«La desigualdad no es natural, es ideológica»: Piketty contra el liberalismo en su nuevo libro

«El progreso humano existe, pero es un combate», señala el autor de un best seller, El Capital en el Siglo XXI, el cual vendió más de dos millones de ejemplares en todo el orbe. Esta vez el economista francés regresa con Capital e ideología, texto de más de 1.200 páginas para destruir los supuestos liberales a punta de demostrar que el progreso sigue siendo un ideal materialmente alcanzable, pero fuera del modelo dominante.


Por Miguel Fauré Polloni

 

 

Nada de naturales, las desigualdades sociales son fruto de formas de organizar intelectualmente el mundo y signarlo de un destino inmodificable. “La desigualdad es ideológica y política”, expresa Piketty, y en ningún caso es  “económica o tecnológica”. A contramano del pensamiento hegemónico, sostiene que las categorías que el liberalismo ha impuesto como leyes sacras no son más que ideología.

 

Conceptos como capital, salario, deuda o competencia no son más que «construcciones sociales e históricas que dependen íntegramente del sistema legal, fiscal, educativo y político que se elige implementar y de las categorías que se crean”. En este ensayo, el francés deconstruye la supuesta inamovilidad del modelo y cuestiona su fraseología determinista que ha impuesto con indiscutible eficacia en el sentido común. «Las ideas y las ideologías cuentan en la historia porque permiten imaginar permanentemente y estructurar nuevos mundos y sociedades diferentes», concluye.

 

Cuestiona la supuesta capacidad del neoliberalismo para permitir una mejora sustantiva en las condiciones de vida de las multitudes y niega que por fuera del modelo sólo exista el caos y el hambre. Al contrario, «las diversas rupturas y procesos revolucionarios y políticos que permitieron reducir y transformar las desigualdades del pasado fueron un inmenso éxito, al tiempo que desembocaron en la creación de nuestras instituciones más valiosas, aquellas que, precisamente, permitieron que la idea de progreso humano se volviera una realidad”.

 

La negativa absoluta por parte de los defensores del modelo a un proyecto alternativo es simplemente un sesgo para Piketty, ya que «las desigualdades actuales y las instituciones presentes no son las únicas posibles, pese a lo que puedan pensar los conservadores: ambas están también llamadas a transformarse y a reinventarse permanentemente». Más aún, «siempre existieron y existirán alternativas. En todos los niveles de desarrollo, existen múltiples maneras de estructurar un sistema económico, social y político, de definir las relaciones de propiedad, organizar un régimen fiscal o educativo, tratar un problema de deuda pública o privada, de regular las relaciones entre las distintas comunidades humanas (…) Existen varios caminos posibles capaces de organizar una sociedad y las relaciones de poder y de propiedad dentro de ella”.

 

A contramano del Fin de la Historia, el economista recupera el ideal de la Modernidad anclándolo a nuestros días: “El progreso humano existe, pero es frágil porque, a todo momento, puede chocar contra las desviaciones de la desigualdad y de la identidad del mundo (…) El progreso humano existe, pero es un combate”.

 

El ensayo ataca lo que denomina “la ideología propietarista”, aquella que denuncia cualquier intento de modificación de las reglas del juego bajo el riesgo de ir “derecho hacia la inestabilidad política y el caos permanente». Piketty denuncia  esta «respuesta propietarista intransigente consiste en que no hay que correr ese riesgo, y que esa caja de Pandora de la redistribución de la propiedad nunca se debe abrir”, indicando que lo que se debe hacer es precisamente todo lo contrario, ya que esa redistribución ha dado origen al verdadero progreso.

 

 

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