La última orden de Benjamín (Parte II)

Por José Miguel Carrera

 

Raúl Pellegrín y Cecilia Magni, máximos dirigentes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, FMPR, comandaron el 21 de octubre de 1988 el ataque y toma de cuatro poblados rurales hace ya 30 años, como única respuesta política y moral a la  “transición política” que garantizó el paso de la dictadura a la democracia a finales del siglo XX en Chile, negociada espuriamente “en la medida de lo posible”, con beneficios judiciales, políticos y pecuniarios para los negociadores, sus instituciones y partidos políticos hasta nuestros días. Este escrito es un homenaje a Raúl y Cecilia, ellos fueron asesinados por carabineros días después, y a todos los combatientes, ayudistas y jefes del FPMR.

 

 

[…] Una vez en el primer punto de descanso, se dedicaron a evaluar lo sucedido durante las últimas veinticuatro horas. En el grupo había combatientes que, en otras épocas, estuvieron en las guerrillas de Nicaragua y El Salvador, por lo que tenían experiencia y habían pasado por situaciones difíciles. Todos se sentían bien y con ánimo. Lo primero que hicieron durante el reposo fue revisar los pies y las piernas de cada uno. A veces el combatiente oculta el verdadero estado de sus pies o niega que tenga ampollas, rasguños o heridas para no preocupar a los demás compañeros. Sabían que aquellas partes del cuerpo constituyen las principales armas del combatiente rural. Pero no se podían engañar entre ellos y fueron evaluando a cada uno, especialmente sus pies. Llevaban, como mínimo, unos treinta kilómetros de caminata, sin contar los recorridos antes del ataque, y les quedaban todavía dos noches de marcha. Era preciso administrar bien la humedad del cuerpo para no enfermarse. Así lo habían hecho antes en las zonas tropicales donde estuvieron combatiendo. Los mapuche les sugirieron que se quedaran en los lugares aledaños a sus casas para descansar, pero Manuel y sus compañeros se negaron rotundamente. Era mucho riesgo para todos, en especial para las familias de estos hermanos. La primera conclusión a la que llegaron fue que la sorpresa estaba del lado de los combatientes. Ese es un principio de la guerrilla y lo habían logrado: nadie en el pueblo se había dado cuenta de la aproximación de la columna de guerrilleros al retén. Manuel no olvidaba la cara de espanto del policía que se percató de su presencia cuando lanzaron la carga al techo del cuartel. Era como si hubiese visto a Leftraro o a Quepolicán en persona atacando el cuartel en medio de la lluvia. Enmascararon el punto de descanso y, luego, todos se protegieron con plásticos, cambiándose la ropa mojada que llevaban puesta. La nueva muda de ropa seca ya no era el uniforme verde olivo, sino ropa común y corriente. Sentían un gran agotamiento físico, que siempre se muestra en el cuerpo al detener una marcha rápida y, sobre todo, con la adrenalina en alto después del accionar realizado. Manuel organizó la vigilancia con una guardia diurna. Dormir y vigilar es lo que harían por el día. Antes de dormir comieron unos “superocho”, el alimento preferido de Manuel, e intentaron de nuevo hacer funcionar la pequeña radio portátil. Necesitaban escuchar las noticias y estaban enojados con el compañero encargado de proteger las pilas de la humedad porque no había cumplido su tarea.

 

–Pero, ¿no cachaste la tremenda lluvia, cómo no se iban a mojar las pilas p’us compañeros? –decía el irresponsable, dando explicaciones, que, por supuesto, nadie del grupo aceptaba. Por suerte para él, después que le habían dicho de todo, la radio funcionó y pudieron escuchar que se habían producido ataques en varios lugares ese 21 de octubre, incluso en Santiago. Todos estaban impresionados en medio del monte. Se anunciaba la acción que ellos habían realizado y se informaba que efectivos militares y de carabineros perseguían a los responsables.

 

– ¿Adónde la vieron? Si estamos más solos que la cresta en esta montaña –dijo un combatiente. Pero de lo que más se hablaba en la radio era del ataque a Los Queñes. Se destacaba lo distante de una acción de las otras, como tratando de evidenciar la gran capacidad de planificación que tenían los atacantes. Desde donde estaba el grupo, atento a lo que trasmitía la radio, hasta Los Queñes, había casi quinientos kilómetros. También se anunciaba a un gran contingente de fuerzas militares que los perseguía. El grupo de Manuel se sentía lejos –en kilómetros– de los compañeros de los otros puntos de la operación, pero muy cerca en la solidaridad como combatientes. Podían imaginarse lo que cada uno de esos grupos estaba viviendo en esos momentos de la madrugada. En el sur se habían preparado con tiempo, caminaban mucho y llevaban meses en esa lógica de entrenamiento permanente, pero ninguno de ellos sabía que se realizarían más acciones ese mismo día. Esta era una de las características del Frente, la compartimentación, otro principio de la lucha revolucionaria. Cuando los jefes planteaban misiones, todos creían que su misión era la principal o la única y cuando se ejecutaban se daban cuenta que, las más de las veces, eran de carácter secundario o destinadas a distraer a las fuerzas enemigas y no la principal, como el combatiente siempre quería. Ese era otro principio militar, el de la Dirección Principal y Secundaria en la lucha contra la dictadura criminal.

 

¿Quiénes serían los compañeros que estaban en las acciones de los otros pueblos?, se preguntaban. ¿Estarán todos bien? ¿Tendrán heridos? ¿Cómo eran las características de esos territorios? ¿Serían difíciles de caminar? Era impresionante para ellos que en tantos lugares se estuviera golpeando a los criminales que se creían dueños absolutos de Chile. Estos militares golpistas pensaban que dar un Golpe de Estado en Chile es llegar y llevar, como anuncia una conocida propaganda comercial. Los chilenos, meditaba Manuel años después, somos calladitos, tranquilos, incluso nos imaginan mansos y dóciles, pero no es así, somos personas racionales. Pero cuando nos convencemos de que algo anda mal, salimos con todo a la lucha. El mejor ejemplo de ello eran las protestas contra la dictadura: en varias casas de personas de lo más pacíficas, se iban guardando neumáticos y todo lo necesario para impedir la represión y, luego, les entregaban los materiales a los chiquillos que estaban dispuestos a usarlos en las barricadas. Combatientes socialistas y miristas fueron los primeros en enfrentar a los golpistas en La Moneda, en el ministerio de Obras Públicas, en la población La Legua y otros lugares. Luego, siguieron combatiendo solo los miristas; tiempo después, militantes y ayudistas comunistas y del Frente. Después siguió el Frente solo y, finalmente, se sumaron combatientes del Lautaro. Ningún partido de izquierda reivindica la aparición y las acciones de los luchadores y combatientes populares. “¿Por qué será?”, se preguntaba Manuel, pues hasta el propio Partido Comunista negaba la paternidad del FPMR en esa época. Siempre han preferido reivindicar solamente a las víctimas de las violaciones a los DDHH, nunca a los combatientes que enfrentaron al tirano con todo tipo de medios, constataba Manuel. Rara, le parecía, la mentalidad de esos partidos al reconocer solo a las víctimas y no a los combatientes. Pero de lo que había que estar orgullosos como chilenos, se decía, es que cada vez que en Chile han aparecido los golpistas, surgen de inmediato los combatientes populares dispuestos a enfrentarlos en todos los planos. En verdad, en nuestro país, aparte de a los golpistas, también les va mal a los mentirosos, pensaba Manuel, a los que no cumplen con su palabra.

 

A Manuel y sus compañeros, oír por la radio que también se habían producido ataques en otros pueblos, les levantó el ánimo.

 

¡Somos muchos más en lo mismo! –dijeron.   Pero estaban preocupados porque la parada, la baja temperatura de la mañana y la inmovilidad en que ahora se encontraban, los estaba enfriando. Debido a ello decidieron quitarse la ropa y forrarse en plásticos para entrar en calor. La claridad de la mañana ya los empezaba a invadir casi por completo. Lo importante era que la zona que habían seleccionado era buena y segura para ocultarse durante el día. Al grupo le quedaba una caminata de dos noches y, una vez seguros, Manuel viajaría a Santiago para dar el reporte de lo realizado. Ya tenía los vínculos previstos con Benjamín y otros jefes. ¿Qué estarían haciendo ellos en esos momentos?, pensaba Manuel. Seguramente estarían analizando los efectos de las acciones realizadas. Recordó la última conversación con Benjamín, hacía no más de un mes, antes del 5 de octubre. Él mismo había visitado su zona y traído personalmente los materiales que usarían en la acción.

 

–La acción de la Toma de Pueblo es seria, –decía Benjamín– es una nueva modalidad de acción en el Frente. Es llevar la lucha a todos los territorios. Por eso los jefes deben participar directamente en todo, incluso en lo principal, el ataque mismo. Deben ser los jefes los primeros en el combate; los jefes del Frente no mandan a hacer las acciones y las miran desde lejos, las deben realizar ellos mismos.

 

Aquello era un golpe moral muy grande para todos, que daba confianza y seguridad, sobre todo a los más novatos. A Benjamín lo habían escuchado decir que, políticamente, un jefe es más responsable si asume directamente la dirección del accionar. Esto era un cambio de política. Muchas veces en el Frente los encargados debían pedir autorización para participar directamente y la razón de que a veces no se los autorizara era que se debían garantizar muchos aspectos para que la acción terminará exitosamente: la logística, la atención médica, la infraestructura y muchas cosas más dentro del plan general eran igual de importantes que la acción misma. Pero esta vez, se reforzaba que los jefes debían ser los primeros en la acción y eso llamaba la atención de Manuel.

 

Manuel siguió recordando. Finalmente, la columna logró sortear exitosamente las caminatas de las noches siguientes y se retiraron seguros de la zona, dejando “embuzonados” los medios y vestimentas usados en la acción. Por esa acción en el sur Mapuche, el aroma de la tierra y su gente habían quedado para siempre impregnados en la mente y el corazón de Manuel.

 

Días después se enteró –en reuniones y por la prensa– que Benjamín había comandado la acción del pueblo de Los Queñes. Había obrado de acuerdo con sus principios. El ejemplo personal siempre estaba presente en él, recordó. Luego de la toma del pueblo y ya en la retirada, Benjamín había sido capturado y asesinado por Carabineros junto a otra gran dirigenta del Frente, la compañera Tamara. Grande fue el dolor de Manuel, pues no le pudo dar el parte de guerra que habían preparado entre todos los combatientes de la zona sur. Su muerte fue un golpe demoledor para el Frente.

 

Manuel regresó al sur con las malas nuevas para sus compañeros y, como correspondía, regresó a la zona para retirar los materiales “embuzonados” que habían dejado después de la acción de Pichipellahuén. Los sacó de ese territorio. Recordaba que, cuando llegó al lugar, le impresionó la tremenda cara de espanto que tenía el dueño del predio. La señora, en cambio, le dijo que no podía creer que lo volviera a encontrar después de todo lo que había pasado.

 

–Haga lo que tenga que hacer y váyase rápido mijito. ¡¿Cómo se le ocurrió volver?! ¿Acaso está loco?, los andan buscando por todos lados. La mujer le dio una taza de té muy caliente y un pan amasado con merkén, ese picante mapuche tan sabroso, para que Manuel calentara el cuerpo.

 

–Quédese tranquila, compañera, gracias por el tecito, –le dijo– No podíamos dejarles este paquete de cosas a ustedes. Algún día nos volveremos a ver, cuando cambien las cosas y… muchas gracias por todo compañera –agregó, al despedirse.

 

Ella, muy emocionada, lo acompañó hasta un bajo pantanoso que limitaba con su predio, con el marido exigiendo a Manuel que se fuera rápido. La mujer lo hizo callar y abrazó a Manuel diciéndole, “yo le doy mi bendición; que Dios también me lo bendiga y me lo proteja, para que se pierda rápido del lugar y no lo pillen. Cuídese mucho, que andan a caballo buscándolos en toda la zona”. Manuel tomó el pesado saco, se lo echó al hombro y salió en dirección del camino. Debía esperar varias horas hasta que cayera la noche y mantenerse atento a las señales para no confundirse. Lo recogerían en un vehículo. Había cumplido la última orden que había recibido de Benjamín: No debía quedar ningún rastro de la acción en la zona, “ustedes responden por eso”.

 

Mientras esperaba el arribo del vehículo, Manuel pensaba que Benjamín y los otros jefes que habían decidido el accionar del 21 de octubre habían actuado en esos momentos con la misma dignidad que tuvo el Secretario General del MIR, Miguel Enríquez, que en condiciones que quizás no se puedan comparar por ser momentos históricos distintos, planteó que los militantes de su organización no se asilaban, siendo el primero en cumplir esa política que elevaba la moral del pueblo y de su propio partido y que encontró la muerte en combate también en un mes de octubre, en los primeros años de la dictadura. Ambos líderes, Miguel y Benjamín, emularon la valentía, arrojo y dignidad de Salvador Allende, nuestro Presidente histórico, en septiembre de 1973. Él no quiso rendirse a los generales antipatriotas de las Fuerzas Armadas chilenas. En verdad se debería decir Fuerzas Armadas de la derecha chilena, por la forma criminal con que actuaron contra su propio pueblo. La noche llegaba, con su manto de protección.

 

 

(*) Capítulo del libro “Somos tranquilos, pero nunca tanto…” publicado por Ceibo Ediciones en octubre de 2013. Autor José Miguel Carrera.

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