Pandemia y golpismo: ¿La tormenta perfecta en Brasil?

Por Rejane Carolina* Hoeveler y Danilo Georges**

 

El desplazamiento de Bolsonaro al convocar los «actos» del 15 de marzo de 2020 puede evidenciar un nuevo escenario. Está en marcha una nueva fase del golpe y de la «dedesmocratización«, tantas veces anunciada por Diputado Federal Eduardo Bolsonaro, su hijo, que sin parsimonia ha defendido reiteradamente un «nuevo AI-5». No faltan anuncios de estas intenciones, no solo por parte del clan Bolsonaro sino también por parte de los altos mandos militares, como cuando el entonces candidato a la vicepresidencia, el general Mourão, en una entrevista a Globo News en 2018, admitió la posibilidad de un » auto-golpe de estado «. La elocuente denuncia hecha recientemente por el general Santos Cruz comprobó que el general Heleno y los otros cuatro que figuraban en la convocatoria del 15 de marzo son una parte activa en la movilización, aunque detrás de escena.

 

 

No reconocer este nuevo escenario hace que muchos dentro de la izquierda se basen todavía en una racionalidad/modalidad política que ya ha sido superada por la misma elección de Bolsonaro y la aceleración de la crisis. El campo de los trabajadores y el pueblo está derrotado, y esto desplaza el centro de la coyuntura hacia las alternativas en disputa en el interior de las fracciones de la clase dominante, teniendo en cuenta, sin embargo, la autonomía de la política y las propias divisiones interburguesas.

Tenemos el escenario de una crisis institucional galopante; una crisis económica sin precedentes a escala mundial; y una crisis política que trae gran inestabilidad al capital. Combinados con la tragedia de una pandemia, evidentemente generarán una enorme inquietud social, que deberá ser controlada. Aquí se encuentra la dimensión preventiva de la ordenanza emitida por Sério Moro y Henrique Mandetta, así como la probable aprobación de un estado de calamidad que puede durar hasta diciembre.

¿Hacia dónde va el péndulo del capital? La posición de los grandes empresarios, a lo largo de 2019, fue de apoyo, activo o pasivo, al gobierno. Sin embargo, con el agravamiento de la crisis económica, los límites de apoyo de la base de la Federação das Indústrias do Estado de São Paulo (FIESP) evidencian tensiones con Bolsonaro [1]. Esta posición fue expresada por Paulo Skaf, presidente de FIESP y representante de otros aparatos privados de hegemonía de la industria paulista y nacional. Incomodado con el episodio pintoresco en el que un comediante llevado por Bolsonaro a la puerta del palacio de gobierno se dedicó a cometer bizarreadas hacia los periodistas presentes, en el día del anuncio del “PBIcito” de Paulo Guedes, Paulo Skaf declaró que la federación «no tiene cualquier alineamiento político» con el Presidente de la República; De acuerdo con el reportaje, «menos de 24 horas después de reunirse con Jair Bolsonaro en la sede de la Federación de Industrias del Estado de São Paulo (Fiesp) por segunda vez en un mes«. [2]

Fueron las propias clases dominantes brasileñas, FIESP al frente, quienes interrumpieron de forma aventurera las apariencias de normalidad democrática al destituir a la presidenta Dilma Rousseff, en 2016, bajo el pretexto de «pedaleo» fiscal. Como la popularidad extremadamente baja de Temer podría llevar al regreso de Lula, pronto aparecieron más casuísmos jurídicos para sacarlo de la carrera, dejando espacio para que el protofascismo ganara las elecciones, mediante maniobras judiciales bonapartistas bajo el liderazgo de Sérgio Moro. Dicha pornografía jurídica fue expuesta por The Intercept en la serie Vaza-jato [3]. Un segmento significativo de las clases dominantes, FIESP a la vanguardia, se lanzó a esta aventura golpista y perdió el control del proceso. Este segmento creía que de alguna manera podría controlar/maniobrar al presidente miliciano, dejándolo con sus rarezas mientras se ocupaba de lo esencial: contrarreformas contra la clase trabajadora y la búsqueda de la retomada de la tasa de ganancia. Bolsonaro se convirtió en la alternativa real para derrotar al Partido dos Trabalhadores (PT) para implementar la agenda más dura del capital, y ganó para su campaña el compromiso activo de algunos empresarios importantes (e incluso estos, ahora, están comenzando a separarse del gobierno).

Además de FIESP, Bolsonaro comienza otra pulseada con las fracciones golpistas de 2016. Esto queda muy en evidencia en la posición actual de Janaina Paschoal y Miguel Reale Jr, autores de la farsa legal que derrocó a Dilma Rousseff, que lanzan ahora una solicitud de destitución del miliciano (tristemente celebrado por sectores de la izquierda, un síntoma de confusión generalizada dentro de nuestro campo).

En la crisis institucional, el grupo golpista encabezado por la «familícia» mide su fuerza con el Congreso, lo que se evidencia en los atritos con Rodrigo Maia, con el STF (que permitió la liberación de Lula hace unos meses); y con el grupo Globo (que expone el nexo investigativo entre la familia Bolsonaro y la ejecución de Marielle Franco). Durante su primer año en el cargo, Bolsonaro no dudó en deshacerse de sus operadores políticos más importantes en el Congreso. El caso de Joice Hasselman, ex líder del gobierno en la Cámara de Diputados, pieza-clave en la aprobación de la reforma previsional, es ejemplar. ¿Por qué Bolsonaro y el general Heleno dieron un rotundo «FODA-SE» al STF y al Congreso? Bolsonaro quiere el conflicto, mientras que los otros poderes buscan evitar la confrontación abierta. Todos serán responsables de la crisis y nadie quiere «pagar el pato».

El clan miliciano liderado por Bolsonaro, una vez en el poder, construyó un apoyo todavía más grande entre sectores del Ejército (tanto en la base como en la cima); del fundamentalismo religioso; de la mayoría de la comunidad empresarial y todavía parte de las masas, lo que demuestra que esta fidelidad política/ideológica va más allá de la fidelidad momentánea motivada por un buen o mal desempeño del PIB. Tales sectores «oscurantistas» se encuentran en lo que clasifican como una «cruzada» contra la prensa, contra los «enemigos de la Patria» y la «familia», y contra lo que queda de las instituciones del régimen democrático burgués – todo esto asignado en la etiqueta extendida de «izquierdismo». Sabemos que una parte importante de la base social de Bolsonaro son los grupos de milicias paramilitares, las policías militares, los agentes de contravención y los sectores subordinados del aparato represivo del Estado – incluido el Ejército, ya que Bolsonaro moviliza a estos sectores fuera de la jerarquía, situándose como una especie de líder sindical en el poder que subvierte el Poder mismo.

Los instrumentos y dispositivos de esta movilización permanente son nuevos, aunque los hemos visto operar por lo menos desde la campaña electoral de 2018, que por sí sola ya había demostrado toda la fragilidad de las instituciones de la democracia burguesa en Brasil. Desde la instalación de la Comisión Parlamentaria Mixta de Investigación sobre las Fake News, quedó claro que Bolsonaro tiene mucho que ocultar sobre los métodos sucios de «hackeamiento» de la democracia. El asesinato del Capitán Adriano y la reciente sospechosa muerte del principal coordinador de campaña de Bolsonaro, el ex ministro Gustavo Bebbiano, son casos evidentes de quema de archivo que se relacionan con el caso del asesinato de Marielle Franco y probablemente otros acontecimientos más. Todo esto nos muestra que, para Bolsonaro, es un juego de todo o nada. La ecuación es simple: la caída de Bolsonaro, o su no reelección, representa la exposición de su participación en una amplia variedad de contravención, incluidos los exterminios programados.

Parece una hipótesis muy plausible que Bolsonaro esté, en este momento, «estirando la soga» para justificar una ruptura institucional. Esperar que Bolsonaro respete el calendario electoral reglamentario en este contexto es un grave error – y en este sentido, la estrategia del PT de apostar en 2022 debe envejecer antes de crecer. Sin embargo, también es plausible  la hipótesis de que las últimas maniobras de Bolsonaro sean un síntoma no de su fuerza, sino de su debilidad; y puede ser que otro frente golpista sea articulado con la intención de «suicidarlo» políticamente antes de que se derrame el caldo. En ambos casos, sin embargo, lo que está en el horizonte es un cierre del régimen.

Nuestros destinos están atados a los del resto del mundo: aunque las fronteras se estén cerrando, el capitalismo sigue siendo un sistema global. Por ironía de la Historia, se invirtieron los roles: al contrario de lo que predicaba la histeria de extrema-derecha, después de todo, la enfermedad no provino de inmigrantes, sino de las élites. Y al final, ellas son las que se aprovecharán del «shock» de la pandemia para tratar de imponer políticas que atiendan a sus intereses, como bien recordó Naomi Klein. [4]

La situación es paradójica porque, aunque la ordenanza de Moro y Mandetta [5] esté respondiendo a un problema real (las medidas para garantizar el aislamiento para no sobrecargar el sistema de salud), esencialmente significa un aumento en la capacidad de represión del Estado, en una fórmula que combina biopolítica, estado de excepción, bonapartismo, o como queramos llamarlo. La probable aprobación de un estado de calamidad en los próximos días dará el debido sello legal a las acciones cada vez más autoritarias de control preventivo sobre las inquietudes sociales.

La izquierda necesita superar con urgencia el estado actual de apatía y/o pánico, reanudando la iniciativa política, sin alimentar esperanzas de que en el corto plazo haya una transformación tan radical del sentido común y un fortalecimiento de las luchas más orgánicas. Apostando principalmente por las luchas sociales junto a los más vulnerables, los que más sufrirán con la pandemia, y organizando la resistencia a un probable cierre del régimen. Nuestro deber es, en primer lugar, sobrevivir al cataclismo mediante el uso de la solidaridad activa, y con esta, señalar un camino que pueda poner nuevamente en pauta la voz de los explotados y oprimidos. Existe, en varias partes del mundo, una creciente conciencia sobre la necesidad de sistemas públicos, gratuitos y de gran alcance. La pandemia del nuevo coronavirus muestra, de la manera más trágica, cómo simplemente no hay posibilidad de salud en primera persona. El capitalismo es la verdadera enfermedad que puede destruir a la humanidad, con la devastación de la naturaleza y la desolidarización social. El fascismo neoliberal, con su explícito desprecio por la vida, es solo su síntoma más morboso.

 

*Historiadora, profesora de Trabajo Social, Universidade Federal do Rio de Janeiro (UFRJ)

**Historiador, militante do PSOL (Partido Socialismo e Liberdade) 

Traducción: Lucas Duarte 

Publicado originalmente em www.esquerdaonline.com,

 

 

Músico, abogado y defrentista. Vive en Peñalolén, Santiago.

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