Medicina General y Familiar : Subvaloración de una lucha para levantar la salud comunitaria.

Por María José Díaz Nova

 

Nos dijeron que la promoción y la prevención iban a constituir el corazón de una nueva política sanitaria con la reforma del 2005. Sin embargo, se potenció el asistencialismo y la burocracia con la división de las dos subsecretarías en el Ministerio de Salud, con la resolución hospitalocéntrica de las patologías GES y el peso de la responsabilidad en la Atención Primaria de Salud (APS) sin potenciar su espíritu comunitario.

 

Todos estos años se ha reafirmado que por más que exista el espíritu social y el esfuerzo continuo en las y los trabajadores de APS, el Modelo de Salud Familiar se ha transformado en un proceso de acreditaciones que da cuenta de una división sectorial-territorial en los centros de salud, sin tiempo suficiente para el diálogo y la planificación con las personas, perpetuando su rol de sujetos/as pasivos/as.

 

Hoy se hace un guiño al fortalecimiento de la salud primaria desde el gobierno, planteando una especialidad médica que permita llenar los cupos en los centros de salud familiares para mayor disponibilidad de atención, desconociendo que la Medicina General y la Medicina Familiar existen hace mucho tiempo y que no han sido lo suficientemente valoradas.

 

Digamos las cosas como son: en este país existe una corriente sanitaria que no otorga el valor suficiente a trabajar en APS. El ir a un consultorio  a ejercer la medicina es considerado un paso breve o casi inexistente. La formación médica elitista ha volcado su mayor esfuerzo en la preparación de especialistas, principalmente aquellos y aquellas que ven a las personas en la especificidad de sus órganos y no la de sus contextos y realidades. Y si bien no se puede negar la importancia de su experticia, tampoco se puede negar que se ha dejado de lado la mirada integral de los seres humanos, ya que cada día nos subespecializamos más. De hecho, no me extrañaría encontrarme con un “pestañólogo” en una realidad relativamente cercana.

 

Cuando se abren los concursos para las especialidades, casi todas son copadas excepto las de Medicina Familiar. Pero ¿por qué? ¿qué pasa en el camino de la formación de un/a médico/a? Varias veces me tocó- en mi rol docente- preguntar a estudiantes de medicina de primer año en qué les gustaría trabajar al egresar. La verdad es que la respuesta no era muy diferente entre ellos(as): apoyar el trabajo en las poblaciones, o quizá viajar a una zona rural a entregar su conocimiento y vocación. Pero si avanzaba al tercer año las respuestas cambiaban radicalmente. Más de la mitad quería ser especialista, ojalá el o la mejor en su área, y trabajar en un lugar que le permitiera “desarrollar sus capacidades”.

 

Sí. Efectivamente así de duro es el cambio a través de unos cortos años de estudio y, aún a pesar de eso, unos/as pocos/as siguen persistiendo con su idea “revolucionaria” de darlo todo en el servicio público, incluso en condiciones adversas. Pareciera que la salud aún les suena a bienestar social y creen en ello. Se les pasa la vida siendo lo «más básico del escalafón social médico» según el criterio de los colegas, aún sabiendo que pertenecen a la lucha más idealista y hermosa del rubro. A esa que resiste a pesar de que del otro lado continúa perpetuándose la competencia más hostil por ser el o la mejor, copándose de admiración y respeto. Y en este andar, no se puede desconocer, además, el gran rol de las y los médicos extranjeros en este país, que con su aporte social han sabido dar espacio a esta medicina tan comprometida y tan valorada de la salud primaria.

 

Pues bien, ¿qué pasa ahora? El hecho de que se ofrezca ser “especialista” en los centros de salud familiares, habla de una concepción sanitaria mercantilista y que busca llenar el ego de quienes quieran postular a un cargo en la periferia y/o cuna de la vulnerabilidad de nuestras comunas y ciudades. Es una política que nuevamente profundiza el neoliberalismo a la luz de nuestros ojos. Se pretende seducir a los y las colegas yendo a trabajar por tener el diploma de una especialidad (¿estatus?) y no por alcanzar un bien común. Y lo seguimos permitiendo y aplaudiendo como si fuera una gran idea. Porque reitero, en esta sociedad no tiene el mismo valor social ser médico(a) general y/o familiar que especialista.

 

Me detendré en unos últimos comentarios. En Cuba hace más de 50 años existe la Medicina Familiar. La Medicina General Integral con fuerte base en lo comunitario. El o la especialista se forma con tres perfiles que se relacionan estrechamente: el político ideológico, el profesional y el ocupacional, y basta con ver sus indicadores nacionales de salud para darse cuenta de que no estaban ni están equivocados.

Acá llegamos tarde. Podemos contar con la tecnología más avanzada, pero llegamos tarde. A lo curativo. A lo paliativo. ¿Acaso nos hemos cuestionado esa realidad?. Quizá sería bueno y urgente replantearse en qué estamos.

 

En este día me brota con más fuerza el recuerdo de Alma Ata (Conferencia Internacional sobre Atención Primaria de Salud, realizada en Kazajistán, en septiembre de 1978), que más que una declaración de fines de los 70, se constituye como la reafirmación de que seguimos instalando y profundizando una desigualdad política, social y económicamente inaceptable, a la cual debemos enfrentar inequívocamente con la participación del pueblo en la toma de decisiones en salud, mucho más allá de un mero discurso, sino más bien con acciones concretas de educación, promoción y prevención comunitaria.

 

Repensemos las bases de la formación de nuestros profesionales y construyamos participativamente una práctica en salud que apunte a un buen vivir.

Estamos a tiempo de una nueva mirada. Levantemos la medicina social. Rompamos el paradigma sin miedo, está en nuestras manos cambiar el curso de la veleta.

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