Terreno vedado: “La batalla de las pioneras”

Nos parece siempre natural leer de fútbol. De la manera en que éste se interrelaciona con el quehacer social. De cómo todos, algunos más, otros menos, somos el fútbol. Pero tarde caímos en cuenta de que para casi la mitad del mundo ese espacio tan propio, tan amplio, tan común, estaba simplemente prohibido. Porque no era tan amplio como pensábamos. Este espacio lo sentimos como propio porque somos hombres. Porque el fútbol, desde sus comienzos, fue un lugar necesario para que el hombre se convirtiera en la persona social que está destinada a ser. El hombre, no la mujer. Un pequeño ejemplo de esto es que literatura sobre fútbol femenino hecha aquí en Chile hay muy poca, a diferencia de los estantes llenos de fútbol masculino en las secciones de deportes de cualquier librería. Según Rodrigo Retamal, solo un libro de esta materia ha sido escrito, y es ese del que hablaremos a continuación: “La batalla de las pioneras” (Rodrigo es su autor, en caso de dudas).

Al pensar quiénes podrían ser las pioneras en el fútbol femenino chileno, podría creerse que es la generación actual, la que acaba de clasificar por primera vez a un mundial adulto femenino. Esa liderada por Endler, Pinilla o Leyton. La selección que se comió la presión y le ganó 4-0 a Argentina en el partido definitorio. Porque, si el primer mundial femenino adulto fue en 1991, no existe esa historia centenaria que tiene el fútbol masculino y que nos narra con lujo de detalles la batalla de Leonel Sánchez contra Italia en el 62. Quizá la pionera sea la misma Christiane Endler y la historia que hay que contar es la de cómo abrió el camino para que otras chilenas fueran vistas y contratadas en Europa. O incluso más atrás, aquella selección de 2008, la primera selección femenina con cobertura, la dirigida por Marta Tejedor, una entrenadora revolucionaria y quizá la entrenadora con mayor cobertura de prensa que haya tenido este país. Todavía más, podría ser la historia desconocida de las primeras mujeres futbolistas, cuando este deporte comenzó a entrar a las universidades a principios del 2000. Porque no hay historia del fútbol femenino previa al 2000, ¿o sí?

 

 

Las pioneras no son ninguna de ellas, sino un equipo todavía anterior y casi improvisado. Para contextualizar, es necesario mencionar que el primer mundial adulto femenino, como se dijo anteriormente fue en 1991, y dado que fue competencia FIFA, ésta ordenó la realización de clasificatorias continentales. Muchos países no tenían una estructura de fútbol femenino, pero aún así algunos quisieron competir para intentar ser parte del primer campeonato. La clasificatoria sudamericana, por ejemplo, tuvo tres participantes: Brasil, Venezuela y Chile. Sí, Chile. País que recién estaba recuperando la democracia y las libertades personales. Chile. Donde 1991 sería un año muy importante para el fútbol. Chile. Lugar donde no existían ni siquiera escuelas de fútbol femenino. Chile. Un Chile en el que el fútbol femenino existía desde principios de siglo, pero casi detrás de la cortina, donde las mujeres podían jugar siempre y cuando no entorpecieran el fútbol de hombres, “el fútbol de verdad”. El Chile donde Ximena Alburquenque, quizá la primera estrella, no entrenaba más de tres veces a la semana a pesar de jugar -y ganar- campeonatos amistosos en el extranjero. Sí, Chile. Ese Chile.

Encontrar veinte mujeres que hayan querido representar a Chile, entonces, fue una tarea no sencilla. Ante las esperables dificultades tecnológicas de la época para poder realizar sondeos y buscar potenciales futbolistas, estaban también las estructurales, algunas mencionadas anteriormente. No existían escuelas ni clubes y casi no había institucionalidad, por lo que no había con quién ir a hablar para preguntar. El equipo que se armó, entonces, fue conformado por jugadoras que asistieron a un llamado a defender a la selección. Fue casi como ver en el diario un afiche llamando a ser compañero de Alexis Sánchez. Tampoco había un lugar establecido para que la selección pudiera entrenar -entendible, quizá, si no existía una selección propiamente tal-. La ANFP, entonces, prestó dos canchas en Quilín y, según se recoge en el libro, el impacto de las jugadoras al poder jugar en pasto en vez de tierra fue considerable. Impacto real, porque, pese a no existir un ente establecido, sí había mujeres jugando fútbol. Evidentemente, en condiciones bastante precarias.

Pero para poder introducir la historia de esta selección desde su origen se hace necesario hablar sobre los años posteriores a aquel partido. Así, el libro usa como introducción a esta historia los relatos de las selecciones femeninas chilenas desde el 2008 a la fecha -juveniles y adultas por igual-. Tanto en términos de resultados y convocatorias como en la forma en que han ido transformándose las estructuras del fútbol femenino profesional (a veces semiprofesional) con los cambios de las dirigencias. Se relata el proceso dirigencial desde 2008 (presidido por Harold Mayne-Nicholls y apoyado por Bachelet) hasta 2018 (pasando por el desastre causado por la administración de Jadue). A través del contraste con la actualidad, el lector puede situar al equipo de las pioneras en un determinado espacio y circunstancias.

La selección de 1991, el equipo pionero, finalmente viajó a Brasil a competir y obtuvo un modesto segundo lugar (entre tres), pero eso no es lo más importante. Más relevante es la voz de esas jugadoras que muchas veces no tuvieron voz -y cuyo relato y palabras recoge el libro, que se basa en entrevistas personales y revisión de prensa de la época-. Que puedan contar una historia que pasó casi desapercibida entre la Copa América de 1991 y la Copa Libertadores de Colo Colo, ambos sucesos importantes para el fútbol chileno y, cabe destacar, masculinos. Es una historia valiosa que nos permite adentrarnos en un espacio desconocido y lleno de complejidades difícilmente imaginables. Porque, si hoy es notoria la dificultad que tienen las mujeres para acceder al fútbol, es complejo situarse en su lugar y visualizar lo que tuvieron que enfrentar las pioneras hace treinta o cuarenta años, cuando solo existían canchas de polvo y rechazo.

Y, por qué no, porque también nos habla de los avances del país. El fútbol no puede disociarse de la sociedad que lo compone, y sus avances y retrocesos son un reflejo de aquello donde está inserto. A través de la historia de estas primeras representantes del país podemos ver también cuánto hemos avanzado y cuánto, tanto, nos falta todavía por avanzar.

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