Mi primer Superclásico fue un empate

Por Miguel Fauré P.

#Sócrates #DeFrente

 

 

1992. Era un pendejo nervioso que veía por primera vez la cancha del Nacional. Acababa de cumplir 13 años y era un desquiciado devorador de estadísticas peloteras. Sabía que ese día nacía la «Nueva U» que nos prometió el Dr. Orozco. A las 16 hrs (cuatro antes del partido) llegábamos con mi viejo y mi hermano Daniel a asegurar un buen tablón de Pacífico Poniente.

 

Mientras desde los polos del estadio empezaban las primeras puteadas, yo calculaba las opciones de gol del equipo de Salah ante los cuasi invencibles soldados de Jozic. Puyol mandando centros de zurda, Gino Cofré al cabezazo y Salgado olvidando su pasado albo. Me urgía Borghi ridiculizando a pura finta el tosco pero laborioso actuar de Luchito Musrri.  El «Tunga» González pintaba a crack, pero sin el pase cortito del gordo trasandino no era nadie. Y, qué se yo, Rogelio Delgado me daba confianza.

 

A los ’10, Jaime Pizarro -el mejor 6 del mundo por entonces- nos deja helados. Los fantasmas del reciente descenso colmaban las gradas donde unos púberes bullangueros le disputaban los cánticos a la vetusta banda del Chuncho Martínez. «Los de Abajo», así se hacían llamar. Lienzo con auspicio de Scannia. Pero a los ’25 aparece un ente sagrado: el blondo Eduardo «Gino» Cofré le rompe la malla al «Rambo» Ramírez. Corazón al pecho. La U era dueña de la pelota.

 

Fin del primer tiempo. Baño, coca sin hielo y maní. Pienso: que entre el argentino. El «payaso», Ariel Ceferino Beltramo. Sí, Salah, no jodas. Es el único que le saca velocidad al Chano Garrido. Dale, turco. En eso, Mariano Puyol revienta el arco y por primera vez me siento ganándole a Colo Colo. Mierda, es cierto. Cuatro minutos más tarde, Mora nos deja 3 a 1 arriba y la noche cae sobre el verano agonizante de Santiago. La felicidad era indescriptible.

 

Pero a diferencia de la hinchada, en mi cuaderno yo llevaba el registro del «pelado» de O’Higgins. Ese que en una semana -caso único en el mundo- jugó contra y a favor de su equipo. Claro, en medio de la euforia, el Tunga nos deja helados. A veinte minutos del final, el reciente campeón de la Libertadores nos acechaba por las dos bandas. Y así fue. A los ’86, De Luca nos roba dos puntos. A la mierda, pelado hijo de tu mala herencia. Mi estreno en el Nacional se fue con un empate amargo. Dale, era Copa Chile, pero, bueh.

 

En mi cuaderno, sin embargo, dejo un apunte interesante. Diez años después volví a encontrar ese 80 hojas Torre de tapas café. Con certeza de pitoniso, leo: «este año volvemos a ganar el Clásico, es inevitable». Vacaciones de invierno de ese año y sí: Gino se destapa y nos brinda un 2 a 0 allí, en el mismo estadio. La «Nueva U» era real. Sólo restaba ser campeones, otra vez. Como fue a mis 15.

Comparte tu opinión o comentario