No hay nada que negociar

 

Por Miguel Fauré Polloni

 

¿Quién está tan apurado/a por sentarse en los encuerados sillones de La Moneda? ¿A quién le golpearon la puerta las masas para llevarle en andas a gestionar una vida nueva? ¿Por qué tanto afán en ser “vistos” y “oídos” por quienes dicen rechazar? ¿Cuál es el discreto encanto de esta burguesía?

 

La cercanía de un escaño emborracha. Sin tener siquiera puesto un pie en el Congreso, ciertas militancias empezaron a trazar cálculos de alianzas, diálogos urgentes, negociaciones “realistas”. Laura Rodríguez, la histórica diputada humanista, hablaba del virus de altura: extraño mal que se desata “cuando la gente cree que ha llegado a cierto cargo por sus propias cualidades y no porque ha habido un aporte de mucha gente”.

 

La construcción de un tejido social que le dé sustento a las ideas del FA no es un “acontecimiento”, sino un proceso de largo aliento. Paciente, resiliente, contradictorio a veces. Es –como dijeran los indígenas zapatistas- un andar preguntando, sintiendo el pulso de la calle. Es la creación de una comunidad de ideas, de una identidad frenteamplista. Se forja en el abajo, ése que algunes recién conocieron en campaña.

 

Sí, compañeres, los sujetos de a pie no lo estamos pasando bien. El Chile común se hunde día a día en una deuda insondable. El futuro se acabó, sólo queda un presente de pequeños placeres, pagados por la euforia de un plástico rectangular que me lleva a gastar más de lo que puedo pagar. Sólo hay un presente cristalizado en la promesa de estar a sólo dos cuadras del Desarrollo.

 

Se puede llegar a ocupar un silloncito. No es una tecnología muy compleja para un buen equipo publicitario, repleto de ases del marketing. ¿Vamos por eso? La dinámica de ganar centros de alumnos o federaciones estudiantiles no aplica fuera de los reductos universitarios. Es una dinámica muy otra. En los territorios no está el fervor del debate cotidiano, la asamblea permanente, la búsqueda de crisis para dar el zarpazo a la toma de la Facultad. Allí, en los barrios, en la calle, se prefiere cierta estabilidad, a lo menos un instante de certezas ante el caos global. ¿Podemos juzgar mal esa urgencia por un mañana en el cual a lo menos se tenga pega?

 

Nos llenamos la boca con el facho pobre. ¿Sólo porque no es capaz de rebatir uno de nuestros lúcidos argumentos preñados de tinta de la última edición del Capital? Calma, compas. No se trata de parecerse a los nuevos mayoríos. Es no sentirse jamás “fuera” de ese pueblo, ni guiándole ni empujándole. Cuando te sabes parte del abajo, el arriba te parece una vana ilusión. ¿Hablamos de batalla cultural? Sí, quizás, conversémoslo. Pero que ese diálogo sea entre los sujetos populares no organizados y los que sí lo estamos. Es una charla horizontal. Un tú a tú, cada cual con su bronca y sus miedos. Hablamos, y ahí sí que tenemos certeza, de una política popular, opuesta a una política elitaria, ésa que construye partidos bajo el molde de una agencia de empleos.

 

¿Nos demorará más esa tarea? Sí, mucho más. El desmantelamiento del patriarcado, el despertar de un deseo de comunidad en contra del individualismo impotente, el tejido de redes que permitan apropiarnos de los procesos productivos bajo una economía solidaria… son caminos en el cual no hay dogmas, sólo borradores. Con la virtud de ser escritos a varias manos.

 

“Ganar” o “perder” no son los verbos a conjugar en estas votaciones. Sea cual sea el resultado, si se dividen aguas, que sea entre una política popular a largo plazo y una política elitaria con crisis de ansiedad ante la orfandad de próximas elecciones. El 20 de noviembre será otro día y cada día es continuar.

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