SERIES/ «El Marginal»: La cárcel como circo

La serie vive una tensión insalvable: un guion impecable y seductor, pero sin anclaje a la realidad carcelaria latinoamericana. Para juzgarla hace falta desligarla de cualquier afán documental. En tanto ficción, es una de las mejores producciones del último lustro en la Argentina.


Por Miguel Fauré Polloni

 

 

Las críticas han sido dispares. La piedra de tope es la espectacularización de una realidad cruda, a la que todas nuestras sociedades le hacen el quite. Incrustada en el sentido común la «guerra contra la delincuencia», ponerse a escarbar en las entrañas del «monstruo» pareciera ser un ejercicio morboso y cínico. El éxito de esta producción de Underground (comprada por Netflix) pareciera confirmarlo.

 

Más realismo no le podríamos pedir a la productora que antes se aplicaba a fabricar telenovelas. Aterrizar ese mundo rosa al cotidiano canero no es factible. Es por eso que resultó crucial la incorporación de Israel Adrían Caetano, guionista uruguayo que hizo de la marginalidad su mayor fuente de inspiración, siempre con éxito.

 

La trama se centra en las bandas carcelarias. Si bien existe en la primera temporada un hilo conductor centrado en la figura del ex policía Miguel Palacios (Juan Minujín), el trasfondo sale a relieve y aporta la mayor consistencia a la serie. Por un lado, la banda de Los Borges, de carácter mafioso y afanes de hegemonía; y por el otro, los más jóvenes de la «Sub-21», núcleo que converge a partir de la necesidad de defenderse y sobrevivir.

 

En la serie se refleja la corrupción febril de los funcionarios públicos, sus vínculos carnales con los capos. Eso sí, evita apuntar los dardos a las esferas mayores del poder, se contenta con el comidillo y las tranzas menores. La violencia, eso sí, pareciera ser inherente a los presos, apareciendo los gendarmes como buenos muchachos.

 

La segunda temporada propone una precuela: el origen de los Borges, hilvanando la historia a partir de las destacadas actuaciones de los hermanos Mario Borges (Claudio Rissi) y «Diosito» (Nicolás Furtado). El guion se vuelve aún más circense, entendiendo que a estas alturas Netflix ya se había quedado con los derechos y pensaba en traducir la historia al lenguaje audiovisual norteamericano, como efectivamente pasó con El recluso.

 

La primera temporada juega a ras de pasto, intenta ser más local y posee mayor peso dramático. La segunda es menos verosímil, pero gana en intensidad a costa de mucha sangre. Se recomienda entonces verla sin mayores pretensiones de verosimilitud, pero con la certeza de un guión muy bien trabajado y seductor.

 

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