«Trabajo remunerado y no remunerado de la Mujer» Por Tania Hidalgo

Por: Tania Valentina Hidalgo Tapia. Fundamatria.

Comenzar con señalar que todas las formas de discriminación y de dominación patriarcal contra la mujer, vulnera los más genuinos derechos humanos, universales, con perspectiva de género y también de clase; por siglos la mujer ha sido sometida y relegada a las más ignominiosas vejaciones por el sólo hecho de ser mujer, lo que no es nada ajeno a las situaciones presentes.
La discriminación se expresa en la diferenciación que por razones de género ocurre contras las mujeres, en relación al hombre, lo que se manifiesta en las distintas relaciones sociales y productivas de la sociedad entera. Las ya conocidas brechas de género en participación laboral y salarial es una de las discriminaciones, a la cual las mujeres nos hemos tenido que enfrentar a lo largo de la historia, incluso en países donde existen marcos legales y jurídicos, firmantes de convenciones internacionales, como la “Belén do Pará” (1995) o la “Eliminación de todas las formas de discriminación contra la Mujer” (CEDAW, 1981), países avanzados en la defensa de los DDHH con perspectiva de género, lo que supone el cumplimiento de tales estamentos legales. ¿A qué se debe ésto? Es la pregunta que nos lleva a analizar los siguientes datos y cifras que nos develan cifras vergonzosas en materia de equidad de género, para Chile.

La fuerza de trabajo de las mujeres, encierra en sí mismo, en el contexto del trabajo productivo, reproductivo y de cuidados, remunerado o no remunerado, un carácter privado, discriminatorio y de desigualdad social, producto de la división social y sexual del trabajo, las brechas de género en el empleo dentro del hogar y fuera de él. Ser una mujer se asocia a la maternidad y roles de cuidado, para no ir más allá, hemos reafirmado en reiteradas oportunidades, “hay mujeres que tienen doble y triple jornada, son doble y triplemente explotadas, se dedican al trabajo remunerado y no remunerado, en exhaustas y prolongadas horas de trabajo”, lo que está muy lejos de ser una utopía o producto del imaginario colectivo. Las estructuras y los mecanismos que rigen el funcionamiento del mercado laboral son claramente androcéntricas, la mujer termina asumiendo roles de género, de acuerdo a patrones culturales que se les asigna, que se naturalizan y normalizan, en una sociedad marcada por la subordinación y la supremacía patriarcal y capitalista. Nosotras decimos como sujetas de derechos que el trabajo que realizamos debe ser visibilizado y reconocido plenamente y en igualdad de condiciones. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) reconoce y describe las “Tres R”: Reconocer, Reducir y Redistribuir el trabajo reproductivo y de cuidado para contrarrestrar el efecto de precarización de la vida.

En lo que a trabajo doméstico no remunerado se refiere, señalar que a fines del siglo XVIII, se delinearon las primeras críticas a la economía clásica desde una perspectiva de género. En Inglaterra, la escritora y la filántropa Priscilla Wakefield (1751-1832) criticó al economista Adam Smith por no incorporar el trabajo de las mujeres, en el mercado (ámbito público), como en el doméstico (ámbito privado). Y tras importantes y prestigiosas/os pensadoras/es y economistas que se hicieron presentes, nos encontramos en el siglo XIX, al filósofo y sociólogo Friedrich Engels, quien rechazó el estatus inferior que se le otorgaban a las mujeres en la familia victoriana. (Recomiendo leer “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado”).
Ahora bien, a lo que cifras respecta, para verlo con mayor claridad, nos gusten o no los números, voy a mencionar algunas que nos develan la oscura realidad que Chile tiene en materia de equidad, en participación de las mujeres respecto al trabajo remunerado y no remunerado, en el marco de un mercado Chileno cuya permanencia obedece a un orden de género tradicional y de corte neoliberal.
Según una de las últimas Encuestas de Caracterización Socioeconómica Nacional (CASEN, 2017), el 71,6% de los hombres de 15 años o más está inserto en el mercado laboral, mientras que sólo un 48,9% de las mujeres lo está. Ésta brecha de género, que representa el 21%, se hace más evidente cuando miramos los datos de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT, 2015). Ésta refleja que las mujeres destinan en promedio 5,9 horas diarias a tareas de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, mientras que los hombres solo en 2,7 horas. Resaltar y alertar que hay una postergación de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) 2020, a cargo del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), cuenta nacional que nos permite medir el tiempo utilizado en las actividades diarias en términos de horas, el cual es concluyente para indagar una de las desigualdades estructurales que más aquejan a las mujeres: la carga de trabajo doméstico, reproductivo y de cuidados.

Y si a cifras que hablan nos referimos, el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado equivale, hasta la fecha, al 22% del Producto Interno Bruto (PIB), (balance económico que por años se invisibilizó). Trabajo, sin duda, que crea riqueza espiritual, material, es decir sin trabajo reproductivo y de cuidados no habría posibilidad de generar valor económico y sostener el sistema económico y social. Las mujeres hemos entregado nuestra fuerza de trabajo en un modelo económico donde prevalece la contradicción Capital – Trabajo. Ahora en el contexto de la Pandemia, según las últimas cifras de la Cepal, ha repercutido negativamente y ha agudizado la precarización laboral de la mujer y las desigualdades de género, cuando la participación laboral femenina en Latinoamérica en la última década contribuyó en un 30% a la reducción de la pobreza extrema. (World Bank, 2012).
Decir que Chile, ha sido catalogada negativamente como la “Excepción Chilena” en vista que las mujeres Chilenas poseen uno de los mayores niveles de escolaridad de la región, después de las mujeres Cubanas (Barro et al., 2010), sin embargo la brecha en participación femenina separa a Chile de otros países de Latinoamérica.

El índice de equidad género (IGE) apunta a Chile con un indicador de equidad muy bajo, de sólo 59%, en relación a los otros países de nuestra América, totalmente incongruente con el nivel de desarrollo social y económico que nos han querido vender; igual suerte corre México y Costa Rica. Los países nórdicos (Noruega, Finlandia, Suecia, Islandia y Dinamarca), son los que han alcanzado un mayor equidad de género en sus mercados de trabajo, con una participación de las mujeres cercana al 90%.

Importante introducir para los nuevos escenarios de debate colectivo, medidas específicas de igualación de oportunidades entre mujeres y hombres: flexibilización en las jornadas de trabajo, para asumir las labores relacionadas con la crianza de las hijas e hijos, entre mujeres y hombres, (trabajo que debe ser socializado), creación de espacios dignos para la educación inicial de nuestras niñas y niños y de las mujeres lactantes y madres trabajadoras en los Centros de trabajo, reconocimiento constitucional y garantía del trabajo reproductivo y de cuidados como actividad económica que produce riqueza y bienestar social y crea valor agregado, derecho a la seguridad social, entre otros que sin lugar a dudas se enrriquecerá con el gran debate nacional que nos acercará a un Chile digno, justo, soberano, verde y Feminista. Este 8 de Marzo, día internacional de la Mujer trabajadora se conmemora con una Huelga feminista nacional, donde no estaremos todas, faltarán las y los presos políticos, faltarán las mujeres víctimas de violencia de género, de violencia patriarcal, de femicidios que un Estado opresor y violador de derechos humanos se niega a erradicar. Juntas y juntos somos más.

Músico, abogado y defrentista. Vive en Peñalolén, Santiago.

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