La condena a Lula y la disputa por un nuevo ciclo estatal en Brasil III

Revista De Frente, presenta el tercer artículo de João Telésforo, donde analiza las condiciones sociales y políticas que posibilitaron el golpe de Estado en Brasil y la condena al Ex Presidente Lula Da Silva.

Ver parte I: La condena a Lula y la disputa por un nuevo ciclo estatal en Brasil I

Ver parte II: La condena a Lula y la disputa por un nuevo ciclo estatal en Brasil II

 

Por João Telésforo

Momento populista

Junio abrió un momento populista en la política brasileña. El malestar con el sistema político no es canalizado por ningún campo de fuerzas orgánicamente articuladas, con condiciones de empujar la institución de otra estatalidad. Sin que un actor establecido logre captar esa aspiración social de cambio más profundo, hay más espacio para las luchas sociales (por eso, se agiganta el brazo punitivo del Estado, contra ellos), pero igualmente para discursos que busquen expresar y politizar el descontento y la rabia con el establishment, disputando sus sentidos. Ese discurso se expresa también mediante imágenes y, particularmente, liderazgos, personas que de alguna manera consigan representarle, al condensar un relato y de alguna manera atraer a los afectos que circulan contra el sistema.

Como explicaba Leo Lince en un texto de agosto de 2013 – “Irrupción, fin de ciclo e interregno”, una precoz y lúcida interpretación de aquel Junio, con base en categorías analíticas de Antonio Gramsci y Henri Lefebvre –, “el interregno es el tiempo de la falencia histórica de un ciclo de la política, de un modelo, de un sistema hasta entonces dominantes. Pero es también el tiempo de la inexistencia de nexos que articulen (proyecto alternativo) los diferentes polos de condensación de los conflictos y de las culturas críticas al modelo que agoniza. Son ocasiones, según Gramsci, propicias al aparecimiento de ‘síntomas mórbidos, fenómenos raros, creaturas monstruosas’. Habitado por bifurcaciones inesperadas y multiplicidades de cursos posibles, él es, por excelencia, el territorio del imponderable, simultáneamente fascinante y asombroso. Simulacro de caos, lleno de trampas. Un tiempo intenso, electrificado y peligroso”.

Una evidencia del momento populista, en Brasil, es la impresionante popularidad de uno de esos “monstruos”: Jair Bolsonaro, que tuvo impresionantes 464 mil votos al reelegirse Diputado Federal en 2014 (el más votado de Río de Janeiro), es un fenómeno entre sectores de la juventud, en las redes sociales, y el según lugar en las encuestas presidenciales, con 15 a 18% de las intenciones de votos – sin tener el apoyo orgánico de ninguna fracción de la clase dominante (ni mucho menos de las populares), ningún partido importante, ni tampoco de los grandes medios de prensa. En las décadas de 1990 e 2000, ese militar ultraderechista – que defiende no solamente la dictadura de 1964-1985, sino que también hace abierta apología de la tortura, y considera que “el policía que no mata no es policía” – era un Diputado con las mismas opiniones extremistas, pero irrelevante. Eso solamente pudo cambiar cuando la creencia en las instituciones y los grandes partidos derritió: el personaje agresivo, tosco e irreverente de Bolsonaro ganó destaque, con el mismo discurso de siempre, de odio a la izquierda, el PT, los defensores de los derechos humanos (que serían un obstáculo a una seguridad pública eficiente) y los movimientos sociales – “vagabundos” (sin tierras, sin techos) o contrarios a “los valores de la familia” (feministas, militancia LGBT).

La abertura al populismo tiene sus límites. Existe una fenda importante, pero el bloque dominante todavía cuenta con instrumentos poderosos de fabricación de adhesión, aún que movida por el miedo o el desencantamiento pasivo. Ese límite a una alternativa que meta la pata en el tablero parece mayor en la izquierda, porque amplios sectores del pueblo mantienen viva la esperanza de recomponer la experiencia del gobierno Lula, que les posibilitó una vida mejor, aunque con todos sus límites y contradicciones. Esa recomposición no parece posible, ante la ofensiva respuesta de la clase dominante a la crisis de acumulación del capital. Lula y la derecha seguramente no son lo mismo, el antipetismo es una fuerza regresiva en Brasil, pero el enfrentamiento al golpe y la construcción de una alternativa emancipadora a la crisis exigen ir más allá del actual anquilosamiento del campo político liderado por el PT – lo que no significa que este no conserve fuerza relevante.

Solamente el entramado y la ampliación de luchas sociales que nacen de las contradicciones vivas del capitalismo dependiente brasileño, amalgamadas de modo a producir instituciones del común, o un proceso social constituyente, podrán imaginar y avanzar en la condensación de un nuevo modelo económico-político. No se construye un bloque político y social con tal vocación simplemente desde el populismo, mediante la fabricación de un relato, un programa, un(a) vocero(a) y un método para aglutinar ciudadanos(as) que se identifiquen a su discurso. Pero tampoco se puede esperar el acúmulo linear de luchas; hay que aprovechar la brecha populista, y utilizar esas armas, en las elecciones y fuera de ellas, para disputar el sentido común y potencializar el proceso de aglutinamiento y emergencia del campo político. Si no lo hacemos, vamos a marginarnos de la disputa que está abierta por la construcción de un nuevo ciclo estatal, en Brasil.

El Frente Pueblo Sin Miedo y la emergencia de un nuevo campo político popular

Junio de 2013 tuvo inicio como una revuelta contra el aumento de las tarifas, según una forma que se venía experimentando en diversas ciudades brasileñas había una década. Ese acúmulo de luchas generó y fue potencializado por el Movimiento Pase Libre (MPL), que se organizó en el comienzo del milenio, en distintas ciudades de Brasil, según una concepción autonomista, inspirado en los principios, el imaginario y las prácticas de experiencias como la del levante indígena zapatista, en México, a partir de 1994, o las protestas altermundialistas de Seattle, en 1999. La acción directa, la horizontalidad, el apartidismo, el federalismo y la independencia ante gobiernos y empresas fueron algunos de los principios organizativos adoptados por el MPL para asegurar su autonomía, algo importante no simplemente para mantener su combatividad, sino que el fortalecimiento de su capacidad de lectura creativa de la realidad a partir del debate entre sus integrantes, sin la reproducción de las líneas emanadas desde los partidos, que muchas veces padecían del anquilosamiento ya referido. El MPL comprendió mucho antes que los partidos de izquierda, en Brasil, la creciente centralidad de las contradicciones de las grandes ciudades, en el actual régimen de acumulación capitalista, y la importancia de la lucha por el derecho a la movilidad urbana, en ese contexto. Así, la “tarifa zero” –la gratuidad del transporte público– pasó a ser tempranamente la gran bandera de lucha por la movilidad como derecho, y no mercancía; la revuelta urbana contra el aumento de las tarifas, de la que el movimiento nació, fue la principal táctica de movilización por ella.

El gran éxito de la apuesta del MPL por la revuelta urbana llevó también a sus límites, como escribieron dos de sus militantes en uno de los mejores textos sobre el levante de 2013. El movimiento catalizó un estallido generalizado de indignación y acción directa, pero no tuvo la capacidad de servir de herramienta de auto-organización de las multitudes de abajo que se sumaron con fervor a la revuelta. La propuesta de los dos militantes, en esa reflexión en 2014, era superar la centralidad de la táctica de la revuelta, y expandir la organización territorial de la lucha por el transporte, enraizándola en el cotidiano de las periferias urbanas. El MPL renunció, sin embargo, a constituirse como referente (o empujar otro referente para eso) para incidir en la disputa del momento populista, aunque fuera, probablemente, el grupo más bien posicionado para hacerle, en Junio de 2013. La estrategia del movimiento no pasa por allí.

El Movimiento de los Trabajadores Sin Techo (MTST) prioriza precisamente, desde su fundación en 1997, la organización territorial del pueblo en las periferias metropolitanas, mediante la táctica de acción directa de la ocupación de grandes terrenos ociosos, que no cumplen la obligación constitucional de la función social de la propiedad. Desde 2013, las ocupaciones del movimiento se multiplicaron en ritmo acelerado, reflejando la crisis urbana y la disposición para la lucha de esa nueva generación de la clase trabajadora – el perfil de los participantes en las ocupaciones rejuveneció, en los últimos años, además de permanecer con una presencia mayoritaria de mujeres, como muestran las investigaciones militantes de la antropóloga Alana Moraes.

Con la autoridad de haberse tornado el mayor movimiento social urbano del país, el MTST estuvo en el centro de la fundación del Frente Pueblo Sin Miedo, en el comienzo de 2015, con las tareas inmediatas de articular la más amplia resistencia al golpe que ya se anunciaba, pero también al ajuste fiscal draconiano impuesto por el según gobierno Dilma Rousseff (y que, incluso, la fragilizó para enfrentar el impeachment). Pero la aspiración del Frente era más ambiciosa: la de empezar a hacer cuajar un nuevo campo político en Brasil, con la vocación de ser un instrumento de poder de las clases populares y los grupos oprimidos, en su lucha emancipadora. El Frente consiste en un esfuerzo inicial por instituir un campo de fuerzas alternativo a aquel liderado por el PT; no orientado por el antipetismo, pero como expresión autónoma de una estrategia distinta, que emerge bajo el liderazgo de las prácticas de lucha y organización que expresan justamente las contradicciones (también en su positividad) del “neodesarrolismo” lulista. Para eso, el desafío es el de conectarse profundamente a los diversos movimientos con creciente dinamismo en la actual coyuntura brasileña, como el de estudiantes secundarios (que produjo un increíble conjunto de tomas de más de mil escuelas en 2016) y las luchas de mujeres y negros, que florece en nuevos circuitos de organización, de las periferias a las universidades.

El año pasado, el Frente Pueblo Sin Miedo generó un proceso de elaboración participativa de un programa, la plataforma “¡Vamos!”, para que esa estrategia pueda materializarse en un proyecto de país a ser presentado a la ciudadanía. Se elaboró un documento con importantes directrices iniciales, y el debate tendrá continuidad en los próximos meses.

El Partido Socialismo y Libertad (PSOL), partido que participa del Frente Pueblo Sin Miedo desde su inicio, invitó Guilherme Boulos, vocero del MTST, para ser su candidato a la Presidencia de la República en este año. El partido nació de un quiebre de un pequeño sector del PT en el primer gobierno Lula, hizo oposición de izquierda a su gobierno y al de Dilma, pero participó, con firmeza, de la oposición al impeachment y al programa golpista. Esa trayectoria política volvió natural la aproximación con el movimiento sin techo, profundizada desde 2015.

Después de un proceso interno de reflexión y deliberación de la dirección y las bases del MTST, Guilherme Boulos aceptó la invitación, y es el Precandidato del PSOL a la Presidencia de la República. La campaña podrá ser un momento importante para invitar la ciudadanía a sumarse a una alternativa popular instituyente, que se oponga a un sistema podrido, al golpe neoliberal regresivo y a la derecha de tendencias fascistas. Más allá de una aventura electoral como finalidad en sí misma, sería una oportunidad para que el Frente Pueblo Sin Miedo pueda volverse en un movimiento político-cultural con organicidad propia.

Junto a Boulos, la precandidata a Vicepresidenta es Sonia Guajajara, la Coordinadora de la Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil (APIB) y militante del partido desde hace años. Esa unión es potente, para la disputa cultural y la emergencia de un campo de fuerzas sociales: las luchas indígenas y del pueblo de las periferias metropolitanas son dos de los polos más dinámicos del antagonismo al patrón de acumulación de capital en Brasil. Sonia y Guilherme, además, no son meros símbolos identitarios, sino expresiones orgánicas de la acción directa y la organización de eses grupos.

Algunas experiencias electorales recientes locales (organizadas por medio del PSOL, pero más allá de él), como el “Muitas”, en la ciudad de Belo Horizonte, o las campañas electorales de Marcelo Freixo a la alcaldía de Río de Janeiro, en 2012 y 2016 – además de las de otros países, como la del Frente Amplio en Chile, la más reciente –, pueden inspirar la construcción de una campaña colectiva, creativa y capaz de disputar el sentido común con rebeldía y alegría.

La aplastante brutalidad del golpe intenta dejarnos melancólicos, en Brasil, y a menudo lo consigue. Pero aquí está un pueblo sin miedo de luchar. Con la esperanza intacta.

 

Contacto: mf.telesforo@gmail.com

Corresponsal para Revista De Frente

Comparte tu opinión o comentario