¿Por qué los hombres matan a las mujeres?

Por Amanda Rosales

 

Antes de comenzar esta columna, quisiera dar cuenta que entre el 2008 y el 2018, se han registrado 449 asesinadas en el contexto del “femicidio en Chile”, siendo América Latina uno de los lugares con más femicidios en el mundo.

 

Pareciera ser que la formación de los varones respecto de la vida de las mujeres, ha sido bastante deficiente en cuanto a la valoración de nuestra vida, de la libertad y el derecho a vivir en paz. Pareciera ser que hemos perdido cierta noción de respeto a la vida incalculable. Que no tiene precio. La lucha hegemónica por la economía y la cultura por parte de aquellas ideas que piensan que el dinero está por sobre las comunidades, organizaciones y grupos pequeños, han devenido en que las grandes potencias hayan pasado por encima de las características individuales de los territorios y de las comunidades, imponiendo el consumo y la individualidad como valores relevantes dentro las dinámicas culturales que dictamina el 1% de Chile.

 

Pero no sólo son planteamientos subjetivos basados en elementos culturales. Los sueldos bajos, los trabajos inestables, la educación y salud privatizada, las pensiones bajas, los arriendos de las viviendas, el poco acceso a la casa propia; son situaciones que la mayoría de las poblaciones de este lado del mundo están viviendo, en desmedro de la calidad y de la tranquilidad, en donde el único pecado que se ha cometido, es estar sobre recursos naturales «valiosísimos» para el desarrollo tecnológico a nivel global. Y, además, del agotamiento de los bienes naturales que se han ido descubriendo, mediado por la explotación de ellos de forma exacerbada y la puesta en riesgo de las comunidades aledañas.

 

La violencia se instaló, con subterfugios inteligibles para la mayoría de los seres humanos, pero que se sienten en el día a día, siendo aceptados como designios de un dios celeste. La deuda y el trabajo extenso ha violentado a los individuos, a las familias y a las comunidades.

 

Pero si entramos a la profundidad del problema, nos damos cuenta que los niveles de violencia en la región van más allá de los femicidios. A todas luces, es una problemática sintomática del “capitalismo salvaje”, que pone por encima el negocio y la utilidad, que el bienestar, la vida y el goce. Todo, todo es dinero. Entonces deja den importar la felicidad, la vida de las personas en sus espacios más íntimos: el amor, el compartir, la conversación, el ocio.

 

Y se pone por encima la explotación, el consumo y la deuda.

 

Como plantea Hannah Arendt en su libro Sobre la Violencia (1970) “Si concebimos el poder en términos de mando y obediencia, de dominación del hombre por el hombre, entonces la autoridad, la fuerza o la violencia no podrán aparecer sino como formas más o menos feroces de garantizarlo”. La violencia es el resultado de un orden que no apela a otra cosa que el sometimiento irrestricto de grandes masas de población a un modelo perjudicial para la vida humana: el capitalismo salvaje, brutal, que produce bienes innecesarios, en largas jornadas laborales, con el único propósito de enriquecer a unos pocos, mediante la plusvalía que genera el trabajo invertido, y por el cual nos pagan a toda una miseria.

 

Entonces, el problema se centra en la autoridad, el abuso y el poder.

 

Se han desarrollado estrategias comunicacionales, políticas, estéticas y morales para levantar una falsa realidad, que se repite en todos los lugares en donde estamos: que la democracia es esperable y que la meritocracia es real en Latinoamérica, que la deuda es la única forma de conseguir bienes y que no hay forma de cambiar el orden existente.

 

El statu quo ha triunfado, de la mano del pesimismo. Y acompañado de constituciones falaces, como instrumentos legales, que atentan en contra de la libertad, de la libre expresión y contra el derecho legítimo a la rebelión, nos mantienen quietos, asustados y deprimidos. Se «normativiza» la violencia simbólica, económica, política y cultural.

 

La gracia de la humanidad es su capacidad inimaginable de cambiar las condiciones de vida en pos de la supervivencia. Esa capacidad ha sido desconocida por los que buscan mantener sometida a la población, pero también por nosotros mismos, que nos hemos dejado estar, y desde la derrota nos hemos mantenido impávidos.

 

La historia oficial en el continente se ha encargado de ocultar las frases e ideas revolucionarias respecto a la libertad de nuestra región, respecto a las ideas libertarias, a las asambleas constituyentes, y ha sepultado la calidad de aquellas y aquellos líderes de procesos relevantes parta la emancipación y los historiadores, lacayos del modelo, han relavado a los asesinos, ladrones y tiranos como los héroes de Chile.

 

Es decir, la historia completa de nuestro continente ha sido escrita para que los pobres, los indígenas, los trabajadores y los más desposeídos siempre aparezcan como aquellos que quieren romper el orden global, contrariando el “orden democrático”, establecido desde el norte para el patio trasero del sur.  Paradójicamente, somos quienes vivimos sobre la capa de tierra más rica en recursos mineros, forestales, marinos y de fuerza de trabajo.

Y esa sensación, disfrazada de conformismos, pero que en el fondo aloja la rabia de siglos de opresión, combinadas con un modelo a todas luces contrario a la vida justa, es lo que ha llevado niveles de frustración y depresión nunca antes vistos.

 

Y esa frustración, desencadena la violencia. Pero se puede golpear al jefe abusivo, al que paga poco, al que acosa, al que humilla. No se puede golpear al que roba tu aporte de pensión y lo invierte en el extranjero, entregándote al final de la vida laboral una «vicoca», en comparación a lo que le aportamos a su negocio. No se pude pegar e insultar a la jefa que dice que no le interesa la opinión de sus trabajadores, que descontará hasta ir al baño. Que no le importa la salud mental, ni la pareja ni tus hijos. Ni menos la situación económica de la familia de las personas que lo enriquecen.

 

Porque la cultura del abuso está instalada desde todos los frentes.

 

Este círculo horroroso que he descrito, somos el eslabón más fácil de cortar: somos físicamente menos fuertes, somos madres por lo que la defensa a nuestros hijos acepta humillaciones, golpes quemaduras, insultos en público, exposición al ridículo. Todo por los hijos. Hemos luchado siglos por el posicionamiento laboral, por lo que nuestro puesto acepta acoso, malos tratos y vejámenes que han sido expuestos, con cuestionamientos esperables dentro de la sociedad. “Quizás andaba con la falda muy corta”, “Quizás siempre quiso eso”.

 

Somos caras para las ISAPRE, y se nos pregunta si pensamos embarcarnos, y a veces hasta si tenemos pareja y si la tenemos, cuantos años de relación tenemos. Nuestra vida de niñas, pasa en esa frase constante, ve con cuidado, no andes sola, no converses con desconocidos, si te pasa algo corre.

 

No uses falda, no juegues con los varones. Luego crecemos y el discurso se profundiza, no salgas a fiestas sola, no recibas tragos de personas, no aceptes dinero ni que te lleven, llama cuando llegues. Quien no le ha dicho eso a su madre. A mis hermanas, es costumbre llamarlas o enviarles un mensaje cuando llego. Lo tengo incorporado. Prender el teléfono y con la aplicación móvil simultánea, para que sepan dónde estamos. ¡cuántas veces corrimos cuadras con el miedo latente de ser violadas!

 

No sólo hay una cultura del abuso de poder a nivel estatal, de los partidos, de los que tienen dinero. Esta dinámica se ha extrapolado a las familias y sus propias dinámicas. Desde niñas nos educan para que el papá se coma el bistec más grande y que les hagamos las camas a nuestros hermanos, que ellos pueden salir e invitar amigos mientras nosotras hacemos las tareas del hogar.

Y hoy, cuando una generación completa se ha rebelado frente a esas dinámicas, que finalmente culminan en maltrato verbal, físico frente a los niños, quienes normalizan o guardan la rabia durante años.

 

Eso explota hoy frente a nuestras narices.

 

Porque pareciera que hoy los jóvenes y los hombres son más tempranamente violentos: la respuesta es simple. Son los niños que miraron como los padres se gritaban, se golpeaban y luego los llevaban a esos espacios con juguetes y McDonald’s. Son los hijos de la hipocresía, de la desidia y de indiferencia de una sociedad fracturada, dolida y enferma, carente de solidaridad y de colectividad.  De padres trabajando de sol a sol para comprar las cosas de comer, el juguete, la casa propia.

 

Y aún así, no alcanza.-

 

Son hombres dañados, fracturados y enfermos de desamor. Las estadísticas de SENAME sobre abandono, indican que la cantidad de niños es el doble de niñas en centros de protección. Los niños son menos susceptibles a adopción que las niñas. Los niños viven en una sociedad donde no pueden jugar con muñecas, donde no pueden llorar, ni flaquear. No pueden ser sensibles. No pueden ser débiles.

 

Como nosotras.

“Estas llorando como una niña”

¿Puede tener algo que ver con la violencia de género? ¡Por supuesto que sí! Son niños, varones, abandonados por sus padres y por un Estado negligente, incapaz de generar espacios de amor, de acompañamiento y de contención. Esos varones crecen en la soledad, sin un abrazo en la noche, sin un beso de mamá. Y luego queremos que sean sanos, cariñosos, que sepan resolver conflictos y enfrentar frustraciones, que encaminen su rabia hacia refuerzos positivos.

 

Por eso nos matan. Porque hemos asumido erróneamente que es un problema sólo de las mujeres, que las feministas solamente pueden montarse sobre la ola de manifestaciones que seguro han posicionado temas relevantes e importantes, pero que no profundizan en la realidad y en el origen del problema: es que, en contextos vulnerables, de pobreza y deuda, niños y niñas, mujeres y hombres viven en el abuso de poder, del estado, de los patrones y patronas.

 

Nos matan porque somos el eslabón más débil en una cadena sistemática de abuso, en donde los ricos y empresarios son abusones, en donde los fuertes son abusones y donde el abuso de poder está institucionalizado, desde el Estado, desde los Ministerios.

 

Desde los hogares. Entre padres. Entre padres e hijos.

 

Las mujeres somos víctimas indiscutibles. Pero no más víctimas que los niños y niñas abusados por la Iglesia por más de 2 milenios, que los ancianos y ancianas que reciben pensiones miserables. No somos más violentadas que esos trabajadores y trabajadoras que usan tres horas de su vida a viajar en un transporte precario, ni somos más víctimas de que las personas con movilidad reducida, con capacidades diferentes que son obviados de los modelos de políticas pública, a todas luces, fracasadas. En donde la indolencia se instaló y penetró hondo, amputándonos la capacidad de defender nuestra vida, nuestra soberanía y nuestra libertad.

 

Sin embargo, no podríamos esperar más de gobiernos que no han hecho otra cosa que mantener el abuso, promoverlo y obviarlo. No podemos pedirle a este Estado que se haga cargo.

 

Somos nosotros y nosotras los llamados a subvertir este orden, por muy imposible que parezca, por muy quijotesco que sea caminar en ese sentido. Debemos hacerlo.

 

Nos matan porque somos menos fuertes.

 

Nos matan porque el abuso hacia los menos fuertes está avalado por el Estado y por el modelo capitalista en Chile. Nos matan porque somos pobres.

 

 

 

 

Columna de Opinión. Por Amanda Rosales. #Feminismos

 

 

Imagen:Radio Uchile.

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