega de la serie trasandina: intelectuales, fríos, con un padre que les marca el camino que reivindica actuar fuera de la ley, entendiendo que lo legal no es siempre lo legítimo.

 

Si se decide a verla, asegúrese una larga jornada sin interrupciones. Valdrá la pena tal maratón. La que es, para algunos críticos y gran parte del público, la mejor serie española de la Historia, amerita un buen paréntesis. Que gane Camerún.

 

#DeFrente

 

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