Los Trabajadores. Por Miguel Silva

Por: Miguel Silva.

No sé si cuando te levantas en la mañana, te lavas las manos y los dientes y vas al baño, piensas de donde vienen la pasta de dientes, el jabón y el confort. O cuando almuerzas un plato de tallarines ¿De dónde vienen?.

Bueno, las cosas que ocupamos todos los días vienen de fábricas donde laboran cantidades de trabajadores que ponen en marcha maquinaria y todo tipo de infraestructura.
¿Cómo sería vivir sin el trabajo de los y las trabajadores? Sin agua potable, sin luz, sin gas, sin televisión y radio, sin pan y mantequilla, sin té y café, sin micros y metro y autos. Sin hospitales, Cesfam y colegios. Porque todos estos, son servicios y productos que emanan de los cerebros y manos de trabajadores.

Por supuesto, los ricos y poderosos que nos mandan en este país, nos dicen que no son los trabajadorxs los que nos hacen llegar estas cosas a nuestras casas, sino los dueños de las empresas donde laboramos. Y que los trabajadores son menos importantes que los técnicos, los expertos, los gerentes que son los que realmente, de verdad, ponen en marcha las fábricas y tantos otros lugares de trabajo.

Es cierto que los que nos mandan en los lugares de trabajo laboran también. ¿Pero en qué trabajan… cuál es su pega?
Su pega es organizar la producción en tal forma que ellos y los otros dueños de los lugares de trabajo, lleven las ganancias o superávit a sus bolsillos. Son ellos los que trabajan duro para realizar la labor que determina que, de cada ocho horas de trabajo, el trabajador y la trabajadora labora tres para pagar su sueldo, y cinco para financiar las ganancias. SÍ, en promedio, laboramos tres horas para nosotros y cinco para el patrón. Cinco horas gratis.

Sí es cierto que los mandamases trabajan duro, haciéndonos laborar cinco horas gratis para ellos. ¡Ese sí es trabajo difícil!

Puedes decir que los hospitales de Fonasa y colegios del municipio no son negocios, no hay lucro, pero también en esos lugares de trabajo, el Estado paga más o menos lo mínimo que pueda, y exige tanto. El Estado también quiere “minimizar los costos”, y los trabajadorxs somos un costo. Los funcionarios estatales que boletean, las profes, las enfermeras de Fonasa, las cajeras del Banco Estado, también son parte de esos millones de trabajadorxs que, en promedio, laboran cinco horas para generar un superávit que los dueños y el Estado utiliza.

Ahora bien, ¿por qué somos tan tontas y tontos como para regalar cinco horas diarias a los que nos mandan?
No es que somos tontxs, es que ellos son los dueños de todo lo que usamos en la pega… y si ellos llevan nuestras herramientas de trabajo… ¿Cómo seguimos laborando?
¿Cómo hacer el confort sin las plantas de la papelera?
¿Cómo hacer los tallarines sin la fábrica de Carozzi en Buin?
¿Cómo enseñar a los niños sin los edificios y computadores de los colegios?
¿Cómo sanar la gente sin los remedios e infraestructura de Fonasa?

No podemos trabajar solos y solas, sin los medios que pertenecen al Estado o al patrón privado. Está claro.

¡Pero momentiiiito!
¿De dónde vienen los edificios y las maquinarias, los libros, computadores y los remedios que ocupamos en nuestras labores?
¡Síííí!
Son otros trabajadores que han laborado en la construcción de esos medios. Y otros patrones y mandamases que han trabajado tanto para asegurarse que, de cada ocho horas de su trabajo, cinco vayan para financiar las ganancias.

Bueno ya, nosotros hacemos la pega y los mandamases llevan sus ganancias y sueldos altos.
Claro, podría ser distinto. Nosotros podríamos llevar los medios en nuestras manos, es decir, hacer uso de todas esas cosas y servicios que nosotros mismos hemos construido, y trabajar para el bien de todos. ¿No sería mejor así… podríamos usar esas 5 horas que regalamos, para mejorar la vida de los pensionados, los enfermos, los niños? En fin, ¿no sería mejor?

Bueno, claro que sí, sí sería mejor. Pero no tomamos ese camino porque no tenemos la confianza en nuestras propias capacidades. Nos tienen hipnotizados con esa pomada que venden que nos asegura que no sabemos nada, somos unos tontos inútiles. Y les creemos.

Pero ya. Nos tienen tan hipnotizados que ni siquiera tenemos sindicatos fuertes. No negociamos por rama cuando los patrones sí se organizan por rama. No tenemos organizadores fuertes cuando ellos tienen hasta universidades para entrenar a su gente en el oficio de organización de las cinco horas gratis.

¿Dónde comenzamos a recuperar el respeto para nosotrxs mismxs?

Necesitamos nuevos organizadores capaces de llevar consigo a grupos de trabajadores y formar o mejorar sindicatos. Necesitamos una nueva confianza para llevarnos a un camino nuevo.

La nueva Constitución que viene puede ayudarnos en ese sentido. Debe garantizarnos el derecho de formar un sindicato sin temor a despidos. El derecho de hacer reuniones con organizadores en las pegas. Con más fuerza, fuerza garantizada, podemos obligar a los patrones y mandamases de tratarnos con el respeto que merecemos, escuchar a nuestras voces. Comenzaremos a prepararnos para nuestro futuro.

Pero sobre todo, necesitamos nuevos sindicalistas que tengan las ganas de levantar las cabezas y mirar, cara a cara, a los mandamases y decir que no somos tontos inútiles. Somos los y las que hacemos todo lo que ocupamos en la vida.

¡Tenemos que creer en nosotros mismos!

Equipo editorial Revista De Frente

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