Más allá del Frente Amplio: Fuerzas sociales, políticas y territorios

Sergio Acuña, Mesa Nacional del Frente Amplio

Emilia Catalán y Fabián Araneda, Comisión Territorial del Frente Amplio

Militantes de Movimiento Político Socialismo y Libertad, SOL.

 

El Frente Amplio es una experiencia, de apenas un año, que ha sido fuente de variadas pasiones, reflexiones y divagaciones. Las fuerzas políticas que hacemos parte de este proceso hemos caído -en variadas oportunidades- en centrarnos sólo en hablar y escribir sobre el conglomerado, es decir, en nosotras o nosotros mismos. Un incesante intento de explicarnos las urgencias del momento político desde sólo la reafirmación de lo que somos o -en el mejor de los casos- de lo que podemos ser. Se hace necesario empezar a mirar ‘más allá de nuestro lugar actual para poder afrontar los desafíos futuros, que actualmente se han volcado a la interna del Frente Amplio. Nos referimos en particular a los roles y potestades de las partes que nos componen, a las decisiones tomadas en la Mesa Nacional y las potencialidades de los territorios.

 

El primer paso sería pensarnos a partir de otros puntos de vista, desde afuera hacia adentro. En este artículo proponemos pensarnos desde las condiciones históricas que nos dieron origen como Frente Amplio, desde la contingencia política actual y desde las condiciones necesarias para superar el neoliberalismo. Este análisis podría ayudarnos a responder preguntas tan sencillas -y a la vez controversiales- como el ‘para qué’ las orgánicas políticas (partidos o movimientos), el ‘para qué’ los territorios (comunales) y los frentes sectoriales en el contexto de nuestra alianza política. Estas preguntas se presentan como un problema de potestades, que tiene su origen en una mirada cerrada hacia y desde nuestra autocontemplación, por tanto, complacencia.

 

Respecto a las condiciones históricas que nos dieron origen, el Frente Amplio es expresión de los procesos de movilización social y conciencia crítica en contra del modelo neoliberal desarrollados durante al menos las últimas dos décadas, en respuesta a sus desiguales consecuencias y en el cuestionamiento a su legitimidad. Es así como una serie de fuerzas políticas que, habiendo emergido o viéndose fortalecidas al alero de estas experiencias, nos dimos un lugar común para afrontar la contienda electoral del año 2017. El resultado no se fundamenta en la suma aritmética de los distintos acumulados de cada organización, ni en la idea de renovación o cambio de la clase política. En nuestra lectura, el salto electoral responde al acumulado de luchas sociales que permitieron roer el sentido común neoliberal, para la instalación de ciertas demandas que fueron recogidas por el Frente Amplio. El origen, por tanto, la soberanía última del Frente Amplio recae en lo que nos permitió llegar a ser lo que somos, es decir, la movilización social como proceso histórico, no atribuible a ninguna persona o colectivo.

 

Respecto a la contingencia política, estamos enfrentados a un nuevo escenario que implica volcarse a construir una oposición política y social al gobierno de Piñera. No cualquier oposición, sino una que interpele y movilice a cada vez más sectores de la sociedad en la perspectiva de una salida al modelo neoliberal. Una oposición, para que sea movilizadora, requiere de un proyecto que la empuje. Nuestra línea divisoria con el autodenominado “centro político” está marcada porque nuestro proyecto no es el ‘antipiñerismo’, es decir, no es la oposición vacía a un fenómeno del orden político vigente, sino que apela a su fundamento: el neoliberalismo. Es por esto que en segunda vuelta dijimos fuerte y claro que seriamos oposición a cualquiera de los dos gobiernos. El desafío que nos impone la contingencia tiene su centralidad en la movilización social y en cómo ésta se articula con nuestras autoridades electas. Es necesario evitar que la dinámica parlamentaria totalice la praxis política del Frente Amplio a través de una agenda programática y social que busque fortalecer lo que la hace fuerte, lo que está afuera de sí misma: esa sociedad movilizada que cuestiona y respalda demandas que -en su fundamento- están en contra del modelo, aunque no se manifiesten de manera  evidente.

 

Respecto a las condiciones o posibilidades concretas para la superación del neoliberalismo, si nuestro conglomerado quiere ser gobierno de transformación y no una nueva administración del régimen, tiene que entenderse al servicio del bloque social que cuestiona y se moviliza contra la opresión generada por este modelo.  Sin una movilización de cientos, miles o millones respaldando un proceso de transformación, éste puede ser presa fácil de los poderes fácticos que operan en nuestro país y América Latina. Además, nuestra ‘democracia’ sigue prisionera de una arquitectura institucional que impide la más mínima reformabilidad del modelo, el frustrado reformismo del gobierno saliente es testimonio de esto. Se requiere de una estrategia que, combinando el asalto electoral con la movilización social, permita generar un momento de desborde que haga viable un proceso constituyente para una ‘ruptura democrática’ de la irreformabilidad institucional del modelo.

 

Mirarnos desde un punto externo, y más amplio que el propio Frente Amplio, nos permite concebir y estimar su valor en tanto componente estratégico inmerso en un mundo que es mucho mayor que la suma de las experiencias de quienes hacemos parte del conglomerado. Ahí radica el desafío mayúsculo y central de las fuerzas políticas, comunales, frentes sectoriales y autoridades electas del Frente Amplio. Es desde ahí que deben devenir los roles de los que dotemos a las distintas partes del conglomerado, porque preguntas cómo el ‘para qué’ los territorios o las orgánicas deben tener -en primer término- una respuesta política.

 

El Frente Amplio es un conglomerado, pero además un movimiento político, que busca representar o ser expresión de determinados intereses sociales, es decir, estar al servicio de las mayorías populares para un proceso de transformación radical. No es -ni debe ser considerado- un movimiento social, en tanto debemos reconocernos como instrumento y no como sustituto de éste. Tanto las organizaciones políticas -con vocación revolucionaria, social o ciudadana- como los espacios frenteamplistas -territoriales y sectoriales- no deben arrogarse la soberanía originaria de nuestro conglomerado como base para argumentar quién toma determinadas decisiones políticas. Plantear la discusión en esos términos derivaría en un conflicto de potestades que encierra al Frente Amplio en sí mismo. Acá se trata de articularnos en base a grandes acuerdos políticos para construir un camino -ancho por necesidad- donde quepamos todos y todas, y que mire hacia la sociedad. Así, es menos relevante quiénes tomen las decisiones (lucha del poder por el poder), que la cancha de acuerdos en base a la cual se deben tomar esas decisiones. El Congreso del Frente Amplio nos convoca a este trabajo.

 

Las fuerzas políticas que hoy componen el Frente Amplio confluyen en función de elementos políticos que son insuficientes para la complejidad de la acción estratégica requerida. Es por esto que a las fuerzas políticas les corresponde construir acumulados políticos, sociales y electorales que apunten hacia una perspectiva estratégica más precisa que puede -muchas veces- no estar asociada a las centralidades de otras fuerzas de la coalición. La construcción de caminos e ideas propias es tan importante -e ineludible- como la necesidad del diálogo político que asegure la continuidad del conglomerado. El Frente Amplio, querámoslo o no, une a una diversidad de actores tal que convive con contradicciones que deben ser articuladas de forma armónica, teniendo un lugar central los acuerdos mínimos. Este desafío supera las posibilidades prácticas de las relaciones políticas cupulares, porque contempla espacios de confluencia a nivel territorial y sectorial, que nos distinguen de la Nueva Mayoría o Chile Vamos.

 

Las diferencias que existen entre las orgánicas políticas, complejas sin duda, pero que posibilitan al conglomerado, también se replican en los espacios abiertos a las y los independientes. A nivel nacional, comunal o sectorial se requiere que el Frente Amplio sepa tomar acuerdos cuando esto sea posible y convivir con el desacuerdo cuando no lo sea. La tarea -tan urgente como estratégica- es articularse para la lucha política, institucional y social a sabiendas de nuestras distinciones. El mundo independiente ha fortalecido el proyecto del Frente Amplio -como lo hizo Beatríz, nuestra candidata a la presidencia- sin embargo, no siempre se podrá tener una posición homogénea, en ese sentido, el rol de los independientes debe ser velar por la construcción y respeto a los acuerdos en el conglomerado.

 

El marco para las decisiones ejecutivas ha estado determinado por los acotados acuerdos mínimos de catorce organizaciones políticas que, por su diferencia y por responder a la contingencia inmediata, han derivado en los errores o aciertos de la Mesa Nacional. Más allá de la contingencia, los territorios y los espacios sectoriales debieran asumir el rol de traducir los acuerdos mínimos en acción política en ámbitos concretos como lo comunal, lo feminista, lo sindical, entre otros. La centralidad en este nivel del Frente Amplio sería darle carne a la construcción de fuerza social. La clave radicaría en la capacidad que tengamos de articular acuerdos mayores que permitan darle consistencia a las decisiones o acciones que se tomen en cada espacio.

En síntesis, en lo limitado de las capacidades de cada fuerza política comienza la potencialidad del Frente Amplio cuando las articula. Por otro lado, en caso de existir desacuerdo, es igualmente necesario que determinadas fuerzas políticas e independientes puedan articularse para continuar con la acción estratégica: construir fuerza social que empuje la superación del neoliberalismo. Por tanto, el desafío siguiente será avanzar para que en el Congreso nos dotemos de la mayor cantidad de acuerdos políticos y estratégicos junto a una estructura organizativa que sea coherentes con estos.

 

 

 

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