Las tinieblas de la conspiración terrorista

Por Marcel Roo

Venezuela

 

 

Comenzaba a escribir esta nota cuando de repente, zúas, todo se apagó. Fue el tercer atentado  en menos de un mes, donde las tinieblas volvieron a apoderarse de la ciudad por la acción terrorista de una conspiración  que ha roto el precepto bíblico y “hace mal sin mirar a quien”.

 

No otra cosa podemos deducir cuando el mismo autonombrado y ahora inhabilitado para ejercer cargos públicos, jefe de los terroristas afirma en un video que “seguirá persistiendo el problema eléctrico mientras Maduro esté en el poder”. A confesión de parte, relevo de pruebas, dicen los abogados.

 

Este es uno de los problemas que confrontamos los venezolanos: una oposición financiada por el imperialismo estadounidense con apoyo de gobiernos títeres que dejó de lado la lucha política y asumió la vía del terrorismo.

 

Ya se ha dicho, pero nunca está demás remarcarlo: la agresión de Trump tiene como objetivo fundamental la apropiación de sus riquezas fundamentales: la mayor reserva petrolera mundial; la tercera mayor reserva certificada de oro en el mundo;  importantes yacimientos de coltán, también llamado oro azul, porque se trata de un mineral estratégico utilizado en la industria tecnológica en la fabricación de componentes electrónicos; grandes reservas de hierro imprescindibles en la utilización industrial y doméstica.

 

Y si a ello le añadimos que Venezuela se encuentra entre los diez países con las mayores reservas de agua dulce del planeta y que comparte con Brasil y otras naciones suramericanas el mayor pulmón del mundo, la región del Amazonas. Indudablemente que esto lo hace uno de los países más apetecibles para la voracidad imperialista.

 

Contra la nación suramericana el imperialismo y sus lacayos han desatado la más despiadada agresión desde el mismo comienzo del triunfo del proyecto bolivariano encabezado por el comandante Hugo Chávez.  Todas ésas acciones perversas se han estrellado frente a la firmeza de un pueblo que ha logrado la conjunción estratégica de cerrar filas junto a su Fuerza Armada.

 

Pero el colmo llegó este año con la insólita autoproclamación de un desconocido en una plaza pública y Mon Dieu  el apoyo de unos gobernantes que tampoco lo conocían, pero ante la voz del amo del norte se arrodillaron en sumisa obediencia.

 

Ahora para completar la escena propia de una tragicomedia barata, agreden al país con todas sus modalidades tecnológicas y pedestres –ataque cibernético y disparos de fusil contra la hidroeléctrica El Guri, con el único fin de generar malestar en la población. En su irracionalidad no les importa que sus acciones perjudiquen no sólo a los chavistas sino también a sus seguidores.

 

Lo que no entienden es que la historia ha demostrado que los actos terroristas cuanto más daño hacen menos interés despiertan en el pueblo. Ya lo han señalado los líderes y teóricos revolucionarios: el humo de la explosión se disipa, el pánico desaparece y la vida vuelve a sus cauces.

 

Así pasa en nuestro país: nos quitan la luz, como se dice coloquialmente, nos quitan el agua. Vuelve la luz, vuelve el agua y Maduro sigue en el poder. Vuelven a quitarnos la luz y el agua, amenazan con invadirnos y el pueblo en la calle marcha, baila y entona cantos de paz.

 

Son momentos difíciles, nadie lo niega. Quedar a oscuras, tener que hacer largas colas o filas para buscar el vital líquido en los abrevadores de los parques que, por esa prodigiosa diversidad biológica, tiene Venezuela.

 

Esa conducta se vuelve cotidiana y con el humor característico del venezolano, cuando se está en normalidad alguien dirá: esto está muy aburrido, ojala que ocurra un apagón… O cuando en una reunión festiva alguien parodia una vieja canción puertorriqueña y dice: Yo tenía una luz que a mí me alumbraba y llegaba Guaidó y Zúas me la apagaba. En otras palabras, como dicen los chilenos el tipo quedó para el chuleteo.

 

Volviendo a la formalidad, lo de Venezuela nos deja lecciones. Por ejemplo, en el plano ideológico el imperialismo retrocede a etapas que se creían superadas. Ahora apela a la anacrónica doctrina Monroe y a un esperpento llamado Destino Manifiesto para justificar su inaceptable derecho de pertenencia sobre los países de América Latina y el Caribe.

 

Es la vuelta a las prácticas expoliadoras mediante las cuales colocaban y/o derrocaban presidentes de acuerdo a su conveniencia política y económica financiera.  Ahora, como lo sugiere John Bolton, la idea es que las empresas estadounidenses se instalen en Venezuela y industrialicen la materia prima local, comercialicen los productos terminados se tomen para si toda la ganancia y le den al gobierno de turno un pequeño “royalti” por el uso expoliador de sus recursos.

 

Todo esto acompañado de una apelación a la superioridad intangible que emana de la divinidad. Son las expresiones que hoy están en boca de los nuevos jerarcas de que “Trump fue elegido por la gracia de Dios” ergo “Dios nos guía por el buen camino”.

 

Es la explicación típica del terrorismo que mata en el nombre de Dios, injuria y maldice al que no cree en Dios. Oh, por Dios, cuánto daño se hace en tu nombre…

 

Ese lenguaje ha permeado a la derecha más reaccionaria de la región y, en parte, explica el por qué ahora Brasil, Argentina, Perú y el propio Chile son gobernados por fanáticos inescrupulosos cuya base de sustentación es la alienación que se deriva de las concepciones ideológicas que apelan a las divinidades.

 

En Venezuela la derecha terrorista va a la Iglesia, se confiesa, reza pero también quema gente, mata a jóvenes por pensar distinto. Como ha dicho ese títere autoproclamado e inhabilitado, una invasión militar causará muertes pero no será una tragedia. Será una inversión…en el nombre de Dios.

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