La coyuntura de la pandemia del Coronavirus en contexto histórico. Elementos para abordar un presente crítico e incierto

Desde hace años que venía observádose un proceso que año tras año parecía más incontebible e irreversible: el fin o profunda transformación del orden mundial surgido tras la Segunda Guerra Mundial, la mutación de la organización económica en un sentido posneoliberal en todas las formas y direcciones que eso podría tomar, y junto a ello, el traspaso de la hegemonía global desde Estados Unidos a China, con el declive de la vigencia del programa político y económico que ha dominado la escena de la globalización de las últimas décadas.

Una trayectoria de múltiples variables, pero que tenía en el desempeño económico y comercial chino un factor central de avance, junto al declive del eje que resultó dominante tras los años y décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en especial, el Occidente encabezado por Estados Unidos que había quedado en una posición de dominio global tras el derrota y caída del polo del «socialismo real» conducido por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, con el modelo neoliberal como programa político y económico dominante. Aquí haremos una reseña de esta época histórica, intentando aportar elementos para entender y juzgar los riesgos y oportunidades históricas del escenario actual, marcado por la pandemia del Coronavirus y una incertidumbre generalizada sobre sus alcances y consecuencias.


Índice:

1. Desde la Segunda Guerra Mundial hasta la irrupción Neoliberal.
2. La hegemonía de Estados Unidos y Europa occidental, y el ultra capitalismo neoliberal.
3. Auge y declive del poderío estadounidense, y fin del Consenso Neoliberal.
4. Las primeras señales de una crisis anunciada, y la pandemia del Coronavirus COVID2019 como su punto de detonación.
5. Conjeturas sobre lo venidero. Riesgos y oportunidades en un escenario altamente incierto.


1. Desde la Segunda Guerra Mundial hasta la irrupción Neoliberal

Un repaso a los hitos más significativos de la trayectoria de hechos y tendencias que marcan la realidad planetaria actual. Primero, señalar el orden surgido tras la Segunda Guerra Mundial: El surgimiento de la Organización de Naciones Unidas en su dimensión política, y el orden económico cristalizado en los Acuerdos de Bretton Woods, con el nacimiento de las instituciones económicas y financieras del Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), y un sinnúmero de agencias e instituciones cuyo objeto fue darle ua racionalidad mínima al orden capitalista de posguerra. En esa ocasión, a pesar de cierto momento de progresismo y humanismo posterior al horror bélico (como se consagró por ejemplo en la Declaración de Filadelfia que constituye la Carta de la Organización Internacional del Trabajo, OIT), terminaron predominando las visiones de teoría económica más ortodoxas y liberales y favorables a un ordenamiento bajo la supremacía de Estados Unidos y con ello del dólar, frente a las que bogaban por mayores grados de planificación económica e intervención estatal y mayores grados de multipolaridad entre ellas la instauración de una moneda internacional (el «Bancor«) éstas últimas posturas, encabezadas por el conocido economista John Maynard Keynes, que defendió esas posiciones como representante del Reino Unido en la conferencia. Acorde al reforzado poderío económico y militar con el que Estados Unidos salió del largo escenario de belicismo y confrontación geopolítica y política que tuvo como centro Europa durante cuatro décadas, la nueva superpotencia logró imponer sus términos y quedar a la cabeza del orden de posguerra en prácticamente todas las variables, esquema que sólo pudo cuestionarse con la emergencia y desarrollo exponencial de la superpotencia soviética y el polo del «socialismo real» en una parte significativa del mundo de posguerra, que llegó a estar, en algun momento, como forma de gobierno en más de un tercio del planeta, y que entre los años 50s y 60s pareció competir a la par con el polo capitalista occidental.

En todo caso, dentro del polo occidental capitalista, a pesar de la instauración del dólar como moneda dominante y de un orden mundial hegemoniado por Estados Unidos, las políticas «keynesianas» que ya venían estableciéndose en el período de entreguerras y en especial tras el estallido de la Crisis capitalista mundial de 1929 y la «Gran Depresión» de los años posteriores, ahora se abrieron paso en significativa medida, en especial en los países capitalistas centrales: Estados Unidos y Europa. Fueron los años de mayor crecimiento y bonanza económica en la historia del capitalismo (y de hecho, de la Humanidad), con un sistema productivo de posibilidades crecientes tras el ciclo de Guerras Mundiales, con revoluciones científicas y tecnológicas continuas y sucesivas en múltiples dimensiones. Ese esquema, conocido en los países centrales como «Estado de Bienestar«, permitió una ampliación inédita de las capacidades de consumo de importantes franjas sociales, convirtiendo a buena parte de las clases trabajadoras en «sectores medios» con una inclusión relativa en la distribución de las riquezas producidas, otorgando importantes grados de estabilidad política y legitimidad social a los regímenes y fuerzas políticas que lo encabezaron.

Por su parte, en el polo del «socialismo real» encabezado por la URSS, Europa oriental y un grupo significativo de países entre los que destaca China tras su revolución triunfante en 1949, una revolucionaria industrialización planificada y mejoría en las condiciones de vida en una velocidad inédita, con una no menor universalidad en derechos y grados de bienestar, llegó a abarcar a aproximadamente un tercio de la población mundial. Entretanto, en lo que se conoció como «Tercer Mundo», entre lo que se encontraba América Latina, buena parte de África, de Medio Oriente, y del Sudeste Asiático, proyectos nacional-desarrolistas de diverso signo se abrieron paso ampliando a los sectores medios, redistribuyendo riquezas, y construyendo efectivamente Estados y Gobiernos de carácter nacional, logrando en distintos grados iniciar un avance en la independización económica.

2. La hegemonía de Estados Unidos y Europa occidental, y el ultra capitalismo neoliberal

El predominio del esquema antes reseñado puede situarse desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945, hasta los años 70s, comenzó a mostrar sus limitaciones y a tensionarse para dejar su paso al capitalismo neoliberal que ha dominado la escena hasta hoy.  Progresivamente, desde entonces, se impondrían las políticas de privatización, desmantelamiento de los servicios y derechos sociales garantizados por el Estado, disminución de las capacidades de intervención de los Estados en la economía, y mercantilización generalizada.

 

Algunos hitos que irían delineando y acompañando esa trayectoria. En 1971, el Gobierno de Richard Nixon encara un déficit comercial y fiscal de la superpotencia poniendo fin al esquema monetario del «patrón oro», esto es, el sistema internacional donde la base final del precio de las distintas monedas es su equivalencia con una cantidad de oro, que a su vez, funciona como su respaldo: «X» cantidad de «X» moneda, se puede intercambiar por «X» cantidad de oro. Tal esquema había sido instaurado en los Acuerdos de Bretton Woods, bajo la condición del respaldo de la Reserva Federal estadounidense. Debido al mencionado déficit comercial y fiscal de la superpotencia, particularmente agravados por los cuantiosos gastos derivados de la última fase de la larga Guerra de VIetnam (1955-1975), Nixon decide terminar con él, y con ello, dictaminar el paso a un dólar que comenzó a funcionar como «moneda por decreto» o «fiat», sin respaldo adicional alguno.  Desde entonces, domina como moneda hegemónica un dólar que ya no tiene un respaldo en oro, y que por tanto, es emitido unilateral y arbitrariamente por la Reserva Federal de Estados Unidos.

Con lo anterior, la economía de Estados Unidos, que nunca llegará a los niveles de crecimiento de la época de las décadas «de oro» posteriores la segunda posguerra mundial,  comenzará a financiar con emisión de dólares sin respaldo el gigantesco gasto privado y público destinado a sostener tanto su aparato productivo, como su rol de Estado gendarme e imperial a nivel global, además de principal sostenedor financiero de buena parte de la burocracia pública y privada de nivel global. La superpotencia comenzará a contraer una gigantesca deuda externa, es decir, se trata de una economía y un Estado que gastan cuantiosas cantidades de dinero que son financiadas desde el resto del Mundo. Es por esto que la crítica al imperialismo o imperio estadounidense toma una centralidad política crucial: Se trata de una realidad política, militar y económica, que es literalmente financiada por el conjunto de los pueblos y economías del Mundo.

En 1973, la decisión de la Organización de Países Productores de Petróleo de subir los precios del crucial combustible fósil, produciría una fuerte sacudida económica a nivel global conocida como «Crisis del Petróleo«. Los países del capitalismo central, dependientes de la importación del petróleo por sus altos y crecientes niveles de industrialización, entraron en inflación y depresión económica. Fue entonces que el Gobierno de Estados Unidos logró, con la complicidad activa de Arabia Saudí, instaurar el dólar como moneda de intercambio para el mercado petrolero. Los países de la OPEP aceptaron tal medida, lo cual le daba cierta estabilidad en el sistema del cártel oligopólico petrolero, dando inicio a la conocida idea de los «petrodólares», y una relación simbiótica entre ambos factores, habida cuenta de la importancia crucial del petróleo para un cada vez más acelerado sistema industrial global.

La incapacidad de las fuerzas y alianzas políticas «socialdemócratas» alineadas con las políticas estatales más intervencionistas y «keynesianas» para responder ante el desafío a las finanzas fiscales puestas por las circunstancia mencionadas y otras que operaban en el mismo sentido (en particular, el declive del crecimiento económico y la presión que esto generaba sobre el gasto público), las hicieron perder terreno y poco a poco se fueron imponiendo los sectores neoliberales. Un creciente predominio ideológico y programático de carácter neoliberal se abrió paso, con cuestiones referenciales como la conformación e Informe de la Comisión Trilateral en 1973 y 1975 respectivamente, la fama adquirida por los economistas neoliberales como Milton Freedman y la Escuela de economistas de Chicago, y algunas bases de tipo más teórico en autores como Friedrich Von Hayek y los «ordoliberales«. Esto a nivel político se hizo ya notorio con la posterior llegada a los gobiernos del Reino Unido y Estados Unidos de Margareth Thatcher (1979), y Ronald Reagan (1981). En nuestro continente, por su parte, un ciclo de golpes de Estado y dictaduras oligárquico – militares y autoritarismos iniciado a mediados de los 60s pero acrecentado en los 70s, pondrían fin a los proyectos nacional-desarrollistas, reafirmando el poderío y control estadounidense sobre la región y abriendo paso paulatinamente a políticas neoliberales, en lo que, como es sabido, la dictadura de Pinochet en Chile cumplió un rol modélico.

A lo anterior, además, debe sumarse una cuestión adicional: los desiguales términos de intercambio a favor de Estados Unidos con el resto de las economías tendieron a acrecentarse, en algo asimilable a lo que puede señalarse también para las otras regiones del capitalismo central (Europa, Japón y el Sudeste Asiático), y, en especial en las últimas décadas más recientes, con las potencias regionales emergentes en paulatino crecimiento en poder, producción e influencia económica, en algún momento llamados como «BRICS» (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica). Como es hoy evidente, entre estos, China va tomando un rol preponderante con el correr de los años. Tal dinámica global produjo un fuerte incentivo y presión hacia las políticas destinadas a favorecer las mejores condiciones posibles para la inversión capitalista, que acorde a las revoluciones tecnológicas en curso (desde el transporte hasta las telecomunicaciones y la informática), pudo con cada vez mayor facilidad dirigirse a aquellas regiones y países que le ofrecían normativas y políticas más ventajosas.

Junto con todo lo anterior, con la caída de la URSS y de la mayor parte de los gobiernos del «socialismo real», entre fines de los 80s y principios de los 90s, se impone una unipolaridad y hegemonía de Estados Unidos con muy poco contrapeso geopolítico. Son los años del «Consenso de Washington«, del «pensamiento único«, y un unilateralismo desatado por parte del Gobierno e Imperio de Estados Unidos. El más citado intelectual de esos años, Francis Fukuyama, formula una extrema y exagerada idea: se había llegado al «fin de la historia«, entendiendo por esto el predominio indiscutido del capitalismo y la «democracia liberal» tras la derrota de los socialismos reales y de todo proyecto alternativo.

3. Auge y declive del poderío estadounidense, y fin del Consenso Neoliberal

El escenario global unipolar bajo hegemonía estadounidense tardó poco en comenzar a mostrar sus grietas e indicios de superación. Por lo pronto, una crisis «financiera» emergida en 1997 en el Sudeste asiático fue una clara señal de la volatilidad de los mercados financieros y las debilidades sistémicas en una región que se mostraba por entonces como un «milagro económico» referencial del modelo neoliberal por sus altas tasas de crecimiento y cuantiosa llegada de capitales globales a sus países. Pero luego, un suceso geopolítico de sospechosas circunstancias y autoría sería un hito ya nítido de inauguración de una nueva etapa: los hechos del 11 de septiembre de 2001 en las entrañas de la superpotencia estadounidense. Más allá del muy fundado debate sobre la confiabilidad de la visión oficial de los hechos, lo sucedido dio inicio a una nueva etapa de agresividad imperialista en Medio Oriente y Asia Central, y a una generalización de un recorte a la idea de liberatades individuales que supuestamente caracterizaba al polo capitalista liberal encabezado por Estados Unidos y Europa. Se imponen legislaciones «de excepción» generalizándose lo que algunos autores irian llamando con conceptos como el de «Estado de Excepción permanente», y los marcos explicativos en el propio centro capitalista pasan desde la idea del «fin de la historia» de Fukuyama, a interpretaciones más belicistas y de enfrentamiento entre distintos polos del escenario planetario, como la cuestionable idea de marcados rasgos imperiales de «Choque de Civilizaciones» elaborado por Samuel Huntington (quien había sido uno de los autores del anteriormente citado Informe de la Comisión Trilateral). Desde los centros intelectuales del imperio estadounidense, se intenta forjar la búsqueda de políticas y decisiones dirigidas a garantizar un «nuevo Siglo XXI americano», a la vez que numerosas voces comienzan a alertar sobre los notorios signos de agotamiento y declive de la superpotencia norteamericana en múltiples dimensiones.

Y es que este nuevo ciclo pronto mostró las tensiones crecientes con las que tendría que convivir y que provocaría. En América Latina, la región que para Estados Unidos siempre ha sido su «patio trasero» con la muy soberbia «Doctrina Monroe», una sucesión de gobiernos progresistas y de izquierdas le limitaría sus posibilidades de expansión y control sobre el continente. Tal tendencia quedó referenciada en la recordada «IV Cumbre de Las Américas» en Mar del Plata el 2005 en la que se le puso fin al proyecto del «Área de Libre Comercio para las Américas», ALCA, en un escenario inédito en la historia latinoamericana con los mandatos presidenciales de Hugo Chávez (1999-2013, seguido de Nicolás Maduro), Lula da Silva (2003-2010, seguido por Dilma Rousseff), Néstor Kirchner (2003-2007, seguido de Cristina Fernández), a los que luego sumaría Evo Morales (2006-2020), Manuel Zelaya (2006-2009), Rafael Correa (2006-2017), Daniel Ortega (en una segunda fase de gobiernos del FSLN iniciada el 2007), y Fernando Lugo (2008-2012). Así las cosas, El Gobierno de George Bush Jr. tuvo que contentarse con algunos acuerdos con los países cuyos gobiernos seguían siendo sus aliados, como con el de México (en el marco del NAFTA o TLCAN junto a Canadá), o el TLC con Chile.

Por su parte, se siguió apreciando un tendencial aunque desigual crecimiento de la influencia de los países BRICS, en el marco de tendencias que pujaban por un mundo más multipolar que fuese superando el unilateralismo estadounidense, una también creciente pérdida de influencia de una Unión Europea con cada vez mayores problemas económicos y déficits democráticos, con un predominio de sus grandes capitales y corporaciones principalmente dominados por los países de su norte occidental (Reino Unido, Francia, y en especial, Alemania), y un gobierno interno monopolizado por instancias de poco o nulo control democrático conocidos en los últimos años como la «Troika«.

Fue en el 2008 cuando este esquema se agrietó de una manera ostensible e innegable. Una crisis nombrada eufemísticamente como «crisis financiera» iniciada por la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, y que luego arrastró a los mercados financieros y a una caída generalizada en en la confiabilidad del sistema económico, de los mercados bursátiles, y las instancias de regulación economíca e instituciones financieras. Se trató, en términos de cantidad de capitales implicados, en la crisis capitalista que implicó una mayor cantidad de capitales desde la de 1929. Se inicia un período de recesión mundial, que impactaría muy fuertemente en los países emergentes, entre ellos la economía latinoamericana en su conjunto, comenzando a poner crecientes y altas dificultades al ciclo progresista que se vivía en buena parte de la región. En los países centrales del capitalismo, por su parte, los gobiernos desplegaron una gigantesca operación de salbataje al sistema financiero y los bancos, a costa de los sistemas públicos y las mayorías trabajadoras y populares. Esto produciría, con el correr de los años, un creciente descontento y rechazo popular a los gobiernos y fuerzas políticas que habían sido parte del «Consenso Neoliberal», cosa muy notoria en una Unión Europea cada vez más proempresarial y procapital, y cuyos gobiernos comenzaron a ejecutar políticas llamadas como «de austeridad», que imponían austeridades para las mayorías populares pero intentaban perpetuar la bonanza para los grandes capitales y grupos nacionales y transnacionales dominantes.

En términos sociales y políticos, tal descontento irrumpió en una oleada de movilizaciones sociales en muchos países, en particular localizadas en el año 2011, desde la «Primavera Árabe» en el norte de África y el Medio Oriente, España (el «15M» o «movimiento de indignados»), Estados Unidos (Occupy Wall Street), hasta la movilización social y estudiantil en Chile, para nombrar algunos casos referenciales. Pero las elites globales y nacionales de Occidente mantuvieron el rumbo procapitalista y neoliberal en lo grueso, incluso allí donde se esperaba un cierto giro hacia el progresismo, como en el Estados Unidos de Barack Obama (2009-2017), o la España de José Luis Rodríguez Zapatero (2004-2011), ambos, gobiernos que serán derrotados «por derecha» en los años posteriores. Aquél mismo año, la alianza política y militar encabezada por Estados Unidos y seguida como «vagón de cola» por los países de Europa occidental, ejecutarían, aprovechando la «ventana de oportunidad» que les ofrecía el escenario de la «Primavera Árabe», un par de operaciones de alto impacto en los años posteriores: el derrocamiento del Gobierno de Muhammad Gaddafi en Libia, y la asonada desestabilizadora contra el Gobierno de Al Assad en Siria, en ambos casos, dando lugar a una caotización general de esos países y sus zonas aledañas, y a guerras que perduran con altos costos de todo tipo, hasta el día de hoy. Se iniciaría, con esto, una nueva oleada de migraciones hacia Europa, generando a su vez nuevas tensiones políticas y económicas al interior de la Unión Europea.

Algo similar ocurriría con los efectos de la crisis sobre América Latina, restándole condiciones y margen de acción a los proyectos progresistas y de izquierdas, y generando, en especial desde Centroamérica y México, nuevas oleadas migratorias hacia Estados Unidos. La continuidad de las políticas militaristas, imperialistas, de control geopolítico y geomilitar por parte de Estados Unidos en la región, habían continuado sin interrupción ni disminución bajo el Gobierno de Barack Obama, con una Secretaria de Estado, Hillary Clinton, que se enorgullecía tanto de la arremetida bélica contra Libia, como del Golpe de Estado en Honduras (2009). En el 2014, además, aprovechando las nuevas circunstancias que produjo la muerte de Hugo Chávez, el Gobierno de Obama comenzaría un proceso de arremetida y asedio político y económico contra Venezuela que quedó plasmado en una «Ley de Emergencia Nacional», y que tendría repercusiones regionales, atacando las bases de sustentación de numerosos planes sociales y económicos impulsados por Venezuela en el Caribe y Sudamérica, que tendrían efectos muy significativos en varios países de Centroamérica y en Haití. El desgaste, los errores, y/o las insuficiencias de los gobiernos progresistas y los efectos de la crisis y depresión económica mundial, con la caída de los precios de los bienes primarios exportados por las economías latinoamericanas, provocarían las derrotas de los gobiernos progresistas de Argentina (2015), Brasil (2017), Ecuador (2008), Uruguay (2019), y Bolivia (2020). Pero tal tendencia tampoco ha podido ser capitalizada totalmente por los planes hegemónicos de un Estados Unidos, que con el Gobierno de Trump comenzado a inicios del 2017 ha intentado una nueva avanzada geopolítica en la región. La derrota de Macri en Argentina, las dificultades y derrota de los planes de provocar la caída de los gobiernos de Venezuela y Nicarragua, el triunfo de López Obrador en México, y las movilizaciones sociales y revueltas populares en Ecuador, Colombia y Chile, dan muestras de eso.

Atendido todo este cuadro, particularmente en los países del capitalismo central, fueron surgiendo y ganando terreno alternativas políticas de distinto signo frente a las tradicionales fuerzas «centristas» o de «centro» neoliberal, tanto desde las izquierdas (Syriza en Grecia, Podemos en España, los sectores alineados con Jeremy Corbyn dentro del Partido Laborista inglés, o con Bernie Sanders en el Partido Demócrata estadounidense), desde nuevos espacios de carácter heterógeneo (el Movimiento 5 Stelle en Italia), y, como contraparte, y con particular fuerza en los países de Europa del Este, Francia, o la misma Italia, de fuerzas de derechas nacionalistas o de directamente de ultraderechas, que impugnaron con cada vez más eficacia y crecida en sus apoyos, las políticas de la Unión Europea y su propia continuidad y sobrevivencia, tal como se aprecia en el aún inconcluso proceso del «Brexit» del Reino Unido. En Estados Unidos, junto con la irrupción del mencionado Trump, que ha capitalizado políticamente un sentimiento «anti elite» y el rechazo a las políticas neoliberales que han encarnado tanto el Partido Republicano como la elite dominante del Partido Demócrata, se ha dado un inédito crecimiento de las fuerzas que promueven un giro a la izquierda e incluso defienden la idea de un «socialismo democrático» históricamente vetado en el país superpotencia, referenciadas en un Bernie Sanders que ha obtenido votaciones antes consideradas imposibles para la izquierda estadounidense.

Así, mientras todas estos sucesos producían tensiones y contradicciones en los países del capitalismo occidental y en sus zonas perfiéricas, el impetu de China continuó su camino en una tendencia de crecimiento económico e influencia geopolítica que si bien se había hecho más lenta en los últimos años, continuaba afianzándose. De hecho, la salida de la crisis detonada en el 2008 se financió y solventó en buena medida por la fuerza de la economía china, tanto en sus dimensiones financieras, donde los bancos chinos financiaron la deuda occidental y ganaron terreno global, como productivas, donde la producción de innumerables bienes en masivas cantidades para el mercado mundial siguió acrecentándose a escalas cada vez mayores, además, con una progresiva ampliación a áreas de alta tecnología y bienes manufacturados de mayor valor agregado, sumado todo esto, a ambiciosos planes de inversión en infraestructuras de todo tipo y proyectos inmobiliarios al interior de China.

4. Las señales de una crisis anunciada, y la pandemia del Coronavirus COVID2019 como su punto de detonación

Como se reseñó antes, la crisis capitalista desatada en el 2008 se logró solventar con un gigantesco salvataje a los bancos y demas instituciones financieras, una política monetaria expansiva impulsada protagónicamente por un Estados Unidos que utilizó el amplio margen de maniobra financiera que le daba un dólar liberado del patrón oro desde hace más de cuatro décadas, y un sustento «material» de una producción creciente en manos principalmente de China, y de mnaera secundaria, en otros países exportadores de bienes manufacturados básicos y materias primas para un mercado mundial ávido de nuevos productos y servicios de amplio crecimiento, como, de manera ahora referencial, la variada y ramificada en varias actividades industria del turismo y los viajes. Un tipo de crecimiento que, por cierto, venía ya mostrando sus catastróficas consecuencias climáticas y ambientales, y sobre cuyas implicancias las elites y poderes globales no han hecho si no que ocultar, subvalorar, y hacer caso omiso. Y en un contexto en el que la principal potencia mundial, seguía acrecentando una sideral deuda externa, con la continuidad y crecimiento de un gasto gigantesco en su aparato bélico-militar, además del financiamiento de buena parte de los organismos e instituciones del orden global instituido a partir de la Segunda Guerra Mundial, desde el Sistema ONU hasta la red de burocracias privadas e interestatales que lo estructuran organizativamente.

Ya en el año pasado, numerosos observadores venían anunciando la próxima emergencia de una nueva crisis, emanada precisamente del tipo de «soluciones» con las que se dio «salida» a la crisis del 2008, pero también de las tendencias de más largo plazo aquí señaladas. En particular, la existencia de un sistema monetario internacional basado en la hegemonía del dólar mostraba claras señales de decaimiento, y su relación con los vaivenes en el precio del petróleo, principal combustible del sistema productivo global y cuya disputa por su control, han marcado buena parte de las coyunturas aquí reseñadas. En esto último, hace sólo algunas semanas, una brusca caída en el precio internacional del combustible fósil se había desatado por la decisión de una Arabia Saudí central en su producción de aumentar sus cantidades de exportación, y presionar con ello a decisiones de sus competidores. Rusia, otro actor de significación en el mercado petrolero, se negó a una disminución en su producción. El lazo entre el precio del petróleo y el dólar, base del esquema monetario internacional, ya sería un factor suficiente, por sí mismo, para desatar fluctuaciones económicas generales sobre la economía global.

En cuanto a la cuestión monetaria, ya desde hace años China y Rusia han venido acumulando grandes cantidades de oro, en lo que podía verse como una política de respaldo a su creciente peso geopolítico y económico, habida cuenta del muy posible decaimiento de la fiabilidad del dólar como divisa de intercambio mundial y reserva de riquezas para una eventual crisis o depresión económica. En cuanto al poder económico, además, era notorio, también hace años, una expansiva política de influencias e intercambios crecientes por parte de China, con ejes como la Organización de Cooperación de Shangai, o la revitalización de la «Ruta de la Seda» por parte del gigante asiático, además de un progresivo copamiento del comercio chino en vastas regiones del mundo, incluyendo a países y regiones ubicadas en las zonas de control e influencia estadounidense y europea, como América Latina o África. En el caso latinoamericano, incluso en países como Chile, los intercambios comerciales con China habían sobrepasado los con Estados Unidos. En la dimensión geopolítica, los entrampamientos estadounidenses – europeos de diverso tipo, mostraban la emergencia progresiva de un nuevo orden, como indicaban las tensas situaciones en Siria, el norte de África, o Venezuela, donde los intentos de establecer gobiernos afines a los intereses occidentales habían logrado caotizar y pauperizar sus respectivas sociedades y economías, pero sin éxito en sus pretensiones más ambiciosas.

Es en tal contexto en el que surge esta pandemia de dimensiones y consecuencias que aún no pueden caracterizarse con toda certeza. Pero todo indica que, a pesar de haber aparecido precisamente en China, no será en el gigante asiático donde se pagarán los costos más altos, si no que éstos correrán más bien en contra del poderío económico, político y geopolítico de Estados Unidos y Europa. Tal como reconocen innumerables análisis, incluyendo en ello los de actores situados en o a favor de la hegemonía estadounidense, el desafío para su continuidad es gigantesco (Ver por ejemplo ««El coronavirus podría remodelar el orden global». Artículo en revista estadounidense «Foreign Affairs»«).

5. Conjeturas sobre lo venidero. Riesgos y oportunidades en un escenario altamente incierto

El escenario descrito desencadena una serie de incertidumbres acerca de varias dimensiones de la realidad planetaria y el orden global en que vivimos. Orden global que, como aquí hemos reseñado, tuvo un punto de cristalización e inicio en la coyuntura del desenlace y las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, y luego en la consolidación y ampliación de la hegemonía estadounidense y del esquema de la globalización capitalista de tipo neoliberal, en especial, tras la derrota del proyecto alternativo del «socialismo real». Las dinámicas y políticas de privatización, desregulación, y globalización transnacional capitalista, parecen estar fuertemente impugnadas en la contingencia actual, en una aceleración de una trayectoria que ya podía visualizarse desde antes, y que ahora tiene nuevas aristas y causas.

En cuanto a la dimensión más directamente política, una arista de alta importancia es el declive de la influencia mundial que han tenido los esquemas del capitalismo liberal (y su versión regresiva y extrema conocida como «neoliberalismo») y las «democracias representativas» promovidas por las potencias occidentales, cosa que queda muy nítidamene escenificada en la muy ineficaz respuesta que han dado al desafío de la pandemia hasta este momento, cuestión que contrasta con una respuesta de la República Popular China que, a pesar de un primer momento poco eficiente, ha mostrado tras eso todo su poderío y despliegue de nivel ya planetario en el último rato. Tal escenario impica, a la vez, oportunidades y riesgos para eventuales transformaciones en un sentido democrático y favorable a los anhelos e intereses populares a lo largo y ancho del mundo, incluyendo en eso la necesidad urgente de cambios en la producción y la economía global, que atienda la complejísima situación climática y socioambiental, y las crecientes contradicciones del sistema capitalista.

En cuanto a los riesgos, una crisis desatada podría generar un decaimiento general de las condiciones de vida de miles de millones de seres humanos, un aumento general de los miedos, frustraciones, y retraimiento hacia sentimientos y conductas regresivas, autoritarias y reaccionarias de parte importante de las sociedades y pueblos del planeta, y una confrontación entre países que aún no llegando al nivel de lo bélico, puede reforzar las consecuencias negativas que trae toda transformación histórica, más cuando tiene las dimensiones de la que ésta parece tener. El eventual impulso hacia políticas de nuevos autoritarismos, mayores controles sobre la vida cotidiana y las subjetividades, una vigilancia e invasividad creciente en contra de las conquistas en derechos y libertades de los individuos y colectivos, puede ser una de sus manifestaciones más patentes, habida cuenta que tales rasgos son parte de las «virtudes» que muestra el Gobierno de China en comparación con el de las potencias occidentales, cuyas elites vienen intentando implementar tendencias similares pero bajo resistencias y una historia de luchas y configuraciones sociales y culturales previas que les impiden mayor concreción en tal sentido (ver sobre eso, aunque con una mirada pro occidental poco disimulada, «La emergencia viral y el mundo de mañana», Byung-Chul Han). No está de más, de todos modos, abandonar todo «occidental-centrismo» o neocolonialismo intelectual en torno a esto, y apreciar y valorar también las tendencias críticas y de izquierdas que existen tanto en China como en otros países o regiones frecuentemente subvalorados en sus potenciales emancipatorios (ver «Contagio social: guerra de clases microbiológica en China», Colectivo Chuang).

Entre las oportunidades, en un sentido contrario, bien puede generarse, tal como se aprecia en muchos países, una toma de conciencia de un cambio profundo y radical de nuestras sociedades, de las formas y dinámicas económicas, y de la necesidad de reestructurar un orden mundial fundado en nuevos principios y mayores equilibrios geopolíticos y socioeconómicos. La valorización de los sistemas públicos de salud y de las capacidades de organización, planificación y respuesta ante crisis como la actual por parte de los Estados y comunidades, pero también en otras esferas de la vida social, pueden actuar eventualmente en un sentido positivo (Ver ««Política anticapitalista en la era del COVID-19», de David Harvey). Una mirada más descarnada y lúcida sobre los desafíos planetarios también puede operar en esa dirección, en especial, si emergen y se fortalecen las fuerzas políticas y sociales populares y de carácter progresista, posneoliberales y anticapitalistas en distintos formatos y radicalidades, y que apunten a la democratización y socialización del poder y las enormes riquezas y productividad que es capaz de crear hoy la Humanidad. En la maduración y avance de estas fuerzas, que se han visto de manera muy notoria en la época reciente y actualidad en América Latina, pero también en otras regiones y países con manifestaciones no menores en los países del capitalismo central y en o los propios países subordinados, reside la posibilidad de una salida en sentido positivo de la crisis en curso. Incluso las fuerzas conservadoras y reaccionarias, en particular en los países occidentales y en nuestra América, tendrán que tomar nota de esto y modificar parte de sus programas y políticas abadonando o al menos relativizando el programa neoliberal, bajo la amenaza patente de caer aún más en descrédito e ilegitimidad en sus respectivas sociedades, como ha mostrado con especial claridad el caso chileno.

Como toda coyuntura histórica de estas magnitudes, la dirección que tome y el tamaño de sus consecuencias es algo que está por verse, y en ello seguramente nos pasaremos los próximos años. El campo de posibilidades está altamente abierto y la incertidumbre generalizada marcará los años que vienen. Pero de que lo que se ha puesto en marcha con esta contingencia sanitaria de nivel global, parece ser, tal como han señalado innumerables analistas, dirigencias, y actores de diverso tipo y desde posiciones y trincheras de los más variados signos ideológicos y políticos, un hito que expresa y acelerará un cambio irreversible y de magnitudes de alta significación para la Historia de la Humanidad, aún cuando no sepamos precisar del todo sus velocidades y sentidos.


Enlaces relacionados (en ampliación):

Abogado. Investigador en temas de Nuestra América, Derecho Constitucional, Procesos Constituyentes, e Historia y Teoría Política. Blog personal "Miradas desde nuestra América".