Participación y protagonismo infanto-juvenil: Cuestionando el adultocentrismo

Por Sebastián Soto-Lafoy

Psicólogo.

Comisión de Infancia y Adolescencia, Frente Amplio Parral.

 

Acorde al sociólogo Claudio Duarte, una de las características de la sociedad occidental, es su condición adultocéntrica, la cual “remite a unas relaciones de dominio entre estas clases de edad -y a lo que a cada una se le asigna como expectativa social-, que se han venido gestando a través de la historia, con raíces, mutaciones y actualizaciones económicas, culturales y políticas, y que se han instalado en los imaginarios sociales, incidiendo en su reproducción material y simbólica”[1]. Desde esta matriz sociocultural, se establece una figura idealizada de la adultez, y desde ese lugar, relaciones de dominación y subordinación con los sujetos catalogados como “menores de edad” (niños, niñas y adolescentes). Esto sumado a que se instalan  y reproducen ciertos imaginarios, estereotipos y representaciones sociales sobre las infancias y adolescencias de manera globalizante y unívoca. En términos generales, se piensa y trata a los niños y las niñas como sujetos vulnerables, inocentes, indefensos y, por sobre todo, inhábiles o incapaces de tener una opinión propia sobre un determinado tema, o participar y decidir en la organización de cierto ámbito de sus vidas, ya que supuestamente le correspondería al “mundo adulto” hacerse responsable exclusivamente. En cuanto a los y las adolescentes y jóvenes, se les suele estigmatizar, criminalizar y patologizar, discriminándolos a partir de prejuicios sociales que reniegan todo lo que tenga que ver con sus aspectos positivos: capacidades, habilidades, talentos, que muchas veces no son tomados en cuenta dado que predomina una imagen negativa de la juventud en general. “Vagos”, “delincuentes”, “flojos”, “inmaduros”, son algunos de los rótulos que se usan de manera despectiva al referirse de los/as adolescentes.

 

Es por lo mencionado anteriormente que me parece de suma importancia el repensar el trato cotidiano que establecemos con nuestros niños, niñas y adolescentes, y especialmente el tipo de apertura que tenemos como adultos (o no) de habilitarles espacios e instancias de participación, organización y acción individual y/o colectiva, incentivándoles a que puedan incidir y decidir en los distintos ámbitos de sus vidas (familia, escuela, barrio, junta de vecinos, club deportivo, etc). Esto sería, a mi parecer, una forma de tomarse en serio a los niños, niñas y adolescentes, es decir, como sujetos ciudadanos/as.

 

Ahora bien, en la realidad chilena la participación infanto-juvenil está marcada por un sistema sociocultural adultocentrista (personificado en la figura del adulto varón) que instaura una  concepción y trato con los niños, niñas y adolescentes como objetos de disciplinamiento y control, acorde a los deseos e intereses de los adultos, invisibilizando, minimizando o excluyendo cualquier manifestación de sus subjetividades, las cuales no tienen valor alguno  o tienen menor importancia por el solo de hecho de ser catalogados como “menores de edad”. De esta manera la participación y organización infanto-juvenil muchas veces se ve limitada por el poder y la razón adultocéntrica. El ejemplo más claro se da en la organización estudiantil secundaria, la cual innumerables veces se ha visto reprimida, vigilada y controlada por las autoridades de los establecimientos educacionales, no dejando margen de acción para la organización autónoma e independiente de los y las estudiantes.

 

Desde este marco ideológico, además, se valida la violencia hacia los niños y niñas como una práctica aceptada socialmente. Especialmente aquella violencia simbólica que suele pasar desapercibida y que no da lugar sus palabras y deseos, quedando relegados a la posición de objetos de protección, invalidándolos totalmente como sujetos de la palabra y derechos, como el derecho a la libre expresión, opinión y participación. “No hay que tomarlos enserio, son niños”, es una frase común de escuchar, dicha con tanta liviandad, pero tan violenta a la vez. ¿Qué lugar y valor les otorgamos a sus palabras? ¿Nos detenemos a escuchar realmente y tomarnos en serio sus opiniones, deseos, sueños? Preguntas necesarias de plantearse para quienes trabajamos y nos relacionamos cotidianamente con niños y niñas.

 

Frente a esta realidad social que se ha reproducido históricamente, el protagonismo infanto-juvenil es una teoría y praxis social que surge en la década de los 70’ en América Latina unido a la educación popular y a los movimientos sociales de niños, niñas y adolescentes trabajadores. Dicha teoría cuestiona el adultocentrismo y paternalismo visibilizando la capacidad de los niños, niñas y adolescentes de influir y transformar la sociedad, acentuando su rol social y político. De esta manera se pone entredicho la concepción hegemónica de las infancias y adolescencias como etapas de inmadurez y vulnerabilidad psicosocial vs la de actores/actrices sociales y políticos productores de un mundo propio. También permite cuestionar las retóricas y  prácticas de las instituciones públicas/estatales que los/as sitúan como objetos de protección, intervención, o inclusive muchas veces como meros objetos de derechos (SENAME).

 

Ejemplos en Chile y América Latina de participación y protagonismo infanto-juvenil hay varios. Solo por nombrar algunos, en el plano local tenemos la revolución pingüina de los/as estudiantes secundarios/as el año 2006, evento el cual revolucionó y repolitizó a la sociedad chilena, siendo los y las jóvenes y adolescentes quienes se organizaron de manera autónoma e independiente, entablando demandas estructurales al gobierno de ese entonces sobre la educación pública. A pesar de que los resultados a largo plazo no fueron los esperados, hubo una organización, participación y movilización infanto-juvenil histórica a lo largo de todo Chile, que cuestionó de cierta manera, ya sea directa o indirectamente, que la política sólo la pueden ejercer los adultos. A nivel latinoamericano tenemos cómo ejemplo el movimiento de niños, niñas y adolescentes trabajadores/as (NATS) quienes han luchado constantemente por el derecho a un trabajo digno, oponiéndose de esa manera a las políticas adultas de los gobiernos latinoamericanos de erradicar el trabajo infantil a toda costa, desconsiderando las causas que llevaron a esos niños y niñas a trabajar.

 

La participación y el protagonismo infanto-juvenil lo podemos concebir como una forma de pensamiento y de praxis política que permite que los niños, niñas y adolescentes defiendan y ejerzan sus derechos a la organización, libre expresión y participación, sin tener que depender del Estado  o un adulto que les ordenen, de manera autoritaria y jerárquica (o paternalista), como tienen que hacer las cosas. El acentuar la capacidad de organización y participación,  es una tarea pendiente que puede permitir avanzar culturalmente, no solo en el reconocimiento de los niños, niñas y adolescentes como sujetos de derechos, sino que también como sujetos sociales y políticos.

 

[1] Duarte, Claudio (2012). “Sociedades adultocéntricas: sobre sus orígenes y reproducción”. Revista Última Década, n° 36, pág. 103

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