Sobre la comunión-mosh pit del thrash metal y la despedida a Tom Araya

Por Marcos Muñoz Robles, Sociólogo

 

 

 

Lo esencial del thrash metal como fenómeno cultural contemporáneo puede palparse en los grandes recitales, donde su energía vital y fervorosa cobra lugar. Ejemplo de ello fue el Santiago Gets Louder 2019, que en su cuarta edición congregó a casi 40 mil personas la semana recién pasada.

 

 

Este festival tuvo lugar en un Estadio Bicentenario de La Florida repleto de metaleros y metaleras de distintas generaciones, contando en su cartelera a Slayer, Anthrax, Kreator y los nacionales Pentagram, algunas de las grandes bandas del metal mundial.

 

 

 

Simpatía por lo abyecto

 

 

Cuando buscamos las bases de lo “común” en la sociedad individualizada y sobrecargada de malestar social, generalmente pasamos por alto estos acontecimientos de la cultura popular. Para el orden moral trascendente hoy en caída libre el thrash metal representa lo abyecto y ominoso. Sin embargo, estas estéticas del descontento podrían fundar legitimidad y simpatía ante la decadencia de las instituciones que intentan representar y dar orden a lo social.

 

 

En la canción “Antisocial” de Anthrax los personajes se rebelan contra el dios dinero, pues “Los ricos se hacen más ricos, los pobres se vuelven pobres” (The rich get richer, the poor get por). Mientras que la letra de South of heaven (sur del cielo) trata de un “futuro imprevisto… de caos desenfrenado, una era de desconfianza” (Chaos rampant, an age of distrust).

 

 

 

La comunión-mosh pit

 

 

En estos festivales de thrash metal multitudinarios existiría un espacio para lo común: el thrash metal, como experiencia colectiva y como público, puede entenderse como la unidad fugaz de lo diverso: recordemos la imagen del mosh pit y su fuerza centrífuga y centrípeta, un momento característico de los recitales de thrash metal donde los sujetos rebotan y chocan entre sí, formando círculos para salir disparados dentro de la multitud. Quizás en ese movimiento se revele una alegoría de la acción colectiva de nuestra época: lo propio de los nuevos movimientos sociales es la entrada y salida del espacio público, su no-institucionalización y su rechazo/sospecha al Estado.

 

 

La comunión-mosh pit representa una transformación subterránea de lo social que existe por fuera de la hipocresía de las instituciones fundamentales que, a pesar de haber desfondado su credibilidad, se resisten a los cambios.

 

 

 

Tom Araya ¿institucionalización de derecha?

 

 

Un hito de importancia en este festival fue la despedida de los escenarios mundiales de Slayer, que en nuestro país escribió un capítulo especial. Tom Araya, vocalista y bajista de la banda, nació en la ciudad de Viña del Mar, pero tuvo que emigrar a la temprana edad de 5 años con su familia a California, siendo el único chileno reconocido en la cultura mundial del metal.

 

 

En ese contexto, Camila Flores, la diputada de ultraderecha, buscó cooptar este hito bajo la lógica oportunista de lo institucional, para retener una imagen de la derecha junto a Tom Araya, en un congreso que abre su sesión en el nombre de Dios.  

 

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