Tolerancia, libertad de expresión y violencia. Un debate hipócrita

Por Gonzalo Silva

Militante del Movimiento Autonomista de Ñuñoa

 

 

La discusión sobre estas cuestiones muestra de forma ejemplar la hegemonía de los discursos que sustentan las democracias liberales. Si miramos con cuidado el modo en que se discuten estos temas, no es difícil distinguir que las categorías, las valoraciones y las relaciones están establecidas en clave liberal. Así entonces, las posiciones auténticamente críticas terminan perdiendo consistencia, ya que se encuentran atrapadas por la camisa de fuerza que implica discutir en las claves del enemigo.

 

Por lo tanto, resulta necesario consignar la hipocresía con la que se aborda el problema,  articulando los discursos desde categorías abstractas que quedan completamente excedidas y pierden todo sentido cuando son contrastadas con la realidad. Probablemente la frase más dicha en la última semana sea: “hay que ser categórico y oponerse a cualquier tipo de violencia, sin excepciones, sin contexto, no existe ninguna situación en la que la violencia pueda ser justificada”. Mostraremos a continuación porque toda formulación general de este tipo es por completo absurda.

 

Lo primero que habría que decir es que se reconoce como violencia algunas cosas y otras no. El debate comienza con estas categorías instaladas asumiendo que existe un consenso al respecto, pero la trampa es que es el consenso de las clases dominantes. Quienes tenemos la pretensión de luchar por los intereses de la clases subalternas tenemos la responsabilidad de impugnar los criterios que se utilizan para determinar cuando algo puede ser considerado violento:

 

  • En general, se llama violencia sólo a la violencia física y, más aún, a un tipo específico de violencia física. A saber, cuando es ejercida sobre personas, instituciones o espacios que son considerados «legítimos». Entonces aparece como violento cuando una turba golpea a un ex diputado o la destrucción de una iglesia y, por el contrario, no se considera violencia la acción de una turba de miembros de fuerzas especiales sobre jóvenes estudiantes que se están manifestando (lleven o no su rostro encapuchado), ni se considera violento que una inmobiliaria destruya el patrimonio cultural de una comuna, una ciudad y un país en nombre del progreso.
  • Las Fuerzas Armadas y de Orden tienen el monopolio de la fuerza física y pueden ejercerla en un marco que ha sido determinado como legítimo, así entonces, sostener que nos oponemos en abstracto a cualquier tipo de violencia es falso por definición.
  • Se han determinado las claves sobre las cuales la violencia simbólica puede o no ser tolerable. Existe una condena generalizada hacía la violencia de género (cuestión que por cierto compartimos), sin embargo, no existe el mismo criterio sobre la violencia de clases, la violencia de los pobres, de los oprimidos, de los desempleados. Un ejemplo de esto son los denominados arrestos ciudadanos, donde se ejerce  violencia física muchas veces extrema sobre una persona en particular, la cual parece quedar justificada en tanto ese sujeto no tiene la misma categoría en la sociedad que un honorable ex diputado.
  • La violencia que proviene de la indignación del pueblo es compresible, aun cuando no estemos de acuerdo con ella. Es fundamental entender las causas de esa violencia y no condenarla de forma simple, banal, abstracta, vale decir, desde la estigmatización que se suele hacer de forma trasversal.
  • Las chilenas y chilenos han acumulado indignación durante 40 años porque fueron sistemáticamente asesinados, torturados, reprimidos, exiliados, silenciados y también porque son hoy sistemáticamente engañados y manipulados.
  • La violencia de las pensiones miserables, de la carestía de la educación, la calidad de la salud, la exclusión de una parte sustantiva de la población a una vivienda digna, no pueden sino producir acumulación de indignación de sectores trasversales y amplios de la población.
  • El pueblo está indignado con la impunidad de los violadores de los derechos humanos  y también de los delincuentes de cuello y corbata.
  • No se puede llamar a la paz y a la calma a un pueblo que ha sido y está siendo día a día sometido a una violencia sistemática, estructural e institucional.
  • Tenemos derecho a expresar nuestra indignación

 

Por lo descrito anteriormente, es evidente que una oposición en abstracto a la violencia es simplemente una hipocresía absurda, ya que como vimos no puede ser sostenida seriamente, ni en términos conceptuales, ni menos, en términos empíricos. Por lo tanto, lo razonable, éticamente necesario y políticamente deseable es caracterizar que tipo de violencia estamos dispuestos a suscribir, apoyar e incluso impulsar:

 

Nos oponemos directamente a lo que denominaos violencia vanguardista:

  • Nos oponemos a la violencia sobre objetivos particulares, personas, lugares, etc;
  • Nos oponemos a la violencia que opere bajo la lógica de la venganza;
  • Nos oponemos a la violencia que tenga como pretensión operar como ejemplo.

 

Por el contrario tenemos derecho a la violencia revolucionaria:

  • El primer criterio de demarcación para caracterizar esta violencia es cuantitativo: una barricada afuera de una universidad es violencia vanguardista que tiene una pretensión ejemplarizadora. Sin embargo, si se incendia todo Chile -como ocurrió a finales de la dictadura militar- esto es expresión de la legítima indignación de un pueblo.
  • La marcha (más de un millón de personas mostrando su indignación por la brutalidad del sistema de pensiones), la toma (cientos de colegios y universidades tomados en todo Chile por estudiantes que luchan por una educación justa), la huelga (todo un sector de la producción parado por demandas de mejores salarios y condiciones para trabajar), el boicot (un pueblo que se organiza para no comprar ciertos productos o utilizar ciertos servicios) son expresiones legítimas de la violencia que surge a propósito de la indignación de un pueblo.

 

Respecto a la libertad de expresión ocurre algo análogo, ¿existe libertada de expresión en Chile? Nadie podría decir que formalmente no, digámoslo, ¡ya no estamos bajo una dictadura militar! Sin embargo, nadie podría sostener responsablemente que esa libertad de expresión formal puede ser ejercida de forma efectiva, en un país donde los medios de comunicación están concentrados del modo que están en Chile.

 

Por otro lado y aun cuando esto sea muy impopular sostenemos que en este país cualquier persona tiene derecho a decir absolutamente lo que quiera. En ese sentido nos parece que es un error político estar reprimiendo algún tipo de discursos bajo la consigna; “incitan al odio” o “discursos violentos” etc. Dicho directamente,  ¿Kast tiene derecho a decir que deberían desaparecer todos los inmigrantes, los homosexuales, los marxistas? Sí, tiene derecho a decirlo. Hacer este punto que puede resultar polémico y contraintuitivo es clave, porque debemos mirar la historia y esta nos muestra  que los discursos que pretenden poner límites a lo que las personas pueden decir y cuáles son los discursos y pensamientos legítimos en general han operado como mecanismos para reprimir a los grupos emancipadores.

 

“Todo acto de persona o grupo destinado a propagar doctrinas que atenten contra la familia, propugnen la violencia o una concepción de la sociedad, del Estado o del orden jurídico, de carácter totalitario o fundada en la lucha de clases, es ilícito y contrario al ordenamiento institucional de la República”,  este texto que apunta en la línea de lo que se puede o no se puede hacer y decir, es el articulo número 8 del primer capítulo de la constitución de 1980. Por esto pensamos que intentar señalar un criterio de demarcación respecto a los pensamientos o discursos que son aceptables por una sociedad es caer nuevamente en la trampa y operar en los códigos, categorías y lógicas del enemigo. La tarea que nos cabe no es oponernos a esto, sino que oponernos y combatir radicalmente las prácticas que devienen de estos discursos. Es en ese plano en el que debemos ser implacables y tenemos la certeza de que cuando estos discursos se trasforman en operaciones concretas en la realidad, contaremos con un amplio apoyo popular para enfrentarlos de forma radical y sin concesiones.

 

 

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