Sobre el impeachment en Brasil

Sobre el impeachment en Brasil, el partido de los trabajadores y la onda progresista suramericana

Por Fabio Luis Barbosa dos Santos
Profesor de Relaciones Internacionales
Universidad Federal de São Paulo (UNIFESP)
Exclusivo para #DeFrente

La elección del líder del Partido de los Trabajadores (PT) como presidente de Brasil en 2002 despertó esperanzas de cambio en el país y en el mundo. Forjado en los últimos años de la dictadura militar (1964-1985), el PT ha sido concebido como un frente político para el cual convergió lo principal de la militancia de izquierda en el país. Convertido en una fuerza política mayor, el partido disputó tres elecciones nacionales bajo el liderazgo de Lula antes de triunfar.

Sin embargo, el PT ha cambiado en estos años. Su discurso se moderó, en cuanto sus prácticas se acercaron a la política convencional. Significativamente, cuando Lula lideraba las encuestas y se amenazaba una fuga de capitales en 2002, el candidato suscribió una “Carta a los brasileños” en la cual reafirmaba su compromiso con la macroeconomía neoliberal. Este compromiso se cumplió disciplinadamente a lo largo de los siguientes mandatos de Lula (2003-2010) y de Dilma Roussef (2011-2016).

A pesar del conservadorismo de las gestiones del PT, el segundo mandato de Roussef ha sido abreviado por un proceso de impeachment. Las motivaciones de dicho proceso, que culminó en la deposición de la presidenta en agosto de 2016, son objeto de aguda polémica en la política brasileña.

Dos narrativas dominan el debate sobre el impeachment. Por una parte, los que favorecieron el proceso reclaman una reacción legítima a los descalabros del gobierno Roussef. Por otra, los depuestos denuncian un proyecto derrotado en las urnas en el 2014, al cual no le quedó alternativa que un golpe para imponerse.

Esta discusión no es retórica, particularmente en el campo de la izquierda: porque la lectura que prevalece servirá como base de la política futura. Para contribuir a este debate propongo seis hipótesis que se detallan en el libro “Más allá del PT. La crisis de la izquierda brasileña en la perspectiva de América Latina.”

Primera. El PT es co-responsable por la situación crítica que enfrenta. No es el único responsable, pero tampoco es una víctima.

Es co-responsable en todos sus aspectos: por haber mantenido intacto el poder de las empresas de comunicación que ahora lo difaman; por haber servido a la ley de responsabilidad fiscal, a la que el partido se ha opuesto históricamente e irónicamente, sirvió como pretexto para deponer a Dilma Roussef; por haber practicado una combinación entre cooptación y represión a los movimientos populares (recordemos la Ley Antiterrorista después de las protestas masivas de junio de 2013), lo que resultó en una desmovilización del sector popular; por haber hecho de la política parlamentaria su base y nunca haber recurrido al pueblo o a la izquierda. Además, fue en este terreno que trató de negociar su salvación hasta el último momento, siempre manejando la política mercantil.

Segunda. El golpe no significa un cambio en el sentido de la evolución de la historia brasileña, más bien apunta a una aceleración en el ritmo y en el tiempo de las políticas prevalentes.

Es cierto, como decía el gobierno de Dilma Roussef, que el impeachment sin crimen de responsabilidad es golpe. Entretanto, el golpe no fue provocado por diferencias substantivas de proyecto. Fue en el terreno de la pequeña política que el PT dirigió exitosamente por 13 años, que el juego cambió de dirección.

Lo que precipitó el golpe fue el debilitamiento de la posición del PT en el terreno de la política parlamentaria, lo que está asociado al vaciamiento de su funcionalidad política. Esta funcionalidad fue descrita como el “modo lulista” de regulación del conflicto social: modestas ganancias en el extremo inferior de la pirámide social brasileña, asociado a la intocabilidad del país como un negocio para los bancos y el capital internacional.

Este modo de regulación funcionó satisfactoriamente durante el auge de los commodities. Pero se hundió a partir de la conjunción entre escándalos políticos y crisis económica.

Ciertamente, los efectos de la crisis mundial en Brasil aumentaron la exigencia del capital por medidas antipopulares, ahora en curso. Sin embargo, el gobierno no fue depuesto porque hipotéticamente se recusaría a realizarlas. Esto es mera especulación.

Lo cierto es que el PT se volvió innecesario para mediar la profundización del neoliberalismo, al que jamás contrarió. Eso porque el campo popular se encuentra pasivo y dividido tras trece años de presidencia del PT. Y la movilización mayor, paso para el otro lado.

Tercera. El PT se convirtió en un factor de inmovilización de la política de izquierda en Brasil, que es necesario superar.

Es necesario valorizar la importancia que el partido tuvo como primera expresión política autónoma de los trabajadores brasileños. Por otro lado, se debe reconocer el vaciamiento de su razón de ser a partir del momento en que sucumbió a la política convencional. Esta autocritica es fundamental en la izquierda. Porque de las lecciones que se saquen de la experiencia reciente, depende el alcance de la política futura. Quien entiende que el golpe fue impulsado por diferencias del proyecto, tiene como horizonte el restablecimiento del orden del Partido de los Trabajadores. Los críticos de este orden requieren diseccionarlo sin piedad.

Cuarta. Las gestiones del Partido de los Trabajadores fueron un freno y no un acelerador de la onda progresista sudamericana.

Fundamentalmente, porque su política regional neutralizó, en la práctica, las iniciativas de potencial radical emanadas de Venezuela. Iniciativas como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA-TCP), Telesur y el Banco del Sur tendrían otro alcance con una adhesión brasileña.

Sin embargo, Brasil no adhirió porque el proyecto de integración del PT no tenía orientación contrahegemónica. Al contrario, la retórica integracionista disfrazaba aspiraciones de liderazgo regional. Bajo esta lógica, el bolivarianismo fue visto antes como un competidor y no como un colaborador.

La orientación fundamental de la política brasileña fue apoyar la expansión regional de empresas nacionales, entendidas como vectores del capitalismo nacional, consolidando una base material para proyectar mundialmente al país. Hacer de Brasil un jugador global. Esta política instrumentalizó la integración regional a favor de las empresas llamadas como “campeonas nacionales”. Como se tratan de negocios basados en la superexplotación del trabajo y en la devastación de los recursos naturales, fue esta la lógica de la integración liderada por Brasil, expresada en la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA)[1].

Por otro lado, la integración política fue subordinada al designio del gobierno brasileño de actuar como una especie de mediador regional: la izquierda responsable, que condena los excesos del chavismo y dialoga con la derecha. La creación de la Unión de Naciones Suramericana (UNASUR) fue un avance para la soberanía del subcontinente, más también una forma de neutralizar al ALBA-TCP.

Quinta. Hay una correspondencia entre el alcance y los límites de la onda progresista en el plano nacional y la dinámica de la integración regional en los años recientes.

¿Cuál es el alcance de la onda progresista? El cambio político se concretó. Para dar dos ejemplos: el Pacto de Punto Fijo fue sepultado en Venezuela y la segregación de los indígenas de la política boliviana fue sobrepasada.

Pero el límite de este cambio fue la continuidad macroeconómica: en ninguna situación se cuestionó el neoliberalismo. El único caso en que eso se intentó fue en Venezuela. Sin embargo, también en este país el proyecto se dio en los marcos del extractivismo y este límite se ha mostrado fatal en la actualidad.

El alcance y el límite de la onda progresista encuentra correspondencia en la dinámica regional, en que la novedad política (la UNASUR) se materializó en los marcos de la continuidad económica (IIRSA).

Sexta. ¿Cuál es la principal lección de esta experiencia histórica? Las presidencias del PT ilustran de manera cristalina los límites para la reforma dentro del orden en América Latina.

En el plano doméstico, la magia lulista pretendió conciliar el capital y el trabajo: el límite a los avances populares era el interés del capital. De modo análogo, pretendió conciliar soberanía e imperialismo en el plano regional: el límite de autonomía ambicionada era el interés de Estados Unidos. Los límites de esta vía quedaron evidenciados.

Es imperativo restituir la densidad histórica de la izquierda latinoamericana, identificada con la superación de la desigualdad y la dependencia, mas secuestrada en la actualidad por varias expresiones de reformismo conservador.

[1] IIRSA es una cartera de más de 600 proyectos de transporte, comunicación y energía, dibujada originalmente por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en el año 2000, proyectando una integración regional orientada a potenciar la exportación de commodities. Posteriormente, IIRSA se incorporó a UNASUR.

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