Melissa Sepúlveda: “El capitalismo es una expresión del patriarcado”

Se hizo conocida públicamente como feminista, libertaria y presidenta de la FECh. Tras ello, ha tenido un camino político en torno a la defensa de la soberanía alimentaria que levantó Vía Campesina. Luego de un paso por Mozambique y el nordeste de Brasil, tratando particularmente esta última temática, Melissa Sepúlveda nos da sus definiciones en esta nueva edición de Debate Socialista en Revista De Frente.

 

Por Nicolás Valenzuela Paterakis

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¿Te sientes parte del campo socialista? Si es así. ¿Qué significa ser socialista hoy en el Chile del siglo XXI?

 

Sí, me siento parte del campo socialista. El socialismo, más que un estado, es un proceso fluido que va con la Historia. Tiene distintas expresiones, con las que una podrá estar más de acuerdo o no. Son diferentes piezas de un mismo mapa, donde cada quien -en un momento determinado- se posiciona en el lugar que le es más cómodo, porque las reflexiones también van mudando. Luego de estar trabajando dos meses con el MST en el noreste de Brasil, siento mucho más el vínculo con una tradición socialista, latinoamericana y con las distintas formas que ha tomado.

 

 

Varias feministas hablan de que la relación entre socialismo y feminismo es una relación mal avenida. En las organizaciones de izquierda, incluso del FA, no son pocos los casos de abuso o acoso, las direcciones están usualmente compuestas de hombres, los candidatos en su mayoría lo son, sus programas ponen al feminismo como una cuestión poco central. ¿En que radican estos problemas? 

 

Lo que ocurre al interior de las organizaciones políticas no es nuevo y no se disocia de lo que ocurre en la sociedad en general. En la medida en que no somos capaces de visualizar el patriarcado, que tiene más de cinco mil años y está en todas nuestras relaciones sociales (familia, amistades, en cómo pensamos y en cómo nos pensamos) no relevamos los problemas que produce.

 

La política es un espacio masculinizado y no se releva porque el sujeto de dominación es el compañero. Ya no es una dominación externa, no ocurre así en las relaciones patriarcales: es mi compañero, a quien tengo al lado. Eso lo hace más difícil de entender. Y no sólo es mi compañero, también soy yo. No es fácil de abordar ese monstruo. Y las herramientas no están. Los análisis de la izquierda no lo incorporan, son muy limitados.

 

Al marxismo lo veo como un orificio para mirar el mundo, pero es solo un lado. La gracia del interseccionalismo que se plantea desde el feminismo, es poder observar el problema de la dominación desde sus diferentes dimensiones, de una sola vez. Para ponerlo en un ejemplo: No vamos a necesitar un análisis de coyuntura feminista, otro de trabajo, o de medio ambiente, que es lo que tiende a ocurrir en las organizaciones políticas. Debe haber solo uno, integrado. Lamentablemente esas herramientas aún no están desarrolladas para que estén al servicio de la praxis política.

 

Darnos cuenta de lo machistas y lo patriarcarles que somos es un proceso súper doloroso. En todo este contexto hay una tremenda herramienta que es el separatismo. Que no es un alejarse de los hombres, aunque necesitamos un momento para nosotras solas. Ese “nosotras” no son solo las mujeres, son las no-hombres. En la cultura patriarcal, más que la identidad de ser mujeres, existe la negación de lo dominante, de lo no-hombre. En ese espacio de encuentro de las no-hombre existe una potencia y una fertilidad tremenda para aportar a un cambio de sociedad. Como dice el pueblo kurdo, un cambio civilizatorio que implica abolir el sistema patriarcal y una de sus ramas, el capitalismo. Para mí el capitalismo es una expresión del patriarcado. El separatismo es generar espacios para construir una identidad. Esa identidad también se transforma, no es solamente en un grupo en un colectivo, en un brazo de mujeres de una organización. Tiene que ver también con un proceso personal de construir identidad, subjetividad, de quien soy yo, de quienes somos.

 

 

A cierta parte del feminismo chileno lo acusan de ser académico, demasiado intelectual, de mujeres jóvenes, profesionales o universitarias que no han sido capaces de conectar con las demandas y la vida de la mayoría de las mujeres en Chile. ¿Es cierto? ¿Cuáles son las reivindicaciones y las prácticas que pueden ir generando la construcción de un feminismo popular, radical y de masas?

 

Yo hablaría de un feminismo plural, no de un solo gran feminismo. Eso es un error. Hay y habrá muchos feminismos, porque tiene que ver con este mismo proceso de reconfiguración. Efectivamente, hoy las organizaciones que tienen más militancia, son académicas y son universitarias. Vienen de ahí. No hay que negar esa condición objetiva de la militancia. No tiene sentido decir que somos obreristas o del campo, cuando no es así. La pregunta que cabe hacerse en esas organizaciones es por qué nuestra militancia está compuesta principalmente de esta manera. Entonces, si es un feminismo académico, muy teórico, con un lenguaje bien difícil, es porque proviene de ahí y se está pensando política para ahí. No sería bueno que esas compañeras que vienen de allí, hablaran por las mujeres indígenas, obreras, campesinas. No corresponde. Sí integrarse, articularse. Pensar los problemas en conjunto.

 

 

Uno de los temas que está empezando a surgir dice relación con una crítica, desde el feminismo, al punitivismo, que en principio dice relación con los casos de acoso y abuso patriarcal, pero también es extrapolable a todo tipo de violencia. ¿Nos estamos haciendo cargo de las condiciones que crean estas violencias por medio del punitivismo? ¿Cuáles son los caminos que ves para avanzar?

 

Yo me sitúo desde la autodefensa y en esto le hablo a las mujeres. Tenemos una primera tarea: cuidarnos. Eso implica muchas cosas. En algunos momentos puede implicar salir de una organización o no exponer nuestros cuerpos en espacios festivos, en carretes. Porque muchas situaciones de acoso dentro de las organizaciones tienen que ver con eso. Con momentos de alcohol, de uso de drogas, donde se van a acostar a una cama y el compañero, que tiene una concepción transgeneracional de libre acceso al cuerpo de la mujer, cree pude acceder a la compañera que está al lado. Por otro lado, tenemos que fortalecer nuestros cuerpos, ser capaz de defendernos. De responder, de que no nos anula la violencia de los hombres. Eso es lo primero y lo más importante. Y por eso el separatismo cobra importancia, en la re-educación tenemos que aprender a cuidarnos, a defendernos e construir redes de mujeres para eso.

 

Respecto de los casos en particular: Tienen que haber protocolos, tienen que existir sanciones, públicas y ejemplificadoras. Hay cosas que no son aceptables. Ojalá ésa sea la concepción previa, que para entrar a una organización existan cosas que no se van a permitir y que si tú haces eso, vas a estar fuera de ella.

 

En situaciones de violencia de pareja, de cualquier tipo, se dan situaciones complejas, en la que la mayoría de las veces las mujeres no quieren salir de la relación, por mucho tiempo. Cuando ocurre un hecho de violencia extrema, de violencia física, se abre una pequeña ventana de tiempo, donde la mujer dice no quiero más, quiero salir. ¿Qué pasa ahí? Las pocas casas del Sernam tienen una lista de espera gigante y no van a llegar nunca. No hay estructura para recibir compañeras. Hoy no hay redes suficientes. Ahí hay un trabajo fundamental. No basta con tener un protocolo que diga que hay acompañamiento, si no se materializa.

 

Durante mucho tiempo, siempre fueron las compañeras las que salieron de las organizaciones frente a este tipo de situaciones, porque en una política masculinizada hay redes de protección, donde se relativizan las acusaciones. Se dice que hay que tener un proceso de investigación, y si no hay redes de protección para la compañera mientras ocurre el proceso, al poco tiempo la compañera ya está fuera. El primer mensaje que se entrega es que se pone en duda lo que se está diciendo.

 

Hay una riña entre la presunción de inocencia, que es un principio jurídico. Sin embargo, la reflexión que hemos venido dando a propósito de varios procesos es que no hay presunción de inocencia, hay presunción de culpabilidad, porque vivimos en el patriarcado y lo más probable es que eso sea cierto. La respuesta de la organización debería ser, en primer lugar, atender a la compañera y luego nos fijamos qué pasa con el compañero.

 

 

El Estado neoliberal reproduce políticas asociadas a la función reproductiva de la mujer: medidas para la conciliación familia/trabajo desde una lógica individual, en la que ella es la mayor responsable del cuidado; políticas asistencialistas basadas en el número de la prole; al mismo tiempo que refuerza el sentido de la maternidad como dispositivo de validación social y no como elección y responsabilidad colectiva. ¿Cómo se sitúan los feminismos para disputar la “perspectiva de género” que nos entrega la institucionalidad? ¿Se puede desarmar el carácter patriarcal del Estado desde éste? ¿Puede ser herramienta en una dimensión táctica?

 

El Estado-nación es una de las ultimas grandes novedades de la historia del patriarcado. El Estado es, en sí, patriarcal. Es la gran casa, donde existe su pequeño núcleo: la familia patriarcal, donde está el pater familia, la cabeza del hogar. Nos educamos en esa escuela, para posteriormente, pasar a la gran vida social del Estado-nación.

 

Si pensamos en una sociedad no patriarcal, también hay gestión, por ejemplo, de la salud, de los alimentos, etc. Esas instituciones que hoy son parte del Estado, en el futuro ya no deberían ser, pero sí requieren de especialización, de conocimiento técnico, de ciencia. Pero me tomo de la ciencia que construyen las Kurdas, en oposición a la concepción occidental que separa al investigador del objeto estudiado. Una ciencia que está a disposición de la construcción de la sociedad distinta, de la lucha de los pueblos. Eso tiene un nombre, la ciencia de la mujer o la ciencia de la vida.

 

Desde el anarquismo se da esa tensión. Trabajar en la escuela/destruir la escuela. Pero tiene que ver con eso, con destruir la relación social, más que una institución o un lugar específico. En el proceso histórico y revolucionario al que aspiro y veo que se puede estar dando a nivel global, se ocupan diversos lugares, y uno va fluyendo en diversos lugares. Hay partidos que van a continuar trabajando la vía institucional, llevando candidaturas al parlamento. Espero que lo hagan bien, entre los límites y marcos que tienen y lo hagan lo mejor posible. Yo renuncio a eso un sentido estratégico. Yo creo en la posibilidad de un desarrollo autónomo.

 

Creo que tenemos que salir para construir otro bloque a nivel internacional que permita realizar ese cambio. Esto implica desechar el Estado-nación como forma organizativa del pueblo. Esto no necesariamente significa desecharlo como herramienta, en la medida que el Estado tiene muchas expresiones que atraviesan nuestra vida. Hoy, casi todo está mediado por éste. En ese sentido no se puede renunciar. Existe una contradicción. Al final queremos expropiarles esa relación social al Estado.

 

 

En Chile la soberanía alimentaria es un tema que existe, pero no ha alcanzado connotación nacional. Son pocas las organizaciones políticas que además de reivindicarla trabajan en ella, cuestión que contrasta al saber que el segundo rubro que más ingresos genera en Chile es el agro. ¿Qué es la soberanía alimentaria? ¿Cuáles son sus principales adversarios? ¿De qué manera amplía el horizonte socialista o lo modifica?

 

Lo primero es pensar ¿Qué es la alimentación? Es una actividad crucial, fundamental para la vida del ser humano y los seres vivos en general. Por lo tanto, es una actividad que estructura el quehacer de la humanidad y de la economía. De ahí que el cómo nos alimentamos dice mucho de la sociedad en la que vivimos y quiénes somos dentro de esa sociedad.

 

Hasta ahora tenemos una relación muy alienada con la alimentación, incluso desde los movimientos de izquierda. Hay una tendencia a disminuir la importancia del debate sobre este tema. Por ejemplo, en la resistencia a hablar de vegetarianismo o veganismo dentro de una organización política. Se dice que esos temas son individuales, que son liberales. Se produce un cierre autoritario. Las nuevas generaciones ponen estos temas y la militancia antigua pone resistencias. Dicen, yo fui vegetariano y ya lo superé, o algo así. En el fondo hay un cierre a dar un debate sobre la alimentación y para mí es un profundo error, porque es la actividad central de la humanidad, estructura la economía. Hay un campo central que no se está abordando.

 

En la sociedad capitalista están empezando a surgir una especie de problemas porque hay un paso radical y curioso en la alimentación en los países”en vías de desarrollo”: pasan de la desnutrición a la obesidad, Nunca hay una transición de alimentación saludable. No. Es un corte que va desde la pobreza del nulo acceso, a la obesidad, la desnutrición por exceso. Todo de la mano del patrón de acumulación. En respuesta a esto surgen conceptos de los mismos organismos internacionales, de la ONU, de los grandes foros por la “seguridad alimentaria” que tienen que ver con el problema de la desnutrición.

 

Como crítica a esos conceptos surge el de la soberanía alimentaria.Surge desde la Vía Campesina,  gran agrupación de organizaciones del campo, a nivel mundial. Desde la Vía Campesina se pone este concepto para criticar las ideas de estos organismos hegemónicos y muy ligados a las grandes industrias de la alimentación. Para hablar de la producción local, de la lucha contra los agro-tóxicos, de una alimentación saludable para las comunidades y de poner el énfasis ya no en la producción comercial del alimento, sino en la alimentación. Esta perspectiva convive con las cosmovisiones indígenas, ya que para ellos el problema no es quién es del dueño de la tierra: La gente es de la tierra. La tierra tiene gente, no es que la gente tenga tierra.

 

 

¿Cómo estas experiencias pueden servir a modificar la forma en que vivimos y nos organizamos? ¿Hay alguna relación con el feminismo en este sentido? ¿Qué limitaciones encontramos en las grandes ciudades?

 

Hay muchas experiencias de resistencias en la soberanía alimentaria relacionadas con el feminismo, porque las mujeres están muy vinculadas con la alimentación, en la producción, preparación y distribución de los alimentos. Se han generado, por tanto, diversas expresiones. Por ejemplo, la del MST, donde hay un debate, concepción y una práctica de la producción de alimentos libre de agro tóxicos, de la alimentación.

 

El MST lo dice de una forma bien fuerte: el campo sostiene a la ciudad. Hay experiencias interesantes con las ferias agrícolas, en la que los campesinos y los productores no sólo venden sus productos, sino que también hay debates y se comparte un plato de comida. Están las cooperativas de producción en el campo y las de consumo en la ciudad, en las que hay consciencia de lo que se consume, cómo se produce. De hecho, está la posibilidad de ir a ver cómo ocurre.

 

La ciudad tiene un impacto muy grande en la forma en que vivimos. La alimentación está relacionada con la forma en que vivimos, por tanto, con la ciudad. Está todo articulado. Necesitamos hacer análisis que sean integrados. No podemos pensar el problema de la alimentación de manera separada,  el cual vamos a poder resolver sin tocar lo demás. El problema de la alimentación está directamente vinculado con el sistema de dominación en general. No hay una solución si pensamos solo en la ciudad, o en este tipo de ciudades.

 

El debate sobre las ciudades, en el que urbanismo feminista tiene mucho que decir, se puede pensar de manera distinta, para ir saliendo de estos centros súper poblados. Debemos avanzar en un debate sobre cómo nos organizamos, pero está claro que así no. Lo que hacen estas ferias ecológicas o agro ecológicas o la generación de cooperativas de consumo o alimentos, es intentar generar consciencia, tensión y resistencia. No son propuestas, aún, de avanzadas. De avanzadas hay otras cosas.Es lo que, por ejemplo, hacen las organizaciones zapatistas, lo que hace el MST en el campo, o lo que se hace en África. En las ciudades hay ejercicios de resistencia, pero el primer paso sigue siendo poner el tema y no cerrarse a hablar del tema de la alimentación.

 

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